Alarma, n.º 10, junio 1962 (págs. 1-6). PDF del número completo

Origen y extensión de las huelgas

Asturias ha tomado una vez más la iniciativa de la lucha revolucionaria, esta vez contra el régimen odioso surgido de nuestra derrota durante la guerra civil. La huelga empezó, al parecer, en Mieres, lugar famoso por los combates allí librados a la reacción, uno de los primeros sitios donde, en 1934, el proletariado arrebató el poder al capitalismo. Ahora, a principios del mes de abril, la huelga estalló en el pozo La Nicolasa y el motivo fué la solidaridad con algunos mineros que no daban la producción exigida por el capital, la norma, es decir, con hombres que, adrede o involuntariamente (mejor sería lo primero), se dejaban explotar menos que los demás. Pronto el paro se corrió a todos los pozos de la cuenca, a otras industrias provinciales, y de allí, enseguida o después, a las demás regiones. Más de 40 días ha durado la huelga asturiana, y durante ese tiempo los paros, reclamaciones obreras y demostraciones de solidaridad repercutían por todo el país, cual retumbar de trueno en días de tormenta. Al escribir esto todavía subsisten algunos focos de huelga en diversas comarcas. La prensa franquista guarda silencio, como siempre, sobre las huelgas, o falsifica la verdad. Por eso se hace indispensable, en primer lugar, informar a los trabajadores de la importancia del movimiento. Para juzgarla, basta conocer la extensión y ramificaciones de las huelgas, que enumeramos a continuación, si bién de manera incompleta, pués la propia prensa extranjera, mas dirigida que libre, ha informado insuficientemente.

En Asturias, además de la cuenca minera (unos 60.000 hombres) ha habido huelgas en Oviedo, Gijón, Avilés y otros lugares industriales. En el país Vasco, donde ya en diciembre y enero pasados se habían producido importantes paros vuelven a declararse huelgas de solidaridad con Asturias y de reivindicación de salarios en Bilbao, San Sebastián, Baracaldo, Beasaín, Sestao, Mondragón, Irún y otros sitios de los alrededores de Bibao. Algunas de esas huelgas han durado casi tanto como la de Asturias. De ahí se extiende el movimiento a Barcelona (construcción, textiles, estudiantes) y a las minas del Collet, en la provincia del mismo nombre, donde los mineros se encierran en los pozos llevándose por rehenes a varios contramaestres. Zaragoza y Valencia no quedaron exentas de paros mas o menos extensos y prolongados. Lo mismo puede decirse de Getafe y Villaverde Bajo, en Madrid, covacha misma de la reacción franquista. Mas huelgas en Puertollano, Peñaroya, Linares, Córdoba, Sevilla, Cádiz, Jaén, Teruel, Murcia. En el campo mismo, entraron en acción miles de trabajadores agrícolas: provincias de Sevilla, Badajoz y Salamanca. En fín, la vuelta a España del movimiento huelguístico se redondea con el paro de los mineros de León (Villapino, Cierzo, Villafranca de Mirian), y el de algunas industrias en Galicia: Ferrol y Vigo.

Es imposible referirse una por una a todas las industrias o pueblos agrícolas en que se han producido huelgas o manifestaciones. Pero por deficiente que nuestra información sea, lo dicho, tratándose de un país en que las huelgas son delito, enteramente dominado por la policía, es tan impresionante como prometedor. Añadamos, en prueba de ello, que el número total de huelguistas reconocido oficialmente por el gobierno es de 165.000. La cifra real debe ser bastante mas de el doble.

¿Quienes han sido los instigadores de las huelgas? Al principio, cuando el movimiento parecía confinado a Asturias, el gobierno puso en circulación su sandez explicativa de siempre: "agitadores venidos del extranjero", como si en España faltasen arrestos para a la tiranía y a sus capitalistas ávidos de industrialización a costa del hambre ajena. Una vez que la huelga se extendió a Bilbao y otras provincias, hasta Andalucía y Galicia, el gobierno hubo de confesar que se trataba de un movimiento espontáneo en pro de condiciones de trabajo y de salarios mejores. Desmentida por los hechos la versión de los agitadores venidos de fuera, la prensa falangista y la del extranjero también, incluyendo la de "izquierdas" ha hablado de los curas como instigadores, o al menos como protectores de las huelgas. Explicación tan falsa como la anterior. Los instigadores reales de las huelgas son la miseria de los trabajadores y su aversión por la dictadura. Y la motivación última de ellas como de las que en el futuro vendrán es la incompatibilidad entre el proletariado y el capitalismo como sistema económico.

La Iglesia y su encíclica

A la Iglesia le espeluzna la caída del régimen, porque el régimen es, en gran parte, la Iglesia misma. Ella fué principal promotor principal de la militarada, y en 25 años ha sabido cobrar a altísimo precio sus servicios. Sustrae anualmente a la riqueza del país miles de millones de pesetas por diversos conceptos: clero, culto, congregaciones religiosas, de caridad, etc. Sus establecimientos de enseñanza chupan por otra parte centenares de millones, sin hablar de los fondos secretos que hacia ella resbalan por incontables conductos gracias a esa Guardia Civil de Cristo llamada Opus Dei. En todo el territorio, desde las cárceles hasta las universidades y los ministerios, los curas forman parte de la autoridad, si es que no son el principal resorte, cual en muchos pueblos. Mas todavía eso no da idea cabal de la realidad. La Iglesia es uno de los mas importantes capitalistas de la España actual, un verdadero trust con ramificaciones poderosas en la industria, la banca, el comercio. Así concen- tra en sus ungidas manos fabulos capitales directamente sacados de la explotación de la clase obrera.

Esa colosal riqueza acumulada gracias a la dictadura franquista, la Iglesia entiende conservarla en el régimen que suceda al actual, así como sus privilegios y subvenciones de corporación religiosa oficial. Tal es el sentido de sus maniobras oposicionistas actuales, y la misión que asigna a sus organizaciones "para obreros", como las Hermandades Obreras de Acción Católica (H.O.A.C.) y a sus organizaciones para burgueses: la democracia cristiana, el Opus Dei y otras. Si por una parte ofrece palabras de compasión a los huelguistas y urde combinaciones políticas que le permitan, mañana, continuar haciendo su apaño, por otra mantiene su total apoyo al régimen. El propio cardenal Pla y Daniel, desmintiendo, el 26 de mayo, que la Iglesia predicara las huelgas, aseguraba que, en cambio, se había esforzado en apaciguar los ánimos y acelerar la vuelta al trabajo. Sólo después de diversas entrevistas entre los jerarcas de la Iglesia con los ministros y con Franco mismo (mas las ignoradas consultas a Roma) se atrevió éste a referirse en público a las huelgas. Disponía ya del apoyo explícito de la Iglesia, que arrastra consigo el del ejército, sobretodo en las circunstancias actuales. Así ha obtenido la dictadura un respiro, y Franco ha podido declarar el 29 de mayo: "No está mal que surjan problemas que pongan a prueba la fuerza de nuestro sistema".

Quienes hablan de un conflicto entre la Iglesia y el franquismo olvidan —muy intencionalmente, hay que decirlo— que en la medida en que existe es función del conflicto social entre la Iglesia como factor material y espiritual del capitalismo, y la clase trabajadora. Dando publicidad al primero, la casta ensotanada pretende obviar el segundo.

La encíclica "Mater et Magistra" de que tanto se ha dicho relacionándola con las huelgas, está muy lejos de reconocer el derecho de huelga, contrariamente a lo que han afirmado incluso la mayoría de las organizaciones de la emigración. Se limita a admitir ciertas huelgas, las que no dañan al capital sino que reafirman la sujeción a él de los trabajadores mediante reajustes de salarios ilusorios. La encíclica sirve a la iglesia para poner adornos democráticos, humanistas, etc. a sus inversiones de capital financiero, industrial y espiritual, pero ella no tiene que ofrecer a los trabajadores sino lo mismo que Franco: "¿Quereis ganar más? Trabajad más, producid más".

La citada encíclica representa una adaptación de Roma a los tiempos que corren, más precisamente dicho, a la rivalidad mundial entre los imperialismos americano y ruso. Roma es protegida de los luteranos yankees y por tal razón (accidente geográfico en realidad), habla de derechos humanos, libertad, etc., de igual manera que el Papa de la iglesia cristiana ortodoxa, el patriarca Alexei, repite los argumentos y hasta la terminología "comunista" de sus protectores moscovitas. "Mater et Magistra" es argumento de guerra fría en salsa evangélica. Suerte para sus autores y para el bloque occidental que en los países del bloque ruso no exista derecho real de huelga ni libertades siquiera restringidas. Pero se trata en realidad de regímenes tan contrarrevolucionarios como el de Franco. Recordemos que la propia iglesia romana colabora con ellos en Polonia, Hungría, etc. En todas partes se coloca junto a los opresores. En España, donde ha apoyado el terror policíaco durante 25 años, hallándose estrechamente ligada a la explotación de los trabajadores, no dejará de recoger su merecido. ¡Y mucho es!

Repercusiones de las huelgas

La obstinada huelga asturiana y la oleada de paros en general han causado gran sensación en el extranjero. El proletariado admira la tenacidad combativa de los trabajadores españoles, que sin apoyo efectivo de organización alguna se han lanzado al ataque del cerco policíaco. Desgraciadamente las organizaciones revolucionarias, pequeñísimas hoy en todos los países, no están, por el momento, en condiciones de organizar el movimiento de solidaridad política y económica indispensable para favorecer la victoria de los trabajadores españoles. Las grandes organizaciones políticas y sindicales van, todas, a rastras de uno de los dos bloques militares. No representan los intereses de clase de los explotados, y por lo tanto tampoco ven en las luchas españolas sino una oportunidad de favorecer, en el futuro inmediato, ya los intereses de Washington, ya los de Moscú. Ninguna de esas organizaciones ha intentado siquiera organizar manifestaciones obreras de solidaridad. Al contrario, tratan de "provocación" cualquier idea de apoyo activo al movimiento español. Los del bando de Washington y los del de Moscú no tienen mas que una preocupación: evitar que los obreros huelguistas adopten una actitud de ofensiva política revolucionaria. Pero el entusiasmo suscitado por Asturias ha sido tan grande, que sindicatos de Francia, Bélgica, Inglaterra, etc., han recogido, "para los huelguistas españoles" una cantidad de millones de pesetas muy considerable; por su cuenta, la dirección de los sindicatos americanos adjudicó 10.000 dólares, sin contar las colectas que voluntariamente hayan aportado los obreros. Pero la mayoría de ese dinero irá a las organizaciones de la Iglesia en España, que lo distribuirán, como siempre, a prorata de padrenuestros. Se trata de las sindicales y partidos del bloque occidental. Pero por el mismo conducto verterán su "solidaridad" los organismos filiales de Moscú; van mas allá que nadie en cuestiones de "reconciliación nacional", precisamente porque las otras fuerzas reconciliadoras ven en ellos la infiltración del bloque rival. En plena huelga, el partido stalinista español ha ofrecido a la Iglesia y a los partidos pro-americanos en general su "colaboración leal". Y así, gracias a unos y a otros, el esfuerzo de solidaridad económica del proletariado mundial revierte en ventaja de los enemigos tradicionales del proletariado Español.

Es preciso que este sepa la verdad, pregonémosla con ahinco tanto mayor cuanto que sólo la minoría revolucionaria, con medios de publicidad escasísimos, puede exponerla: con cada palabra, con cada acto de solidaridad aparente, los adeptos de Washington y los de Moscú tienden una celada al proletariado. Su mira común es impedir un verdadero movimiento revolucionario; la única divergencia importante entre ellos se refiere a bloques militares. De ahí que la verdadera solidaridad internacional tengan que ejercerse, de necesidad, contra las grandes organizaciones conocidas, díganse cristiano-demócratas, comunistas o socialistas. La reconciliación de que ellas hablan al unísono con los franquistas en desbandada, intentarán imponerla mañana mediante la policía.

Por una próxima huelga general revolucionaria

A comenzar por Asturias y terminando por los pueblos de Estremadura o Aragón, las huelgas han sido una espléndida victoria. Desde el fin de la guerra, todos los partidos del extinto frente popular, mas los que han ido apareciendo de manera mas o menos latente en el interior, producto del resquebrajamiento del conglomerado franquista, han buscado en las dos grandes potencias mundiales, o en sus contradicciones, la fuerza conveniente a la substitución del régimen franquista. Bajezas sin cuento han sido cometidas con tal designio. En vano. Las dos primeras potencias no tienen ningún interés en crear un foco de actividad que tan fácilmente podría reanudar el camino de 1936. Pero he aquí que ha bastado la ola de huelgas de abril-mayo para que aparezcan contados los días del régimen. La clase trabajadora, aplastada durante cinco lustros, vuelve al ataque, y tras ella, no delante, todas las fuerzas o partidos que le impusieron la derrota, acorren, no para reforzar a la clase obrera, sino para frenarla, "moderarla" y canalizar su actividad dentro del orden capitalista. Y ahora sí, una vez dado el primer empellón a la dictadura, las primeras potencias interpondrán su influencia, acordes o en rivalidad, pero también [ilegible] para impedir que la muerte de la dictadura sea también la del sistema de explotación. Por eso mismo, la importancia política de la serie de huelgas que acabamos de presenciar se revelará pronto. Independientemente de que las reivindicaciones de cada huelga hayan sido alcanzadas o no, todas representan un primer triunfo político contra la dictadura. Trescientos mil trabajadores en paro esporádico, inconexo y la mayoría de las veces en resistencia pacífica, han puesto en peligro el aparato dictatorial forjado durante 25 años. ¿Qué ocurriría si la totalidad de los trabajadores industriales y agrícolas se lanzasen a una huelga simultánea y organizadamente? El franquismo se derrumbaría, sin que ni policia, ni ejército ni clero le fuesen de socorro alguno. Desde hace bastante tiempo, la dictadura pervive gracias a que los grandes partidos que disponen de muchos medios tienen miedo a esa acción concertada y unánime. Por eso se hace indispensable saltar por encima de ellos para conseguir semejante huelga general al grito de ¡Abajo el regimen franquista! Son los trabajadores mismos quienes deben tomar a su cargo la organización de esa lucha, creando comités de fábrica (de pueblo en los campos) y grupos políticos independientes, inspirados en la mas estricta de las ideologías revolucionarias.

Pero veamos mas de cerca el aspecto económico de las huelgas. Aparece, por ahora, estrechamente ligado a lo político debido a la existencia de la dictadura, que convierte cada huelga en un golpe directo al gobierno. En el futuro inmediato, sinembargo, sobretodo cuando haya derecho de huelga, los aumentos conseguidos mediante él darán, a los trabajadores, la impresión de un desdoblamiento de lo económico y lo político. Equivocación grave contra la cual hay que estar prevenidos desde ahora. Bajo el capitalismo decadente de la época actual, el jornal real del obrero (su capacidad de compra) no aumenta en ningún caso sino previo incremento de la productividad de cada obrero, además del alargamiento de la jornada de trabajo. Mas la capacidad de compra del jornal no aumenta sino en pequeñísima proporción relativamente al aumento de la productividad, es decir a las utilidades que el capital saca del trabajo humano. A tiempo y productividad de trabajo igual cada vez menos jornal. Dicho de otro modo: a medida que aumenta su productividad, el obrero recibe menor parte del producto de su trabajo. De ahí resulta, en realidad, una baja continua del jornal paralela a una intensificación agotadora del bregar cotidiano. Teniendo en cuenta esa mecánica de la explotación capitalista, misma que se propone intensificar el plan económico gubernamental iniciado con la "estabilización", las reivindicaciones de la clase trabajadora deben orientarse en sentido contrario: disminuir la intensidad del trabajo y las horas laborables, aumentando la paga por hora o por día, según puede verse en el manifiesto de F.O.R. dirigido a los huelguistas, que se encontrará mas adelante. Todo aumento de la paga que no sea conseguido así se revelará ilusorio y servirá para afianzar el imperio económico y político del capital. Los iniciadores de la huelga asturiana en la mina La Nicolasa han intuido perfectamente lo anterior al cesar el trabajo en solidaridad con los obreros despedidos porque no daban el rendimiento exigido por la productividad capitalista. Consciente o inconscientemente han dado prueba de un gran tino revolucionario. En efecto, la lucha económica del proletariado contra el capital, que tiene un alcance de emancipación humana universal, carece de sentido si no va dirigida contra las utilidades de este último, contra la plusvalía que constituye la base de la explotación de la mayoría de los hombres por unos pocos. Sólo esa lucha hará aparecer la unidad profunda e indisoluble entre lo económico y lo político, y presentará claramente a los explotados la necesidad de quitar el poder político al capitalismo, disolver sus instituciones nacionales e internacionales y organizar una sociedad mundial sin explotados ni explotadores.

Hay que hacer de la caída de Franco el primer acto de la sublevación general del proletariado, en Oriente y occidente.


"... no podía esperarse el aniquilamiento del absolutismo de repente, por una sóla huelga general 'prolongada'. Es el proletariado el que debe derrocar el absolutismo en Rusia. Pero el proletariado tiene necesidad, para ello, de un alto grado de educación política, de consciencia de clase y de organización. No puede obtener todas esa condiciones mediante volantes y folletos; no le vendrán sino de la escuela política viva, de la lucha y en la lucha, en el curso de la revolución en marcha, (.....) El declinamiento del absolutismo no es mas que el signo exterior de la evolución interior de las clases en la sociedad...."

(Rose Luxembourg, en La huelga general.)