Carta de Friedrich Engels, desde París, al Comité de Correspondencia Comunista de Bruselas (la tercera de sus «cartas al Comité»), escrita el 23 de octubre de 1846. Se conserva completa. Traducida de la primera MEGA (MEGA¹ III/1, Berlín, 1929, carta n.º 13, pp. 49-54) por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original.

Carta al Comité (n.º 3).1

Sobre los asuntos de los Straubinger2 de aquí hay poco que decir. Lo principal es que los distintos puntos de discordia que he tenido que dirimir hasta ahora con los muchachos están ya decididos: el principal partidario y discípulo de Grün,3 papá Eisermann,4 ha sido echado a la calle; los demás han perdido por completo su influencia sobre la masa, y he conseguido que se apruebe por unanimidad una resolución contra ellos.

El curso de las cosas, en resumen, es este:

Durante tres veladas se discutió el plan de asociación de Proudhon.5 Al principio tenía en contra a casi toda la camarilla; al final, solo a Eisermann y a los otros tres grünianos. Lo principal era demostrar la necesidad de la revolución violenta y, en general, rechazar el verdadero socialismo de Grün, que había encontrado nuevas fuerzas vitales en la panacea proudhoniana, como antiproletario, pequeñoburgués y straubingeriano.6 Al final me enfurecí por la eterna repetición de los mismos argumentos por parte de mis adversarios y ataqué directamente a los Straubinger, lo que provocó gran indignación entre los grünianos, pero con lo que le arranqué al noble Eisermann un ataque abierto contra el comunismo. Entonces le puse la tapa tan sin miramientos que no volvió nunca más.

A partir de ahí me agarré al asidero que Eisermann me había dado —el ataque contra el comunismo—, tanto más cuanto que Grün no paraba de intrigar, iba por los talleres, citaba a la gente en su casa los domingos, etc., etc., y el domingo siguiente a la sesión mencionada cometió él mismo la estupidez sin límites de atacar el comunismo delante de ocho o diez Straubinger. Declaré, pues, que antes de seguir discutiendo había que votar si nos reuníamos allí qua7 comunistas o no. En el primer caso, había que cuidar de que no se repitieran ataques al comunismo como los de Eisermann; en el otro caso, si no eran más que individuos cualesquiera que discutían de esto y de aquello, de cualquier cosa, por mí podían irse a paseo, y yo no volvería. Esto causó gran espanto entre los grünianos: estaban allí reunidos, decían, «por el bien de la humanidad», para ilustrarse; eran hombres del progreso, y no unilaterales, cazadores de sistemas, etc., etc., y a hombres tan cabales no se les podía llamar en modo alguno «gente cualquiera». Además, primero tenían que saber qué era en realidad el comunismo (¡estos perros, que llevan años llamándose comunistas y que solo se han apartado por miedo a Grün y a Eisermann, después de que estos se les hubieran colado con el pretexto del comunismo!). Naturalmente, no me dejé atrapar por su cariñoso ruego de que les explicara a ellos, los ignorantes, en dos o tres palabras qué era el comunismo. Les di una definición sumamente simple, que [llegaba] exactamente hasta donde llegaban los puntos en litigio; que, al afirmar la comunidad de bienes, excluía la mansedumbre, la delicadeza y las consideraciones con los burgueses, o con el straubingerismo, y finalmente la sociedad por acciones proudhoniana con su conservación de la posesión individual y todo lo que va unido a ella, y que, por lo demás, no contenía nada que pudiera dar pie a divagaciones y a eludir la votación propuesta. Definí, pues, los propósitos de los comunistas así: 1) imponer los intereses de los proletarios en oposición a los de los burgueses; 2) hacerlo mediante la abolición de la propiedad privada y su sustitución por la comunidad de bienes; 3) no reconocer otro medio para llevar a cabo estos propósitos que la revolución democrática violenta. Sobre esto se discutió durante dos veladas. En la segunda, el mejor de los tres grünianos, al notar el estado de ánimo de la mayoría, se pasó por completo a mi lado. Los otros dos se contradecían continuamente el uno al otro sin darse cuenta. Varios tipos que nunca habían hablado abrieron de pronto la boca y se declararon decididamente a mi favor. Hasta entonces solo lo había hecho Junge.8 Algunos de estos homines novi,9 aunque temblaban de miedo mortal a quedarse atascados, hablaron muy bien y parecen tener, en general, un juicio muy sano. En una palabra, cuando se llegó a la votación, la asamblea se declaró comunista en el sentido de la definición anterior por trece votos contra los dos de los dos grünianos que habían permanecido fieles, uno de los cuales ha declarado además después que tiene las mayores ganas de convertirse.

Con esto se ha hecho por fin tabula rasa,10 y ahora se puede empezar a hacer algo de estos tipos, hasta donde se pueda. Grün, que pudo salir fácilmente de su asunto de dinero porque los principales acreedores eran precisamente grünianos, sus principales partidarios, ha caído ahora muy bajo ante la mayoría y ante una parte de sus mismos partidarios, y pese a todas sus intrigas y experimentos (por ejemplo, ir con gorra a las asambleas de la barrera,11 etc., etc.), ha fracasado estrepitosamente con su sociedad proudhoniana. Si yo no hubiera estado aquí, nuestro amigo Ewerbeck12 se habría metido de cabeza, tête baissée.13 —

¡Qué hermosa estratagema tenía Grün! Desesperando de la inteligencia de sus tipos, les repite sus historias hasta que se las saben de memoria. Después de cada sesión —naturalmente, no había nada más fácil que hacer callar a una oposición así—, toda la banda derrotada corría a Grün, le contaba lo que yo había dicho —todo deformado, claro está— y se dejaba armar de nuevo. Cuando luego abrían la boca y habían dicho dos palabras, uno sabía siempre de antemano la frase entera. Naturalmente, con este correveidile me guardé mucho de decirles a los tipos nada general que pudiera servir al señor Grün para nuevos adornos de su verdadero socialismo; y aun así el perro ha explotado en la Kölnische [Zeitung],14 con diversas deformaciones y a propósito de la revolución de Ginebra,15 cosas que yo les dije a los Straubinger, mientras aquí les machacaba lo contrario. Ahora se dedica a la economía política, el buen hombre.

Habréis visto anunciado el libro de Proudhon.16 Me llegará uno de estos días; cuesta 15 francos: no se puede comprar, es demasiado caro.

El público mencionado, ante el que se ha representado la historia, se compone de unos veinte ebanistas que, por lo demás, solo se reúnen en la barrera con toda clase de gente, que aparte de un club de canto no tienen ninguna asociación propiamente cerrada, pero que en parte son restos, rudera,17 de la Liga de los Justos.18 Si pudiéramos reunirnos públicamente, pronto tendríamos más de cien tipos solo de los ebanistas. De los sastres solo conozco a algunos que vienen también a la reunión de los ebanistas. De los herreros y de los curtidores no se sabe nada en todo París. Nadie sabe nada de ellos.

Kriege19 ha presentado estos días a la «Halle» (la administración central)20 su informe como miembro de la Liga de los Justos. Naturalmente, he leído la misiva; pero como eso era violar el juramento, que se castiga con pena de muerte, puñal, soga y veneno, no debéis escribirlo en ninguna parte. La carta demuestra, igual que su réplica a nuestro ataque,21 que este ataque le ha sido muy útil y que ahora se ocupa algo más de las cosas de este mundo. Hacía un largo relato de sus dificultades. El primer capítulo de esta historia americana de Straubinger contenía su mala suerte: evidentemente, Kriege estaba al frente y llevaba los asuntos de dinero desde el punto de vista del corazón que abarca el mundo entero; el Tribun22 se regalaba en vez de venderse, el fondo lo formaban donativos de caridad; en una palabra, se quería volver a representar los capítulos III a VI de los Hechos de los Apóstoles; tampoco faltaron Ananías y Safira,23 y al final se encontraron llenos de deudas. El segundo periodo, en el que Kriege queda reducido a simple «registrador» y otros tipos parecen haberse hecho cargo de la administración del dinero, es el del despegue. En vez de apelar al pecho rebosante de los hombres, se apeló ahora a sus piernas aficionadas al baile y, en general, a sus lados más o menos poco comunistas, y se vio con asombro que con bailes, excursiones al campo, etc., se podía reunir todo el dinero necesario, y que también la maldad de los hombres podía explotarse en beneficio del comunismo. Ahora, decía, estaban perfectamente saneados en lo pecuniario. Entre los «obstáculos» que habían tenido que vencer, el valiente hijo de Tecklenburg24 enumera también las calumnias y sospechas de todas partes que habían tenido que soportar, entre otros, «últimamente también de los filósofos “comunistas” de Bruselas». Por lo demás, suelta algunas trivialidades contra las colonias, les recomienda (es decir, a sus enemigos más resueltos) al «hermano Weitling», pero en conjunto se mantiene bastante a ras de tierra, aunque algo untuoso, y solo de vez en cuando algún que otro gemido de fraternidad, etc.

¿Tenéis ahí La Réforme? Si no la leéis, escribídmelo, y os informaré cuando traiga algo especial. Desde hace cuatro días la emprende con Le National25 por su refus,26 su negativa a adherirse sin reservas a una petición sobre la reforma electoral que circula por aquí. Esto se debe, afirma, a su mera inclinación por Thiers. Hace algún tiempo corrió aquí que Bastide y Thomas habían dejado Le National, que Marrast se había quedado solo y que este se había aliado con Thiers.27 Le National lo desmintió. Cambios en su redacción ha habido, desde luego; no sé más detalles; que desde hace un año es especialmente favorable a Thiers, se sabe; La Réforme le expone ahora en qué ridículos se ha metido por esa inclinación. — Por lo demás, Le National, por pura oposición a La Réforme, ha hecho últimamente algunas tonterías: por ejemplo, negó por pura malicia, hasta que ya no pudo más, la contrarrevolución portuguesa que La Réforme había contado primero,28 etc. La Réforme se esfuerza ahora por sostener una polémica tan brillante como la de Le National, pero no lo consigue. —

Después de escribir hasta aquí, fui todavía a ver a los Straubinger, y resultó lo siguiente: Grün, demasiado impotente para hacerme daño de ninguna manera, me hace ahora denunciar en la barrera. Eisermann ataca el comunismo en la asamblea pública de la barrera, a la que acuden mouchards,29 donde naturalmente nadie puede contestarle sin exponerse al peligro de que lo echen del país; Junge le contestó muy furioso, pero ayer le llamamos la atención. Entonces Eisermann declaró que Junge era el portavoz de un tercero (que naturalmente soy yo), que había caído entre la gente como una bomba, y que él sabía muy bien cómo se adoctrinaba allí a la gente para las discusiones de la barrera, etc., etc. En una palabra, soltó allí cosas que equivalen a una denuncia completa ante la policía; porque el tabernero en cuyo local ocurrió la historia dijo hace apenas cuatro semanas: il y a toujours des mouchards parmi vous,30 y el comisario de policía también estuvo allí una vez por entonces. A Junge lo atacó directamente como «revolucionario». El señor Grün estuvo presente todo el tiempo y le soplaba a Eisermann lo que tenía que decir. Esta vileza supera todo lo imaginable. Para mí, tal como conozco las cosas, Grün es plenamente responsable de todo lo que dice Eisermann. Contra esto no hay absolutamente nada que hacer. Al cabeza de chorlito de Eisermann no se le puede atacar en la barrera, porque allí se denunciaría otra vez la reunión semanal; Grün es demasiado cobarde para hacer él mismo algo en su propio nombre. Lo único que se puede hacer es que la gente declare en la barrera que no discuten sobre el comunismo, porque eso podría poner en peligro a toda la asamblea ante la policía.

Escribid de una vez.

Vuestro, E.

París, 23 de octubre de 1846.

  1. El Comité de Correspondencia Comunista, formado en Bruselas a comienzos de 1846 por Marx, Engels y Philippe Gigot, quería poner en contacto a los comunistas de distintos países. Engels, que vivía en París desde agosto de 1846, le informaba en cartas numeradas sobre su trabajo entre los artesanos alemanes de la ciudad, organizados en la Liga de los Justos. ↩

  2. Straubinger: así se llamaba a los oficiales artesanos alemanes que iban de ciudad en ciudad; Marx y Engels usan el nombre con desprecio para el gremialismo y la estrechez de miras de los artesanos. ↩

  3. Karl Grün (1817-1887), publicista, uno de los principales representantes del «verdadero socialismo»; vivía en París y difundía entre los artesanos alemanes las ideas de Proudhon. ↩

  4. Eisermann, ebanista alemán de París, partidario de Grün. ↩

  5. Pierre-Joseph Proudhon (1809-1865) proponía organizar a los trabajadores en sociedades de intercambio y de crédito mutuo que, con sus propios ahorros, recompraran poco a poco los medios de producción. ↩

  6. En el manuscrito, por un lapsus de Engels, los dos verbos están cambiados: «rechazar la necesidad de la revolución violenta» y «demostrar» que el verdadero socialismo es antiproletario. Traducimos el sentido evidente, como indican los editores de la MEGA¹. ↩

  7. En latín: «en calidad de». ↩

  8. Adolph Junge, ebanista alemán de París, miembro de la Liga de los Justos y partidario de Engels. ↩

  9. En latín: «hombres nuevos». ↩

  10. En latín: «tabla rasa». ↩

  11. Las barrières eran las puertas de la muralla de arbitrios de París; más allá, libres del impuesto de consumos, estaban las tabernas donde se reunían los obreros. ↩

  12. August Hermann Ewerbeck (1816-1860), médico, dirigente de la Liga de los Justos en París. ↩

  13. En francés: «de cabeza», a ciegas. ↩

  14. La Kölnische Zeitung, diario liberal moderado de Colonia. ↩

  15. El levantamiento radical de Ginebra del 7 al 9 de octubre de 1846, dirigido por James Fazy, que derribó al gobierno conservador del cantón. ↩

  16. Système des contradictions économiques, ou Philosophie de la misère, publicado en París en octubre de 1846. Marx le respondió con Miseria de la filosofía. ↩

  17. En latín: «escombros», «restos». ↩

  18. La Liga de los Justos, sociedad secreta de artesanos alemanes fundada en París en 1836; en 1847 se transformó en la Liga de los Comunistas. ↩

  19. Hermann Kriege (1820-1850), «verdadero socialista», emigrado a Nueva York, donde editaba el semanario Der Volks-Tribun. Contra él escribieron Marx y Engels la Circular contra Kriege de mayo de 1846. ↩

  20. La «Halle» era el nombre de la dirección central de la Liga de los Justos, que residía entonces en Londres. ↩

  21. La réplica de Kriege a la Circular contra Kriege, publicada en Der Volks-Tribun. ↩

  22. Der Volks-Tribun, el semanario de Kriege en Nueva York. ↩

  23. Los capítulos 3 a 6 de los Hechos de los Apóstoles cuentan cómo los primeros cristianos de Jerusalén lo ponían todo en común; Ananías y su mujer Safira, que se guardaron parte del dinero de la venta de un campo, cayeron muertos por su mentira (Hechos 5, 1-11). ↩

  24. Kriege era natural de la comarca de Tecklenburg, en Westfalia. ↩

  25. La Réforme, diario republicano democrático de París (Ledru-Rollin, Flocon, Louis Blanc); Le National, diario republicano moderado. ↩

  26. En francés: «negativa». ↩

  27. Jules Bastide (1800-1879) y Armand Marrast (1801-1852), republicanos, redactores de Le National; Adolphe Thiers (1797-1877), jefe de la oposición liberal monárquica. ↩

  28. El golpe de Estado de la reina María II del 6 de octubre de 1846, que llevó al gobierno al duque de Saldanha y desencadenó en Portugal la guerra civil llamada de la Patuleia. ↩

  29. En francés: soplones, confidentes de la policía. ↩

  30. En francés: «entre vosotros siempre hay soplones». ↩