Alarma, nueva serie, n.º 4, octubre 1963 (págs. 3-4). PDF del número completo
El regocijo con que ha sido festejado el acuerdo sobre la suspensión de experiencias de bombas nucleares en la atmósfera es en gran parte orquestado por la propaganda de los bloques militares. Ni el alcance ni el carácter del acuerdo lo justifican. Es un hecho bastante conocido que tanto Estados Unidos como Rusia están en condiciones de continuar agrandando su arsenal atómico y el calibre (megatones) de las bombas, sin nuevas experiencias atmosféricas o ionosféricas. Les bastan las explosiones subterráneas, que no han querido suspender, aunque también son deletéreas. Estaba todavía por ratificar el acuerdo, cuando nuevos artefactos eran ensayados en el subsuelo americano y poco después en el ruso. Por consecuencia, los dos abanderados del imperialismo han gratificado a las masas del mundo con la suspensión de unas experiencias que les son completamente supérfluas.
Por añadidura, una de las cláusulas del acuerdo permite a cualquiera de las partes denunciarlo en todo momento. Las dos potencias atómicas se reservan así la "libertad" de poluir otra vez la atmósfera con radiaciones que todo lo penetran, hombres y animales, la tierra y sus productos, causa de monstruosidades congenitales para los recien nacidos y de múltiples afecciones para los adultos. Bastará que una u otra potencia juzgue indispensables las explosiones atómicas a fin de obtener la superioridad militar, o sólo la igualdad, para que la tregua cese. Por ahora la superioridad pertenece evidentemente a Estados Unidos, pero se trata de una superioridad cuantitativa, igualable por Rusia con el tiempo. Caso de descubrirse nuevos procedimientos de fisión nuclear (liberación de energía mortífera) los Grandes no no sentirían escrúpulos en reanudar los más nocivos experimentos... ni los chicos si se los terciase, cosa imposible afortunadamente.
Sobre la humanidad sigue pesando la misma amenaza de exterminio que antes del acuerdo de Moscú. Las bombas y proyectiles permanentemente apuntados desde Estados Unidos y Rusia sobre la mayoría de la Tierra bastan, sin contar las reservas ni los "perfeccionamientos" de futuras armas, para matar en pocas horas centenares, si no miles de millones de personas. Las negociaciones de desarme continuan, farsa complementaria del regateo interimperialista, pero los presupuestos de Estados Unidos y Rusia aumentan año tras año los miles de millones dedicados al renglón militar, y dentro de éste a las aplicaciones criminales de la ciencia. El equilibrio del terror continua.
La significación del acuerdo es sobretodo política, y sus consecuencias en ese aspecto no tardarán en hacerse sentir. En primer lugar, los jefes de bloque dan a conocer así su decisión de conservar un monopolio de las armas nucleares que obliga sus respectivos aliados a guarecerse tras ellos y convierte todo problema en cualquier parte del mundo en un asunto entre Estados Unidos y Rusia. La reducción de todas las demás naciones a la categoría de satélites más o menos desarrollados, pero en lo militar impotentes salvo por intermedio de su centro de gravitación, place en Washington tanto como en Moscú, se aplica a Francia igual que a China, y es característica del reparto imperialista del Planeta resultante de la última guerra. Se trata, en el fondo, de un acuerdo de Estados Unidos y Rusia contra sus respectivos aliados, doblado de un reconocimiento mutuo como jefes de fila que el teletipo directo ya en servicio entre el Kremlin y la Casa Blanca permite convertir, caso necesario, en colaboración estrecha.
El gobierno de Mao Tse-tung acogió el acuerdo declarando que era una "alianza contra China". Verdad a medias, como las pocas que están en posibilidad de decir cuantos falsarios se dicen comunistas. Los Estados Unidos han amainado su hostilidad a China, siempre menor de lo que Pekín pretende. Las numerosas entrevistas entre los embajadores respectivos en Varsovia darán fruto pronto o tarde. Es Rusia y no Estados Unidos quién ha buscado apoyo en el pacto para poner en evidencia ante las naciones asiáticas y contrarrestar el impulso extra-fronteras de China, contrario a sus designios y a la prosperidad de sus intereses. Tocante a eso, mas significativo aun que el pacto es la ayuda militar prestada por Rusia a la India, que incluye fábricas de aviones caza supersónicos Mig 21, ya en producción según noticias recientes. La superchería de presentarse como regímenes socialistas impide a Rusia y China decirse respectivamente toda verdad, a saber, que sus querellas de intereses y políticas provienen de ser ambos países de capitalismo estatal cuyas relaciones son de metrópoli imperialista a semi-colonia. ¿Y cómo podría escapar China a tal condición sin acercarse a aquellos mismos que tilda de enemigos imperialistas? Se acercará inevitablemente, lo hemos dicho hace años, a menos de rendirse a discreción de Moscú. Ya ha empezado a moverse hacia occidente.
El pacto de Moscú es una ostentación deliberada de la hegemonía de Estados Unidos y Rusia sobre el mundo, incontestable lo mismo para imponer su paz que para desencadenar su guerra. Su monstruoso poderío militar no puede ser desafiado por los demás gobiernos del mundo, porque todos, sin excepción, tienen las mismas relaciones sociales de producción y distribución de que aquel poderío dimana. Pero las unas y el otro se han convertido en factores reaccionarios, lacras cada vez más perniciosas para el devenir humano. Por todo ello, sólo los pueblos en acción revolucionaria estarán en condiciones de desafiar la hegemonía americano-rusa, aniquilarla en sus centros de irradiación mismos y libertar la humanidad en el comunismo.