Carta de Karl Marx a Friedrich Engels, que vivía en Manchester, escrita en Londres el 17 de octubre de 1854. Se conserva completa. Traducida de la primera MEGA (MEGA¹ III/2, Berlín, 1930, carta n.º 330, pp. 54-57) por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original.

17 de octubre de 1854. 28, Deanstreet, Soho, London.

Querido Engels:

Hoy has hecho una formidable enumeración de las fuerzas armadas rusas. But there remains this one question to be answered:1 ¿han sido alguna vez capaces, con los mayores esfuerzos, de mandar más de 200.000 hombres fuera de su país? No conozco ningún caso.

Si uno se situara en el punto de vista de la vieja política —¿y qué otra cosa representan Inglaterra y Francia, salvo que el ministerio inglés no va en serio y que Napoleón III es una caricatura?—, habría que distinguir entre los intereses de Inglaterra y los de Francia. Con la destrucción de la flota rusa en el mar Negro y en el Báltico y la expulsión de los rusos de Crimea, del Cáucaso y de las provincias robadas a persas y turcos, Inglaterra habría vuelto a asegurarse por 50 años su supremacía en el mar y su dominio exclusivo en la parte más civilizada de Asia. Estaría entonces muy en consonancia con su vieja manera dejar que los continentales se desgastaran en guerras de siete años y otras —cuyo escenario principal serían Alemania y quizá Italia— y, al final de la lucha, no ver a Rusia ni a Austria ni a Francia dominar supremas en el continente. Para Francia, al contrario, la verdadera lucha no empezaría hasta que estuvieran destruidos el poder naval ruso y su influencia en el sur de Asia. Se vería tanto más obligada a quebrar el poder terrestre ruso para poder echar en la balanza, frente a los ingleses, un peso equivalente mediante la ampliación de su poder continental. ¿Quién garantiza que, en cuanto los ingleses hayan aniquilado a los rusos en el Baltic y el Black Sea y los hayan hecho inofensivos para ellos, no estallen revoluciones en el continente e Inglaterra no lo tome como pretexto para volver a aliarse oficialmente con los rusos contra el continente?

Pero la gracia principal sigue siendo que a los ingleses que gobiernan ahora —que no son ni Chathams ni Pitts junior, and not even Wellingtons—2 no les va en serio destruir siquiera el poder naval ruso y las influencias rusas en Turquía, Persia y el Cáucaso. Si sus half and half measures3 les obligan a ello, quizá piensen llegar tan lejos, pero sus medias tintas y su bellaquería los meterán probablemente en un lío que provocará aquí movements4 internos.

Por las citas siguientes, sacadas de los Archives des affaires étrangères de París —relativas a la guerra de los Siete Años—, se ve cómo los ministros ingleses hacen trampas con el enemigo incluso durante la campaña y en relación con la campaña. El 24 de junio de 1761, el mariscal de la Pompadour, Soubise,5 se había dejado sorprender en el campamento de Wilhelmsthal por los aliados ingleses, prusianos, hannoverianos, etc., y empujar al otro lado del Fulda. Lord Bute, primer ministro de Jorge III,6 quería la paz por razones parlamentarias y dinásticas, pero no podía proponerla, dado el estado de ánimo belicoso de la nación, favorable a Federico II, mientras los franceses se dejaran zurrar constantemente y se retiraran en vez de avanzar. Choiseul, como sabes, era entonces ministro de Asuntos Exteriores de Francia. Encontramos, pues, literalmente en las publicaciones auténticas del archivo francés: «Después del suceso del 24 de junio, los ministros ingleses escribieron al señor de Choiseul: Os dejáis batir y ya no podemos hacer la paz; no nos atreveríamos a proponerla al Parlamento. El señor de Choiseul, desolado de ver rota la negociación, mueve al rey a escribir al señor de Soubise: "Primo mío, os escribo la presente para que, en cuanto la hayáis recibido, crucéis el río Fulda y ataquéis a los enemigos, sin contar con las disposiciones que os convengan, y, sea cual sea el resultado, no seréis responsable de él. Con esto ruego a Dios, etc." El señor de Choiseul escribió: "La carta del rey, señor mariscal, es demasiado formal para que yo tenga nada que añadir. Pero puedo deciros que, aunque el ejército del rey fuera destruido hasta el último hombre y él se viera obligado a levantar uno nuevo, Su Majestad no se asustaría en absoluto".» Aquí, pues, el ministerio inglés exige directamente que los franceses zurren al ejército aliado suyo, subvencionado por él y formado en parte por ingleses. En sentido inverso se habían inmiscuido antes en las operaciones militares francesas, porque Jorge quería que se respetara su Hannover. En efecto, en los mismos extraits7 se dice:

«En 1762, los señores d'Estrées y de Soubise mandaron el ejército del Alto Rin, de 150.000 hombres, establecido en Hesse, en Gotinga, Mühlhausen y Eisenach; el señor de Condé mandó el del Bajo Rin, de 30.000 hombres. La corte solo les pedía que conservaran Kassel y Gotinga hasta finales de noviembre y que evacuaran esas dos plazas en esa fecha para retirarse sobre el Ohm, poniendo Ziegenhain por delante de su primera línea. Este plan de guerra, con fuerzas iguales, con 180.000 contra 80.000, sería extraordinario si no se hubiera fundado en la promesa que nos hacía el ministerio inglés de concluir la paz antes del mes de julio si no hacíamos incursiones en Hannover.»

Esta última injerencia desde Londres podría considerarse en todo caso habitual cuando las potencias beligerantes están a punto de entrar en negociaciones de paz; el primer casus, en cambio, le habría costado la cabeza a lord Bute y, con el estado de ánimo de entonces (think only of Wilkes and Junius letters),8 el trono a Jorge; pero, comme toujours,9 el asunto no se supo hasta casi a century10 después. Otro ejemplo de este tipo lo tenemos poco antes del estallido de la antijacobin war,11 cuando el «liberal» Fox12 mandó un enviado secreto a Catalina II para decirle que no se dejara desconcertar por las amenazas de Pitt, que se zampara Polonia sin reparos, que derribarían a Pitt si quería hacer la guerra a Rusia. Fox estaba entonces, desde luego, en la «oposición», no en el ministerio, y solo cito el ejemplo como prueba de que los out son tan honrados como los in.

Por eso creo que, al juzgar la conducción de la guerra por parte de los aliados —como tú también insinúas de vez en cuando en tus artículos—, must be considered13 siempre el trato entre Downing Street (sobre todo mientras esté allí Palmerston) y San Petersburgo. I am sure de que, en cuanto los ejércitos se encuentren en posiciones críticas, los generales se cagan en el gabinete y hacen lo que pueden, porque los señores generales rara vez o nunca están en el secreto y además se juegan la cabeza, como demuestra el ejemplo del almirante Byng,14 que recibió del Almirantazgo de entonces instrucciones tan miserables como, por ejemplo, Dundas15 ahora.

Intentaré conseguir el último producto de Bauer16 y mandártelo.

No sé si Napier17 y otros historiadores de la guerra hispano-francesa ponen bajo su verdadera luz los hechos —de los que hay pruebas completas en los autores españoles—, a saber, que, descontado el breve tiempo en que Napoleón mandó en persona en España, hasta el final de la guerra reinó en el ejército francés una conspiración republicana perfectamente organizada para derribar a Napoleón y restablecer la república. ¡A propósito! De fuentes auténticas se desprende que el gran «Mina y Espoz»18 era un puro granuja, que estaba por debajo de un Joh. Becker,19 no military talent at all,20 pero astuto, conocedor de los hombres y avant tout voleur.21 Del examen detenido de la historia revolucionaria española resulta que los tipos necesitaron unos 40 años para derribar la base material del clero y de la aristocracia, pero que en ese tiempo consiguieron también revolucionar por completo el viejo estado social. Por lo demás, los gobiernos provisionales, etc., muestran allí más o menos la misma inteligencia que en Francia, etc. Con la sangre caliente de toda la raza y su indiferencia ante el derramamiento de sangre, es característico que —hasta la época de la guerra civil de 1834-1840— sea precisamente el partido revolucionario el que reclama el monopolio de la clemencia filantrópica, por lo que luego es castigado again and again.

Pieper22 obtendrá probablemente mañana un puesto de resident master23 a 30 millas de Londres. Como ha perdido su corresponsalía en la Union, tiene que aceptar ese puesto. Con el «estado» de mi mujer, ella podrá servirme poco de secretaria. Es asqueroso. Del «amable» amigo24 he recibido una nueva carta apremiante; de Lassalle, todavía ninguna respuesta. En cuanto se haya ido tu viejo, o esté decidido que no viene, iría por una temporada a Manchester, si las circunstancias lo permiten. De Lassalle, todavía ninguna respuesta, desde hace nueve semanas. De Cluß, nada. Schnauffer25 ha muerto.

Tu K. M.

  1. «Pero queda una pregunta por contestar». ↩

  2. William Pitt el Viejo, conde de Chatham, y su hijo William Pitt el Joven, primeros ministros británicos; el duque de Wellington. And not even: «y ni siquiera». ↩

  3. «Medidas a medias». ↩

  4. «Movimientos». ↩

  5. Charles de Rohan, príncipe de Soubise, mariscal de Francia, protegido de madame de Pompadour. ↩

  6. John Stuart, conde de Bute, primer ministro de Jorge III en 1762-1763. La batalla de Wilhelmsthal fue el 24 de junio de 1762, no de 1761. ↩

  7. «Extractos». ↩

  8. «Basta pensar en Wilkes y en las cartas de Junius»: John Wilkes, publicista radical perseguido por Jorge III, y las Letters of Junius, panfletos anónimos contra el gobierno (1769-1772). ↩

  9. «Como siempre». ↩

  10. «Un siglo». ↩

  11. «Guerra antijacobina»: la guerra de Inglaterra contra la Francia revolucionaria desde 1793. El episodio se refiere a la crisis de Ochakov de 1791. ↩

  12. Charles James Fox, jefe de los whigs. ↩

  13. «Hay que tener en cuenta». ↩

  14. John Byng, almirante británico fusilado en 1757 tras la pérdida de Menorca; en el manuscrito, Binge. ↩

  15. James Whitley Deans Dundas, almirante británico al mando de la flota del mar Negro. ↩

  16. Bruno Bauer, que publicaba entonces escritos sobre Rusia y la situación europea. ↩

  17. William Napier, autor de una History of the War in the Peninsula. ↩

  18. Francisco Espoz y Mina, jefe guerrillero navarro en la guerra de la Independencia y luego general liberal. ↩

  19. Así en el original. Probablemente Johann Philipp Becker (1809-1886), revolucionario alemán, jefe de la milicia popular badense en la campaña de 1849, con quien Marx compara aquí a Mina; el índice de la MEGA¹ lo registra aparte, como «Becker, Joh.». ↩

  20. «Ningún talento militar en absoluto». ↩

  21. «Ante todo ladrón». ↩

  22. Wilhelm Pieper, emigrado alemán en Londres que hacía de secretario de Marx. ↩

  23. «Profesor interno». ↩

  24. El doctor Freund, médico de la familia Marx. ↩

  25. Carl Heinrich Schnauffer, poeta y demócrata badense, emigrado en los Estados Unidos. ↩