Carta de Friedrich Engels, de diecinueve años, a su hermana Marie, en el internado de Mannheim, escrita en Bremen el 29 de octubre de 1840. Traducida de Marx/Engels, Gesamtausgabe (MEGA¹), sección I, tomo 2 (Berlín, 1930), pp. 600-602, por la Escuela de marxismo, 2026. Se conserva completa, con un dibujo de Engels. Las notas son nuestras. Texto original.
¡Querida Marie!
La próxima vez no me escribas por Barmen: madre deja las cartas mucho tiempo en casa hasta que escribe ella, y eso a menudo tarda mucho. Pero lo que quería escribirte, aunque no puedes contarlo en casa, porque quiero darles la sorpresa la primavera que viene, es que ahora llevo un bigote enorme, y dentro de poco me pondré además un Henriquatre1 y perilla. Madre se va a quedar pasmada cuando de repente aparezca cruzando el prado de blanqueo2 un tipo largo de barba negra como yo. El año que viene, cuando vaya a Italia,3 también tendré que parecer un italiano.
Sophie Leupold
Esto lo ha escrito la pequeña Sophie Leupold,4 que acaba de venir a verme al escritorio mientras el viejo5 y Eberlein, que come aquí en la casa, están en una gran comida. ¡Ay, cuántas cosas interesantes te podría contar de esta comida, de compromisos de boda aún no anunciados y de besos a escondidas! Pero eso no es para una chica de pensionado. Ya te enterarás bastante pronto, cuando volvamos a estar en casa. Entonces me siento en el jardín, y tú me sacas una jarra grande de cerveza y pan con mantequilla y salchicha, y entonces te digo: «Mira, hermana querida, como me has traído la cerveza y hace una tarde de verano tan bonita, te voy a contar también la gran comida que se celebró anno 1840, el día 29 del mes de octubre, en Bremen, en Martini número once, en el Real Consulado de Sajonia».6 Pero ahora solo te puedo decir que hoy a mediodía se van a beber cantidades enormes de madeira, oporto, pauillac, haut-sauternes y vino del Rin. Porque aunque no son más que cinco señores, todos beben muy bien, casi tan bien como yo. Ahora tenemos aquí la feria,7 y aunque no tengo el honor de ser presentado a Su Alteza Real una gran duquesa ni a muchas serenísimas princesas, también nos divertimos. Por suerte soy tan corto de vista que no sé ni qué cara tienen las cuatro altas, altísimas y supremas personas que han tenido el honor de pasar en coche por delante de mí. La próxima vez que te presenten a una de esas graciosísimas, escríbeme si es guapa; si no, personalidades así no me interesan nada.8 Nuestra noble bodega del ayuntamiento está ahora tan bien arreglada como se puede estar; se sienta uno muy a gusto entre los toneles. El domingo pasado celebramos allí una juerga de bigotes. Resulta que mandé una circular a todos los jóvenes capaces de bigote, diciendo que ya era hora de abominar de todos los filisteos,9 y que eso no se podía hacer mejor que llevando bigote. Así que quien tuviera valor bastante para desafiar el filisteísmo y llevar bigote debía firmar. Enseguida reuní una docena de bigotes, y se fijó para el 25 de octubre, día en que nuestros bigotes cumplían un mes, un jubileo bigotudo en común. Pero yo ya me figuraba lo que iba a pasar, compré un poco de cera para bigotes y me la llevé; y resultó, en efecto, que uno tenía un bigote muy bonito, pero, por desgracia, completamente blanco, y otro había recibido de su principal la orden de cortarse aquella cosa criminal. En fin, esa noche teníamos que tener bigote por lo menos, y el que no tenía, tenía que pintárselo. Entonces me levanté y pronuncié el siguiente brindis:
En todo tiempo llevaron bigote todos los hombres valientes de aquí y de allá, y los que blandieron la espada por la patria llevaron todos bigotes negros y castaños. Por eso, en estos días belicosos,10 debemos llevar todos un bigote orgulloso. Los filisteos, claro está, no lo han consentido y se han cortado los bigotes, pero nosotros no somos filisteos, no, y por eso nos dejamos crecer el bigote bien espeso. ¡Viva todo buen cristiano que esté provisto de bigote, y pereant11 todos los filisteos que han proscrito y desterrado los bigotes!
Estos ripios se brindaron con gran entusiasmo, y después salió otro. A este su principal no le quería dar llave de casa, y así tenía que estar en casa a las diez, porque si no cerraban la casa y ya no lo dejaban entrar. A más de un pobre diablo le pasa lo mismo aquí. Este dijo:
¡Pereant todos los principales que no sueltan la llave de casa! ¡Que encuentren pelos y moscas en la fuente de la cena, y se revuelvan en la cama sin poder dormir!
Y otra vez se brindó. Así siguió la cosa hasta las diez; entonces los sin llave tuvieron que irse a casa, pero los afortunados que tenemos llave nos quedamos sentados y comimos ostras. Yo me comí ocho, pero no pude más: hasta ahora esa cosa no me hace gracia.
Como te gustan tanto las cuentas que hasta me quieres premiar por ellas con la orden del sobre amarillo,12 tendré la merced de obsequiarte con la observación de que el Kurant13 está ahora al 106½ %, cuando hace un año estaba a 114. Los luises de oro bajan tanto que quien aquí en Bremen tenía hace un año un millón de táleros ahora solo tiene novecientos mil, o sea, cien mil táleros menos. ¿No es enorme?
Sigues sin decirme nada del papelucho para Ida:14 ¿lo recibiste y se lo diste, o no? Me sentaría fatal no haberlo mandado y que se hubiera quedado aquí y hubiera caído en manos del viejo. Escríbeme, pues, y en concreto la carta larga de seis páginas que me prometiste. Ya sabré corresponder. Aquí, en el sobre, se te vuelve a obsequiar con algunas cuentas que puedes tomarte a pecho. De que haya tenido que copiar otra vez esta carta tiene la culpa el señor Timoleon Miesegans, de Bremen, el mismo al que el viejo echó una vez de casa hace dos años. Con respeto y adhesión,
Friedrich.
Bremen, 29 de octubre de 1840.
[En el reverso, la dirección:]
A la señorita Marie Engels, en el Instituto Gran Ducal de Mannheim.
[Matasellos:] Bremen, 30 de octubre. Mannheim, 2 de noviembre.
Barba de punta en el mentón, a la manera de Enrique IV de Francia. ↩
Bleiche: el prado donde se tendían al sol los hilos y tejidos para blanquearlos, junto a la casa de los Engels en Barmen. ↩
En la primavera de 1841, al terminar su aprendizaje en Bremen, Engels viajó en efecto por Suiza y el norte de Italia. ↩
Hija pequeña del cónsul Heinrich Leupold. En el manuscrito, el nombre está escrito con letra infantil, y debajo Engels ha dibujado el perfil de una cabeza de niña; la edición lo reproduce. ↩
El cónsul Heinrich Leupold, dueño de la casa de comercio; Eberlein era empleado de la casa. ↩
Leupold era cónsul del reino de Sajonia en Bremen; la casa y el escritorio estaban en la calle Martini, número 11. ↩
El Freimarkt, la gran feria anual de Bremen, en octubre. ↩
Marie le había contado, por lo visto, que la habían presentado a personas de la corte; en Mannheim residía la gran duquesa viuda de Baden, Estefanía de Beauharnais. ↩
Perhorreszieren, latinismo estudiantil: «aborrecer, rechazar con horror». ↩
Alusión a la crisis de 1840 entre Francia y los Estados alemanes, cuando el gobierno de Thiers reclamó la frontera del Rin y se habló de guerra. ↩
En latín: «¡mueran!», fórmula de las canciones estudiantiles. ↩
Broma de Marie, que había prometido a su hermano una «orden del sobre amarillo», como si fuera una condecoración; véase la carta siguiente, del 6-9 de diciembre de 1840. ↩
La moneda corriente prusiana, cotizada aquí frente al oro de Bremen. ↩
Ida Engels (1822-1884), prima de Engels; véase la carta del 18-19 de septiembre. ↩