Carta de Friedrich Engels a Karl Marx, que vivía en Londres, escrita [en Manchester hacia el 27 de octubre de 1851]; la carta no lleva fecha, y lugar y fecha los establece la edición. Se conserva completa. Traducida de la primera MEGA (MEGA¹ III/1, Berlín, 1929, carta n.º 130, pp. 283-284) por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original.

Querido Marx:

Si no contesté en seguida a tu carta del 19 del corriente,1 fue porque esperaba a Weerth aquí para dentro de unos días y quería dejar arreglado lo de Haupt;2 y porque quería terminar también el mamotreto sobre Proudhon.3 Esto último lo haré hoy y mañana por la noche; Weerth estuvo aquí el sábado y el domingo; seguirá todavía un tiempo en Bradford, de modo que no puede llevar él mismo ninguna carta, y además se negó a hacerlo llegado el caso, porque la situación en Alemania es ahora tan brillante que a uno lo detienen sin más al menor pretexto, y no tiene ganas de verse enredado de ningún modo en este asunto de la Liga. En el fondo no se le puede tomar a mal. Pero quiere hacer llegar a Haupt una carta mía por vía segura, y solo pide que a él se le deje completamente fuera del asunto. Contó además que en los últimos tiempos se ha encontrado varias veces con Haupt y se ha ido hacia él, pero que este, cada vez, muy azorado, lo ha esquivado de pronto y ha salido corriendo. Podría ser que a Haupt su familia, etcétera, lo hubiera ablandado un poco en el calabozo y que hubiera hecho algunas confesiones que ahora le pesan en la conciencia. Por lo demás, Weerth opina también que esas otras historias de Willich y Stechan son puras calumnias, porque Haupt no podía tener ningún motivo para venderse.

Voy a escribir a Haupt, anónimamente, pues conoce mi letra, y dejaré a Weerth que haga llegar la carta. Le pediré que haga una declaración pública y le daré a entender que la historia de Berthold es el motivo probable de todas las habladurías. Pero el añadido de que Willich quizá se repartió el botín con Berthold lo dejaré fuera, porque, en primer lugar, Haupt se guardará muy mucho de firmar con su nombre semejantes insinuaciones; en segundo lugar, la historia es demasiado inverosímil, porque el señor Berthold no es hombre que reparta con amigos lejanos, y menos con Willich, a quien en el fondo odiaba; y en tercer lugar, a los ocho días los otros lo presentarían en todos los periódicos como una nueva calumnia lanzada al mundo por el señor Marx y apelarían a los sentimientos de los filisteos en favor del calumniado hombre de bien Willich. El tipo ya es bastante canalla sin necesidad de hacerlo más grande ni de achacarle mentiras de las que pueda lavarse.

La carta de Fischer es, desde luego, lo más estúpido que he visto en mucho tiempo. Pero esperaba algo así y creo también que todo se quedará en sus promesas de dinero. No se puede pedir a los burros demócratas que nos manden dinero a nosotros cuando su propia gente va a pedirles limosna en persona, y lo más que se puede sacar de ellos es, como el mismo Fischer dice, que nos den voz en el empleo del dinero si nos avenimos a sentarnos en un cónclave con semejante chusma, y encima en minoría. El plan de sablazo à la Mazzini con garantía del Imperio (¡el Imperio alemán garantiza la república!) no está nada mal, y desde luego ha necesitado para engendrarse la actividad conjunta de todos los mendigos ejemplares. Desde que se ha llevado a cabo este invento, a nuestro partido no le quedará otro remedio que retirarse por completo del mercado financiero democrático. This impudence beats us hollow.4 El dinero que hayamos podido recibir de los demócratas para fines políticos nos ha llegado de todos modos solo per abusum,5 y desde que los grandes hombres se han presentado ellos mismos en el mercado como joint stock company,6 esa ilusión se acaba por completo. Todos nuestros llamamientos no nos atraerían más que refus7 y ridículos, a no ser que Weydemeyer8 consiga algo en Nueva York, y aun eso sería solo entre los obreros.

Weerth te escribirá uno de estos días. Está muy indeciso sobre lo que va a hacer. Tiene ofertas estupendas, pero ninguna le conviene del todo.

El señor Kossuth9 es como el apóstol Pablo, todo para todos. En Marsella grita Vive la République, en Southampton God save the Queen.10 ¡Qué moderación tan notable e hiperconstitucional exhibe ahora el tipo! Pero les está bien empleado al señor Pettie y a la camarilla de Harney11 que no quiera ni asistir a su banquete. Hasta el señor Mazzini sería recibido con mucha frialdad, al menos delante del público. Otro más con el que uno no se ha equivocado. Por lo demás, ¿cuánto tardará? Si el año que viene no hay secousses,12 el señor Kossuth se hundirá también en la ordinaria demagogia vociferante de Mazzini.

Mañana o pasado, lo de Proudhon. Si puedo, mandaré a Fischer la Revue,13 pero solo tengo varios ejemplares del último cuaderno. ¿Puedes conseguirme todavía los números 1 a 4?

Tu F. E.

  1. La carta de Marx del 19 de octubre de 1851. ↩

  2. Hermann Wilhelm Haupt, miembro de la Liga de los Comunistas en Hamburgo, detenido en 1851 y sospechoso de haber delatado a sus compañeros. ↩

  3. Engels preparaba para Marx un comentario crítico del libro de Proudhon Idée générale de la révolution au XIXe siècle (París, 1851), que Marx pensaba refutar. ↩

  4. «Esta desvergüenza nos gana de calle». ↩

  5. «Por abuso». ↩

  6. «Sociedad anónima». ↩

  7. «Negativas». ↩

  8. Joseph Weydemeyer (1818-1866), antiguo oficial prusiano, miembro de la Liga; emigró a Nueva York en el otoño de 1851. ↩

  9. Lajos Kossuth (1802-1894), jefe de la revolución húngara de 1848-1849; liberado de su internamiento en Turquía, llegó a Inglaterra el 23 de octubre de 1851, tras pasar por Marsella, y siguió viaje a los Estados Unidos. ↩

  10. «¡Viva la República!»; «Dios salve a la reina». ↩

  11. George Julian Harney (1817-1897), dirigente cartista, director de periódicos como The Northern Star y The Friend of the People. ↩

  12. «Sacudidas». ↩

  13. La Neue Rheinische Zeitung. Politisch-ökonomische Revue, publicada en 1850 en cinco entregas (la última, doble: números 5-6). ↩