Carta de Karl Marx a Ferdinand Lassalle, que vivía en Berlín, escrita en Londres el 19 de abril de 1859. Se conserva completa; falta solo la lista de erratas de El Po y el Rin que Marx anuncia al final y que Mayer no reproduce. Publicada por primera vez por Gustav Mayer en Ferdinand Lassalle. Nachgelassene Briefe und Schriften, t. III: Der Briefwechsel zwischen Lassalle und Marx (Stuttgart y Berlín, 1922, carta n.º 71, pp. 172-175), según el original, de donde se traduce, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original
Londres, 19 de abril del 59.
¡Querido Lassalle!
No te he acusado recibo especialmente de las 14 libras y 10 chelines porque la carta iba certificada. Pero te habría escrito antes si un maldito «primo de Holanda» no me hubiera visitado y no se hubiera apropiado, in the most cruel manner,1 de mi tiempo de plustrabajo.
He is now gone,2 y así vuelvo a respirar.
Friedländer me ha escrito.3 Las condiciones no son tan favorables como las que tú me comunicaste al principio, pero siguen siendo «respectable».4 En cuanto se arreglen entre nosotros algunos puntos secundarios —y creo que eso ocurrirá en el curso de esta semana—, le escribiré.
Aquí en Inglaterra la lucha de clases avanza de la manera más satisfactoria. Por desgracia, en este momento no existe ya ningún periódico cartista, de modo que desde hace about5 dos años he tenido que suspender mi colaboración literaria con este movimiento.6
Paso ahora a Franz von Sickingen. D'abord7 tengo que elogiar la composición y la acción, y eso es más de lo que puede decirse de cualquier drama alemán moderno. In the second instance,8 dejando a un lado toda relación puramente crítica con la obra, me conmovió mucho en la primera lectura, y por eso producirá este efecto en grado aún mayor en lectores en los que predomina más el sentimiento. Y este es un segundo aspecto muy importante. Ahora, the other side of the medal:9 Primero —y esto es puramente formal—, ya que escribiste en verso, podrías haber elaborado los yambos con algo más de arte. Sin embargo, por mucho que este descuido escandalice a los poetas de oficio, yo lo considero en conjunto una virtud, porque nuestra camada de epígonos poéticos no ha conservado más que la pulcritud formal. Segundo: la colisión que te propusiste no es solo trágica, sino que es la colisión trágica en la que se hundió, con razón, el partido revolucionario de 1848-1849. Por tanto, no puedo sino dar mi más alta aprobación a que la hayas convertido en el eje de una tragedia moderna. Pero entonces me pregunto si el tema tratado era el adecuado para representar esa colisión. Balthasar10 puede imaginarse, en efecto, que, si Sickingen, en vez de disfrazar su revuelta de guerra privada caballeresca, hubiera alzado la bandera de la lucha contra el emperador y de la guerra abierta contra los príncipes, habría vencido. Pero ¿podemos nosotros compartir esa ilusión? Sickingen (y con él Hutten,11 más o menos) no sucumbió por su astucia. Sucumbió porque se rebeló como caballero y como representante de una clase en decadencia contra lo existente, o más bien contra la nueva forma de lo existente. Si a Sickingen se le quita lo que pertenece al individuo, su formación particular, sus dotes naturales, etc., lo que queda es… Götz von Berlichingen.12 En este último, un tipo miserable, está presente en su forma adecuada la oposición trágica de la caballería contra el emperador y los príncipes, y por eso Goethe hizo bien en convertirlo en héroe. En la medida en que Sickingen —e incluso Hutten hasta cierto punto, aunque en su caso, como en el de todos los ideólogos de una clase, tales afirmaciones tendrían que matizarse considerablemente— lucha contra los príncipes (contra el emperador el giro solo se produce porque este, de emperador de los caballeros, se convierte en emperador de los príncipes), no es en realidad más que un Don Quijote, aunque un Don Quijote históricamente justificado. Que empiece la revuelta bajo la apariencia de una guerra privada caballeresca no significa sino que la empieza caballerescamente. Si la empezara de otro modo, tendría que apelar directamente, y desde el principio, a las ciudades y a los campesinos, es decir, precisamente a las clases cuyo desarrollo = negación de la caballería.
Así pues, si no querías reducir la colisión simplemente a la representada en el Götz von Berlichingen —y ese no era tu plan—, Sickingen y Hutten tenían que hundirse porque en su imaginación eran revolucionarios (lo que no puede decirse de Götz) y, exactamente igual que la nobleza polaca culta de 1830,13 por una parte se hacían órganos de las ideas modernas y, por otra, defendían en realidad un interés de clase reaccionario. Los representantes nobles de la revolución —tras cuyas consignas de unidad y libertad sigue acechando el sueño del viejo Imperio y del derecho del más fuerte— no habrían debido acaparar entonces todo el interés como lo acaparan en tu obra, sino que los representantes de los campesinos (estos sobre todo) y de los elementos revolucionarios de las ciudades tendrían que haber formado un fondo activo muy importante. Entonces habrías podido también, en grado mucho mayor, hacer hablar precisamente a las ideas más modernas en su forma más pura, mientras que ahora, en efecto, aparte de la libertad religiosa, la idea principal sigue siendo la unidad burguesa. Entonces, de suyo, habrías tenido que shakespearizar más, mientras que yo te reprocho como defecto más importante el schillerizar,14 la transformación de los individuos en meros portavoces del espíritu de la época. ¿No has caído tú mismo hasta cierto punto, como tu Franz von Sickingen, en el error diplomático de poner la oposición luterano-caballeresca por encima de la plebeya de Münzer?15
Echo de menos, además, lo característico en los caracteres. Exceptúo a Carlos V, a Balthasar y a Ricardo de Tréveris.16 ¿Y hubo alguna vez una época de caracteres más rotundos que la del siglo XVI? Hutten es para mí demasiado un mero representante del «entusiasmo», cosa aburrida. ¿No era al mismo tiempo ingenioso, un diablo del ingenio, y no se ha cometido, por tanto, una gran injusticia con él?
Hasta qué punto incluso tu Sickingen —que, dicho sea de paso, está dibujado de manera también demasiado abstracta— padece de una colisión independiente de todos sus cálculos personales se ve en la manera en que, por un lado, tiene que predicar a sus caballeros la amistad con las ciudades, etc., y, por otro, en el gusto con que él mismo ejerce sobre las ciudades la justicia del derecho del más fuerte.
En los detalles tengo que censurar aquí y allá la excesiva reflexión de los individuos sobre sí mismos, que viene de tu predilección por Schiller. Por ejemplo, en la página 121, cuando Hutten le cuenta a María17 la historia de su vida, habría sido muy natural dejar que María dijera:
«Toda la escala de los sentimientos»,
etc., hasta
«Y pesa más de lo que solo años pesaron;».
Los versos anteriores, desde «Se dice» hasta «envejecido», podrían venir después, pero la reflexión «En una noche madura la doncella en mujer» (aunque muestra que María conoce algo más que la mera abstracción del amor) era del todo inútil; y menos que nada debería María empezar con la reflexión sobre su propio «envejecer». Después de haber dicho todo lo que contó en «una» hora, podía dar expresión general a su sentimiento en la sentencia sobre su envejecimiento. Además, en los versos siguientes me escandaliza: «yo lo tenía por un derecho» (es decir, la felicidad). ¿Por qué desmentir la visión ingenua del mundo que María afirma haber tenido hasta entonces convirtiéndola en una doctrina jurídica? Quizá otra vez te exponga mi opinión con más detalle.
Considero especialmente lograda la escena entre Sickingen y Carlos V, aunque el diálogo se vuelve un poco demasiado alegato por ambas partes, y también las escenas de Tréveris. Muy hermosas son las sentencias de Hutten sobre la espada.
Y basta por esta vez.
En mi mujer has ganado una partidaria especial para tu drama. Solo con María no está contenta.
Salut
Tu K. M.
Apropos:18 en El Po y el Rin de Engels hay erratas graves; te pongo una lista en la última página de esta carta.
En inglés, «de la manera más cruel». ↩
En inglés, «Ya se ha ido». ↩
Max Friedländer, primo de Lassalle y redactor de Die Presse de Viena, para la que Marx iba a escribir; véase la carta del 28 de marzo de 1859. ↩
En inglés, «respetables», «aceptables». ↩
En inglés, «unos», «aproximadamente». ↩
El People's Paper del cartista Ernest Jones, en el que Marx había colaborado, dejó de salir en 1858. ↩
En francés, «ante todo». ↩
En inglés, «en segundo lugar». ↩
En inglés, «la otra cara de la moneda». ↩
Balthasar Slör, consejero de Sickingen, personaje del drama. ↩
Ulrich von Hutten (1488-1523), caballero y humanista, publicista de la Reforma y aliado de Sickingen. ↩
Götz von Berlichingen (1480-1562), caballero de Franconia que tomó parte en la guerra de los campesinos; protagonista del drama de juventud de Goethe Götz von Berlichingen (1773). ↩
La nobleza que dirigió la insurrección polaca de noviembre de 1830 contra Rusia. ↩
Juego de palabras: schillern significa también «tornasolar», «cambiar de color». ↩
Thomas Münzer (Müntzer) (h. 1489-1525), teólogo y jefe revolucionario de la guerra de los campesinos. ↩
Ricardo de Greiffenklau, arzobispo y príncipe elector de Tréveris, contra quien Sickingen dirigió en 1522 la guerra en la que se basa el drama. ↩
La hija de Sickingen en el drama de Lassalle. ↩
En francés, «a propósito». ↩