Alarma, nueva serie, n.º 4, octubre 1963 (págs. 13-14). PDF del número completo
El retraso con que aparece este boletín nos ha impedido hablar a tiempo del asesinato legal en la cárcel de Carabanchel, mediante garrote vil de dos anarquistas, Francisco Granados y Joaquín Delgado. Condenados a muerte por uno de los "tribunales" militares que vienen funcionando ininterrumpidamente desde la guerra civil, la ejecución fué inmediata, a pesar de haber negado ambos ser autores del delito que se les imputaba: la colocación de las bombas que explotaron en la Dirección General de Seguridad.
Cuando se trató de Grimau, protestaron al unísono y pidieron gracia toda clase de organizaciones y personas del mundo americano-ruso, incluyendo gente de Franco. Tratándose de Granados y Delgado, las protestas se han limitado a los círculos realmente obreros y a los revolucionarios. La diferencia está en que el partido de Grimau constituye parte del mundo capitalista y es para este importante factor anti-revolucionario en el futuro inmediato, mientras que los dos jóvenes ejecutados eran luchadores proletarios sinceros y valientes.
A ellos debe ir la solidaridad de clase de los explotados y de los revolucionarios en particular. Nosotros consideramos erradas las ideas de Granados y Delgado —las de su organización— y tenemos por descabellado el terrorismo individual, incluso el bién apuntado. Tratándose de bombas abandonadas al tuntún en medio del público, como en 1960 las maletas explosivas del pretenso Directorio Ibérico de Liberación, se hiere a ciegas, como sólo lo hacen de costumbre los mercenarios de la policía, y se da pretexto fácil a la represión (1). Pero a los hombres que como Delgado y Granados se lanzan a la lucha desdeñando peligros y sin cálculos de intereses personales actuales o futuros damos toda nuestra solidaridad y nuestro respeto. Amistosamente les decimos: lo más mortal que pueda hacerse contra la dictadura y sus bases económicas es organizar grupos obreros inspirados en las ideas de la revolución proletaria. Acometed ese trabajo.
Delgado y Granados no son los primeros luchadores honrados que mueren en el garrote; quizás tampoco sean los últimos. Pero la situación de 1940, cuando lo más vil de España triunfaba y exultaba dando garrote a lo más digno, se ha ido ya, por obra de 5 lustros de aversión general a la dictadura. Las masas oprimidas y vejadas se estremecen de nuevo, la España obrera de 1936, rediviva en la actual generación, está haciendo crujir otra vez los cimientos del capitalismo. Ante el empuje de los trabajadores en plena acción, todo lo vil, venga de donde viniere, será extirpado.
(1) Nuestra opinión sobre el problema está expuesta en Dinamita y revolución, volante publicado en julio de 1960.