Carta de Friedrich Engels a Karl Marx, que vivía en Bruselas, escrita en París el 18 de septiembre de 1846, dos días después de su carta al Comité de Correspondencia Comunista de Bruselas. Se conserva completa. Traducida de la primera MEGA (MEGA¹ III/1, Berlín, 1929, carta n.º 11, pp. 39-44) por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original.

Querido Marx:

Un montón de cosas que quería escribirte en privado se me han colado en la carta de negocios,1 porque la escribí primero. Esta vez no importa que los demás lean también la porquería. Hasta ahora, por un cierto horror, no me he decidido a hacer los extractos de Feuerbach.2 Aquí en París esas cosas parecen todavía más insípidas. Pero ya tengo el libro en casa y me pondré a ello cuanto antes. El dulce rollo de Weydemeyer3 es conmovedor. El tipo declara primero que quiere redactar un manifiesto en el que nos declara unos sinvergüenzas, y luego desea que eso no dé lugar a diferencias personales. Algo así, aun en Alemania, solo es posible en la frontera entre Hannover y Prusia. Que tu mala suerte con el dinero siga todavía es una vergüenza. Para nuestros manuscritos no conozco más editor que Leske,4 al que habría que tener en la ignorancia mientras se negocia lo de la Crítica con su editorial. Löwenthal5 seguro que no lo coge; a Bernays le ha rechazado, con toda clase de pretextos piojosos, una especulación muy buena (la vida del viejo de aquí, en dos tomos, imprimir el primero en seguida y expedirlo en cuanto muriera el viejo, y que el segundo lo siguiera inmediatamente). Además es un cobarde: dice que podrían echarlo de Fráncfort. Bernays tiene la perspectiva de colocarse en Brockhaus,6 que, naturalmente, cree que el libro se escribirá al estilo burgués. ¿Han mandado los westfalianos los manuscritos a Daniels?7 ¿Has sabido algo más del proyecto de Colonia, ese del que escribía Hess, ya sabes? Pero lo más divino de todo es el rollo de Lüning.8 Se ve en carne y hueso al tipo arriesgándose a cagarse en los pantalones como un buen burgués. Cuando criticamos toda su miseria, el noble lo declara «autocrítica». Pero a estos tipos pronto les pasará lo que está escrito: «Y si no tiene trasero, ¿dónde se va a sentar el noble?». Y Westfalia parece ir notando que no tiene trasero o, por decirlo con Moses, ninguna «base material» para su comunismo.

Püttmann,9 en lo que a mí respecta, no se ha equivocado tanto al decir que los de Bruselas colaborábamos en el Prometheus. Oye qué finamente lo ha montado el sinvergüenza. Como yo también necesitaba dinero, le escribí que soltara de una vez los honorarios que me debe desde hace un año y un día. El tipo contesta que, en cuanto a los honorarios del artículo que imprimió en el Bürgerbuch,10 ha encargado a Leske que me los pague (todavía no han llegado, naturalmente), pero que, en cuanto a los del otro artículo, el del segundo Rheinisches Jahrbuch,11 ¡pues — — Él ya los ha recibido del editor, pero como los llamados comunistas alemanes lo han dejado a Él, el gran P, con su otro gran P, el Prometheus, en la estacada de la manera más vergonzosa, pues — — Él, P. n.º 1, se ha visto obligado a emplear los honorarios (entre ellos, también los de Ewerbeck, etc.) en imprimir a P n.º 2, y no podrá pagárnoslos hasta dentro de x semanas!! Bonitos tipos: si no se les da un manuscrito, hacen main basse12 sobre el dinero. Así se convierte uno en colaborador y accionista del Prometheus.

El mensaje de Londres13 lo leí anoche aquí, ya impreso, en casa de los obreros. Una birria. Se dirigen al «pueblo», es decir, a los supuestos proletarios de Schleswig-Holstein, donde no vagan más que patanes campesinos de habla bajoalemana y Straubinger14 agremiados. Han aprendido de los ingleses precisamente el disparate: ignorar por completo todas las condiciones realmente existentes, la incapacidad de entender un desarrollo histórico. En lugar de responder a la cuestión, quieren que el «pueblo», que en su sentido ni siquiera existe allí, la ignore y se comporte de forma pacífica y pasiva; no piensan en que los burgueses harán de todos modos lo que quieran. Descontando los insultos a los burgueses, bastante superfluos y que no tienen nada que ver con sus conclusiones (y que igual podrían sustituirse por frases librecambistas), la cosa podría haberla publicado la free-trade-press15 de Londres, que no quiere ver a Schleswig-Holstein en el Zollverein.16

Que Julius está a sueldo de Prusia y escribe para Rother17 ya lo daban a entender periódicos alemanes. Bourgeois,18 que, según contó D'Ester,19 estaba tan encantado con sus nobles obras, se alegrará cuando lo oiga. A propósito de Schleswig-Holstein: el Cochero escribió anteayer tres líneas a Ewerbeck diciéndole que ahora hay que tener cuidado con las cartas, porque los daneses lo abren todo. Cree que bien podría llegarse a las armas. Dubito,20 pero es bonito que el viejo danés21 rapapolvee de esa manera tan basta a los de Schleswig-Holstein. Por cierto, ¿has leído en el Rheinischer Beobachter22 el célebre poema «Schleswig-Holstein meerumschlungen»?23 Produce más o menos la siguiente impresión; las palabras me ha sido imposible retenerlas:

Schleswig-Holstein, ceñida por el mar, Schleswig-Holstein, de nuestra estirpe,
Schleswig-Holstein, de lengua alemana, — Schleswig-Holstein, playa alemana.
Schleswig-Holstein, de ardor penetrada, Schleswig-Holstein, en llamas encendida,
Schleswig-Holstein, con gravedad luchada, Schleswig-Holstein, ¡mantente firme!
Schleswig-Holstein, cantada con brío: «¡Schleswig-Holstein! ¡Baratija danesa!»,
Schleswig-Holstein, hasta que resuene «Schleswig-Holstein» por todo el país.
Schleswig-Holstein, pulmones fuertes, — Schleswig-Holstein, mano débil,
Schleswig-Holstein, chicos tontos, — Schleswig-Holstein, vergüenza de monos.

«Schleswig-Holstein, de nuestra estirpe, sigue fiel, patria mía», termina luego la porquería. Es una canción horrorosa, digna de que la canten los de Dithmarschen,24 que a su vez merecían haber sido cantados por Püttmann.

Los burgueses de Colonia se rebullen. Han lanzado contra los señores ministros una protesta que, para burgueses alemanes, es lo más que se puede pedir.25 ¡Pobre predicador berlinés!26 Anda a la greña con todos los concejos municipales de su reino: primero la disputa teológica de Berlín, luego la de Breslau item, ahora el asunto de Colonia. Por cierto, el mozo se parece como una gota de agua a otra a Jacobo I de Inglaterra,27 al que de verdad parece haber tomado por modelo. Cualquier día, como él, mandará también quemar brujas.

Con Proudhon he cometido en la carta de negocios una injusticia que clama al cielo. Como en aquella carta ya no queda sitio, tengo que repararla aquí. Creía, en efecto, que había cometido un pequeño disparate, un disparate dentro de los límites del sentido. Ayer volvió a discutirse la cosa con detalle, y entonces me enteré de que este nuevo disparate es de verdad un disparate completamente ilimitado. Imagínate: los proletarios tienen que ahorrar pequeñas acciones. Con eso se monta primero (por debajo de 10 000 o 20 000 obreros, naturalmente, ni se empieza) uno o varios talleres en uno o varios oficios, se da trabajo allí a una parte de los accionistas y los productos se venden: 1) a los accionistas, al precio de la materia prima más el trabajo (con lo que no tienen que pagar beneficio), y 2) el posible sobrante, al precio corriente en el mercado mundial. En cuanto el capital de la sociedad aumenta con nuevos socios o con nuevos ahorros de los antiguos accionistas, se emplea en montar nuevos talleres y fábricas, etc., etc., hasta que... ¡todos los proletarios tengan trabajo, se hayan comprado todas las fuerzas productivas que hay en el país y, con ello, los capitales que están en manos de los burgueses hayan perdido el poder de mandar trabajo y de dar beneficio! Así se suprime entonces el capital, «encontrando una instancia en la que el capital, es decir, el sistema del interés» (versión engrünada del antiguo droit d'aubaine,28 sacado un poco más a la luz del día) «desaparece, por así decirlo». En esta frase, que papá Eisermann ha repetido innumerables veces y que, por tanto, ha aprendido de memoria de Grün, verás transparentarse todavía claramente las fórmulas originales de Proudhon. Esta gente no se propone ni más ni menos que comprar por de pronto toda Francia, y más tarde quizá también el resto del mundo, por medio de los ahorros proletarios y renunciando al beneficio y a los intereses de su capital. ¿Se ha ideado jamás un plan tan famoso? Y, ya que uno quiere hacer un tour de force,29 ¿no sería un camino mucho más corto acuñar directamente monedas de cinco francos con la plata de la luz de la luna? Y los tontos de los obreros de aquí, los alemanes quiero decir, se creen la porquería; ellos, que no son capaces de guardarse seis sous en el bolsillo para ir a un marchand de vin30 la noche de sus reuniones, quieren comprar con sus ahorros toute la belle France.31 Rothschild y compañía son unos verdaderos chapuceros al lado de estos colosales accapareurs.32 Es para que le dé a uno un ataque. Grün ha echado a perder a estos tipos hasta tal punto que la frase más disparatada tiene para ellos más sentido que el hecho más simple, usado como argumento económico. Es una infamia tener que seguir machacando contra un disparate tan bárbaro. Pero hay que tener paciencia, y no soltaré a estos tipos hasta que haya barrido a Grün del campo y les haya abierto las cabezas atontadas. El único tipo lúcido, que además ve todo el disparate, es nuestro Junge, el que estuvo en Bruselas. Ewerbeck también les ha llenado la cabeza a estos tipos de las cosas más locas. El tipo está ahora en una confusión de tirarse de los pelos; de vez en cuando roza la locura y lo que ayer vio con sus propios ojos no es capaz de contártelo hoy. Y no digamos lo que ha oído. Hasta qué punto estuvo el tipo bajo la férula de Grün, baste esto: cuando el invierno pasado Walthr, el de Tréveris, iba lamentándose a diestro y siniestro de la censura, Grün lo presentó como un mártir de la censura que libraba el más noble y valiente de los combates, etc., y utilizó a Ewerbeck y a los obreros para que redactaran y firmaran un mensaje de lo más pomposo a ese asno de Walthr, ¡dándole las gracias por su heroísmo en la lucha por la libertad de palabra!!!! Ewerbeck está avergonzado como un perro y furioso consigo mismo; pero el disparate está hecho, y ahora hay que volver a sacarles a él y a los obreros a golpes las cuatro palabras que él mismo se metió en la cabeza con amargo sudor y que luego machacó a los obreros con el mismo amargo sudor. Porque no entiende nada hasta que no se lo ha aprendido de memoria, y entonces la mayoría de las veces lo entiende mal todavía. Si no tuviera esa enorme buena voluntad y no fuera, por lo demás, un tipo tan amable, como lo es ahora más que nunca, no habría manera de entenderse con él. Ya veremos cómo me va con él; a veces hace observaciones muy acertadas, pero en seguida vuelve a decir el mayor disparate, como en sus conferencias de historia alemana, que ahora descansan en Dios, en las que, por los errores y las locuras que había en cada palabra, apenas se podía contener la risa. Pero, como digo, un celo enorme, se interesa por todo con una disposición notable, y tiene un buen humor inagotable y un sentido de la ironía sobre sí mismo. Pese a sus disparates, el tipo me cae mejor que nunca. De Bernays no hay mucho que decir. He ido varias veces a verlo al campo, y él ha venido una vez aquí. Probablemente vendrá aquí este invierno; solo le falta dinero. Westfalia le ha mandado 200 francos para sobornarlo; él coge el dinero y, por lo demás, naturalmente, los deja plantados. Weydemeyer le había ofrecido el dinero antes; él escribe que tiene que tener 2000 francos, porque si no, no le sirve de nada; yo le dije lo que contestarían los westfalianos: que no podían hacer nada líquido, etc. etc.; y se cumplió al pie de la letra. En agradecimiento, se queda con los 200 francos. Vive muy alegre, no hace un secreto ante nadie de toda su trágica historia, se lleva muy bien con la gente, vive como un campesino, trabaja en el jardín, come a dos carrillos; sospecho que se acuesta con una moza del pueblo, y además ha dejado de hacer étalage33 de sus sufrimientos. También ha llegado a tener opiniones más claras y razonables sobre las disputas de partido, aunque cada vez que pasa algo así quisiera hacer un poco de Camille Desmoulins34 y, en general, no vale para hombre de partido; por sus opiniones sobre el derecho no hay manera de acercársele ahora, porque cada vez intenta cortar con la objeción de que la economía, la industria, etc., no son lo suyo, y en las raras veces que nos vemos no se llega a una discusión en regla; con todo, creo haber abierto ya algo de brecha, y cuando venga aquí probablemente acabaré quitándole su malentendido. ¿Qué hace la gente por ahí?

Tuyo, E.

11, rue etc.,35 18 de septiembre de 1846.

Query:36 ¿No habría que comunicar a los de Londres la historia de Tolstói, que es del todo cierta? Si siguiera haciendo su papel entre ellos, los alemanes podrían un día comprometer de mala manera a unos cuantos polacos. ¿Y si el tipo se remitiera a ti?

Bernays ha escrito un folleto en la polémica sobre Rothschild;37 sale en alemán en Suiza y dentro de unos días aquí en francés.

  1. La carta al Comité de Correspondencia Comunista de Bruselas del 16 de septiembre de 1846: Engels al Comité de Correspondencia Comunista de Bruselas. ↩

  2. Ludwig Feuerbach, «Das Wesen der Religion» («La esencia de la religión»), en Die Epigonen, t. I, Leipzig, 1846. Engels debía extractarlo para la crítica de Feuerbach de La ideología alemana; véase su carta siguiente a Marx, de mediados de octubre. ↩

  3. Joseph Weydemeyer (1818-1866), antiguo oficial de artillería prusiano, amigo de Marx y Engels, que vivía entonces en Westfalia. ↩

  4. Carl Wilhelm Leske, editor de Darmstadt, con el que Marx había firmado en 1845 un contrato para una obra en dos tomos, Crítica de la política y de la economía política. ↩

  5. Zacharias Löwenthal, editor de Fráncfort del Meno. ↩

  6. La editorial de F. A. Brockhaus, de Leipzig. ↩

  7. Los «westfalianos» son Julius Meyer y Rudolf Rempel, que habían prometido financiar la edición de La ideología alemana y se echaron atrás en el verano de 1846. Roland Daniels (1819-1855), médico de Colonia, amigo de Marx. ↩

  8. Otto Lüning (1818-1868), médico, director del Westphälisches Dampfboot, uno de los «verdaderos socialistas». ↩

  9. Hermann Püttmann (1811-1874), poeta y publicista, uno de los «verdaderos socialistas», editor del Deutsches Bürgerbuch, de los Rheinische Jahrbücher y de la revista Prometheus (1846). ↩

  10. Descripción de las colonias comunistas fundadas en los últimos tiempos y todavía existentes, publicado en el Deutsches Bürgerbuch für 1845. ↩

  11. La fiesta de las naciones en Londres, publicado en el segundo tomo de los Rheinische Jahrbücher zur gesellschaftlichen Reform (1846). ↩

  12. «Echan mano». ↩

  13. El mensaje de la Asociación Cultural de los Obreros Alemanes de Londres, dirigida por la Liga de los Justos, sobre la cuestión de Schleswig-Holstein (1846). ↩

  14. Los Straubinger eran los oficiales artesanos alemanes que iban de ciudad en ciudad; Marx y Engels usan el nombre con desprecio para el gremialismo de los artesanos. ↩

  15. «La prensa librecambista». ↩

  16. La unión aduanera de los estados alemanes, bajo dirección prusiana, fundada en 1834. ↩

  17. Gustav Julius (1810-1851), periodista, director de la Berliner Zeitungs-Halle. Christian von Rother (1778-1849), presidente de la Seehandlung, el banco de Estado prusiano. ↩

  18. Heinrich Bürgers (1820-1878), periodista de Colonia; Engels juega con su apellido («Bürger», burgués). ↩

  19. Karl Ludwig d'Ester (1811-1859), médico de Colonia, comunista. ↩

  20. «Lo dudo». ↩

  21. Cristián VIII, rey de Dinamarca, cuya carta abierta del 8 de julio de 1846 afirmaba los derechos de la corona danesa sobre Schleswig y desató la agitación nacionalista alemana en los ducados. ↩

  22. Diario conservador de Colonia, sostenido por el Gobierno prusiano. ↩

  23. «Schleswig-Holstein, ceñida por el mar», canción de Matthäus Friedrich Chemnitz (1844), himno del movimiento nacional alemán en los ducados. Los versos que siguen son una parodia de Engels; los traducimos a la letra, sin rima. ↩

  24. Comarca de Holstein, en la costa del mar del Norte. ↩

  25. Tras los disturbios de comienzos de agosto de 1846 en Colonia, en los que intervino la tropa, los ciudadanos protestaron ante el Gobierno (véase la carta al Comité del 16 de septiembre). ↩

  26. Federico Guillermo IV (1795-1861), rey de Prusia desde 1840, muy dado a los discursos de tono religioso. En 1845 los concejos municipales de Berlín y de Breslau habían chocado con él al defender a las comunidades religiosas disidentes. ↩

  27. Jacobo I (1566-1625), rey de Inglaterra desde 1603, autor de un tratado sobre la brujería (Daemonologie, 1597) y perseguidor de brujas. ↩

  28. «Derecho de albinagio»: el derecho de la corona francesa a heredar los bienes de los extranjeros que morían en el reino. Proudhon, en ¿Qué es la propiedad? (1840), llamaba así a todo ingreso sin trabajo: renta, interés, beneficio. ↩

  29. «Proeza». ↩

  30. «Tabernero». ↩

  31. «Toda la bella Francia». ↩

  32. «Acaparadores». ↩

  33. «Alarde». ↩

  34. Camille Desmoulins (1760-1794), periodista y orador de la Revolución francesa. ↩

  35. Engels pone «etc.» en lugar del resto de su dirección, que Marx conocía. ↩

  36. «Pregunta». ↩

  37. La polémica que levantó en 1846 el panfleto de Georges Dairnvaell (con el seudónimo de Satan) Histoire édifiante et curieuse de Rothschild Ier, roi des juifs. ↩