Carta de Friedrich Engels a Karl Marx, que vivía en Londres, escrita en Manchester el 5 de octubre de 1866. Se conserva completa. Traducida de la primera MEGA (MEGA¹ III/3, Berlín, 1930, carta n.º 1002, pp. 362-364) por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original.

Manchester, 5 de octubre de 1866.

Querido Mohr:

La ingenuidad de tener letras giradas contra ti sin saber su importe me divierte; con todo, menos mal que la diferencia no fue mayor y que el buen panadero estaba cerca. Para que puedas devolverle enseguida a ese buen hombre lo que le corresponde y conservar así el crédito, te adjunto 5 £, J/F 59667, Manchester, 30 de enero de 1865, y te devuelvo la letra pagada.

Ad vocem Trémaux. Cuando te escribí, ciertamente solo había leído la tercera parte del libro, y además la peor (la del principio). El segundo tercio, la crítica de las escuelas, es muchísimo mejor; el tercero, las consecuencias, otra vez muy malo. El hombre tiene el mérito de haber destacado más de lo que se había hecho hasta ahora la influencia del «suelo» en la formación de las razas y, en consecuencia, también de las especies, y, en segundo lugar, de haber desarrollado sobre el efecto del cruzamiento opiniones más acertadas (aunque, a mi juicio, también muy unilaterales) que sus predecesores. Darwin también tiene razón, por un lado, en sus opiniones sobre la influencia transformadora del cruzamiento, como por lo demás reconoce tácitamente Trémaux cuando, allí donde le conviene, trata también el cruzamiento como medio de cambio, aunque en definitiva como medio nivelador. Del mismo modo, Darwin y otros nunca han desconocido la influencia del suelo, y si no la han destacado especialmente, fue porque no sabían nada de cómo actúa ese suelo, salvo que el fértil actúa favorablemente y el estéril desfavorablemente. Y mucho más tampoco sabe Trémaux. La hipótesis de que el suelo en general se vuelve más favorable al desarrollo de especies superiores en la medida en que pertenece a formaciones más recientes tiene algo de enormemente plausible y puede ser cierta o no serlo; pero cuando veo con qué pruebas ridículas intenta Trémaux documentarla, 9/10 de las cuales se basan en hechos inexactos o tergiversados y el último 1/10 no prueba nada, no puedo dejar de hacer recaer también sobre la hipótesis misma, por culpa de su autor, mis grandes sospechas. Y si encima declara que la influencia del suelo más joven o más antiguo, corregida por el cruzamiento, es la causa única de los cambios de las especies o razas orgánicas, no veo sencillamente ningún motivo para seguir al hombre tan lejos; al contrario, veo muchísimas objeciones.

Dices que Cuvier también reprochó a los filósofos de la naturaleza alemanes su ignorancia de la geología cuando afirmaron la variabilidad de las especies, y que, sin embargo, ellos tuvieron razón. Pero entonces la cuestión no tenía nada que ver con la geología; en cambio, si alguien formula una teoría del cambio de las especies fundada exclusivamente en la geología y luego comete semejantes disparates geológicos, falsea la geología de países enteros (por ejemplo, de Italia e incluso de Francia) y saca el resto de sus ejemplos de países de cuya geología no sabemos prácticamente nada (África, Asia central, etc.), eso ya es algo completamente distinto. En cuanto a los ejemplos etnológicos en particular, los que tratan de países y pueblos conocidos son casi sin excepción falsos, ya sean las premisas geológicas o las conclusiones que se sacan de ellas; y omite por completo los numerosos ejemplos contrarios, por ejemplo, las llanuras aluviales del interior de Siberia, la enorme cuenca aluvial del Amazonas, la tierra enteramente aluvial que va desde el Río de la Plata hacia el sur hasta casi la punta meridional de América (al este de la cordillera de los Andes).

Que la estructura geológica del suelo tiene muchísimo que ver con el «suelo» en el que crece algo es una vieja historia, y lo mismo que este suelo apto para la vegetación influye en las razas vegetales y animales que viven en él. También es cierto que esta influencia apenas se ha investigado hasta ahora. Pero de ahí a la teoría de Trémaux hay un salto colosal. En todo caso, es un mérito haber destacado este aspecto, hasta ahora descuidado, y, como he dicho, la hipótesis de que el suelo favorece el desarrollo según sea geológicamente más antiguo o más reciente puede ser cierta dentro de ciertos límites (o no serlo); pero todas las demás conclusiones que saca las tengo, o por completamente erróneas, o por exageraciones unilaterales sin remedio.

El libro de Moilin1 me ha interesado mucho, sobre todo por los resultados que han obtenido los franceses mediante la vivisección: es el único camino para determinar las funciones de determinados nervios y los efectos de sus trastornos; esos tipos parecen haber llevado la tortura de animales a un alto grado de perfección, y me explico muy bien la rabia hipócrita de los ingleses contra la vivisección: seguro que esos experimentos les resultaban a menudo muy incómodos a estos dormilones de aquí y les echaban por tierra sus especulaciones. Lo que haya, por lo demás, de nuevo en la teoría de las inflamaciones no lo puedo juzgar (le daré el libro a Gumpert),2 pero toda esta nueva escuela francesa parece tener cierto desenfado de estudiante: le gusta afirmar mucho y tomarse a la ligera la prueba. En cuanto a los medicamentos, no hay nada que no sepa y admita cualquier médico alemán sensato; M[oilin] solo olvida, 1.º, que a menudo uno se ve obligado a elegir el mal menor, la medicina, para quitar el mayor, a saber, un síntoma que por sí mismo genera un peligro directo, del mismo modo que en cirugía también se destruye tejido cuando no hay otro remedio, y, 2.º, que hay que atenerse precisamente a los medicamentos mientras no se tenga nada mejor. En cuanto Moilin cure la sífilis con su electricidad, el mercurio desaparecerá pronto, pero hasta entonces difícilmente. Por lo demás, que nadie me vuelva a decir que solo los alemanes saben «construir» sistemas: the french beat them hollow at that.3

Muchos recuerdos.

Tuyo, F. E.

  1. Tony Moilin, médico y socialista francés (véase la carta de Marx del 1 de octubre, 1866-10-01 Marx a Engels). ↩

  2. Eduard Gumpert, médico alemán establecido en Manchester, amigo de Engels y de Marx. ↩

  3. «En eso los franceses les dan cien vueltas». ↩