Carta de Karl Marx a Friedrich Engels, que vivía en Manchester, escrita en Londres el 13 de febrero de 1856. Se conserva completa. Traducida de la primera MEGA (MEGA¹ III/2, Berlín, 1930, carta n.º 375, pp. 110-111) por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original.

13 de febrero de 1856. 28, Dean Street, Soho, Londres.

Dear Fred:

Según me escribe Imandt, Heise va apagándose poco a poco, a consecuencia del mucho «aceite» que durante largo tiempo se ha echado al hígado.1 El propio Imandt refunfuña bastante de los escoceses, con los que es imposible emplear más de doce horas en enseñarles alemán, por muchas triquiñuelas que uno use. Por avaricia, esos tipos son aficionados al «comprender».

Pero el gran acontecimiento, el acontecimiento por el que hago seguir esta segunda epístola pisándole los talones a la primera, es el acontecimiento Seiler.2 Ya sabes qué auspicios tenía este Sebastian Ancla-de-salvación cuando estuviste aquí. El viejo verdulero se mostró rather3 inexorable, y el propio Seiler, con el feliz instinto que le caracteriza, descubrió pronto que era una tontería gastar unas 200 libras esterlinas en saldar el pasado en lugar de en untar los remos del futuro. Así que toma la heroica resolución de comunicar a su suegro que no pague a ningún acreedor, sino que mire tranquilamente si lo encierran. Él pasaría entonces por el court of insolvency4 y, así purificado, empezaría una nueva vida con la ayuda del viejo. Al viejo esto le pareció muy práctico. A Seiler le hacía cosquillas la perspectiva de ser iniciado en la crapulosa sociedad del Queen's Bench,5 tener mesa franca, bien provisto de suministros por su mujer y su suegra, y de paso terminar su obra inmortal sobre Alejandro II, que consiste en extractos de la Augsburger Allgemeine Zeitung embadurnados con un jarabe equívoco. Así que se liquidó el negocio at once.6 Empezó una edad de oro del far niente y de los llamados «recados de negocios» a la ciudad. El curioso apuro consistía ahora en que, pese a los warrants7 que se habían sacado contra él y pese a la ostentatious exhibition8 de su estimada persona por las calles de Londres, ni un solo acreedor hacía ademán de apoderarse de Sebastiani. El viejo verdulero, cuya fe en la «personalidad» de su yerno no crecía precisamente a consecuencia de esa invulnerabilidad suya, le dijo que ya era hora de dejar la casa y retirarse con su mujer a un cottage lejano. Durante el acto del desalojo, unos acreedores vigilantes todavía confiscaron una parte de los muebles, entre otras cosas siete pares de botas pertenecientes a Sebastian. Sebastian se ocupó él mismo de que tampoco el «cottage» quedara en secreto, porque no entraba en absoluto en sus planes llevar con su esposa Patata una vida retirada y apacible.9 En resumidas cuentas, intrigó tanto con la Patata, la suegra y el verdulero que se decidió mandarlo al «Nuevo Mundo» —of course, a Nueva York—, adonde hará ir a su esposa en cuanto se haya conquistado una «posición». La cuestión depende ahora —tiene que marcharse esta semana— del número de libras esterlinas que ha de llevarse para el viaje. Pide 60. El verdulero cree que basta la mitad. El plan de Sebastian es sacarle desde América a la querida esposa un billete de 5 libras tras otro, cuidarse la barriga, editar su Kaspar Hauser y su Alejandro II y, como «rodríguez», no perderse nunca la dulce furia de la separación de la Patata.10 Sería curioso que al final todavía le cazara algún acreedor. En todo caso, ha conseguido dejar también Inglaterra como refugiado «financiero», solo que en circumstances más respetables que Alemania, Bélgica y Suiza. Su plan era que Pieper le acompañara como socio. Pieper solo había hecho como que aceptaba el plan, en parte para apoderarse de los siete pares de botas, en lo que, sin embargo, se le adelantaron los brokers.11

Hace unas noches estaba Pieper aquí en casa dando clase a las niñas, cuando abajo el postman llamó a la puerta. Una carta para Pieper, de mano femenina. Invitación a una cita. Como no conocía la letra ni tampoco la firma, se meció en grandes esperanzas y dio la carta a leer a mi mujer. Esta reconoció enseguida en la firma a la vieja irlandesa gorda y cochina que fue nuestra nodriza, que no sabe escribir y por eso se había hecho escribir la carta por un tercero. Ya te puedes imaginar entre qué risas se le hizo cosquillas a Fridolin.12 Él, sin embargo, acudió a su cita con la «cow». Esas son, pues, sus «adventures». ¡Oh rey Wiswamitra, qué buey eres!13

No te olvides del paneslavismo.14

Salut.

Tu K. M.

  1. Hermann Heise, publicista demócrata, emigrado en Escocia. Peter Imandt, antiguo miembro de la Liga de los Comunistas, enseñaba alemán en Escocia. ↩

  2. Sebastian Seiler, periodista, antiguo miembro del Comité de Correspondencia Comunista de Bruselas, emigrado en Londres. ↩

  3. «Más bien». ↩

  4. El tribunal de insolvencia, por el que el deudor quedaba libre de sus deudas. ↩

  5. La cárcel de deudores del Queen's Bench, en Londres. ↩

  6. «En el acto». ↩

  7. «Órdenes de detención». ↩

  8. «Exhibición ostentosa». ↩

  9. «Patata» (Kartoffel): así llama Marx a la mujer de Seiler. ↩

  10. Seiler había publicado en 1847 un libro sobre Kaspar Hauser, el expósito de Núremberg. ↩

  11. Los alguaciles encargados del embargo. ↩

  12. Wilhelm Pieper. ↩

  13. Heine, El regreso (Die Heimkehr): «Al rey Wiswamitra / no le dejan descansar: / quiere ganar luchando y haciendo penitencia / la vaca de Wasischta. / ¡Oh rey Wiswamitra, / oh, qué buey eres!». ↩

  14. Los artículos de Engels sobre el paneslavismo (véase la carta de Engels del 7 de febrero de 1856). ↩