Carta de Friedrich Engels a su madre, Elise Engels, en Barmen, escrita en Manchester el 20 de abril de 1859. Se conserva completa. Traducida de la edición de Gustav Mayer, «Briefe von Friedrich Engels an Mutter und Geschwister», II, en Deutsche Revue (año 46, t. 2, abril-junio de 1921, pp. 134-136), que la imprime según el original, en poder de la familia, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original.
Manchester, 20 de abril de 1859.
¡Querida madre!1
Por fin encuentro un rato para volver a escribirte con un poco de calma. He recibido tus dos cariñosas cartas y me alegro de que todos estéis bien y de que los niños de los Blank2 hayan pasado el sarampión sin contratiempos. Yo estoy muy bien; las muelas se me van yendo a trozos, pero en conjunto sin muchos dolores; por lo demás no me falta absolutamente de nada, el apetito y la digestión son excelentes, y de los viejos achaques no he vuelto a notar lo más mínimo.
Así que el pequeño Delius no ha podido evitar, al final, darse aires de Bradford en vuestra casa.3 Creía que se andaría con un poco más de cuidado; pero, ya que parece que empieza con estas pequeñas maledicencias, solo te diré que en Bradford la fanfarronería está en el aire, y que a uno de Bradford, a la larga, le resulta sencillamente imposible decir la verdad. Como el pequeño vive con Wilhelm Kutter, que es el mayor fanfarrón bajo el sol, parece que se le ha ido pegando cada vez más esa misma virtud. Si uno de Bradford me dijera que dos por dos son cuatro, empezaría en el acto a dudar de la tabla de multiplicar. Te lo digo de antemano para que no juzgues con demasiada dureza al pequeño: los de Bradford son todos así, mienten más que hablan. Lo del caballo se reduce a que le dije sin más al dueño que, si quería venderlo por menos de 120 libras, me lo hiciera saber; nada más. De ahí a comprarlo hay mucho trecho. Si ahora me lo ofrecieran por 120 libras, todavía me pensaría mucho dar 100 por él, porque para mi gusto es aún algo ligero, y con ese dinero puedo hacerme ya con un caballo de caza muy bonito y fuerte. Por lo demás, lo de meterse de un salto en la tienda no es para tanto. Cualquier caballo de mucha sangre que lleve solo ocho días sin trabajar, o trabajando poco, hará toda clase de maniobras raras bajo un jinete mediocre, y que los dos se rompan o no la crisma depende del azar. Pero conmigo no hay caballo que se meta tan fácilmente en una tienda si yo no quiero; en eso puedes estar tranquila.
La otra historia, la de Carl Siebel,4 es todavía más infundada. Lejos de llevar una vida disipada, se queda en casa todas las noches, casi no sale y casi no trata con nadie. No creo que haya en Manchester veinte jóvenes de su edad que lleven una vida tan formal como él. Los primeros días, es verdad, bebió un par de veces una copa de más e hizo toda clase de travesuras de muchacho; pero como estaba conmigo y con un par de conocidos y vio que esas chiquilladas no nos parecían nada admirables, lo dejó. En general no es más que un medio niño, terriblemente inmaduro, y no sabe valerse en las cosas más corrientes. Eso ya se arreglará con el tiempo. Parece que a todos los de Barmen nos pasa lo mismo, que salimos muy tarde de la edad del pavo; yo debí de ser un bicho raro por el estilo cuando tenía veintitrés años. Por lo demás, sus padres han debido de manejarlo de una manera muy curiosa para no poder con el chico, porque tiene muy buen fondo: él mismo siente sus propias flaquezas y no es nada terco; al contrario, se deja convencer con mucha facilidad. Lo que me gana de él es que, a pesar de todas las alabanzas que le han echado encima por sus versos, en el fondo sigue teniendo conciencia de que son cosas inmaduras, sin elaborar y superficiales de principio a fin, y el buen muchacho me quedó francamente agradecido cuando se lo expliqué de una manera bastante divertida, pero igual de clara; porque, después de que me regalara sus obras inmortales completas, le dije sin rodeos que algo de talento sí hay, pero un talento muy echado a perder, y que como obras de arte todas ellas juntas no valen nada. En Berlín el chico debió de echarse a perder de verdad y de estar en peligro de hundirse en la literatura amena más vulgar. Aquí, cada vez que lo veo, le leo la cartilla por ello; le digo que cuelgue por un tiempo eso de hacer versos y estudie a fondo a los poetas clásicos de todos los pueblos, para formarse primero un poco el gusto, que lo tiene muy confuso, y aprender alemán, que todavía no sabe. Si lo hace, aún puede salir de él un tipo hecho y derecho. Por lo demás, sus padres deberían tener la sensatez de ponerse con él en un pie razonable y llevadero para él, o de procurar que poco a poco encuentre los medios y la ocasión de hacerse en algún sitio, aquí o en otra parte, una posición independiente de comerciante. El chico sabe que en cualquier momento puede ganar con sus escritos lo bastante para vivir de ellos, y si su amable papá no tiene la inteligencia y el tacto de tratarlo como a un hombre hecho y derecho, solo él tendrá la culpa si al final Carl se harta del asunto y se entrega del todo a escribir, con lo que acabaría con toda seguridad completamente perdido. El viejo Siebel quizá se figure que le meto a su chico en la cabeza un montón de locuras; pero puede estar seguro de que empleo toda mi influencia en apartarlo de escribir más de la cuenta (porque el chico todavía no está maduro para ello), en hacerle entender que no hay existencia más miserable que la de quien depende de lo que da la literatura amena, y en que cuanto antes se aficione a su oficio burgués y prosaico, mejor (porque, como au fond5 es reacio a aprender, sin él perdería todo apoyo y se echaría a perder del todo). Si lo hace, adquiere un poco más de experiencia de la vida y se le quita la torpeza, no dudo de que llegará a ser un tipo hecho y derecho y de que hará también en literatura algo que valga la pena. Le tengo mucho cariño al chico, porque es muy bonachón, nada engreído, muy franco y directo; suelo verlo un par de veces a la semana, más o menos.
No sabía que E. Blank estuviera en Londres; espero que se acerque por aquí uno de estos días, al menos me lo prometió hace unos meses. Por lo demás, haya guerra o no la haya,6 no dejes de ningún modo que eso te impida venir este verano; cuento firmemente con ello. Ya sabes que este verano vamos a Escocia, y entretanto ya puedes repasar un poco tu Walter Scott,7 para conocer bien todos los sitios.
Pero ahora tengo que terminar: son las siete y aún tengo que escribir varias cartas de negocios. En realidad habría querido añadir unas líneas para mi padre,8 pero me es absolutamente imposible, y además tengo que hacerle preparar todavía los extractos. Así que le escribiré en cuanto pueda, dentro de dos o tres días.
Mientras tanto, dale recuerdos cariñosos a él y a todos los hermanos con sus familias.
Con amor fiel,
tu hijo Friedrich.
Naturalmente, no hace falta que le cuentes a la señora Siebel con todo detalle lo que te he escrito de Carl.
Te felicito también de todo corazón por tu cumpleaños, ¡y espero poder felicitarte todavía muchas, muchísimas veces!
Elise Engels (1797-1873), de soltera van Haar, vivía en Barmen, en la casa familiar. ↩
Marie Blank (1824-1901), la hermana preferida de Engels, y su marido, el comerciante Emil Blank (1817-1893), establecido en Londres. ↩
En el original, «den Bradforder herauszubeißen», hacerse el de Bradford. El pequeño Delius, un joven conocido de la familia, trabajaba en Bradford (Yorkshire), centro del comercio de la lana con una numerosa colonia de comerciantes alemanes. No hemos podido identificarlo, ni tampoco a Wilhelm Kutter. ↩
Carl Siebel (1836-1868), hijo de un fabricante de Barmen y pariente lejano de Engels, había llegado a Manchester en 1856 y publicó varios libros de versos. Más tarde ayudó a Engels a dar a conocer en la prensa alemana el primer tomo de El capital. ↩
En francés, «en el fondo». ↩
La guerra de Francia y el Piamonte contra Austria, que estalló a finales de abril de 1859. Engels la analizó en El Po y el Rin. ↩
El novelista escocés Walter Scott (1771-1832), cuyas novelas transcurren en buena parte en los paisajes de Escocia. ↩
Friedrich Engels padre (1796-1860), socio de las hilaturas Ermen & Engels de Manchester y de Engelskirchen. Murió el 20 de marzo de 1860. ↩