Carta de Karl Marx a Friedrich Engels, que vivía en Manchester, escrita en Londres el 23 de septiembre de 1851. Se conserva completa. Traducida de la primera MEGA (MEGA¹ III/1, Berlín, 1929, carta n.º 122, pp. 265-269) por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original.

23 de septiembre de 1851.
28, Deanstreet, Soho.

Querido Engels:

Lo del documento de París es muy tonto. La Deutsche Zeitung, la Kölnische y la Augsburger nos lo endosan, como era de esperar de estos perros sin criterio. Por otro lado, el miserable Willich y compañía hacen correr que nosotros hicimos denunciar la porquería de París por conocidos nuestros. Qu’en dis-tu?1

A K. Schramm también lo han enchironado. Habeat sibi.2 La próxima vez —después de recoger algunas noticias más— te escribiré más sobre la porquería de aquí. Por hoy te obsequio con el siguiente resumen de un manifiesto de varias columnas del ciudadano Techow en la New Yorker Staatszeitung, que lleva por nombre: «Esbozo de la guerra venidera. Londres, 3 de agosto.»3 (Mal escrito, en tono doctrinario, con toda clase de reminiscencias de nuestra Revue y desarrollado con apariencia de sensatez, pero de contenido chato, sin movimiento en la forma, sin nada contundente.)4 Te ahorro lo que Techow recita primero sobre la revolución de 1849. De ahí saca primero las siguientes enseñanzas generales:

  1. Contra la violencia no hay más resistencia que la violencia.

  2. La revolución solo puede vencer si se hace general, es decir, si prende en los grandes centros del movimiento (Palatinado bávaro, Baden) y si, además, no es la expresión de una fracción opositora aislada. (Ejemplo: la insurrección de junio de 1848.)

  3. Las luchas nacionales no pueden llevar a ninguna decisión, porque aíslan.

  4. Los combates de barricadas no tienen más significado que señalar la resistencia de una población y poner a prueba, frente a esa resistencia, la fuerza de los gobiernos, es decir, el ánimo de las tropas. Salga como salga esa prueba, la organización para la guerra, la formación de ejércitos disciplinados, sigue siendo siempre la primera y más importante medida de la revolución. Porque solo por ella es posible la ofensiva, y solo en la ofensiva está la victoria.

  5. Las asambleas constituyentes del país no son capaces de organizar para la guerra. Pierden siempre el tiempo en cuestiones de política interior, para cuya solución el tiempo no llega hasta después de la victoria.

  6. Para poder organizar para la guerra, la revolución tiene que ganar espacio y tiempo. Por eso tiene que atacar políticamente, es decir, atraer a su esfera la mayor extensión de territorio posible, porque militarmente, al principio, está siempre reducida a la defensiva.

  7. La organización para la guerra, tanto en el campo republicano como en el realista, solo puede basarse en la coacción. Con entusiasmo político y con cuerpos francos fantásticamente engalanados nunca se ha ganado una batalla campal contra la disciplina y contra soldados bien mandados. El entusiasmo militar no aparece sino tras una serie de éxitos. Y para esos éxitos no hay al principio mejor base que una férrea severidad en la disciplina. Más todavía que en la organización interior del país, los principios democráticos solo pueden aplicarse en los ejércitos después de la victoria de la revolución.

  8. La guerra venidera es por su naturaleza una guerra de exterminio: o los pueblos o los «prínsipes».5 De ahí se sigue el reconocimiento de la solidaridad política y militar de todos los pueblos, es decir, de la intervención.

  9. El territorio de la revolución venidera está en el espacio dentro de las mismas fronteras que el de la vencida: Francia, Alemania, Italia, Hungría, Polonia.

Se sigue de todo esto: la cuestión de la revolución venidera equivale a la de una guerra europea. Objeto de la guerra: si Europa será cosaca o republicana. Escenario de la guerra: los antiguos, la Alta Italia y Alemania.

El señor Techow enumera ahora: 1. Las fuerzas armadas de la contrarrevolución; 2. las fuerzas armadas de la revolución.

I. Fuerzas armadas de la contrarrevolución.

  1. Rusia. Supongamos que pueda llevar sus fuerzas a 300 000 hombres; sería muchísimo. ¿En cuánto tiempo y con qué fuerza puede presentarse entonces en el Rin o en Italia? En el mejor de los casos, en dos meses. Por lo menos un tercio de bajas por enfermos y por la ocupación de las rutas de etapa. Quedan 200 000 hombres, que se presentan en los puntos decisivos del escenario de la guerra dos meses después del estallido del movimiento.

  2. Austria. Calcula los efectivos de su ejército en 600 000 hombres. En 1848 y 1849 necesitó en Italia 150 000 hombres. Esa cifra la exige Radetzky también ahora, en tiempo de paz.6 En Hungría necesita ahora, en la paz, 90 000 hombres. En la última guerra no bastaron 200 000. Un tercio de este ejército se compone de húngaros e italianos, que desertarán. En el mejor de los casos, si la insurrección no estalla a la vez en Hungría y en Italia, puede presentarse en el Rin —entretenida por toda clase de combates de barricadas— en seis semanas con 50 000 hombres.

  3. Prusia. Cuenta 500 000 hombres, incluidos los batallones de reserva y la Landwehr de la primera leva, que no salen a campaña.7 Para las operaciones en campaña, 300 000 hombres: la mitad de línea, la mitad Landwehr. Movilización: de catorce días a tres semanas. El cuerpo de oficiales del ejército prusiano, aristocrático; los suboficiales, burocráticos; la masa, «completamente democrática». Otra oportunidad tiene la revolución en la movilización de la Landwehr. Desorganización del ejército prusiano por la revolución, de la que el rey solo se hace dueño, bajo la protección del ejército ruso, lo bastante para llevar con los rusos los restos de su ejército contra los rebeldes. Provincia del Rin, Westfalia, Sajonia, perdidas para él, y con ellas las líneas de fortalezas más importantes y por lo menos un tercio de su ejército. Otro tercio lo necesita contra las insurrecciones de Berlín, Breslau, la provincia de Posen y Prusia Occidental. Quedan a lo sumo 100 000, que no pueden presentarse en el campo de batalla antes que los propios rusos.

  4. El ejército federal alemán. Los regimientos de Baden, de Schleswig-Holstein, de Hesse Electoral y del Palatinado son de la revolución. Solo restos del ejército federal alemán reforzarán, atendiendo a las súplicas de los príncipes, los ejércitos de la reacción. Sin importancia militar.

  5. Italia. La única potencia militar de Italia, el ejército sardo, es de la revolución.8

Así pues, en resumidas cuentas:

Escenario de la guerra en Alemania:
150 000 rusos
100 000 prusianos
50 000 austriacos = 300 000 hombres

Escenario de la guerra en Italia:
150 000 austriacos
50 000 rusos = 200 000 hombres
Total: 500 000 hombres

II. Fuerzas armadas de la revolución.

  1. Francia. 500 000 hombres a disposición ya en el primer momento de la revolución. De ellos, 200 000 en el Rin y 100 000 en Italia (la Alta) aseguran a la revolución en Italia y en Alemania espacio y tiempo para organizarse.

  2. Prusia. 50 000

  3. Austria. 100 000 — es decir, organizada la mitad de los ejércitos que se pasen.

  4. Pequeños ejércitos alemanes: 100 000.

Hace luego la cuenta siguiente:

Ejército francés activo . . . . 300 000 hombres
Ejército revolucionario alemán . . . . 150 000 »
Italia y Hungría . . . . . . . 200 000 »
650 000 hombres

Así pues: la revolución lleva 650 000 hombres contra los 500 000 hombres del absolutismo.

Termina así:

«Sean cuales sean las diferencias nacionales y de principio que dividan al gran partido de la revolución, todos hemos aprendido que la hora de combatir estas opiniones diversas entre nosotros no llega hasta después de la victoria», etc., etc.

¿Qué te parece este cálculo? Techow da por supuesto que la desorganización estará del lado de los ejércitos regulares y la organización del lado de las fuerzas revolucionarias. Esa es la base de su cuenta. Pero tú podrás juzgar mejor que yo esta estadística.

Pero en cuanto a la tendencia propiamente política del artículo, que se trasluce todavía más claramente en el desarrollo, es esta: no estalla revolución alguna, es decir, ni lucha de partidos, ni guerra civil, ni pugna de clases, hasta el final de la guerra y la caída de Rusia. Pero para organizar estos ejércitos para esa guerra hace falta la violencia. ¿Y de dónde ha de venir la violencia? Del general Cavaignac o de un dictador militar parecido en Francia, que tenga sus generales en Alemania y en la Alta Italia.9 Voilà la solution,10 que no queda muy lejos de las ideas de Willich. La guerra mundial, es decir, en el sentido de los tenientes prusianos revolucionarios, el dominio, al menos provisional, de lo militar sobre lo civil. Pero cómo un general quelconque,11 aunque se levantara de la tumba el viejo Napoleón en persona, ha de conseguir no solo los medios sino también esta influencia sin luchas internas previas y simultáneas, sin la maldita «política interior», sobre eso calla el oráculo. Al menos el «piadoso deseo» de los futuros guerreros mundiales, que encuentra su expresión política adecuada justamente en los políticos sin clase y en los demócratas como tales, queda dicho a las claras.

Adiós.

Tu K. M.

Acabo de recibir tu carta, cosa que anoto aquí todavía.12

NB. Ya sabes que el tal Stechahn o Steckhahn13 estuvo detenido en Hannover y que, antes de entrar en relación con nosotros, mantenía correspondencia con el comité de Schapper, etc. Pues bien, dos cartas que escribió al secretario de ese comité, Dietz —a la cucaracha—,14 y que este había recibido, se encuentran ahora en la oficina del inspector de policía de Hannover. Habíamos encargado a Ulmer que interpelara sobre ello al señor Dietz y compañía el viernes próximo en la sesión pública de la «Asociación de Refugiados o de la Emigración». Hemos vuelto a dar contraorden. Stechan se ha escapado, así que está en camino de Londres o ya aquí. ¿Y quién nos garantiza que Stechan no se vaya con nuestros enemigos en vez de con nosotros?

Los Straubinger15 son capables de tout.16 Nueva prueba: el señor Paul Stumpf, que en su corta visita aquí, en Londres, no se dejó ver ni por mí ni por Lupus,17 sino que solo trató con los canallas.

Tus noticias comerciales me han interesado muchísimo.

En cuanto a K. Schramm, tenía de mí un breve escrito de presentación, metido en su cartera. Estas líneas podrían haberse convertido para él en una carta de Urías.18 Se las dimos entonces para mostrarle una confianza aparente y tenerlo seguro, porque el tipo podía hacernos un daño considerable. Pero al mismo tiempo se escribió a Reinhardt que se guardara de él, en caso de que se le presentara con ese escrito redactado en términos generales.19 Lo fatal es que debajo está mi nombre. A Schramm le puede costar seis meses.

Addio!

  1. «¿Qué dices tú?». En septiembre de 1851 la policía francesa detuvo en París a miembros de comunidades alemanas ligadas a la fracción de Willich y Schapper (el llamado «complot franco-alemán»); la prensa publicó documentos incautados y los atribuyó al partido de Marx. ↩

  2. «Allá él» (en latín, literalmente, «que lo tenga para sí»). Konrad Schramm, miembro de la Liga de los Comunistas del lado de Marx, que en 1850 se había batido en duelo con Willich, fue detenido en París en septiembre de 1851. ↩

  3. Gustav Adolph Techow, antiguo teniente prusiano, jefe del estado mayor del ejército del Palatinado en 1849, emigrado en Londres y cercano a Willich. La New-Yorker Staats-Zeitung era un diario en alemán de Nueva York. ↩

  4. La Neue Rheinische Zeitung. Politisch-ökonomische Revue, que Marx y Engels publicaron en 1850; en ella apareció Las luchas de clases en Francia. ↩

  5. Marx escribe Fürschten por Fürsten, imitando una pronunciación dialectal. ↩

  6. El mariscal Joseph Radetzky, jefe del ejército austriaco en Italia. ↩

  7. La Landwehr era la milicia prusiana de reservistas; la primera leva la formaban los hombres más jóvenes. ↩

  8. El ejército del Reino de Cerdeña (Piamonte), el único Estado italiano con un ejército de peso. ↩

  9. Louis-Eugène Cavaignac, el general que aplastó la insurrección obrera de junio de 1848 en París. ↩

  10. «He ahí la solución». ↩

  11. «Cualquiera». ↩

  12. La carta de Engels del 23 de septiembre de 1851. ↩

  13. Gottlieb Ludwig Stechan, artesano de Hannover y miembro de la Liga de los Comunistas. Marx escribe mal su nombre. ↩

  14. Oswald Dietz, secretario del comité de la fracción de Willich y Schapper en Londres. Kakerlak, «cucaracha», es el apodo que le dan Marx y Engels. ↩

  15. Oficiales artesanos alemanes que iban de ciudad en ciudad; Marx y Engels usan el nombre con desprecio para el gremialismo y la estrechez de los artesanos. ↩

  16. «Capaces de todo». ↩

  17. Wilhelm Wolff, «Lupus», amigo de Marx y de Engels. ↩

  18. Carta que lleva al portador su propia condena, como la que David hizo llevar a Urías (2 Samuel 11). ↩

  19. Richard Reinhardt, secretario de Heinrich Heine en París y miembro de la Liga de los Comunistas. ↩