Carta de Friedrich Engels a Karl Marx, que vivía en Bruselas, escrita en París a mediados de octubre de 1846. La carta no lleva fecha; los editores de la MEGA¹ la sitúan a mediados de octubre. Engels acaba de mudarse a la rue de Lille, y la votación que anuncia aquí para «esta noche» la da ya por hecha en su carta al Comité de Bruselas del 23 de octubre. Se conserva completa. Traducida de la primera MEGA (MEGA¹ III/1, Berlín, 1929, carta n.º 12, pp. 44-49) por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original.
Querido M.:
Por fin, tras largas resistencias, me he puesto a leer la porquería de Feuerbach y encuentro que en nuestra crítica1 no podemos entrar en ella. Por qué, lo verás cuando te haya comunicado el contenido principal.
La esencia de la religión, Epigonen, t. 1, pp. 117-178.2 «El sentimiento de dependencia del hombre es el fundamento de la religión», p. 117. Como el hombre depende primero de la naturaleza, «la naturaleza es el primer objeto originario de la religión», p. 118. («Naturaleza no es más que una palabra general para designar los seres, cosas, etc. etc., que el hombre distingue de sí y de sus productos»). Las primeras manifestaciones religiosas son fiestas en las que se representan procesos naturales, el cambio de las estaciones, etc. etc. Las condiciones y productos naturales particulares en cuyo entorno vive una tribu o un pueblo pasan a su religión. El hombre, en su desarrollo, fue ayudado por otros seres, pero no por seres de una especie superior, ángeles, sino de una especie inferior, animales. De ahí el culto de los animales (sigue una apología de los paganos contra los ataques de los judíos y los cristianos, trivial). La naturaleza sigue siendo siempre, también entre los cristianos, el fondo oculto de la religión. Las propiedades que fundan la diferencia de Dios respecto del hombre son propiedades de la naturaleza (originariamente, en su base). Así la omnipotencia, la eternidad, la universalidad, etc. etc. El contenido real de Dios es solo la naturaleza; es decir, en la medida en que a Dios se lo representa solo como creador de la naturaleza, no como legislador político y moral. Polémica contra la creación de la naturaleza por un ser inteligente, contra la creación de la nada, etc.: en general, materialismus vulgaris3 «humanizado», es decir, traducido a un alemán apacible que llega al corazón del burgués. La naturaleza, en la religión natural, no es objeto en cuanto naturaleza, sino «en cuanto ser personal, vivo, sensible... en cuanto ser afectivo, es decir, ser subjetivo, humano», p. 138. Por eso se la adora, se intenta determinarla con motivos humanos, etc. etc. Esto viene sobre todo de que la naturaleza es variable. «El sentimiento de dependencia respecto de la naturaleza, unido a la representación de la naturaleza como un ser personal que actúa a su arbitrio, es el fundamento del sacrificio, el acto más esencial de la religión natural», p. 140. Pero como el fin del sacrificio es egoísta, el hombre es, a fin de cuentas, el fin último de la religión, y la divinidad del hombre su objetivo final. Siguen glosas triviales y explicaciones solemnes sobre que el pueblo rudo, que todavía tiene religión natural, convierte en dioses también cosas que le son desagradables, la peste, la fiebre, etc. «Así como el hombre pasa de ser un ser solamente físico a ser un ser político y, en general, un ser que se distingue de la naturaleza y se concentra en sí mismo (!!!), así también su Dios se convierte en un ser político, distinto de la naturaleza». «Por eso» llega «el hombre a distinguir su ser de la naturaleza y, por consiguiente, a un Dios distinto de la naturaleza, solo y en primer lugar por su unión con otros hombres en una comunidad, donde poderes distintos de la naturaleza, que solo existen en el pensamiento o en la representación (!!!), el poder de la ley, de la opinión, del honor, de la virtud, se convierten en objeto de su sentimiento de dependencia...». (Esta frase, de un estilo espantoso, está en la p. 149). El poder de la naturaleza, el poder sobre la vida y la muerte, queda rebajado a atributo e instrumento del poder político y moral. Intermezzo, p. 151, sobre orientales conservadores y occidentales progresistas. «En Oriente el hombre no olvida la naturaleza por el hombre... El mismo rey no es para él objeto como un ser terrenal, sino como un ser celestial, divino. Pero junto a un dios desaparece el hombre; solo donde la tierra se desdiviniza... solo allí tienen los hombres espacio y sitio para sí». (Bonita explicación de por qué los orientales son estacionarios: por la cantidad de ídolos, que quitan el sitio). El oriental es al occidental lo que el campesino al habitante de la ciudad: aquel depende de la naturaleza, este del hombre, etc. etc., «por eso solo los habitantes de las ciudades hacen la historia» (aquí, el único soplo de materialismo, leve y algo maloliente). «Solo quien es capaz de sacrificar el poder de la naturaleza al poder de la opinión, su vida a su nombre, su existencia en el cuerpo a su existencia en la boca y en el pensamiento de la posteridad, solo ese es capaz de hechos históricos». Voilà. Todo lo que no es naturaleza es representación, opinión, quimera. Por eso «solo la “vanidad” humana es el principio de la historia»! P. 152: «En cuanto el hombre cobra conciencia de que... el vicio y la necedad... tienen por consecuencia la desgracia, etc. etc., y la virtud y la sabiduría, en cambio..., la felicidad, y de que, por consiguiente, los poderes que determinan el destino de los hombres son el entendimiento y la voluntad..., la naturaleza es también para él un ser dependiente del entendimiento y la voluntad». (Paso al monoteísmo: Feuerbach comparte la ilusoria «conciencia» de arriba sobre el poder del entendimiento y la voluntad). Con el dominio del entendimiento y la voluntad sobre el mundo viene luego el sobrenaturalismo, la creación de la nada y el monoteísmo, que además se explica en particular por la «unidad de la conciencia humana». Que el Dios único no habría llegado a existir nunca sin el rey único, que la unidad del Dios que gobierna los múltiples fenómenos naturales y mantiene unidas las fuerzas naturales en pugna no es más que la imagen del déspota oriental único, que mantiene unidos, en apariencia o en realidad, a los individuos en pugna, cuyos intereses chocan, eso Feuerbach ha considerado superfluo decirlo. Un largo rollo contra la teleología, copia de los viejos materialistas. Con ello Feuerbach comete ante el mundo real el mismo error que reprocha a los teólogos cometer ante la naturaleza. Hace chistes malos sobre que los teólogos afirman que sin Dios la naturaleza tendría que disolverse en la anarquía (es decir, que sin la fe en Dios se haría pedazos), que la voluntad, el entendimiento, la opinión de Dios es el lazo que une el mundo; y él mismo cree, en efecto, que lo que mantiene ahora unido el mundo es la opinión, el miedo a la opinión pública, a las leyes y a otras ideas. En un argumento contra la teleología, Feuerbach se presenta del todo como laudator temporis praesentis:4 la enorme mortalidad de los niños en los primeros años de vida viene de que «la naturaleza, en su riqueza, sacrifica sin reparos a miles de sus miembros individuales»; ... «es consecuencia de causas naturales que... por ejemplo, en el primer año muera un niño de cada tres o cuatro, en el quinto uno de cada veinticinco, etc. etc.».
Fuera de las pocas frases aquí especificadas, no hay nada que señalar. Sobre el desarrollo histórico de las distintas religiones no se entera uno de nada. Como mucho, se dan ejemplos sacados de ellas para demostrar las trivialidades de arriba. El grueso del artículo es polémica contra Dios y los cristianos, del todo a la manera en que lo ha hecho hasta ahora, solo que ahora, cuando ya se ha agotado, a pesar de todas las repeticiones del viejo rollo, la dependencia respecto de los materialistas asoma con mucho más descaro. Si se quisiera decir algo sobre las trivialidades acerca de la religión natural, el politeísmo y el monoteísmo, habría que oponerles el desarrollo real de esas formas religiosas, y para eso habría que estudiarlas primero. Pero eso, para nuestro trabajo, nos importa tan poco como su explicación del cristianismo. Para el punto de vista filosófico-positivo de Feuerbach el artículo no aporta nada nuevo; las pocas frases criticables que he extractado arriba no hacen más que confirmar lo que ya hemos dicho. Si el tipo te sigue interesando, procura echarle mano alguna vez, directa o indirectamente a través de Kießling, al primer tomo de sus obras completas:5 allí ha escrito además una especie de prefacio en el que podría haber algo. He visto extractos en los que Feuerbach habla de «males de la cabeza» y «males del estómago», una especie de débil apología de por qué no se ocupa de intereses reales. Justo como me escribió hace año y medio.
Acabo de recibir tu carta, que por mi cambio de domicilio se quedó unos días en la vivienda antigua. Haré las gestiones con los libreros suizos. Pero dudo mucho que consiga colocarlo. Ninguno de esos tipos tiene dinero para imprimir 50 pliegos.6 Soy de la opinión de que no conseguiremos que nos impriman nada si no separamos las cosas e intentamos colocar los tomos por separado: primero lo filosófico, que es lo que más prisa corre, y luego lo demás. 50 pliegos de una vez es un volumen tan peligrosamente grande que muchos libreros no lo cogen ya solo por eso, porque no pueden. Además estaba aquel Küttmann de Bremen,7 o como se llamara, que nos birlaron Moses y Weitling; el tipo quería imprimir libros dignos de prohibición, pero sin pagar mucho; podemos dirigirnos a él con este manuscrito, perfectamente. ¿Qué te parece si se dividiera la cosa y se ofreciera a uno el primer tomo y a otro el segundo? Vogler8 sabe la dirección de Küttmann en Bremen. Lo de List está casi terminado.9
Las historias del Volks-Tribun10 las vi hace unas tres semanas. Nunca me había encontrado nada tan ridículamente estúpido. La infamia del hermano Weitling llega a su cumbre en esa carta a Kriege. En cuanto a los detalles, ya no los recuerdo lo bastante para poder decir algo. Pero yo también soy de la opinión de que hay que replicar tanto a Kriege como a la proclama de los Straubinger,11 restregarles por las narices cómo niegan haber dicho lo que les reprochamos, mientras en su respuesta vuelven a proclamar las mismas tonterías que niegan; y, sobre todo, de que Kriege, con su patetismo altamente moral y su indignación por nuestras burlas, se lleve su merecido. Como los números circulan precisamente ahora entre los Straubinger de aquí, no puedo conseguirlos sin esperar cuatro o cinco días.
Los Straubinger de aquí ladran terriblemente contra mí. Sobre todo tres o cuatro obreros «cultos», a los que Ewerbeck y Grün iniciaron en los misterios del verdadero humanismo. Pero a fuerza de algo de paciencia y un poco de terrorismo me he impuesto; la gran masa está conmigo. Grün ha renegado del comunismo, y estos «cultos» tenían muchas ganas de irse con él. Entonces corté por lo sano, intimidé al viejo Eisermann hasta el punto de que ya no viene, e hice discutir contradictoriamente comunismo o no comunismo. Esta noche se vota si la asamblea es comunista o, como dicen los cultos, está «por el bien de la humanidad». La mayoría la tengo segura. He declarado que, si no eran comunistas, me tenían sin cuidado y no volvería. Esta noche quedan definitivamente derrocados los discípulos de Grün, y luego tendré que empezar del todo desde cero. No tienes idea de las exigencias que me planteaban estos Straubinger «cultivaos». «Dulzura», «mansedumbre», «cálida fraternidad». Pero les he echado buenos rapapolvos; cada noche hacía callar a toda su oposición de cinco, seis, siete tipos (porque al principio tenía a todo el tinglado en contra). Pronto, más sobre toda esta historia, que arroja muchas luces sobre el señor Grün.
Proudhon va a venir aquí dentro de quince días. Va a ser bonito.
Aquí hay en marcha algo así como una revista.12 El hombrecillo de los puros, Mäurer,13 afirma que puede conseguir dinero para ella. Pero no creo al tipo hasta que el dinero esté aquí. Si sale algo, ya está todo arreglado para que la cosa quede por completo en nuestras manos. A Mäurer, el redactor visible, le he dejado el derecho de imprimir en ella sus propios disparates; no había otro modo. Todo lo demás pasa por mis manos; tengo veto absoluto. Lo que yo escriba, naturalmente, con seudónimo o anónimo. En todo caso, si la cosa sale adelante, no caerá en manos ni de Hess, ni de Grün, ni de ninguna otra tendencia confusa. Estaría muy bien para barrer un poco. Pero no se lo digas a nadie antes de que esté hecho; tiene que decidirse esta misma semana.
Adiós, y escribe pronto.
E.
23, rue de Lille, Faubourg St. Germain.
La ideología alemana, que Marx y Engels escribían entonces. Véase también la carta de Engels a Marx del 18 de septiembre de 1846. ↩
Ludwig Feuerbach, «Das Wesen der Religion» («La esencia de la religión»), en Die Epigonen, t. I, Leipzig, Otto Wigand, 1846, pp. 117-178. Las citas de Engels no siempre son literales: abrevia, subraya y a veces cambia el orden de las palabras. ↩
«Materialismo vulgar». ↩
«Elogiador del tiempo presente»; vuelta del revés del laudator temporis acti, «elogiador del tiempo pasado», de Horacio (Arte poética, v. 173). ↩
Ludwig Feuerbach, Sämmtliche Werke, t. I, Leipzig, 1846. ↩
Unas 800 páginas: el pliego (Bogen) daba 16 páginas en octavo. El manuscrito es el de La ideología alemana. ↩
J. H. Chr. Kühtmann, librero de Bremen. ↩
Carl Georg Vogler, librero y editor de Bruselas. ↩
Engels preparaba una crítica de Friedrich List (1789-1846), el economista alemán del proteccionismo; no llegó a terminarla. ↩
Der Volks-Tribun, semanario de Hermann Kriege en Nueva York, que publicó la respuesta de Kriege y de sus partidarios a la Circular contra Kriege del Comité de Bruselas, y una carta de Weitling a Kriege. ↩
Los Straubinger eran los oficiales artesanos alemanes que iban de ciudad en ciudad; Marx y Engels usan el nombre con desprecio para el gremialismo de los artesanos. ↩
Según los editores de la MEGA¹, el proyecto de los Pariser Horen, la revista de Mäurer. ↩
German Mäurer (1811-1883), escritor alemán en París, miembro de la Liga de los Justos. ↩