Carta de Friedrich Engels, de veintiún años, a su hermana Marie, interna en el Instituto Gran Ducal de Mannheim, escrita en Berlín los días 5 y 6 de enero de 1842, durante su año de voluntario en la artillería de la Guardia. Traducida de Marx/Engels, Gesamtausgabe (MEGA¹), sección I, tomo 2 (Berlín, 1930), pp. 616-619, por la Escuela de marxismo, 2026. Se conserva completa. Las notas son nuestras. Texto original.
Berlín, 5 de enero de 1842.
¡Mi querida Marie!
Con la más tremenda vergüenza he tenido que dejar que tu carta me recordara el deber, tanto tiempo descuidado, de escribirte. De verdad que ha sido una vergüenza por mi parte, y el crimen no tiene perdón. Por eso me voy a poner ahora mismo a contestar tu querida carta, que recibí anteayer. Ayer me dio la fiebre del cañón.1 Resulta que toda la mañana estuve muy indispuesto y flojo, luego me llamaron a la instrucción y junto al cañón casi me da un desmayo, así que me retiré y pasé la tarde disfrutando de una fiebre vergonzosa; esta mañana me encontraba mejor, pero la instrucción todavía no quería salir del todo bien; con todo, ahora estoy ya más o menos en forma y he hecho que me den dos días de baja por fiebre catarral del cañón, tras los cuales espero estar otra vez en condiciones de meter el escobillón2 en el ánima como es debido. Por cierto, no escribas nada de esto a casa, que no serviría de nada. ¿Sabes lo que me ha recetado el médico para la fiebre del cañón? Un vaso de ponche antes de acostarme. ¿No es una buena medicina? De ahí puedes ver que un cirujano de compañía vale mucho más que, por ejemplo, un doctor Reinhold3 con todos sus emplastos y sus cantáridas, sus sanguijuelas, etc., aunque no necesite saber ni de lejos tanto como él. Pero entre nosotros solo se emplean remedios enérgicos, pura artillería pesada médica, bombas y granadas y piezas de a veinticuatro. Nuestras recetas son muy sencillas, y en Bremen me curaba continuamente con ellas. Primero cerveza; si eso no ayuda, ponche; si tampoco ayuda, un trago de ron, y eso tiene que ayudar. Eso es medicina de artilleros. Por cierto, creo que te morirías de risa si me vieras con la chaqueta de faena y el escobillón largo y gordo en el puño, plantado junto a la pieza de a seis y saltando alrededor de la rueda. Mi uniforme, por lo demás, es muy bonito: azul, con cuello negro con dos anchas franjas amarillas, y con vueltas negras con franjas amarillas, además de faldones forrados de rojo. Y luego las hombreras rojas con ribetes blancos; te digo que hace un efecto pomposo y que podría exhibirme en una exposición. Hace poco dejé de lo más desconcertado al poeta Rückert,4 que ahora está aquí. Resulta que, cuando daba su lección, me senté justo delante de él, y el pobre hombre no hacía más que mirar mis botones relucientes y perdió por completo el hilo. Además, como soldado tengo el privilegio de que no necesito llamar a ninguna puerta cuando voy a ver a alguien, ni dar los buenos días ni andar con otros cumplidos. Una vez uno fue a ver al capitán y sin querer dio con la vaina del sable en la puerta; por eso le cayeron ocho días de arresto, porque el capitán sostuvo que había llamado. Ya ves qué tipo tan formidable soy; además pronto voy a ser bombardero,5 que es una especie de suboficial, y me pondrán galones dorados en las vueltas; así que tenme el debido respeto. Porque cuando sea bombardero, mandaré sobre todos los soldados rasos de todo el ejército prusiano, y todos los soldados rasos tendrán que llevarse la mano a la gorra delante de mí.
¿Qué es todo eso que me cuentas en tu carta del viejo Fritz Wilm y del joven Fritzchen Wilmchen?6 Vosotras, las mujeres, no os tenéis que meter en política, que de eso no entendéis nada. Pero ya que tienes tantas ganas de saber algo de tu querida Majestad, te contaré que Su Altísima Persona saldrá el 16 de este mes para Londres a fin de sostener en la pila bautismal a Su Alteza Real el principito inglés;7 que a la vuelta irá quizá a París, pero con toda seguridad a Colonia; que en primavera celebrará en Petersburgo las bodas de plata de su augusto cuñado, el emperador de Rusia;8 que luego, en verano, se divertirá en Potsdam y pasará el otoño en el Rin, para luego divertirse el invierno en Charlottenburg. Ahora tengo que irme a clase.9
6 de enero de 1842.
Esta mañana me he mudado del cuarto de delante al de atrás, porque el de delante se lo han alquilado a un paisano mío, un jurista de la región de Colonia, y además se calienta mal. Es curioso: este cuarto de atrás es más grande que el de delante, y sin embargo siempre está caliente con un poco de fuego, mientras que el de delante está helado. Allí delante, por mucho que me esforzara, no conseguía que se derritieran las flores de hielo de las ventanas, pero aquí atrás da gusto ver cómo el hielo, de un dedo de grueso y helado desde hace ocho días, se derrite como en primavera y el cielo azul y claro se asoma alegre, después de tanto tiempo sin poder verlo desde el cuarto. También vuelven a verse el cuartel del segundo regimiento de la Guardia de los Schwammklöpper (así llamamos a los de infantería),10 toda la plaza de la Escuela de Veterinaria y lo que hay alrededor.
Aquí tenemos un restaurante renano en el que hacen todos los platos preferidos de nuestra tierra, que aquí no conoce nadie. Todos los sábados por la noche se comen tortas de patata rallada y se toma con ellas un Köpken Koffe.11 Ayer comí manzanas con patatas. Nuestra vieja Erpelssupp, que seguramente tú también recordarás, desempeña un papel importante. Y así un montón de cosas más, que ahora no se me ocurren. Hoy a mediodía hay chucrut con cerdo, y ya se me hace la boca agua. Hace poco quiso convidarnos también a Pannhas, pero no le salió, porque aquí no hay harina de alforfón, y así tampoco se pueden hacer Pufferskuchen, que echamos de menos desde hace mucho tiempo.
¡Muy bien! Ahí empieza a brillar el sol con todas sus ganas, lo que me parece muy edificante. Porque ahora, después de comer, me iré a pasear, y como Schelling12 no da clase esta noche, tendré toda la noche para mí y podré trabajar mucho y sin que me molesten.
El teatro de aquí es muy bonito: decorados excelentes, actores magníficos, pero cantantes casi siempre malos. Por eso voy poco a la ópera. Mañana estrenan una obra, Colón, de Werder.13 El Colón es el mismo que descubrió América, y el Werder es profesor aquí en la universidad, el mismo que descubrió la profundidad de la negación. En verdad, en verdad te digo que mañana el teatro estará lleno, y yo también contribuiré a ese lleno. Dos actos pasan en el mar, en un barco, lo que dicen que es muy curioso de ver. Aquí me ves de uniforme,14 con el capote echado por los hombros de manera muy romántica y pintoresca, pero tremendamente contraria al reglamento. Si saliera así a la calle, correría a cada instante el peligro de que me mandaran al calabozo, lo que no es precisamente agradable. Porque con que en la calle lleve desabrochado un solo botón del uniforme o un corchete del cuello, cualquier oficial o suboficial puede mandarme arrestado. Ya ves que es peligroso ser soldado, incluso en tiempo de paz. Lo mejor es que cada cuatro semanas tenemos que ir a la iglesia; yo siempre me he escabullido, salvo una vez; porque hay que estar una hora antes en el patio con el pesado chacó adornado con penacho, y luego llega uno bien aterido a la iglesia helada, donde otra vez no se oye nada del sermón, de mal que suena. ¿No es bonito?
Escribe pronto otra vez a tu
hermano Friedrich.
La oblea no pega muy bien.15
Kanonenfieber: en alemán, el miedo del soldado antes de entrar en fuego; Engels lo toma al pie de la letra. ↩
El Wischer, la lanza con una escobilla o esponja en la punta con que se limpiaba el ánima del cañón después de cada disparo. ↩
Médico de Barmen. ↩
Friedrich Rückert (1788-1866), poeta y orientalista, llamado a Berlín por Federico Guillermo IV en 1841 como profesor de la universidad. ↩
Bombardier: en la artillería prusiana, el primer grado por encima del simple artillero. Engels lo era ya en abril; véase la carta del 14-16 de abril de 1842. ↩
Federico Guillermo III (1770-1840) y su hijo Federico Guillermo IV (1795-1861), rey de Prusia desde junio de 1840; Fritz Wilm es la forma popular de «Federico Guillermo». ↩
Federico Guillermo IV fue padrino de Alberto Eduardo, príncipe de Gales y futuro Eduardo VII, nacido en noviembre de 1841 y bautizado en Windsor el 25 de enero de 1842. ↩
Nicolás I (1796-1855), emperador de Rusia, se había casado en julio de 1817 con Carlota de Prusia, hermana de Federico Guillermo IV. ↩
Engels asistía como oyente a lecciones de la Universidad de Berlín. ↩
Mote berlinés de los soldados de infantería. ↩
En dialecto de Barmen, «una tacita de café». Los platos que siguen son de la cocina de Barmen y del Bajo Rin: las tortas de patata rallada (Reibkuchen), las «manzanas y patatas» (puré de patata con manzana), la Erpelssupp (sopa de patata), el Pannhas (una especie de embutido de caldo de matanza y harina de alforfón) y los Pufferskuchen (tortas fritas). ↩
Friedrich Wilhelm Joseph von Schelling (1775-1854), llamado a Berlín en 1841 por Federico Guillermo IV para combatir la influencia de Hegel. Engels asistía a sus lecciones y las atacó en Schelling über Hegel (1841) y en los folletos Schelling und die Offenbarung y Schelling, der Philosoph in Christo (1842). ↩
Christoph Columbus, tragedia en cinco actos de Karl Werder (1806-1893), profesor de filosofía en Berlín y hegeliano, estrenada el 7 de enero de 1842 en la Ópera Real de Berlín. La «profundidad de la negación» se burla de la jerga de la lógica hegeliana que Werder enseñaba. ↩
En el manuscrito, junto a este pasaje, un dibujo de Engels: él mismo de cuerpo entero, de uniforme, con gorra de visera, levita abotonada con dos filas de botones y el capote echado por los hombros. La edición lo reproduce. ↩
La oblea con que se cerraba la carta. ↩