Carta de Friedrich Engels a Karl Marx, que vivía en Londres, escrita en Manchester el 14 de julio de 1858. Se conserva completa. Traducida de la primera MEGA (MEGA¹ III/2, Berlín, 1930, carta n.º 530, pp. 325-327) por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original.

Manchester, 14 de julio de 1858.

Querido Moro:

Estamos aquí en pleno balance, y por eso no he tenido sosiego para escribirte más extensamente. Espero que tu Tussy1 esté mejor. Gumpert2 me dijo que la tos ferina, con el clima inglés, rara vez es peligrosa; suele hacerse crónica, pero es benigna. Todos los casos que han tenido hasta ahora en el hospital han acabado bien. Me ha dado los dos informes de ese hospital publicados hasta ahora (de Marei);3 son muy científicos; ojalá hubiera tenido yo un material así cuando escribí mi libro.4 Tengo también ejemplares para ti y te los mandaré; alguna cosa quizá te sirva para el capítulo del trabajo asalariado.5 Las grandiosas ambiciones y las optimistas esperanzas de Marei te harán cierta gracia.

De las declaraciones del señor Türr,6 etc., no he visto ni oído nada; aquí el Star se lee poco. Así que no dejes de mandarme la Free Press,7 y si es posible también un ejemplar para Lupus,8 que todavía está en Buxton, adonde lo mandó Borchardt,9 y donde, por aburrimiento, probablemente andará más de lo que le conviene a su pierna.

Las dos cartas de Nueva York de que hablas en tu última carta no venían dentro.

¡A propósito! Mándame la Filosofía de la naturaleza de Hegel que me prometiste.10 Ahora estoy haciendo un poco de fisiología y voy a enlazar con ella la anatomía comparada. Hay ahí cosas sumamente especulativas, pero todas descubiertas muy recientemente; tengo mucha curiosidad por ver si el viejo no olfateó algo de ellas. Lo que es seguro es que, si tuviera que escribir hoy una filosofía de la naturaleza, las cosas le llegarían volando por todos lados. Por lo demás, no se tiene ni idea de los progresos que han hecho las ciencias naturales en los últimos treinta años. Decisivos para la fisiología han sido, en primer lugar, el enorme desarrollo de la química orgánica y, en segundo lugar, el microscopio, que solo desde hace veinte años se utiliza como es debido. Esto último ha llevado a resultados todavía más importantes que la química; lo principal, lo que ha revolucionado toda la fisiología y ha hecho posible por primera vez una fisiología comparada, es el descubrimiento de la célula: en la planta, por Schleiden; en el animal, por Schwann (hacia 1836).11 Todo es célula. La célula es el ser en sí hegeliano y en su desarrollo recorre exactamente el proceso hegeliano, hasta que de ella se desarrolla por fin la «idea», el organismo completo de cada caso.

Otro resultado que habría alegrado al viejo Hegel es, en física, la correlación de las fuerzas,12 o la ley según la cual, en condiciones dadas, el movimiento mecánico, es decir, la fuerza mecánica (por ejemplo, por rozamiento), se transforma en calor; el calor, en luz; la luz, en afinidad química; la afinidad química (en la pila voltaica, por ejemplo), en electricidad, y esta, en magnetismo. Estas transiciones pueden producirse también de otra manera, hacia delante o hacia atrás. Un inglés cuyo nombre no recuerdo13 ha demostrado ahora que estas fuerzas se transforman unas en otras en proporciones cuantitativas perfectamente determinadas, de modo que, por ejemplo, una cierta cantidad de una de ellas, por ejemplo de electricidad, corresponde a una cierta cantidad de cualquier otra, por ejemplo de magnetismo, luz, calor, afinidad química (positiva o negativa, que combina o que disuelve) y movimiento. Con esto queda eliminada la absurda teoría del calor latente.14 Pero ¿no es esto una famosa prueba material de la manera en que las determinaciones de la reflexión se disuelven unas en otras?15

Una cosa es segura: con la fisiología comparada se llega a sentir un desprecio soberano por la idealista exaltación del hombre por encima de las demás bestias. A cada paso se da uno de narices con la coincidencia más completa de la estructura con la de los demás mamíferos; en sus rasgos fundamentales, la coincidencia se extiende a todos los vertebrados e incluso (más borrosa) a los insectos, los crustáceos, las tenias, etc. La historia hegeliana del salto cualitativo en la serie cuantitativa16 también es aquí muy hermosa. Por último, en los infusorios más rudimentarios se llega a la forma primitiva, a la célula simple que vive de manera independiente, la cual, a su vez, no se distingue en nada perceptible de la más ínfima de las plantas (los hongos formados por células simples: el hongo de la enfermedad de la patata y de la vid, etc.) ni de los gérmenes de los estadios de desarrollo superiores hasta el óvulo y el espermatozoide humanos inclusive, y que tiene exactamente el mismo aspecto que las células independientes del cuerpo vivo (glóbulos de la sangre, células de la epidermis y de las mucosas, células secretoras de las glándulas, de los riñones, etc.).

De paso, puedes decirme qué enfermedad es la dyspepsia crapulosa.17 No es, en efecto, un mal chiste, sino un nombre adoptado por la ciencia.

Si mañana el Times trae detalles sobre la India, ya veremos qué se puede hacer para la Tribune;18 si no, no hay manera. Ya verás, pues, por el Times de mañana, más o menos lo que se puede esperar.

Muchos saludos a la family.

Tu F. E.

El asunto de la letra aceptada19 se ha resuelto felizmente.

  1. Eleanor Marx (1855-1898), la hija menor de Marx, enferma de tos ferina (véase Marx a Engels, 2 de julio de 1858). ↩

  2. Eduard Gumpert, médico alemán en Manchester, amigo de Engels y de Marx. ↩

  3. Seguramente August Schoepf-Merei (1804-1858), médico húngaro emigrado, fundador del hospital infantil de Manchester. ↩

  4. La situación de la clase obrera en Inglaterra (Leipzig, 1845). ↩

  5. El plan de la obra económica de Marx preveía un libro sobre el trabajo asalariado. ↩

  6. István Türr (1825-1908), oficial húngaro emigrado. En el original de la carta, «Dürrs». ↩

  7. The Morning Star, diario londinense de los librecambistas; The Free Press, periódico de David Urquhart. ↩

  8. Wilhelm Wolff (1809-1864), llamado Lupus, amigo de Marx y Engels. Engels escribe Lupum, en acusativo latino. ↩

  9. Louis Borchardt, médico alemán establecido en Manchester. ↩

  10. La segunda parte de la Enciclopedia de las ciencias filosóficas de Hegel. ↩

  11. Matthias Jakob Schleiden (1804-1881), botánico, formuló la teoría celular para las plantas en 1838; Theodor Schwann (1810-1882), fisiólogo, la extendió a los animales en 1839. ↩

  12. La expresión procede del libro de William Robert Grove On the Correlation of Physical Forces (1846). ↩

  13. Seguramente James Prescott Joule (1818-1889), que entre 1843 y 1849 determinó el equivalente mecánico del calor. ↩

  14. La teoría que explicaba el calor como una sustancia (el «calórico») que podía quedar oculta, «latente», en los cuerpos. ↩

  15. En la Ciencia de la lógica de Hegel, las determinaciones de la esencia (identidad, diferencia, oposición, contradicción), que pasan unas a otras. ↩

  16. El paso de la cantidad a la cualidad, la «línea nodal de relaciones de medida» de la Ciencia de la lógica de Hegel. ↩

  17. «Dispepsia crapulosa», es decir, indigestión por exceso de comida y bebida. ↩

  18. La New-York Daily Tribune, de la que Marx era corresponsal; muchos artículos los escribía Engels. ↩

  19. Una letra de cambio aceptada por Engels para ayudar a Marx. ↩