Carta de Friedrich Engels al Comité de Correspondencia Comunista de Bruselas, enviada a nombre de Karl Marx, escrita en París el 16 de septiembre de 1846; es la segunda de sus cartas al Comité. Se conserva completa, salvo dos o tres palabras perdidas en la posdata por el deterioro del papel. Traducida de la primera MEGA (MEGA¹ III/1, Berlín, 1929, carta n.º 10, pp. 32-39) por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original.
Comité n.º 2.
Queridos amigos:
Vuestras noticias sobre Bélgica, Londres y Breslau me han interesado mucho. He comunicado a Ewerbeck y a Bernays1 lo que les interesaba. Tenedme al mismo tiempo un poco au fait2 del éxito de nuestra empresa y de la participación plus ou moins3 activa de las distintas localidades, para que yo pueda explayarme aquí ante los obreros en la medida en que sea oportuno. ¿Qué hacen los de Colonia? Desde aquí, hay de todo:
Me he reunido varias veces con los obreros de aquí, es decir, con los cabecillas de los ebanistas del Faubourg Saint-Antoine. Esta gente está organizada de un modo curioso. Aparte de su asociación, que se ha quedado muy confusa por una gran disensión con los sastres weitlingianos,4 estos tipos, es decir, unos doce o veinte de ellos, se reúnen una vez por semana, y hasta ahora discutían; pero como se les acabó la materia, como no podía ser de otro modo, Ewerbeck se vio obligado a darles conferencias sobre historia alemana, ab ovo,5 y sobre una economía política de lo más embrollada: los Anales franco-alemanes humanizados.6 En esto llegué yo. Para entrar en contacto con ellos les he expuesto dos veces la situación alemana desde la Revolución francesa, partiendo de las condiciones económicas. Lo que sacan en limpio en estas reuniones semanales se machaca los domingos en las reuniones de la barrera,7 adonde va todo el mundo, con mujeres y niños. Allí se discuten, abstraction faite de toute espèce de politique,8 cosas así como «cuestiones sociales». La cosa está bien para atraer gente nueva, porque es completamente pública; hace quince días se presentó la policía y quiso prohibirla, pero se dejó calmar y no hizo nada más. A menudo se juntan más de 200 personas. Tal como está ahora este asunto, no puede seguir. Se ha apoderado de estos tipos una cierta somnolencia, que nace del aburrimiento que se tienen a sí mismos. Porque lo que oponen al comunismo de los sastres no es más que las frases humanitarias de Grün9 y un Proudhon engrünado que les ha metido a duras penas en la cabeza, en parte el propio señor Grün en persona, en parte un viejo maestro ebanista engreído, criado de Grün, papá Eisermann, y en parte también el amicus Ewerbeck. Como es natural, se les ha acabado pronto, vino una eterna repetición, y para evitar que se duerman (literalmente: esto se había extendido de un modo espantoso en las sesiones), Ewerbeck los atormenta con disquisiciones sutilísimas sobre el «valor verdadero» (que en parte tengo yo sobre la conciencia) y los aburre con los bosques primitivos germánicos, Arminio el Querusco y las más horrorosas etimologías del alemán antiguo, sacadas de Adelung,10 y todas falsas. Por lo demás, el verdadero jefe de esta gente no es Ewerbeck, sino Junge,11 que estuvo en Bruselas; el tipo ve muy bien lo que hay que cambiar, y podría hacer mucho, porque los tiene a todos en el bolsillo y tiene diez veces más entendimiento que toda la camarilla, pero es demasiado inconstante y siempre anda con proyectos nuevos. Que no lo haya visto desde hace casi tres semanas (no ha venido nunca y no hay manera de encontrarlo) es la causa de que todavía se haya conseguido tan poco. Sin él, la mayoría están flojos y vacilan. Pero con estos tipos hay que tener paciencia; primero hay que expulsar a Grün, que ha ejercido de verdad, directa e indirectamente, una influencia espantosamente enervante, y luego, cuando se les hayan quitado de la cabeza esas frases, espero llegar a algo con estos tipos, porque todos tienen grandes ganas de instruirse en economía. Como tengo completamente en el bolsillo a Ewerbeck, que, con su conocida confusión, ahora en plena floración, tiene la mejor voluntad del mundo, y Junge está también del todo de mi parte, la cosa se arreglará pronto. Sobre la correspondencia he deliberado con seis; el plan ha tenido muy buena acogida, sobre todo en Junge, y se llevará a cabo desde aquí. Pero mientras no se haya devuelto la energía a esta gente destruyendo la influencia personal de Grün y extirpando sus frases, no hay nada que hacer, con los grandes obstáculos materiales que hay (sobre todo, que están comprometidos casi todas las noches). Les he ofrecido decirle a Grün a la cara, en su presencia, sus canalladas personales, y Bernays quiere venir también; Ewerbeck también tiene una cuenta pendiente con él. Esto se hará en cuanto hayan arreglado con Grün sus propios asuntos, es decir, en cuanto hayan obtenido garantías por el dinero que le adelantaron para imprimir su porquería sobre la Dieta. Pero como Junge no vino y los demás se comportaron más o menos como niños frente a Grün, tampoco esto está todavía en orden, aunque con un poco de energía la cosa quedaría resuelta en cinco minutos. La desgracia es que la mayoría de estos tipos son suabos.
Ahora algo divertido. Proudhon tiene en el nuevo libro, todavía inédito, que traduce Grün,12 un gran plan para hacer dinero de la nada y acercar el reino de los cielos a todos los obreros. Nadie sabía qué era. Grün se lo guardaba muy bien, pero presumía mucho de su piedra filosofal. Expectación general. Por fin, la semana pasada, papá Eisermann estaba con los ebanistas, yo también, y poco a poco el viejo petimetre lo va soltando, con un misterio de lo más ingenuo. El señor Grün le ha confiado el plan entero. Oíd ahora la grandeza de este plan de redención del mundo: ni plus ni moins13 que los labour-bazars o labour-markets,14 que hace mucho que existieron en Inglaterra y quebraron diez veces: asociaciones de todos los artesanos de todos los ramos, un gran depósito, todos los trabajos entregados por los associés tasados exactamente según el coste del producto en bruto más el trabajo, y pagados en otros productos de la asociación, tasados del mismo modo. Lo que se entregue de más sobre lo que se consuma en la asociación se venderá en el mercado mundial, y lo obtenido se pagará a los productores. De esta manera, especula el astuto Proudhon, él y sus coasociados se ahorran el beneficio del intermediario. Que con eso se ahorran también el beneficio de su capital de asociación, que ese capital y ese beneficio tienen que ser exactamente tan grandes como el capital y el beneficio de los intermediarios a los que se esquiva, que, por tanto, tira con la derecha lo que recibe con la izquierda, en eso no ha pensado la fina cabeza. Que sus obreros nunca podrán reunir el capital necesario, porque si no, igual podrían establecerse cada uno por su cuenta; que el posible ahorro de costes que resulte de la asociación queda más que compensado por el enorme riesgo; que todo el asunto se reduce a escamotear el beneficio del mundo actual y dejar en pie a todos los productores del beneficio; que es un verdadero idilio de Straubinger,15 que excluye de entrada toda la gran industria, la construcción, la agricultura, etc.; que ellos solo cargarían con las pérdidas de los burgueses sin participar en sus ganancias; todo eso y cien objeciones más que saltan a la vista lo olvida ante la dicha de su plausible ilusión. Es para morirse. El padre de familia Grün cree, naturalmente, en la nueva redención y se ve ya en espíritu al frente de una asociación de 20 000 ouvriers16 (se quiere empezar a lo grande desde el principio), en la que, naturalmente, toda su familia será alimentada, vestida y alojada gratis. Pero Proudhon, si sale con eso, se pondrá en ridículo para siempre, y con él a todos los socialistas y comunistas franceses, ante los economistas burgueses. De ahí aquellas lágrimas, aquel polemizar contra la revolución: tenía in petto un remedio pacífico. Proudhon es exactamente como John Watts.17 Este pone toda su vocación en hacerse respetable entre los burgueses a pesar de su ateísmo y su socialismo irrespetables; Proudhon hace todo lo posible por llegar a ser, a pesar de su polémica contra los economistas, un gran economista reconocido. Así son los sectarios. ¡Y encima una cosa tan vieja!
Ahora, otra historia curiosísima. Augsburger Allgemeine Zeitung18 del 21 de julio, París, 16 de julio. Artículo sobre la embajada rusa... «Esta es la embajada oficial; pero completamente fuera de ella, o más bien por encima de ella, está un tal señor von Tolstói, que no tiene ningún título, aunque se le califica de “hombre de confianza de la corte”. Empleado antes en el Ministerio de Instrucción, vino a París con una misión literaria, escribió aquí algunas memorias para su ministerio, suministró algunas reseñas de la prensa diaria francesa. Después ya no escribió nada, pero tanto más hizo. Lleva una casa brillante, va a casa de todo el mundo, recibe a todo el mundo, se ocupa de todo, lo sabe todo y arregla muchas cosas. Me parece el verdadero embajador ruso en París... su intercesión obra milagros» (todos los polacos que querían ser indultados se dirigían a él) «...; en la embajada todo se inclina ante él y en Petersburgo goza de grandes consideraciones». Este Tolstói no es otro que nuestro Tolstói, el noble que nos mintió diciendo que quería vender sus tierras en Rusia.19 El hombre tenía, además de aquella vivienda adonde nos llevó, un hotel brillante en la rue Mathurin, donde recibía a la diplomacia. Los polacos y muchos franceses lo sabían desde hacía tiempo; solo los radicales alemanes no, entre los que le pareció mejor insinuarse como radical. El artículo de arriba lo escribió un polaco al que conoce Bernays, y pasó en seguida al Corsaire-Satan y al National.20 Tolstói, al leer el artículo, no hizo otra observación que reírse mucho y hacer chistes sobre que por fin lo habían descubierto. Ahora está en Londres y, como aquí ha terminado su papel, probará allí fortuna. Es una lástima que no vuelva; si no, habría intentado unas cuantas bromas con él y, para terminar, habría dejado mi tarjeta en la rue Mathurin. Que después de esto Ánnenkov,21 al que él recomendó, sea también un mouchard22 ruso, c'est clair. Hasta Bakunin, que tenía que conocer toda la historia, porque los demás rusos la conocían, es muy sospechoso. Naturalmente, no le dejaré notar nada, sino que me tomaré la revancha con los rusos. Por inofensivos que sean estos espías para nosotros, no hay que dejarles pasar algo así. Son buenos sujetos para hacer con ellos experimentos de intriga in corpore vili.23 Por lo demás, no son tan malos.
Papá Hess.24 Después de haber entregado felizmente aquí al olvido a su esposa, que maldice y despotrica contra él (es decir, al extremo más apartado del Faubourg Saint-Antoine, donde será el llanto y el crujir de dientes:25 Grün y compañía), hace algún tiempo recibo, por mediación de un tal Reinhardt, otro escrito del papá de los comunistas para reanudar relaciones. La cosa es para morirse de risa. Naturalmente, como si no hubiera pasado nada, todo in dulci jubilo,26 y además el Hess de siempre. Después de dejar constancia de que se ha reconciliado más o menos con «el partido» (el corrillo de los judíos parece haber quebrado) y de que «tiene otra vez ganas de trabajar» (acontecimiento que habría que anunciar al son de campanas), viene la siguiente noticia histórica (de dato 19 de agosto): «Aquí en Colonia, hace unas semanas, faltó un pelo para que se llegara a un motín sangriento; había ya muchísima gente armada (entre la que, sin duda, no estaba Moses). La cosa no llegó a estallar porque los soldados no se dejaron ver (enorme triunfo del filisteo de los chatos de Colonia), etc. etc. etc.»27 ... Luego, de las asambleas de ciudadanos, donde «nosotros», id est «el partido» y el señor Moses, qua comunistas, «vencimos tan completamente que nosotros etc. Primero barrimos del campo con brillantez a los aristócratas del dinero... y luego a los pequeños burgueses (porque no tienen talentos entre ellos). Al final habríamos (!) podido sacar adelante todo en las asambleas (por ejemplo, hacer alcalde a Moses); se aprobó un programa, al que la asamblea obligó a sus candidatos, que (¡oíd, oíd!) ni los comunistas ingleses y franceses habrían podido redactar más radical (ni nadie entender con más disparate que Moses) (!!!). Mira (sic) de vez en cuando por mi [mujer]28 (por ambas partes se desea que yo me haga cargo del lado femenino por mi cuenta y riesgo, j'en ai les preuves29)... y comunícale esto a Ewerbeck para fortalecimiento del corazón». Dios os bendiga este «fortalecimiento del corazón», este maná del desierto. Por supuesto, ignoro por completo a la bestia; ahora ha escrito también a Ewerbeck (y solo para hacer llegar una carta a su lado femenino a costa de este) y amenaza con venir dentro de dos meses. Si me visita, pienso comunicarle también algo «para fortalecimiento del corazón».
Ya que estoy en ello, os contaré por último que Heine30 está otra vez aquí y que anteayer estuve en su casa con Ewerbeck. El pobre diablo está en un estado espantoso. Se ha quedado flaco como un esqueleto. El reblandecimiento cerebral se extiende, y la parálisis de la cara también. Ewerbeck dice que podría morir con mucha facilidad de una parálisis pulmonar o de cualquier ataque repentino a la cabeza, pero también arrastrarse todavía tres o cuatro años, unas veces mejor y otras peor. Naturalmente, está algo deprimido, melancólico, y, lo más característico, extremadamente benévolo (y en serio) en sus juicios; solo de Mäurer no para de hacer chistes. Por lo demás, en plena energía intelectual, pero su aspecto, que una barba encanecida hace todavía más raro (ya no pueden afeitarle alrededor de la boca), basta para entristecer profundamente a cualquiera que lo vea. Causa una impresión fatal ver morir así, pedazo a pedazo, a un tipo tan estupendo.
También he visto al gran Mäurer.31 «¡Hombrecillo, hombrecillo, qué poco pesa usted!» El hombre merece de verdad la pena verse; le he dicho las mayores groserías, y en agradecimiento el asno me ha tomado especial afecto y va diciendo de mí que tengo una cara dulce. Eso sí, él parece Karl Moor32 seis semanas después de muerto. ¡Contestad pronto!
Vuestro, E.
Miércoles, 16 de septiembre de 1846.
Divertíos con lo siguiente: el Journal des Économistes33 de agosto de este año trae, en un artículo sobre los artículos de Biedermann34 [sobre] el comunismo, lo siguiente: primero todo el disparate de Hess cómicamente afrancesado, y luego se dice que el siguiente es M. Marx. «M. Marx est un cordonnier, comme un autre Communiste allemand, Weitling, est un tailleur. Le premier (Marx) n'a pas une grande estime pour le communisme français (!) qu'il a été assez heureux d'étudier sur les lieux. M. ne sort du reste point non plus (¿no reconoces en esta frase alsaciana al señor Fix?) des formules abstraites et il se garde bien d'aborder aucune question véritablement pratique. Selon lui (fíjate en el disparate) l'émancipation du peuple allemand sera le signal de l'émancipation du genre humain; la tête de cette émancipation serait la philosophie et son coeur le prolétariat. Lorsque tout sera préparé, le coq gaulois sonnera la résurrection germanique ... Marx dit qu'il faut créer en Allemagne un prolétariat universel (!!) afin de réaliser la pensée philosophique du communisme».35 Signé T. F. (mort depuis).36 Fue su última obra. El volumen anterior traía una crítica igual de cómica de mi libro.37 El cuaderno de septiembre contiene una crítica sobre Julius,38 que todavía no he leído.
En la Fraternité39 ha habido una gran pelea entre materialistas y espiritualistas. Los materialistas, derrotados por 23 contra 22, se han retirado. Pero eso no impide a la Fraternité traer un artículo muy bonito sobre los distintos grados de civilización y su capacidad para desarrollarse hasta el comunismo.
Escribidme pronto, porque dentro de quince días desde aquí […] con un asunto así una carta se queda fácilmente […] o la rechazan en el antiguo domicilio.40
[Dirección:] Monsieur Charles Marx au Bois Sauvage, Plaine Ste. Gudule. Bruxelles.41
Hermann Ewerbeck (1816-1860), médico, dirigente de la Liga de los Justos en París. Karl Ludwig Bernays (1815-1879), periodista, antiguo redactor del Vorwärts! de París. ↩
«Al corriente». ↩
«Más o menos». ↩
Partidarios de Wilhelm Weitling (1808-1871), sastre, el primer teórico del comunismo obrero alemán. ↩
«Desde el huevo», es decir, desde el principio. ↩
Los Anales franco-alemanes (Deutsch-Französische Jahrbücher), que Marx y Arnold Ruge publicaron en París en 1844. «Humanizados» alude al «humanismo» (Menschentum) de Grün. ↩
Las reuniones que se celebraban en las tabernas de las barreras de París, fuera del recinto de los consumos, donde el vino era más barato. ↩
«Haciendo abstracción de toda clase de política». ↩
Karl Grün (1817-1887), publicista, uno de los principales «verdaderos socialistas»; vivía en París y difundía las ideas de Proudhon entre los artesanos alemanes. ↩
Johann Christoph Adelung (1732-1806), gramático y lexicógrafo alemán. ↩
Adolph Junge, ebanista alemán, miembro de la Liga de los Justos en París. ↩
Système des contradictions économiques, ou Philosophie de la misère (París, 1846), que Grün publicó en alemán en 1847. Marx le respondió con Miseria de la filosofía. ↩
«Ni más ni menos». ↩
«Bazares del trabajo» o «mercados del trabajo»: las bolsas owenistas de intercambio equitativo de trabajo de Londres y Birmingham (1832-1834), donde los productos se cambiaban por bonos de horas de trabajo. ↩
Los Straubinger eran los oficiales artesanos alemanes que iban de ciudad en ciudad; Marx y Engels usan el nombre con desprecio para el gremialismo de los artesanos. ↩
«Obreros». ↩
John Watts (1818-1887), socialista owenista de Manchester, conferenciante y autor de folletos de economía, al que Engels había tratado en 1843-1844; más tarde se pasó al liberalismo. ↩
La Allgemeine Zeitung de Augsburgo, el diario conservador más leído de Alemania. ↩
Engels confunde a dos personas. El artículo hablaba de Yákov Nikoláyevich Tolstói, agente del Gobierno ruso en París; el Tolstói al que habían tratado Marx y Engels era Grigori Mijáilovich Tolstói, terrateniente ruso de ideas liberales. ↩
Le Corsaire-Satan, diario satírico de París; Le National, diario de los republicanos moderados. ↩
Pável Vasílievich Ánnenkov (1812-1887), escritor ruso liberal, amigo de Marx. La sospecha era infundada. ↩
«Soplón» de la policía. C'est clair: «está claro». ↩
«En un cuerpo sin valor», como se hacían los experimentos médicos. ↩
Moses Hess (1812-1875), publicista comunista, que había colaborado con Marx y Engels y se había ido apartando de ellos. Su esposa es Sibylle Pesch, que vivía en París. ↩
Mateo 8, 12. ↩
«En dulce júbilo»: comienzo de un villancico latino-alemán. ↩
A comienzos de agosto de 1846 hubo disturbios en Colonia, con intervención de la tropa contra la multitud; luego, las asambleas de ciudadanos protestaron ante el Gobierno (véase la carta de Engels a Marx del 18 de septiembre de 1846). ↩
El papel está roto; la palabra entre corchetes es conjetura de los editores de la MEGA. ↩
«Tengo las pruebas». ↩
Heinrich Heine (1797-1856), el poeta, amigo de Marx en París; la enfermedad nerviosa que padecía lo dejó postrado en cama desde 1848 hasta su muerte. ↩
German Mäurer (1811-1883), escritor alemán en París, miembro de la Liga de los Justos. ↩
El protagonista de Los bandidos, de Schiller. ↩
Revista mensual de los economistas liberales franceses, publicada en París desde 1841. ↩
Karl Biedermann (1812-1901), profesor en Leipzig y publicista liberal, que había escrito sobre el comunismo alemán. ↩
«El señor Marx es zapatero, como otro comunista alemán, Weitling, es sastre. El primero (Marx) no tiene gran estima por el comunismo francés (!), que ha tenido la suerte de estudiar sobre el terreno. Por lo demás, el señor M. tampoco sale de las fórmulas abstractas y se guarda mucho de abordar ninguna cuestión verdaderamente práctica. Según él, la emancipación del pueblo alemán será la señal de la emancipación del género humano; la cabeza de esta emancipación sería la filosofía, y su corazón el proletariado. Cuando todo esté preparado, el gallo galo anunciará la resurrección germánica... Marx dice que hay que crear en Alemania un proletariado universal (!!) para realizar el pensamiento filosófico del comunismo». Las ideas que se atribuyen a Marx están sacadas, deformadas, de la Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel. Introducción, publicada en los Anales franco-alemanes. ↩
«Firmado: T. F. (muerto desde entonces)». Théodore Fix (1800-1846), economista nacido en Suiza, redactor del Journal des Économistes. ↩
La situación de la clase obrera en Inglaterra (Leipzig, 1845). ↩
Gustav Julius (1810-1851), periodista, director de la Berliner Zeitungs-Halle. ↩
La Fraternité, periódico comunista obrero de París (1845-1848). ↩
El papel está deteriorado y faltan palabras donde ponemos […]. Poco después Engels se mudó al número 23 de la rue de Lille. ↩
Hotel de Bruselas donde vivía Marx. ↩