Carta de Friedrich Engels a Karl Marx, que vivía en Londres, escrita en Manchester el 4 de septiembre de 1870. Se conserva completa. Traducida de la primera MEGA (MEGA¹ III/4, Berlín, 1931, carta n.º 1406, pp. 375-377) por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original.

Manchester, 4 de septiembre de 1870.

¿Qué me importa la mujer, qué me importa el hijo?,
yo llevo un anhelo más alto;
que se vayan a mendigar si tienen hambre:
¡mi emperador, mi emperador, prisionero!1

La historia universal es de verdad la mayor poetisa: ha conseguido parodiar incluso a Heine. ¡Mi emperador, mi emperador, prisionero! Y encima por los «prusianos apestosos», y el pobre Guillermo está allí al lado y asegura por centésima vez que de verdad es completamente inocente de todas estas historias y que es una pura disposición de Dios. Guillermo parece en esto el colegial: ¿Quién ha creado el mundo? —Yo, señor maestro, yo lo hice, ¡pero de verdad que no lo volveré a hacer!

Y ahora viene el miserable de Jules Favre y propone que Palikao, Trochu y un par de arcadios2 formen el gobierno. Una chusma tan piojosa no se ha visto nunca. Pero ahora sí cabe esperar que, cuando esto se sepa en París, estalle algo. No puedo imaginarme que esta ducha de noticias, que hoy o mañana tienen que conocerse, no tenga algún efecto. Quizá un gobierno de la gauche,3 que, tras un poco de parada de resistencia, firme la paz.

La guerra ha terminado. En Francia ya no hay ejército. En cuanto capitule Bazaine, lo que seguramente ocurrirá esta semana, la mitad del ejército alemán irá ante París y la otra mitad cruzará el Loira y barrerá del país todas las concentraciones de gente armada.

En cuanto a mis artículos, habrás visto que en el de anteayer hice lo necesario. Pero mi peor enemigo en la prensa inglesa es el propio Mr. Greenwood. Este necio me tacha regularmente todas las pullas que lanzo a sus competidores por plagio y, mejor todavía, en su Epitome4 extracta con la mayor bonhomie los artículos que me copiaron la noche antes, sin hacer siquiera un chiste sobre el plagio. Es que el tipo no quiere renunciar al placer privado de tener una opinión militar propia, que es puro disparate. Así como todo filisteo tiene a punto de honor saber montar a caballo, así también entender algo de estrategia. Y no basta con eso. Hace un par de días me metió —solo para llenar la columna— unas cuantas líneas completamente estúpidas sobre el sitio de Estrasburgo. En la primera ocasión escribiré un artículo sobre ello y diré justo lo contrario. Pero ¿qué quieres? Escribir en los periódicos en tiempo de paz no es más que un continuo razonar sobre cosas que uno no ha aprendido, así que en realidad no tengo derecho a quejarme.

Cobra el cheque y quédate con el dinero. La mitad te pertenece en justicia; la otra es un anticipo del próximo plazo, en el que, por tanto, te mandaré todavía 70 libras.

La patraña de Alsacia es —además de lo que tiene de teutón primitivo— sobre todo de naturaleza estratégica, y quiere la línea de los Vosgos y la Lorena alemana como glacis. (Frontera lingüística: si trazas una línea recta desde el Donon o Schirmeck, en los Vosgos, hasta 1 hora al este de Longwy, donde se juntan las fronteras belga-luxemburguesa y francesa, es casi exacta; desde el Donon, a lo largo de los Vosgos, hasta la frontera suiza.) Es que los Vosgos, del Donon hacia el norte, no son tan altos ni tan escarpados como los del sur. Creer que Francia quedará «amordazada» por arrancarle esta estrecha franja de unos 1¼ millones de habitantes solo pueden hacerlo los asnos del Staatsanzeiger5 y Brass y compañía. El griterío del filisteo pidiendo «garantías» es absurdo en general, pero cala, porque a los cortesanos les viene de perlas.

El gran poema del enfermero6 no lo he leído todavía. Debe de ser bonito. Además, estos enfermeros son los mayores vagos: cuando hace falta no están a mano, pero comen, beben y fanfarronean mucho, de modo que en el ejército ya están hartos de ellos. Excepciones, pocas.

En Saarbrücken los franceses hicieron todo el daño que pudieron. Naturalmente, el bombardeo duró solo un par de horas y no días y noches durante semanas, como en Estrasburgo.

Te devuelvo con las gracias la carta de Cacadou.7 Muy interesante. La defensa de París, si no pasa algo extraordinario dentro, será un episodio divertido. Con estos eternos pequeños panics8 de los franceses —que nacen todos del miedo al momento en que por fin habrá que saber la verdad— uno se hace una idea mucho mejor del Terror. Nosotros entendemos por él el dominio de gente que infunde terror; al revés, es el dominio de gente que está ella misma aterrorizada. La terreur son en gran parte crueldades inútiles cometidas, para tranquilizarse, por gente que tiene miedo. Estoy convencido de que la culpa del Terror del año 1793 recae casi exclusivamente en el burgués muerto de miedo que se las daba de patriota, en el pequeño filisteo cagado de miedo y en la chusma del lumpen que hacía su negocio con el terreur. En el pequeño terreur actual son también justamente estas clases.

Muchos saludos de todos nosotros, incluidos Jollymeyer9 y Moore, a todos vosotros.

Tuyo, F. E.

  1. Parodia de Los dos granaderos de Heine, en que un veterano de Napoleón I, al saber que el emperador está prisionero, dice: «Mein Kaiser, mein Kaiser gefangen!». El 2 de septiembre de 1870 Napoleón III capituló en Sedán y quedó prisionero. ↩

  2. Los diputados bonapartistas de la mayoría, llamados «arcadios» por el club de la rue de l’Arcade donde se reunían. El general Cousin-Montauban, conde de Palikao, era jefe del Gobierno desde el 10 de agosto; el general Trochu, gobernador de París. ↩

  3. «Izquierda». ↩

  4. La sección de resumen de noticias de la Pall Mall Gazette. ↩

  5. El Königlich Preußischer Staats-Anzeiger, boletín oficial prusiano. Brass: véase 1870-07-28 Marx a Engels. ↩

  6. El poema de Freiligrath; véase 1870-09-02 Marx a Engels. ↩

  7. Laura Lafargue. ↩

  8. «Pánicos». ↩

  9. Carl Schorlemmer. ↩