Alarma, nueva serie, n.º 4, octubre 1963 (pág. 13). PDF del número completo

La policía de Franco, sobretodo la Guardia civil y la secreta, han desencadenado su bestialidad contra los huelguistas. Bofetadas, palizas, detenciones y encarcelamientos no bastaban a los devotos sicarios de la dictadura. Furiosos de no poder acabar con la huelga, se han vengado cobardemente torturando de la manera más sádica a algunos obreros, uno de los cuales fué muerto. Se conocen los siguientes casos referidos por la propia prensa burguesa que habla en el extranjero de la liberalización del régimen:

Antonio Zapico, paralítico a consecuencia de los palos recibidos en la cabeza.

Vicente Baragano, a quién la policía quemó los testículos.

Alfonso, ex-minero silicoso, torturado en presencia de su mujer. Esta fué llevada a la cárcel de Oviedo y su marido "fué descubierto" tirado en la calle, sin duda para fingir una riña de taberna.

Una mujer preñada, de nombre Tina, como fuera al cuartel de la guardia civil a protestar de las heridas en él hechas a su marido, recibió por contestación un puntapié en el vientre, con las consecuencias de rigor.

Con A. Zapico, Ramón Teba, Juán Alberti y Fernández Terente, el bailarín regional conocido por Jeromo, han sido también torturados. Actualmente están en la cárcel de Madrid sometidos a consejo de guerra. Hace años, la madre de Jeromo fué asesinada por la policía "despues de haberle sacado los ojos" —se nos informa. Esto último puede parecer invención sólo a quienes desconocen la vesanía de la Guardia civil y la policía en general, sobretodo en regiones como Asturias y Andalucía.

Autor de la coz a la mujer preñada fué el capitán Fernando Caro, que en todas sus criminales actividades de "orden público" ha sido secundado por el cabo Pérez, ascendido a sargento por méritos de tortura evidentemente. ¡Recuérdense sus nombres!

El ministro de la información, Fraga Iribarne, ha negado la veracidad de los hechos, pero no quiso admitir una comisión investigadora de la Oficina Internacional del Trabajo, aun sabiendo que ese organismo, por su carácter capitalista, se esforzaría en aminorar la responsabilidad gubernamental.

Mientrastanto, las organizaciones de Europa occidental mal llamadas comunistas, es decir, las pro-rusas, se cuidan mucho de organizar una sóla manifestación seria de protesta; prefieren quedarse en palabras, y aun éstas medidas. Es que los tratos de Franco con Rusia y satélites cifran ya muchos millones y nada debe perturbar los negocios. Es, también, que la política del partido pro-ruso de España lleva por mira inspirar confianza a los organismos fundamentales del régimen actual, sin exceptuar esa Guardia civil que tortura y asesina.

Los huelguistas y perseguidos españoles no cuentan con otra ayuda decidida y leal que la de los revolucionarios, forzosamente tan enemigos de Franco como del capitalismo sin Franco, y orientados a desarmar y disolver toda la policía actual, no a reorganizarla con otros jefes.