Carta de Karl Marx a Nikolái Frántsevich Danielsón, en San Petersburgo, escrita en Londres el 10 de abril de 1879. Escrita en inglés y firmada con el seudónimo A. Williams. Traducida del texto inglés de Marx and Engels Correspondence, ed. y trad. de Dona Torr (Londres, 1934), que tomó las cartas a Danielsón de fotocopias de los originales, completado con Selected Correspondence (Moscú, Progress, 1975), según la transcripción del Marxists Internet Archive, por la Escuela de marxismo, 2026. El primer párrafo de la carta, sobre la enfermedad de la mujer de Marx y un alemán que no llegó a San Petersburgo, no está en ninguna edición libre y se omite. Las notas son nuestras. Texto original en inglés
Londres, 10 de abril de 1879
[…]1 Y ahora, primo, tengo que decirle (esto es completamente confidencial) que me han informado desde Alemania de que mi segundo volumen2 no podía publicarse mientras se mantuviera el régimen actual con su rigor de ahora.3 Dado el statu quo, la noticia no me sorprendió y, lo confieso, estuvo lejos de disgustarme, por estas razones:
Primero: en ningún caso habría publicado el segundo volumen antes de que la actual crisis industrial inglesa llegara a su punto culminante. Los fenómenos son esta vez singulares y difieren en muchos aspectos de lo que fueron en el pasado. Esto se explica fácilmente (dejando aparte otras circunstancias que lo modifican) por el hecho de que nunca antes había precedido a la crisis inglesa una serie de crisis tremendas como las que duran ya cinco años en los Estados Unidos, Sudamérica, Alemania, Austria, etc.
Hay que observar, pues, el curso actual de las cosas hasta que maduren, antes de poder «consumirlas» «productivamente», quiero decir «teóricamente».
Uno de los aspectos singulares de la situación presente es este: como usted sabe, ha habido quiebras de bancos en Escocia y en algunos condados ingleses, sobre todo en los del oeste (Cornualles y Gales). Pero el verdadero centro del mercado monetario, no solo del Reino Unido sino del mundo, que es Londres, apenas se ha visto afectado hasta ahora. Al contrario, salvo algunas excepciones, las inmensas sociedades bancarias por acciones, como el Banco de Inglaterra, no han hecho hasta ahora más que sacar provecho de la postración general. Y puede usted juzgar lo que es esa postración por la desesperación absoluta del filisteo comercial e industrial inglés, que ya no espera volver a ver tiempos mejores. ¡No he visto nada igual, nunca he presenciado un descalabro moral semejante, y eso que estaba en Londres en 1857 y en 1866!
Sin duda, una de las circunstancias favorables al mercado monetario de Londres es la situación del Banco de Francia, que, con el reciente desarrollo de las relaciones entre los dos países, se ha convertido en una sucursal del Banco de Inglaterra. El Banco de Francia guarda una enorme cantidad de metal precioso, porque todavía no se ha restablecido la convertibilidad de sus billetes, y a la menor señal de perturbación en la Bolsa de Londres afluye el dinero francés para comprar los valores momentáneamente depreciados. Si el otoño pasado se hubiera retirado de golpe el dinero francés, el Banco de Inglaterra habría tenido que recurrir sin duda a su último remedio in extremis,4 la suspensión de la Ley Bancaria,5 y en ese caso habríamos tenido el crac monetario.
Por otra parte, la tranquilidad con que se llevó a cabo en los Estados Unidos la vuelta a los pagos en metálico6 ha librado a los recursos del Banco de Inglaterra de toda tensión por ese lado. Pero lo que más ha contribuido hasta ahora a impedir una explosión en el mercado monetario londinense es la calma aparente de los bancos de Lancashire y de los demás distritos industriales (salvo los distritos mineros del oeste). Y sin embargo es seguro y está comprobado que esos bancos no solo han invertido gran parte de sus recursos en descontar letras de operaciones sin ganancia de los fabricantes y en hacer anticipos sobre ellas, sino que, como en Oldham por ejemplo, han hundido gran parte de su capital en la fundación de nuevas fábricas. Al mismo tiempo, las existencias, sobre todo de productos de algodón, se acumulan día a día, no solo en Asia (principalmente en la India), adonde se envían en consignación, sino en Manchester, etc., etc. Es difícil prever cómo podrá pasar este estado de cosas sin un crac general de los fabricantes y, en consecuencia, de los bancos locales, que repercutiría directamente sobre el mercado monetario de Londres.
Entretanto, las huelgas y los disturbios son generales.
Observo de pasada que durante el año pasado, tan malo para todos los demás negocios, los ferrocarriles han prosperado, aunque solo por circunstancias extraordinarias, como la Exposición de París,7 etc. En realidad, los ferrocarriles mantienen una apariencia de prosperidad acumulando deudas y aumentando de día en día su cuenta de capital.
Se desarrolle como se desarrolle esta crisis, cuyo detalle es importantísimo observar para quien estudia la producción capitalista y para el teórico de oficio, pasará como las anteriores e inaugurará un nuevo «ciclo industrial» con todas sus diversas fases de prosperidad, etc.
Pero bajo la capa de esta sociedad inglesa «aparentemente» tan sólida acecha otra crisis, la agrícola, que producirá grandes y serios cambios en su estructura social. Volveré sobre este asunto en otra ocasión; ahora me llevaría demasiado lejos.
Segundo: la masa de materiales que tengo, no solo de Rusia sino de los Estados Unidos, etc., me da el grato «pretexto» de continuar mis estudios en lugar de terminarlos definitivamente para el público.
Tercero: mi consejero médico me ha advertido que acorte considerablemente mi «jornada de trabajo» si no quiero recaer en el estado de 1874 y los años siguientes, cuando me daban mareos y era incapaz de seguir después de unas pocas horas de aplicación seria.
Sobre su notabilísima carta me limitaré a unas pocas observaciones.
Los ferrocarriles surgieron primero como la coronación de la obra en los países donde la industria moderna estaba más desarrollada: Inglaterra, los Estados Unidos, Bélgica, Francia, etc. Los llamo la «coronación de la obra» no solo en el sentido de que fueron por fin (junto con los vapores para el tráfico oceánico y los telégrafos) los medios de comunicación adecuados a los medios de producción modernos, sino también porque fueron la base de inmensas sociedades por acciones y, al mismo tiempo, un nuevo punto de partida para todas las demás clases de sociedades por acciones, empezando por las bancarias. En una palabra, dieron un impulso nunca sospechado a la concentración del capital, y también a la acelerada e inmensamente ampliada actividad cosmopolita del capital de préstamo, que envuelve así al mundo entero en una red de estafa financiera y endeudamiento mutuo, la forma capitalista de la fraternidad «internacional».
Por otra parte, la aparición del sistema ferroviario en los países capitalistas más adelantados permitió, e incluso obligó, a Estados donde el capitalismo se limitaba a unas pocas cumbres de la sociedad a crear y ampliar de golpe su superestructura capitalista en dimensiones del todo desproporcionadas respecto del grueso del cuerpo social, que llevaba adelante la gran obra de la producción en las formas tradicionales. No hay, por tanto, la menor duda de que en esos Estados la creación de los ferrocarriles ha acelerado la desintegración social y política, igual que en los Estados más avanzados aceleró el desarrollo final y, por tanto, la transformación final de la producción capitalista. En todos los Estados, salvo Inglaterra, los gobiernos enriquecieron y fomentaron las compañías ferroviarias a costa del Tesoro público. En los Estados Unidos recibieron como regalo, en su provecho, gran parte de las tierras públicas: no solo la tierra necesaria para construir las líneas, sino muchas millas de tierra a ambos lados de ellas, cubiertas de bosques, etc. Se convirtieron así en los mayores terratenientes, porque los pequeños granjeros inmigrantes preferían naturalmente las tierras situadas de modo que sus productos tuvieran asegurado un medio de transporte.
El sistema inaugurado en Francia por Luis Felipe, que entregaba los ferrocarriles a una pequeña banda de aristócratas financieros, les concedía largos plazos de posesión, les garantizaba los intereses con dinero público, etc., etc., lo llevó a su último extremo Luis Bonaparte, cuyo régimen se basaba de hecho, esencialmente, en el tráfico de concesiones ferroviarias, a algunas de las cuales tuvo la amabilidad de regalar canales, etc.
Y en Austria y, sobre todo, en Italia, los ferrocarriles fueron una nueva fuente de endeudamiento insoportable del Estado y de opresión de las masas.
En general, los ferrocarriles dieron, por supuesto, un impulso inmenso al desarrollo del comercio exterior, pero en los países que exportan sobre todo productos en bruto ese comercio aumentó la miseria de las masas. No solo porque las nuevas deudas que contrajeron los gobiernos por los ferrocarriles aumentaron el peso de los impuestos que caen sobre ellas, sino porque, desde el momento en que toda producción local podía convertirse en oro cosmopolita, muchos artículos antes baratos, porque en gran medida no tenían salida, como la fruta, el vino, el pescado, la caza, etc., se encarecieron y se retiraron del consumo del pueblo. Por otra parte, la producción misma, quiero decir la clase particular de producto, se cambió según fuera más o menos adecuada para la exportación, mientras que antes se adaptaba sobre todo a su consumo in loco.8 Así, por ejemplo, en Schleswig-Holstein se convirtieron tierras de labor en pastos porque la exportación de ganado era más lucrativa, pero al mismo tiempo se expulsó a la población agrícola. ¡Todos estos cambios fueron muy útiles, desde luego, para el gran terrateniente, el usurero, el comerciante, los ferrocarriles, los banqueros, etcétera, pero muy tristes para el verdadero productor!
Para terminar con esto mi carta (pues la hora de llevarla al correo se acerca cada vez más), es imposible encontrar analogías reales entre los Estados Unidos y Rusia. En los primeros, los gastos del gobierno disminuyen día a día y la deuda pública se reduce rápidamente año tras año; en la segunda, la bancarrota pública parece cada vez más una meta inevitable. Los primeros se han librado de su papel moneda (aunque de la manera más infame, en provecho de los acreedores y a costa del pueblo menudo); la segunda no tiene fábrica más floreciente que la del papel moneda. En los primeros, la concentración del capital y la expropiación gradual de las masas no son solo el vehículo, sino también el fruto natural (aunque artificialmente acelerado por la guerra civil) de un desarrollo industrial, un progreso agrícola, etc., de rapidez sin precedentes; la segunda recuerda más bien los tiempos de Luis XIV y Luis XV, cuando la superestructura financiera, comercial e industrial, o mejor dicho las fachadas de los edificios sociales, parecían (aunque tenían una base mucho más sólida que en Rusia) una sátira del estado estancado del grueso de la producción (la agrícola) y del hambre de los productores. Los Estados Unidos han superado ya a Inglaterra en la rapidez del progreso económico, aunque todavía van detrás en el volumen de la riqueza adquirida; pero, al mismo tiempo, las masas son más despiertas y tienen en sus manos mayores medios políticos para rechazar la forma de un progreso que se hace a su costa. No necesito prolongar las antítesis.
A propósito: ¿cuál es, en su opinión, la mejor obra rusa sobre el crédito y la banca?
El señor Kaufmann9 tuvo la amabilidad de enviarme su libro sobre la «teoría y práctica de la banca», pero me sorprendió bastante que mi antiguo e inteligente crítico del Mensajero de Europa de Petersburgo10 se hubiera convertido en una especie de Píndaro de la estafa bursátil moderna. Además, considerado solo desde el punto de vista del especialista11 (y de los libros de este género no espero en general otra cosa), dista mucho de ser original en sus detalles. Lo mejor que tiene es la polémica contra el papel moneda.
Se dice que ciertos banqueros extranjeros, con los que cierto gobierno quería contratar nuevos empréstitos, han pedido como garantía… una constitución. Estoy lejos de creerlo, porque su manera moderna de hacer negocios ha sido hasta ahora, por lo menos, y seguiría siendo, muy indiferente a las formas de gobierno.
Suyo afectísimo,
A. Williams
Falta el primer párrafo de la carta, que no recoge ninguna edición libre del texto inglés. En él Marx explicaba que no había podido estudiar los materiales que Danielsón le había enviado en febrero porque su mujer estaba gravemente enferma y él mismo había estado mal, y que la carta que le había mandado por medio de un alemán no había llegado, porque este no pasó de Berlín. ↩
Marx llama «segundo volumen» a la continuación de El capital, que Engels publicó después de su muerte como libros II (1885) y III (1894). ↩
Desde octubre de 1878 regía en Alemania la ley de excepción contra los socialistas. ↩
«En caso extremo». La expresión latina está en el original. ↩
La Ley Bancaria de 1844 (Peel's Act) obligaba a cubrir con oro los billetes del Banco de Inglaterra que excedieran de una emisión fiduciaria fija. En las crisis de 1847, 1857 y 1866 el gobierno tuvo que suspenderla. ↩
Los Estados Unidos volvieron a la convertibilidad en oro del papel moneda de la guerra civil (los greenbacks) el 1 de enero de 1879. ↩
La Exposición Universal de París de 1878. ↩
«En el lugar». Todas las expresiones francesas y latinas de esta carta (primo, succoursale, couronnement de l'oeuvre, menu peuple, etc.) están así en el original inglés. ↩
Illarión Ignátievich Kaufmann (1848-1916), economista ruso, profesor en San Petersburgo. Su reseña de El capital en el Véstnik Evropy (1872) es la que Marx cita y comenta en el epílogo a la segunda edición alemana del libro I (1873). ↩
Véstnik Evropy («El Mensajero de Europa»), revista liberal de San Petersburgo. Marx da el título en francés. ↩
En alemán en el original: Fachstandpunkt. ↩