Carta de Friedrich Engels, de diecinueve años, a su hermana Marie, en el internado de Mannheim, escrita los días 18 y 19 de septiembre de 1840 (el lugar, Bremen, lo fija la edición). Traducida de Marx/Engels, Gesamtausgabe (MEGA¹), sección I, tomo 2 (Berlín, 1930), pp. 597-599, por la Escuela de marxismo, 2026. Se conserva completa, con dos dibujos de Engels. Las notas son nuestras. Texto original.
18 de septiembre de 1840.
¡Mi estimadísima!
En este momento se ha desatado el temporal del equinoccio de un modo espantoso; esta noche el viento ha arrancado una ventana de nuestra casa, y los árboles crujen que da pena. ¡Mañana y pasado mañana sí que van a llegar noticias de barcos naufragados! El viejo1 está en la ventana con la cara arrugada, porque anteayer se hizo a la mar un barco en el que lleva lienzo por valor de 3000 táleros, y sin asegurar. No me dices nada de la carta para Ida2 que metí en mi carta anterior; ¿o se me olvidaría meterla? Ahora sí que me quedo aquí hasta Pascua, cosa que, por diversas razones, me viene de perlas. Así que Ida ya se ha ido: eso te sentará fatal.
Aquí también tenemos un campamento como es debido, de casi 3000 hombres: tropas3 de Oldemburgo, Bremen, Lübeck y Hamburgo. El otro día estuve allí y fue una broma enorme. Justo a la entrada de la tienda (un tabernero ha montado allí una tienda grande de comidas) estaba sentado un francés, borracho perdido, que ya no se tenía en pie. Los camareros le colgaron al cuello una gran corona, y entonces se puso a berrear: Bekrenst mit Laup ten libehn vollehn Beker.4 Luego lo arrastraron al depósito de cadáveres, es decir, al pajar, y allí se quedó tumbado durmiendo. Cuando se le pasó la borrachera, pidió prestado un caballo a otro, se montó y se puso a galopar sin parar de un extremo a otro del campamento. A cada momento estaba a punto de caerse de la manera más agradable. Allí nos divertimos de lo lindo y, sobre todo, bebimos un vino estupendo. El domingo pasado fui a caballo a Vegesack,5 excursión en la que tuve el placer de quedarme calado cuatro veces, aunque llevaba dentro tanto ardor que enseguida volvía a estar seco. Claro que tenía también un jamelgo abominable, que trotaba durísimo, de modo que los infames zarandeos le llegaban a uno hasta la médula. Ahora mismo nos traen otras seis botellas de cerveza, que enseguida han de pasar al proceso de combustión… estaba pensando en los puros… quiero decir al proceso de vaciado. Una botella ya casi me la he despachado, y de paso he fumado un puro; ahora mismo nuestro don Guillermo, el principal joven,6 vuelve a salir, y entonces se empieza de nuevo.
19 de septiembre de 1840.
Vosotras sí que lleváis una vida más aburrida que nosotros. Ayer por la tarde ya no quedaba trabajo, el viejo había salido y Wilhelm L[eupold] tampoco se dejaba ver apenas. Así que encendí un puro, primero te escribí lo de arriba, luego saqué del pupitre el Fausto de Lenau7 y estuve leyendo. Después me bebí otra botella de cerveza y a las siete y media me fui a ver a Roth;8 nos largamos a la Union,9 donde leí la Historia de los Hohenstaufen de Raumer10 y luego cené un bistec con ensalada de pepino. A las diez y media me fui a casa y leí la Gramática de las lenguas románicas de Diez11 hasta que me entró sueño. Encima, mañana vuelve a ser domingo, y el miércoles es el día de penitencia y oración de Bremen, y así va uno tirando poco a poco hasta meterse en el invierno. Este invierno tomaré clases de baile con Eberlein,12 para acostumbrar mis piernas tiesas a un poco de gracia. Aquí tienes una escena de la Schlachte, es decir, de la calle que tiene a un lado el Weser y donde se descargan las mercancías. El tipo del látigo es el carretero, que está a punto de llevarse los sacos de café que están ahí detrás; el tipo del saco, a la derecha, es el mozo de la Schlachte que los carga; a su lado, un tonelero que acaba de sacar una muestra y aún la tiene en la mano, y al lado de este, el barquero de cuya barcaza se han descargado los sacos.13 No podrás negar que estas figuras son muy interesantes. Cuando el carretero conduce, se sienta en el caballo sin silla, sin estribos y sin espuelas y le clava los talones en las costillas sin parar, así:14
Ahora vuelve a llover de una manera muy impropia para un sábado por la tarde: en realidad solo debería llover entre semana, y desde el sábado a mediodía hacer buen tiempo. ¿Sabes lo que es el café de Santo Domingo superfino mediano ordinario? Es otro de esos conceptos profundos que se dan en la filosofía del estamento mercantil y que vuestras facultades intelectuales no pueden comprender. El café de Santo Domingo superfino mediano ordinario es un café de la isla de Haití que tiene un ligero tinte verdoso, por lo demás es gris, y en el que por cada diez granos buenos te dan de propina cuatro granos malos, seis piedrecitas y un cuarto de lot15 de porquería, polvo, etc. Ahora ya lo habrás entendido. La libra cuesta ahora nueve grotes y medio, que son cuatro Silbergroschen y 8¹²³/₁₃₇ peniques.16 En realidad no debería revelar estos secretos comerciales, porque no hay que contar lo que pasa en casa; pero como eres tú, haré una excepción. Ahora mismo dice nuestro mozo de almacén: Herr Derkhiem, wann Se sek met de Jungens gemein mokt, so met Se sek en beten mehr en Respekt hohlen, sons krigt Se dat Volk ganz unner de Föte, Heinrich dat es en slimmen Jung, do hebb’ ick manch’ en Tuck med har’d, Se met nich so veel domet speelen, Se möt se gliks wat achter de Ohren geven, anners helpt nich, um wann Se no’n Ohlen geht, de dait de Jungens ok nix, de segt man blot: Laßt mir den Kerl vom Halse.17 Así puedes practicar un poco nuestro bajoalemán.
Por lo demás, soy tu segurísimo servidor
Friedrich.
El dueño de la casa de comercio, el cónsul Heinrich Leupold. ↩
Ida Engels (1822-1884), prima de Engels, hija de su tío August Engels. ↩
Engels escribe Trupfen en lugar de Truppen, como en la carta anterior a Marie, del 20-25 de agosto. ↩
«Bekränzt mit Laub den lieben vollen Becher» («Coronad de hojas la querida copa llena»), primer verso de la Canción del vino del Rin de Matthias Claudius, berreado con acento francés. ↩
Pueblo a orillas del Weser, río abajo de Bremen. ↩
Wilhelm Leupold, hijo del cónsul Heinrich Leupold. ↩
Faust. Ein Gedicht (1836), poema de Nikolaus Lenau (1802-1850). ↩
Richard Roth (1821-1858), amigo de juventud de Engels, de Barmen. ↩
El casino de los comerciantes de Bremen, con sala de lectura. ↩
Geschichte der Hohenstaufen und ihrer Zeit, de Friedrich von Raumer (1781-1873), en seis tomos (1823-1825). ↩
Grammatik der romanischen Sprachen (1836-1838), de Friedrich Diez (1794-1876), el fundador de la filología románica. ↩
Empleado de la casa Leupold. ↩
En el manuscrito, junto a este pasaje, un dibujo de Engels: cuatro hombres en el muelle, entre sacos; a la izquierda, el carretero con el látigo; en medio, dos hombres con sombrero que fuman, uno de ellos con un vasito en la mano; a la derecha, el mozo con un saco a hombros. La edición lo reproduce. ↩
En el manuscrito, aquí, otro dibujo de Engels: el carretero, látigo en alto, montado sobre el caballo delantero de un tiro que arrastra un carro, en el que va sentado otro hombre. La edición lo reproduce. ↩
Antigua medida de peso, de unos quince gramos. ↩
El Silbergroschen, moneda de plata prusiana, valía doce peniques (Pfennige); treinta hacían un tálero prusiano. ↩
En bajoalemán de Bremen: «Señor Derkhiem, si usted se pone a la altura de los chicos, tiene que hacerse respetar un poco más; si no, esa gente se le sube a usted a las barbas. Heinrich es un chico malo, yo he tenido más de una trastada con él; usted no tiene que jugar tanto con ellos, tiene que darles enseguida un pescozón, si no, no hay nada que hacer; y si va usted al viejo, ese no les hace nada a los chicos, no dice más que: “Quítenme a ese tipo de encima”». ↩