Alarma, n.º 9, marzo 1962 (págs. 5-7). PDF del número completo

Si el substrato económico de la lucha interburocrática en Rusia nos escapa en sus detalles, en cambio aparece claro en el conflicto entre Rusia y China. Hace meses que Moscú dió a la publicidad el montante de lo adeudado por China, mas de 150 mil millones de francos, y desde mucho antes se sabía el ahogo de Pekín para pagar siquiera los réditos, pues esos "comunistas" se prestan dinero y servicios con réditos usurarios. Pekín ha pedido moratorias, préstamos adicionales y una utilización de éstos que el prestamista rehusa. El retiro de la mayoría de los técnicos rusos ha paralizado sectores enteros de la industria, mientras que la regimentación policíaca del trabajo agrícola llamado comunas ha acarreado una baja catastrófica de las cosechas y un dispendio colosal de productos y esfuerzos. Tras la penuria, el hambre ha invadido el país. China ha tenido que recabar cereales y otros alimentos en países de la órbita occidental.

Ese conflicto monetario se extrema hasta hacerse casi insuperable debido a las ansias expansionistas de Pekín, de las cuales se recela Moscú tanto o más que Washington. Recordemos cómo la contrarrevolución stalinista, una vez afianzada, puso en práctica con mendaz fraseología y mucha mayor potencia la política exterior de los zares. Hechura del stalinismo, señor absoluto de una población más de tres veces superior a la de Rusia, Mao Tse-tun reanuda, apenas instalado, la antigua política expansionista del imperio chino. Sus recursos materiales, sinembargo, son raquíticos pese la magnitud demo-geográfica del país. Necesita el apoyo financiero y la tolerancia política de Rusia... o de Estados Unidos.

Por su parte, "el gran aliado socialista" cabila sus propios proyectos y considera a China como su principal vehículo de expansión en Asia. Y castiga con soberbia de primer potencia cualquier insubodinación, siquiera siquiera so pretexto de "lucha contra el imperialismo". Aunque dió su aval —de mal talante— a la invasión del Tibet, ha contrarrestado las demás tentativas chinas de expansión en las fronteras de Birmania, Nepal, la India, etc. En Corea y Vietnam del norte, cuyos gobernantes son azuzados hacia el sur por Mao Tse-tun, Rusia tiene que hacer un juego alternante de presiones y concesiones. En fin, hecho entre todos revelador: recientemente el principal jefe stalinista de la India declaraba que en caso de "agresión" de China a la India su partido se baría contra China, palabras que no pueden haber sido pronunciadas sin consejo superior. Tocante a Formosa misma, Pekín está lejos de obtener satisfacción. Rusia no parece demasiado contrariada de la existencia de "la otra China". A pesar de su apoyo público al aliado y de sus votos y vetos en la O.N.U., ha opuesto un no categórico a las tentativas de invasión de la isla, mal que constituya una formidable base militar yankee. Mao Tse-tun ha tenido que tascar el freno. Puede asegurarse ya que no recibirá Formosa sino de manos de los rusos, o directamente de los americanos, en todo caso como dádiva otorgada a un subalterno. Nadie conoce tan bién el rigor del imperialismo moscovita como sus aliados. Cuando, al mismo tiempo que los técnicos rusos tomaban sigilosamente el tren, Mao Tse-tun se consideró obligado a decir que la correlación de fuerzas mundiales cambiaría cuando China poseyese la bomba atómica, se refería netamente a las fuerzas del bloque oriental. El "marxismo-leninismo-stalinismo" de "dogmáticos" y "revisionistas" tiene por exponente una cifra de megatones.

Moscú no puede tolerar que China —ni "aliado" alguno— plante sus tiendas en cualquier país de Asia u otro continente, a menos que la influencia particular que pudiere ejercer esté bién sujeta a sus mirar estratégicas mundiales. Ahora bién, eso no puede conseguirse sino por la subordinación previa de la economía de cada aliado a la economía rusa. Es lo que hacen los hombres del Kremlin, con toda la meticulosidad que les permite su conocimiento de las leyes del capitalismo, mas la codicia resultante de su propia deficiencia económica económica como capitanes imperialistas. El potencial industrial por si sólo no permitiría a Rusia dominar desde Pekín hasta Europa central. Condiciones draconianas de "ayuda" y alianza han de colmar sus graves fallas. Los réditos que sus empréstitos devengan, las estipulaciones económicas y políticas anejas a su ayuda técnica y "cultural" son mas gravosas que las exigidas a sus aliados por el imperialismo americano. Tito lo sabe bién, y Mao Tse-tun aun mejor, si bién encuentra dificultades mucho mayores para entenderse con Estados Unidos.

Tales son los motivos económicos y estratégicos de la querella entre Moscú y Pekín, en la cual Albania desempeña el papel del cateto. Sus pretensiones de dominación sobre Macedonia y las minorías albaneses de Yugoslavia la han colocado junto a China. Rusia ataca a China refiriéndose a Albania, y China ataca a Moscú defendiendo a Albania o acusando a Yugoslavia. Evidentemente, unos y otros sacrificarán a Albania a la primer oportunidad. Pero la contienda no lleva camino de resolverse, muy al contrario. La camorra entre la alta burocracia rusa a venido a servir de acicate a las reclamaciones de China, cuyo apoyo evidente, si bien cobarde al clan Molotof-Malenkof está preñado de consecuencias. Y serán por fuerza negativas tanto para China como para Rusia, dadas las causas y el entrelazamiento de uno y otro conflicto.

Las adjetivaciones políticas lanzadas por cada bando al otro no sirven de cortina de humo mas que para los interesados en no ver. Khrutchef y Tito tienen tan poco que ver con el revisionismo como Molotof o Mao Tse-tun con el dogmatismo. Todos ellos falsifican el pensamiento de Lenin y Marx tantas veces como lo invocan. La táctica de la "coexistencia pacífica", debida a Stalin y no a su sucesor, ha sido sucesivamente aceptada y puesta en entredicho por la gente de Pekín, según se tratase de "convivir" tras el alcance de sus objetivos expansionistas inmediatos o antes. Todavía hoy no se atreven a rechazarla oficialmente por miedo a mayores represalias. De todas formas, no tienen que ofrecer sino una variante de la misma mas rentable para China. En cuanto a las "nuevas vías hacia el socialismo", el propio Pekín se ha presentado como el principal descubridor. En el lenguaje ya esotérico de la burocracia, esa expresión significa que no se trata para nada de revolución social. Pero tampoco se trata, como en el verdadero revisionismo, el de Berstein, Hilferding, Kautzky, etc. de la transformación progresiva del capitalismo en socialismo. Las nuevas vías no son otras que la extensión militar y económica del imperialismo moscovita, conducente a regímenes de capitalismo de Estado calcados del suyo propio. Nuevas vías y coexistencia pacífica constituyen una unidad táctica bastante coho- rente, la única compatible con la impostura característica de la segunda potencia imperialista. A ella deben en realidad el poder los mandarines de Pekín, para quienes el "revisionismo" de Khrutchef se resuelve en estos dos factores: la cantidad exorbitante de plus-valía que se les escapa hacia Moscú, mas la negativa a respaldar la invasión de Formosa y otra operaciones "patrióticas" en el sur. En cambio, para Khrutchef el "dogmatismo" de sus émulos chinos se resume en el riesgo de guerra que le hacen correr intempestivamente, sin olvidar las pretensiones de ejercer una influencia asiática y mundial propia. Ciertamente, revisionismo y dogmatismo son condenables para todo revolucionario, pero se hallan a mil codos por encima de cuanto puedan pensar, decir, hacer los vulgares traficantes de hombres de Pekín y de Moscú. Concederles crédito es renegar la causa del proletariado.

El conflicto entre China y Rusia irá agravándose irremediablemente, cualesquiera sean los clanes burocráticos dominantes en ambos países y los arreglos momentáneos que pudieren establecer. Rusia no puede renunciar a la supremacía incontestada sobre los países de su órbita de otra manera que por la fuerza. Pero los gobiernos satélites, que tienen por base las mismas relaciones de explotación y utilizan idéntica superchería, no buscarán nunca esa fuerza en las masas trabajadoras. Someterse o pedir asilo al imperialismo americano, es su alternativa. Mas la voluntad de las masas no se la conciliarán de ninguna manera. De la aversión de éstas procede tanto la crisis interior rusa como la de su bloque militar, y la única solución está en el derrocamiento revolucionario de los regímenes stalinistas.

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