Alarma, nueva serie, n.º 6, diciembre 1964 (pág. 19). PDF del número completo

Dos rasgos característicos de casi todas las huelgas que vienen produciéndose en España (tan frecuentes que no es posible enumerarlas todas) son la reclamación de aumento del jornal mínimo o el de base y la solidatidad de los huelguistas con aquellos de sus camaradas que son víctimas de represalias patronales o gubernamentales. En no pocos casos, la huelga ha recomenzado inmediatamente después de terminada exigiendo la vuelta al trabajo de obreros detenidos, deportados o simplemente despedidos. Así ha ocurrido en Asturias, Bilbao, Andalucía, Madrid y Murcia, pero seguramente también en otros lugares que la censura gubernamental ha conseguido ocultar. En Bilbao, los trabajadores de General Eléctrica se han negado rotundamente a discutir una convención colectiva, pidiendo, con muy buen husmo, aumento de salario sin más condiciones. La solidaridad de clase se exiende hasta lo económico, y en ciertos casos ha sido tan abundante, que recientemente el gobierno ha prihibido las colectas de dinero. No le bastan las represalias; necesita regodearse sabiendo que sus víctimas sufren la miseria más extrema. En Andalucía y Extremadura han reaparecido formas de solidaridad superiores, que fueron practicadas allí por primera vez en 1932: la exigencia de trabajo para todos los obreros disponibles sin excepción y durante un tiempo fijo para cada labor. En Asturias desempeña el mismo papel la solidaridad con los mineros afectados de silicosis, de los cuales el plan de expansión capitalista pretende desembarazarse con pensiones de hambre o degradándolos de categoría y salario.

Esa solidaridad natural, instintiva de los explotados, hoy expresada localmente, mañana en escala peninsular, prefigura una solidaridad política posterior que no desvirtuada arramblará, simultánea o sucesivamente, con el régimen y con el capitalismo. De ello se da perfecta cuenta el enemigo de clase. Un funcionario del Ministerio del Trabajo declaraba en septiembre ante una comisión que a pesar de ser seleccionada por los sindicatos falangistas manifestó ciertas quejas sobre la situación de los trabajadores: "Las consecuencias de una guerra no pueden ser borradas sino por otra guerra de signo contrario", palabras que más de un prisionero ha odido en boca de los polizontes de la Brigada social. Y bién, las luchas actuales del proletariado urbano y rural son un principio de movilización para esa guerra de signo contrario. Bién llevada, el enemigo será vencido fácilmente, sin necesidad de llegar a la guerra de trincheras, pues en el aspecto moral ya está vencido. La dificultad reside en que reconciliadores de todo pelo, demócratas burgueses, beatos y capitalistas estatales en atuendos obreristas, rondan por las encrucijadas políticas procurando, con poderosos recursos materiales, desviar el proletariado del camino revolucionario recto. ¿Qué ocurrirá si el proletariado de deja engañar por ellos? Que el franquismo tardará más en caer y que a su caída los reconciliadores, con la misma policía, con el mismo ejército gobernarían para poner en ejecución los mismos planes de desarrollo capitalista. Contra ellos, organización nueva del proletariado, con vistas a la toma del poder político, de las armas, de la economía.