Carta de Friedrich Engels, de diecinueve años, a Friedrich Graeber, en Berlín, escrita en Bremen entre el 9 de diciembre de 1839 y el 5 de febrero de 1840 (el lugar y el primer año los fija la edición). Traducida de Marx/Engels, Gesamtausgabe (MEGA¹), sección I, tomo 2 (Berlín, 1930), pp. 553-559, por la Escuela de marxismo, 2026. Se conserva completa. Las notas son nuestras. Texto original.
9 de dic.
Queridísimo: acaba de llegar tu carta; es asombroso lo que hay que esperar a gente como vosotros. De Berlín no se sabe nada desde la carta que me escribisteis Heuser y tú desde Elberfeld.1 Es para que se lo lleve a uno el diablo, en cuanto quede demostrado que existe. Pero, en fin, ya has llegado, y así está bien.
Siguiendo tu ejemplo, dejo la teología para el final, para coronar dignamente la pirámide de mi carta. Me dedico muchísimo a trabajos literarios; después de que Gutzkow me asegurara que mis colaboraciones le son bienvenidas,2 le he mandado un artículo sobre K. Beck;3 además hago muchos versos, que necesitan mucho pulido, y escribo diversas piezas en prosa para ejercitar el estilo. «Una historia de amor en Bremen» la escribí anteayer, «Los judíos en Bremen» ayer; mañana pienso escribir «La joven literatura en Bremen», «El Benjamín» (o sea, el aprendiz de escritorio) u otra cosa por el estilo. En quince días, con buen humor, se juntan fácilmente cinco pliegos; luego se pule el estilo, se intercalan aquí y allá unos versos para variar, y se publica todo como «Veladas de Bremen». Mi editor in spe4 vino a verme ayer, le leí el «Odysseus Redivivus»,5 que le entusiasmó sobremanera; quiere quedarse con la primera novela que salga de mi fábrica, y ayer quería a toda costa un tomito de poemas. Pero por desgracia no hay bastantes y, además, ¡la censura! ¿Quién iba a dejar pasar el Odiseo? Por lo demás, no dejo que la censura me impida escribir con libertad; que tache luego todo lo que quiera, que yo no cometo infanticidio con mis propios pensamientos. Los tachones de la censura siempre son desagradables, pero también honrosos; un autor que llega a los treinta años o escribe tres libros sin tachones de la censura no vale nada: los guerreros llenos de cicatrices son los mejores. A un libro se le tiene que notar que sale de una pelea con el censor. Y, por cierto, la censura de Hamburgo es liberal: en mi último artículo en el Telegraph, sobre los libros populares alemanes,6 hay varios sarcasmos muy amargos contra la Dieta federal y la censura prusiana, y no han tachado ni una letra.
11 de diciembre. ¡Ay, Fritz! Tan holgazán como estoy en este momento no lo he estado en años. ¡Ah, ya caigo! Ya sé lo que me falta: tengo que visitar tertium locum.7
12 de diciembre. ¡Qué bueyes son estos bremenses..., quiero decir, qué buena gente! Con el tiempo que hace, todas las calles están terriblemente resbaladizas, y delante del Ratskeller8 han echado arena para que no se caigan los borrachos.
Este tipo de aquí al lado padece de Weltschmerz;9 visitó a H. Heine en París y se le contagió; luego fue a ver a Theodor Mundt10 y aprendió ciertas frases imprescindibles para weltschmerzear. Desde entonces ha adelgazado a ojos vistas, y va a escribir un libro para demostrar que el Weltschmerz es el único remedio seguro contra la obesidad.11
20 de enero. No quería escribirte hasta que se decidiera si me quedaba aquí o me marchaba. Por fin puedo decirte que, de momento, me quedo.
Día 21. Te confieso que no tengo muchas ganas de seguir con la disputa teológica. Nos malentendemos mutuamente y, al contestar, hace tiempo que se nos han olvidado las ipsissima verba12 del otro, que son las que cuentan, y así no se llega a ninguna parte. Discutir las cosas a fondo pediría mucho más espacio, y a mí me pasa a menudo que lo que dije en una carta ya no lo puedo firmar en la siguiente, porque pertenecía demasiado a la categoría de la representación, de la que entretanto me he librado.13 Ahora, gracias a Strauss, he entrado en el camino recto hacia el hegelianismo.14 Desde luego, no me volveré un hegeliano empedernido como Hinrichs15 y compañía, pero sí tengo que asimilar cosas importantes de este sistema colosal. La idea hegeliana de Dios ya se ha hecho mía, y con ello paso a las filas de los «panteístas modernos», como dicen Leo y Hengstenberg,16 sabiendo muy bien que la sola palabra panteísmo ya inspira un horror colosal a los curas que no piensan. Hoy a mediodía me he divertido de lo lindo con un largo sermón de la E[vangelische] K[irchen]-Z[eitung] contra el Pietismo de Märklin.17 La buena de la K[irchen]-Z[eitung] no solo encuentra rarísimo que la cuenten entre los pietistas, sino que encuentra además otras cosas curiosas. El panteísmo moderno, es decir, Hegel, aparte de encontrarse ya entre los chinos y los parsis, está plenamente desarrollado en la secta de los libertinos, a los que atacó Calvino.18 El descubrimiento es de una originalidad excesiva. Pero aún es más original la demostración. Ya cuesta mucho reconocer a Hegel en lo que la K[irchen]-Z[eitung] hace pasar por sus opiniones, y eso tiene a su vez un parecido traído por los pelos con una frase muy vaga de Calvino sobre los libertinos. La prueba era divertidísima. El Bremer Kirchenbote19 sabe expresarlo todavía mejor, y dice ¡¡que Hegel niega la verdad de la historia!! Es enorme la cantidad de tonterías que a veces salen cuando uno se esfuerza por presentar como anticristiana una filosofía que se le atraviesa en el camino y que ya no puede esquivar. Gente que solo conoce a Hegel de nombre y que de Los hegelingos de Leo20 solo ha leído las notas quiere derribar un sistema que, hecho de una pieza, no necesita ninguna grapa para sostenerse. Sobre esta carta pesa una mala estrella eminente. Dios sabe que, en cuanto me pongo a ello, se arma la gorda. Siempre me cae trabajo de escritorio.
Estas son dos marionetas que, contra mi voluntad, han salido así de tiesas. Si no, serían personas.21
¿Has leído las Charakteristiken und Kritiken de Strauss?22 Procura hacerte con ellas, los artículos son todos excelentes. El de Schleiermacher y Daub23 es una obra maestra. De los artículos sobre los endemoniados de Wurtemberg se aprende una barbaridad de psicología. Igual de interesantes son los demás artículos de teología y de estética. Además estudio la Filosofía de la historia de Hegel,24 una obra enorme; leo en ella todas las noches como es mi deber, y esos pensamientos tremendos me agarran de una manera terrible. Hace poco, la vieja chismosa de Tholuck, el Literarischer Anzeiger,25 planteaba con su habitual simpleza la pregunta de por qué el «panteísmo moderno» no tiene poesía lírica, cuando sí la tenía el persa antiguo, etc. Que espere el Literarischer Anzeiger a que yo y algunos otros hayamos penetrado de verdad este panteísmo, que ya vendrá la poesía lírica. Por lo demás, es muy bonito que el Literarischer Anzeiger reconozca a Daub y condene la filosofía especulativa. ¡Como si Daub no hubiera tenido también el principio de Hegel de que la humanidad y la divinidad son idénticas en su esencia! Esa es su espantosa superficialidad: si Strauss y Daub coinciden en el fondo les importa poco, pero según que Strauss no crea en las bodas de Caná y Daub sí, al uno lo suben al cielo y al otro lo declaran candidato al infierno. Oswald Marbach, el editor de libros populares,26 es el más confuso de todos los hombres, y en especial (cum… tum)27 de los hegelianos. Que un hijo de Hegel pueda decir:
El cielo está también en la tierra; siento claramente que el Dios se hace hombre en mí,
eso me resulta del todo incomprensible, porque Hegel distingue muy tajantemente la totalidad del individuo imperfecto. A Hegel nadie le ha hecho más daño que sus discípulos; solo unos pocos, como Gans, Rosenkranz, Ruge, etc., han sido dignos de él.28 Pero un Oswald Marbach es, con todo, el non plus ultra de los malentendedores. ¡Qué tipo tan divino! El señor pastor Mallet29 ha declarado en el Bremer Kirchenbote que el sistema de Hegel es «palabrería suelta».30 Mala cosa sería, porque si los bloques se desprendieran, esos pensamientos de granito, un solo fragmento de este edificio ciclópeo bastaría para matar no solo al señor pastor Mallet, sino a toda Bremen. Si, por ejemplo, la idea de que la historia universal es el desarrollo del concepto de la libertad le cayera con todo su peso en la nuca a un cura de Bremen, ¡cómo iba a suspirar!
1 de febrero. Hoy sí que tiene que salir la carta, pase lo que pase.
Los rusos empiezan a volverse ingenuos: dicen que la guerra contra los circasianos no ha costado todavía tantas vidas como una de las batallas napoleónicas más pequeñas.31 Tamaña ingenuidad no se la habría creído yo a un bárbaro como Nicolás.32
Que te cuente él su vida.33
Los de Berlín, según oigo, están furiosos conmigo. Ante ellos he puesto un poco a parir a Tholuck y a Neander,34 y no he subido a Ranke35 entre los superos,36 y eso los ha sacado de quicio. Encima, a Heuser le he escrito unas cosas divinamente locas sobre Beethoven. He leído una comedia muy bonita, Weh dem, der lügt!, de Grillparzer, de Viena,37 que está muy por encima de la rutina actual de las comedias. Aquí y allá asoma también un espíritu noble y libre, para el que la censura austriaca es una carga insoportable. Se le nota el esfuerzo que le cuesta pintar a un noble aristocrático de manera que el censor, que es noble, no le ponga reparos. O tempores, o moria,38 ¡truenos y Doria!39 Hoy ya es cinco de febrero, es una vergüenza lo holgazán que soy, but I cannot help it;40 bien sabe Dios que ahora no hago nada. Tengo entre manos varios artículos, pero no avanzan, y cuando quiero hacer versos por la noche siempre he comido tanto que no me tengo de sueño. Este verano me gustaría muchísimo hacer un viaje, a tierras danesas: Holstein, Jutlandia, Selandia, Rügen. A ver si consigo que mi viejo me mande aquí a mi hermano y me lo llevo conmigo. Tengo unas ganas enormes del mar, y ¡qué interesante relato de viaje podría sacarse de ahí!; luego se podría publicar junto con unos cuantos poemas. Ahora hace un tiempo tan divino y no puedo salir; me gustaría muchísimo, es mala suerte.
Este es un corredor de azúcar gordo que justo sale de casa, y cuya muletilla es: «Según mi opinión, según». Cuando habla con alguien en la Bolsa y se despide, dice invariablemente: «¡Usted vive bien!».41 Se llama Joh. H. Bergmann.
Aquí hay gente conmovedora. Así que te voy a dibujar enseguida otra escena de la vida:
Este viejo está borracho todas las mañanas, y entonces sale a la puerta de su casa y grita, dándose golpes en el pecho: «Ick bin Borger!»,42 es decir: ¡Te doy gracias, Dios mío, porque no soy como esos, hannoverianos, oldenburgueses o, peor aún, franceses, sino Bremer Borger tågen båren Bremer Kind!43
La expresión de la cara de las viejas de aquí, de todas las clases sociales, es verdaderamente asquerosa. Sobre todo la de la derecha, la de la nariz chata, es bremense de pura cepa.44
El discurso del obispo Eylert en la fiesta de las órdenes45 tiene un mérito esencial: ahora se sabe lo que hay que pensar del rey, y su perjurio es oficial. El mismo rey que en 1815, cuando le entró el miedo, prometió a sus súbditos en una orden de gabinete que, si lo sacaban del apuro, tendrían una constitución,46 ese mismo rey piojoso, canalla y maldito de Dios hace proclamar ahora por boca de Eylert que nadie recibirá de él una constitución, porque «Todos para uno y uno para todos es el principio de gobierno de Prusia», y «Nadie remienda un vestido nuevo con un trapo viejo».47 ¿Sabes por qué está prohibido en Prusia el cuarto tomo de Rotteck?48 Porque dice que nuestro mocoso majestuoso de Berlín reconoció en 1814 la constitución española de 1812 y, sin embargo, en 1823 mandó a los franceses a España para destruir esa constitución y devolver a los españoles el noble regalo de la Inquisición y la tortura.49 En 1826 quemaron en Valencia a Ripoll por orden de la Inquisición,50 y su sangre, y la sangre de veintitrés mil nobles españoles que se consumieron en las cárceles por sus ideas liberales y heréticas, las lleva sobre la conciencia Fr[iedrich] W[ilhelm] III, «««el Justo»»» de Prusia. Lo odio, y aparte de él quizá solo odio a dos o tres más; lo odio a muerte, y si no tuviera que despreciarlo tanto, a ese mierda, aún lo odiaría más. Napoleón era un ángel a su lado; el rey de Hannover51 es un dios, si nuestro rey es un hombre. No hay época más rica en crímenes de reyes que la de 1816 a 1830; casi todos los príncipes que reinaban entonces se merecían la pena de muerte. El piadoso Carlos X, el pérfido Fernando VII de España, Francisco de Austria, esa máquina que no servía más que para firmar sentencias de muerte y soñar con carbonarios,52 Dom Miguel, que es más canalla que todos los héroes de la Revolución francesa juntos, y al que Prusia, Rusia y Austria reconocieron encantadas mientras se bañaba en la sangre de los mejores portugueses,53 y el parricida Alejandro de Rusia, con su digno hermano Nicolás,54 sobre cuyas atrocidades sobra decir una palabra más... ¡Ay, podría contarte historias divertidas de lo mucho que quieren los príncipes a sus súbditos! Yo solo espero algo bueno del príncipe al que le zumben alrededor de la cabeza las bofetadas de su pueblo y al que las pedradas de la revolución le hagan añicos las ventanas del palacio. Adiós.
Tu
Friedrich Engels.
Gustav Heuser, de Elberfeld, amigo de juventud de Engels. Friedrich Graeber (1818-1895), compañero de Engels en el instituto de Elberfeld y estudiante de teología en Bonn y Berlín, más tarde pastor. ↩
Karl Gutzkow (1811-1878), escritor de la Joven Alemania y director del Telegraph für Deutschland, que se imprimía en Hamburgo; allí publicó Engels sus primeros escritos, entre ellos las Cartas desde el Wuppertal. ↩
El artículo «Karl Beck», sobre el poeta austriaco Karl Isidor Beck (1817-1879), salió en el Telegraph für Deutschland a finales de 1839. ↩
«En ciernes», «en perspectiva». ↩
Un escrito de Engels, que no se ha conservado. ↩
«Die deutschen Volksbücher» («Los libros populares alemanes»), publicado en el Telegraph für Deutschland en noviembre de 1839. Los Volksbücher eran las versiones populares, en prosa y de venta ambulante, de leyendas y novelas medievales. ↩
En latín, «el tercer lugar». ↩
La bodega del ayuntamiento de Bremen, famosa taberna de vinos. ↩
El «dolor del mundo», la melancolía de moda en la poesía alemana de la época, y sobre todo en Heine y sus imitadores. ↩
Theodor Mundt (1808-1861), escritor de la Joven Alemania. ↩
Junto a este párrafo, en el manuscrito, un dibujo de Engels: el busto de un hombre de melena larga y barba, con aire abatido; la edición lo reproduce. ↩
«Las mismísimas palabras». ↩
En la terminología de Hegel, la representación (Vorstellung), la forma imaginativa en que la religión capta su contenido, queda por debajo del concepto, la forma propia de la filosofía. ↩
David Friedrich Strauss (1808-1874), autor de Das Leben Jesu (La vida de Jesús, 1835-1836), la crítica de los evangelios que dio origen a la escisión de la escuela hegeliana. ↩
Hermann Friedrich Wilhelm Hinrichs (1794-1861), filósofo de la derecha hegeliana. (El índice de la MEGA¹ da 1774 como año de nacimiento, sin duda por errata.) ↩
Heinrich Leo (1799-1878), historiador y teólogo ortodoxo, y Ernst Wilhelm Hengstenberg (1802-1868), cabeza de la ortodoxia luterana y director de la Evangelische Kirchen-Zeitung de Berlín. ↩
La Evangelische Kirchen-Zeitung, de Hengstenberg, publicó en enero de 1840 un largo prólogo en varias entregas contra el libro del teólogo hegeliano Christian Märklin (1807-1849) Darstellung und Kritik des modernen Pietismus (Exposición y crítica del pietismo moderno, 1839). ↩
Los «libertinos» espirituales, contra los que Calvino escribió en 1545 su tratado Contre la secte phantastique et furieuse des Libertins qui se nomment Spirituelz. ↩
Semanario religioso de Bremen, del bando pietista. ↩
Die Hegelingen (Halle, 1838), libelo de Heinrich Leo contra los jóvenes hegelianos. ↩
Encima de estas líneas, en el manuscrito, un dibujo de Engels: dos espadachines en guardia, con un sombrero de plumas en el suelo entre ambos; la edición lo reproduce. ↩
David Friedrich Strauss, Charakteristiken und Kritiken (Caracterizaciones y críticas, Leipzig, 1839), colección de artículos. ↩
Friedrich Schleiermacher (1768-1834) y Karl Daub (1765-1836), teólogos protestantes; Daub, de orientación especulativa, próximo a Hegel. ↩
Las Lecciones sobre la filosofía de la historia, publicadas en 1837 por Eduard Gans en las obras de Hegel. ↩
El Literarischer Anzeiger für christliche Theologie und Wissenschaft überhaupt, que dirigía el teólogo pietista Friedrich August Tholuck (1799-1877), profesor en Halle. ↩
Gotthard Oswald Marbach (1810-1890), escritor hegeliano, editor de una colección de libros populares alemanes (Leipzig, desde 1838). ↩
«Tanto… como, y sobre todo». ↩
Eduard Gans (1797-1839), jurista y editor de Hegel; Karl Rosenkranz (1805-1879), hegeliano del centro; Arnold Ruge (1802-1880), director de los Hallische Jahrbücher, órgano de los jóvenes hegelianos. ↩
Friedrich Ludwig Mallet (1792-1865), cabeza del pietismo en Bremen, al que Engels ya había retratado en las Cartas desde el Wuppertal. ↩
En el prólogo del Bremer Kirchenbote de enero de 1840. Engels juega con la expresión lose Rede («palabrería suelta», «charla frívola»): si el sistema estuviera de verdad «suelto», sus bloques se caerían. ↩
La guerra de conquista rusa en el Cáucaso noroccidental contra los circasianos, que duró hasta 1864. ↩
Nicolás I (1796-1855), zar de Rusia desde 1825. ↩
En el manuscrito, junto a este párrafo, un dibujo de Engels: la cabeza de un hombre con patillas y corbatín, rodeada por esta leyenda; la edición lo reproduce. ↩
August Neander (1789-1850), historiador de la Iglesia y teólogo ortodoxo, profesor en Berlín, autor de una vida de Jesús contra Strauss. ↩
Leopold von Ranke (1795-1886), el historiador, profesor en Berlín. ↩
«Los dioses de arriba». ↩
Franz Grillparzer (1791-1872), el dramaturgo vienés; Weh dem, der lügt! (¡Ay del que miente!), estrenada en 1838, se publicó en 1840. ↩
Latín macarrónico, por O tempora, o mores! («¡Oh tiempos, oh costumbres!»), de Cicerón, deformado para rimar con lo que sigue. ↩
Donner und Doria!, juramento del Fiesco de Schiller, que rima con el moria anterior. ↩
En inglés, «pero no lo puedo evitar». ↩
El hombre confunde el saludo de despedida Leben Sie wohl! («¡Que le vaya bien!») y dice Sie leben wohl! Junto a este párrafo, en el manuscrito, un dibujo de Engels: la cabeza redonda y sonriente de un hombre gordo, con los brazos abiertos; la edición lo reproduce. ↩
En bajoalemán de Bremen, «¡Yo soy ciudadano!»: es decir, ciudadano con derechos de la ciudad libre de Bremen. ↩
Parodia de la oración del fariseo (Lucas 18, 11). La frase final, en bajoalemán: «ciudadano de Bremen, criado y nacido, hijo de Bremen». ↩
En el manuscrito, a la izquierda, un dibujo de Engels: un viejo de pie, de cuerpo entero, que bebe de un vaso; y en el centro, las cabezas de dos viejas; la edición los reproduce. ↩
El discurso que el obispo y predicador de la corte Rulemann Friedrich Eylert (1770-1852) pronunció el 19 de enero de 1840 en la fiesta de la coronación y de las órdenes de caballería, en el palacio real de Berlín. ↩
La orden de gabinete de 22 de mayo de 1815, en que Federico Guillermo III (1770-1840) prometió una representación nacional, a la vuelta de Napoleón de Elba; nunca la cumplió. ↩
Engels cita de memoria y al revés las dos fórmulas de Eylert («Uno para todos y todos para uno»; «Nadie remienda un vestido viejo con un trapo nuevo», de Mateo 9, 16). ↩
Karl von Rotteck (1775-1840), historiador liberal de Baden; el cuarto tomo de su Allgemeine Weltgeschichte für alle Stände (Historia universal para todos los estamentos, Stuttgart, 1833-1839). ↩
En 1823, con el respaldo de la Santa Alianza, el ejército francés de los «Cien Mil Hijos de San Luis» invadió España y restableció el poder absoluto de Fernando VII, acabando con el Trienio Liberal. ↩
El maestro de escuela Cayetano Ripoll (la MEGA¹ lo llama Antonio), ejecutado en Valencia en julio de 1826 por hereje: fue el último ajusticiado por herejía en España. ↩
Ernesto Augusto (1771-1851), rey de Hannover desde 1837, que había derogado la constitución de su reino. ↩
Carlos X (1757-1836), rey de Francia de 1824 a 1830; Fernando VII (1784-1833), rey de España; Francisco I (1768-1835), emperador de Austria, perseguidor de los carbonarios, la sociedad secreta liberal italiana. ↩
Dom Miguel (1802-1866), que usurpó el trono de Portugal en 1828 y gobernó con el terror hasta 1834. ↩
Alejandro I (1777-1825), zar de Rusia desde 1801, subió al trono tras el asesinato de su padre, Pablo I, en una conjura de la que estaba al corriente; Nicolás I era su hermano. ↩