Carta de Karl Marx a Friedrich Engels, que vivía en Manchester, escrita en Londres el 31 de julio de 1851. Se conserva completa. Traducida de la primera MEGA (MEGA¹ III/1, Berlín, 1929, carta n.º 105, pp. 224-226) por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original.

31 de julio de 1851.
28, Soho, Deanstreet.

Querido Engels:

Acabo de recibir tu carta, que abre perspectivas muy agradables sobre la crisis comercial.

No he escrito nada desde hace unos catorce días porque el tiempo que no paso en la biblioteca he andado acosado como un perro, y así, con la mejor voluntad, siempre acababa sin escribir.

Después de que los dos Bamberger, padre e hijo, me han ido dando largas de semana en semana —y antes de mes en mes— con la promesa de descontarme una letra, y después de que por fin el lunes pasado me citaron con ese fin en el cuchitril judío y ya llevaba yo el papel timbrado, el joven me declara que el viejo, que también estaba allí, no puede, etc., etc.1

Fue una gran lástima no poder darles un par de bofetadas a estos dos judíos por esta infame manera de entretenerme, de hacerme perder el tiempo y de ponerme en fausse position2 ante terceros.

Por lo demás, si no el hecho, sí el principio de este verdadero timo à la Sancho, primero durante meses y luego otra vez en las últimas seis semanas, se lo debo al señor Konrad Schramm.3

Ya sabes que este sujeto se fue a París hace cuatro o cinco semanas. Como siempre con nuestros nobles amigos de aquí, uno se entera solo ahora, por ellos, por ejemplo por el zopenco de Hain, de lo que sabían desde hace mucho del granuja. Pero ahora les prohíbo «gritar», porque ya solo puede hacer daño y no servir de nada. Así que —no sé si ya te lo he escrito— una tarde me entero por el señor Schramm de que quiere marcharse dentro de dos veces veinticuatro horas. Decido, pues, tomar las medidas necesarias respecto a los papeles de la Liga y otros que el señor Konrad tenía aún en su poder. Esa misma tarde me entero por Liebknecht de que el señor Konrad no quiere entregar esos papeles, sino que los ha entregado sellados al señor Louis Bamberger. Y lo que hacía todavía más necesario actuar rápido: cuando al día siguiente salgo del Museo, resulta que el señor Lumpazius4 no se marcha dentro de dos veces veinticuatro horas, sino ya dentro de las primeras veinticuatro, es decir, precisamente a las dos de la madrugada del día en curso. El noble Konrad me había pedido una cita privada para la tarde, cosa que yo le desbaraté llevándome a Lupus, Liebknecht y Pieper. Apenas nos habíamos instalado (gesettled) en una taberna aislada (insulated), le pedí al señor Konrad que me explicara sus manejos con los papeles, etc. Como siempre que ha dado un faux pas, el tipo se pone hecho una furia, declara que no quiere entregar los papeles porque él los necesita para justificarse, y otras sandeces. Él es la Liga tanto como yo y tú, también él puede llevar a cabo hechos salvadores. Ni siquiera sabe si yo soy el presidente del círculo de Londres. Luego, Stirneriana sobre su unicidad en el partido. Otros, sobre todo Lupus, se encresparon; él amenazó con marcharse, grita, se enfurece… todo connu.5 Yo apacigüé el tumulto, y como sé cómo hay que tratar al mozo, y como el escándalo no servía de nada, sino que se trataba de tener los papeles, sobre todo en este momento, con amenazas y buenas palabras conseguí que el señor Konrad me extendiera una nota para Bamberger encargándole que me entregara el paquete sellado.

Lo recibí, en efecto, al día siguiente. Estaba todo dentro. Entre otras cosas, incluso tu declaración y la mía contra A. Ruge, que, por lo tanto, el noble Konrad no había mandado a la Staatszeitung, probablemente porque había mentido tanto en casa de su hermano que temía toda aclaración pública.

Así que este granuja, al mismo tiempo —creía hacer así mejor sus negocios—, previno contra mí a los Bamberger, les dijo que yo había agotado mi último crédito para pagar la última letra, etc., etc. En general, ha intrigado contra nosotros de la manera más canallesca, ha mentido, etc.

Ahora —puesto que todo esto es fait accompli— no hay que gritar e indignarse como un hombre de bien, como querían e hicieron los zopencos de aquí, sino dejar que el Lumpazius siga creyendo en su relación con nosotros hasta que se tenga el poder y el momento de quitar de en medio al tipo, d’une manière ou de l’autre.6 En este momento, el mozo podría ser francamente peligroso para nuestros camaradas alemanes si uno se le pusiera delante de algún modo como conocedor de su granujería deshonrosa.

Por lo demás, me creerás sin más protestas que estoy endiabladamente harto de mi situación. He escrito a América para ver si es posible hacer desde aquí, junto con Lupus, una correspondencia para un par de docenas de periódicos, porque es impossible seguir viviendo así.

En cuanto a las negociaciones con Ebner en Fráncfort, me escribe que Cotta probablemente aceptará mi Economía —cuyo plan le he mandado— y que, si no, encontrará otro librero.7 Hace mucho que habría terminado en la biblioteca. Pero las interrupciones y molestias son demasiado grandes, y en casa, donde todo está siempre en estado de sitio y ríos de lágrimas me aburren y me ponen furioso noches enteras, naturalmente no puedo hacer gran cosa. Mi mujer me da pena. Sobre ella cae el peso principal, y au fond tiene razón. Il faut que l’industrie soit plus productive que le mariage.8 A pesar de todo, recordarás que por naturaleza soy très peu endurant, e incluso quelque peu dur,9 de modo que de vez en cuando pierdo la calma.

A Julius lo enterraron hace una semana más o menos. Estuve en el entierro. El noble Kinkel soltó unas meadas de discurso sobre la tumba. Julius era el único de la emigración que estudiaba y que se iba pasando cada vez más del idealismo a nuestro terreno.10

El noble Dulon está aquí.11

Heinzen y Ruge siguen despotricando en la Schnellpost de Nueva York contra los comunistas y especialmente contra nosotros.12 Pero el material es tan rematadamente tonto que es imposible entrar en él de otro modo que, en el momento oportuno, reuniendo lo más cómico de los engendros de Ruge y revelando a los alemanes por quién son gobernados ahora malgré eux.13

¿Has leído quizá el último escrito de Proudhon?14

Weydemeyer me ha escrito desde Zúrich. Karstens está preso en Maguncia. Había hecho un intento de fuga en vano.15

Vale faveque.16

Tu K. M.

Por lo demás, harás muy bien si haces, a ser posible con tu firma, un artículo para Jones. Avanza en su periódico, aprende. Ce n’est pas un Harney.17 Por eso las Notes to the People prosperan, mientras que el Friend of the People se hunde.

  1. Louis Bamberger y su padre, banqueros alemanes establecidos en Londres. ↩

  2. «Situación falsa», comprometida. ↩

  3. Konrad Schramm, miembro de la Liga de los Comunistas, emigrado en Londres. ↩

  4. Por el Lumpazivagabundus, comedia de Johann Nestroy cuyos protagonistas son tres vagabundos. ↩

  5. «Conocido». Faux pas: «paso en falso». ↩

  6. «De una manera o de otra». ↩

  7. Hermann Ebner, periodista de Fráncfort, que hizo de intermediario de Marx con el editor Cotta. La Economía es la obra de crítica de la economía política que Marx preparaba en el Museo Británico. ↩

  8. «Es preciso que la industria sea más productiva que el matrimonio». ↩

  9. «Muy poco paciente», «un poco duro». ↩

  10. Gustav Julius, periodista demócrata berlinés, emigrado en Londres, muerto en 1851. ↩

  11. Rudolph Dulon, pastor protestante de Bremen, demócrata, partidario de Ruge. ↩

  12. Karl Heinzen dirigía en Nueva York la Deutsche Schnellpost, en la que colaboraba Arnold Ruge. ↩

  13. «A pesar suyo». ↩

  14. Idée générale de la Révolution au XIXe siècle (1851). ↩

  15. Según los editores de la MEGA¹, Karstens es Friedrich Lessner, sastre, miembro de la Liga de los Comunistas, detenido en Maguncia en 1851 y condenado en el proceso de Colonia. ↩

  16. «¡Adiós y quiéreme bien!». ↩

  17. «No es un Harney». Ernest Jones publicaba Notes to the People; George Julian Harney, The Friend of the People. ↩