Carta de Friedrich Engels a Karl Marx, que vivía en Londres, escrita en Manchester el 23 de mayo de 1862. Se conserva completa. Traducida de la primera MEGA (MEGA¹ III/3, Berlín, 1930, carta n.º 775, pp. 70-72) por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original.
Manchester, 23 de mayo de 1862.
Querido Mohr:
El vino se retrasó por la misma razón que la carta. Para estas cosas tengo que ocuparme de todo yo mismo, y hasta que se compra la cesta, etc., surgen muchos contratiempos. También esta vez he tenido que renunciar al oporto, porque está en mi casa y no he podido conseguir que me lo llevaran al almacén. La cesta sale hoy. El tinto y el Hochheimer del 46 son especialmente para Jennychen. Las 3 botellas de sello rojo sin etiqueta son Rüdesheimer del 571 (el mismo que bebimos aquí) y demasiado fuerte para enfermos, aunque muy bueno, en cambio, para la gente sana.
Ha estado aquí Strohn2 (ya ves, cela ne finit pas3 con las visitas). Estuvo en Berlín poco antes de la disolución4 y anduvo mucho de taberna con los diputados renanos. Aquellos tipos se tomaban su posición enormemente en serio, creían en su omnipotencia y estaban otra vez metidos en el cretinismo parlamentario casi tanto como en 1848. Becker el Rojo,5 al que entretanto se le ha desteñido mucho el pelo, se paseaba el día entero en evening dress,6 de negro de arriba abajo y de frac. La barriga, más gorda que nunca.
También andaba por allí el señor Rudolf Schramm, late ouf Striegau,7 quejándose ante todo el que quisiera oírle de que el público no quería elegirle en ninguna parte, cosa que no le cabía en la cabeza. Una noche Schramm soltó unas sandeces colosales sobre Inglaterra, y Strohn le dijo: «Oiga usted, señor Schramm, si yo hubiera estado tanto tiempo en Inglaterra como usted, me daría vergüenza decir semejantes tonterías; parece que se ha pasado allí todo el tiempo durmiendo». A lo que Schramm, tan descarado de ordinario, respondió: «Mire usted, en Inglaterra, por mi mujer, tenía que frecuentar una sociedad que no era la mía, y a la gente que me habría gustado ver no podía verla precisamente por eso»!!!
McClellan sigue a su conocida manera. Los confederados se le escapan siempre, porque nunca ataca, cosa que disculpa diciendo que son más fuertes que él, a good deal.8 Por eso, claro, se pasan la vida huyendo. Nunca se ha hecho una guerra así, y encima le dan por ello un voto de gracias. Entretanto, esos pequeños y desdichados combates de retirada y la huida continua bastan para desmoralizar gravemente a los confederados, y cuando se llegue a la batalla decisiva lo notarán.
La toma de Nueva Orleans es una proeza de la flota. Lo realmente excelente fue forzar el paso de los fuertes.9 Después, todo fue sencillo. El efecto moral sobre los confederados ha sido sin duda enorme, y el material ya se habrá hecho notar. Beauregard,10 en Corinth, ya no tiene nada que defender; la posición solo tenía sentido mientras cubría Mississippi y Luisiana, y en especial Nueva Orleans. Estratégicamente, Beauregard ha quedado en una situación en la que una sola batalla perdida no le deja más salida que disolver su ejército en guerrillas, porque sin una gran ciudad a la espalda, donde se concentren ferrocarriles y recursos, no puede mantener reunidas grandes masas.
Si el ejército confederado es derrotado en Virginia, después de todas las historias desmoralizadoras que ha vivido tendrá que disolverse pronto por sí solo en guerrillas. Tiene, es verdad, mejores perspectivas, porque en su línea de retirada los muchos ríos corren de través, de la montaña al mar, y porque tiene enfrente a ese burro de McClellan; pero la naturaleza de las cosas lo empujará a aceptar una batalla decisiva o a disolverse en partidas sin batalla. Igual que los rusos tuvieron que batirse en Smolensk y en Borodinó11 en contra de la voluntad de los generales que juzgaban con acierto.
Si Beauregard o el ejército de Virginia ganan una batalla, por grande que sea, de poco puede servirles. Los confederados no están en condiciones de sacar de ella el menor provecho. No pueden avanzar 20 millas inglesas sin atascarse, y tienen por tanto que esperar el nuevo ataque. Les falta de todo. Por lo demás, salvo una traición directa, ese caso me parece del todo imposible.
Así pues, el destino de los ejércitos confederados depende ahora de una sola batalla; queda por examinar las posibilidades de la guerra de guerrillas. Y es asombroso precisamente en esta guerra lo poco, o más bien lo nada en absoluto, que ha participado en ella la población. En 1813 las comunicaciones de los franceses eran cortadas y troceadas continuamente por Colomb, Lützow, Chernyshov12 y otros veinte jefes de cuerpos francos y de cosacos; en 1812, en Rusia, la población desapareció por completo de la línea de marcha francesa; en 1814 los campesinos franceses se armaron y mataban patrullas y rezagados aliados; pero aquí no pasa nada. La gente se somete al destino de las grandes batallas y se consuela con victrix causa diis,13 etc. Las fanfarronadas de la guerra a cuchillo se quedan en pura basura. ¿Y en ese terreno van a prosperar las guerrillas? Espero, desde luego, que el white trash14 del Sur intente algo así cuando los ejércitos se hayan disuelto definitivamente, pero estoy demasiado convencido de la naturaleza burguesa de los plantadores para dudar ni un instante de que eso los convertirá de inmediato en furiosos unionistas. Que prueben esos a hacer brigandage,15 y los plantadores recibirán a los yanquis en todas partes con los brazos abiertos. Las bonfires16 del Mississippi solo se basan en los dos de Kentucky que dicen que llegaron a Louisville, y desde luego no en el Mississippi. El incendio de Nueva Orleans era fácil de organizar y se repetirá en otras ciudades; también se quemarán seguramente otras cosas, pero el asunto tiene que llevar necesariamente al extremo el split17 entre los plantadores y comerciantes, por un lado, y el white trash, por el otro, y con eso la secesión está perdida.
El fanatismo de los comerciantes de Nueva Orleans por la Confederación se explica simplemente porque esos tipos han tenido que aceptar como dinero contante un montón de papel confederado.18 Conozco aquí varios ejemplos. No hay que olvidarlo. Un buen empréstito forzoso es un medio estupendo para atar a los burgueses a la revolución y para hacerles perder de vista sus intereses de clase a través de sus intereses personales.
Muchos saludos a tu mujer y a las chicas.
Tuyo, F. E.
Lupus ha vuelto a padecer mucho de la gota. Dentro de 5 semanas se va a Alemania.
¿Has leído lo de Bernard, que lo han metido en el manicomio? ¿Es cierta la historia o hay foul play19 de por medio?
Vinos del Rin, de las cosechas de 1846 y 1857. ↩
Wilhelm Strohn, antiguo miembro de la Liga de los Comunistas, comerciante en Bradford. ↩
«Esto no se acaba». ↩
La disolución de la Cámara de diputados prusiana en marzo de 1862, en pleno conflicto entre el gobierno y la mayoría liberal por la reforma del ejército; las nuevas elecciones de mayo dieron otra vez la victoria a la oposición. ↩
Hermann Becker (1820-1885), llamado «el Rojo», condenado en el proceso de los comunistas de Colonia (1852) y entonces diputado del partido progresista. ↩
«Traje de etiqueta». ↩
Rudolf Schramm (1813-1882), diputado por Striegau en la Asamblea Nacional prusiana de 1848, emigrado en Londres y vuelto a Prusia. Late of es la fórmula inglesa «antes en», aquí con la grafía del original. ↩
«Bastante». ↩
La flota de la Unión, al mando de David Farragut, forzó a finales de abril de 1862 el paso de los fuertes Jackson y St. Philip, en el bajo Mississippi, y ocupó Nueva Orleans. ↩
Pierre Gustave Toutant de Beauregard (1818-1893), general confederado, que tras la batalla de Shiloh (abril de 1862) se había hecho fuerte en Corinth, Mississippi. ↩
En la campaña de Napoleón contra Rusia, en agosto y septiembre de 1812. ↩
Peter von Colomb y Adolf von Lützow, jefes prusianos de cuerpos francos en la guerra de 1813 contra Napoleón; Alexandr Chernyshov, general ruso que mandaba incursiones de cosacos. ↩
Lucano, Farsalia, I, 128: Victrix causa diis placuit, sed victa Catoni, «la causa vencedora agradó a los dioses, pero la vencida a Catón». ↩
«Basura blanca»: los blancos pobres del Sur. ↩
«Bandolerismo». ↩
«Hogueras»: la quema de algodón para que no cayera en manos de la Unión. ↩
«Ruptura». ↩
Confederationsscrip: los títulos y billetes emitidos por la Confederación. ↩
«Juego sucio». Simon Bernard, médico francés emigrado en Londres, juzgado y absuelto en 1858 por su relación con el atentado de Orsini contra Napoleón III. ↩