Alarma, nueva serie, n.º 6, diciembre 1964 (págs. 21-23). PDF del número completo
Atrocidades incesantes, caos generalizado, intervenciones imperialistas, venalidad de los gobernantes nacionales y de todos los organismos oficiales, desamparo de la población pobre, tribalismo recrudecido en sus peores aspectos, cuanto acontece en el Congo es demasiado intrincado para referirlo en detalle. Pero puede simplificarse, con ventaja para el entendimiento, focalizando los factores determinantes de la situación.
El Congo no ha sido nunca, ni es todavía una nación. Una potencia colonial, Bélgica, impuso su dominio e implantó sus capitales en una vastísima comarca (más de 4 veces la superficie de la Península ibérica) por completo carente de homogeneidad, cuya población se encontraba en plena organización tribal, y a menudo en la etapa rudimentaria del tribalismo. Ese área, que la administración imperialista llamó Congo tomando el nombre de un rio, se ha revelado extremadamente rica en productos de suelo y del subsuelo, incluso en yacimientos de uranio, materia prima decisiva para la guerra moderna y pronto fuente de energía más importante que el carbón y el petróleo. Todo eso que, incluyendo la ausencia de nacionalidad formada, habría podido hacer del territorio un gran centro de irradiación cultural y técnica en un plano muy superior al capitalismo, lo ha traído, gracias a la reaccionaria rivalidad entre los dos Bloques imperialistas, a su horrenda situación actual, presa dentelleada por las fieras de cuatro continentes.
Las fieras menores, hombres negros de la tierra, los Tchombé, Gbenie, Kasavubu, Lumumba también, e inumerables más, buenos educandos del imperialismo sin excepción, de los jesuitas en lo moral, de grandes trusts en cuestiones de Debe y Haber apenas se vieron izados a la cumbre de "la nación" por el gobierno metropolitano mismo, tiráronse a rebato sobre los puestos económicos y políticos clave. Diversas bandas —que no partidos— se formaron, sin que ninguno tuviera contornos políticos definidos, siquiera burgueses. Son hasta el día de hoy partidas en que el compadreo y un tribalismo degenerado constituyen el factor aglutinante, no ideas, ni tampoco lineamientos de clase. Más como ninguna partida se hallaba en condiciones de imponerse a las otras, ni aun la instalada como gobierno oficial en Leopoldville, corrieron a guarecerse tras de las fieras mayores: imperialismos europeos, americanos, ruso, y el muy hambriento imperialismo chino. Entre todos a porfía, siempre para el bión y la libertad del pobre pueblo, han armado el tumulto tan inenarrable cuanto sanguinario que allí reina.
Las dos bandas principales, cada una de ellas divida en sub-bandas y en pandillitas secundarias y terciarias, atizan antiguos odios entre tribus, que estaban en vías de desaparición, para extremar la crueldad de la lucha, sin dejar por ello de explotar la vieja añagaza reaccionaria de la "unidad nacional". A los mercenarios blancos que combaten por la banda de Tchombé, otros mercenarios blancos y amarillos están agazapados tras la banda adversa. Las bestialidades cometidas en Stanleyville y su zona al ser largados los paracaidistas belgas, están lejos de ser exclusivas de la gente mandada por Sumialot, el ministro de la guerra del gobierno Gbenie que busca instalarse en sitio de Kasavubu y Tchombé. El ejército del gobierno dicho legal, extermina igualmente al adversario tomando por criterio principal la pertenencia tribal. En ambos lados, el canibalismo ha reaparecido, sin que las personas comidas sean siempre blancas. Más, en uno y otro coexiste esa forma arcaica de comunión con la comunión católica. Después de la merienda de carne humana de Stanleyville, Tchombé se plantó en el Vaticano y se hizo bendecir por el Papa. Sumialot le había tomado en cierto modo la delantera, puesto que al entrar vencedor en Albertville, no mucho antes, pidió a "los padres del Espíritu Santo", sus maestros antes que los emisarios chinos, celebrarlo con un solemne Te Deum (Le Monde, 9-8-64). Idem en lo político. Tchombé acudió a París procurando sacar partido de los quiebros franceses contra el jefe de fila occidental; lo mismo Gbenie lisonjeando la persona del general de Gaulle y el papel que Francia podría desempeñar en el Congo. Por el otro costado imperialista, caracolea entre rusos y chinos preguntándose de qué borde le conviene dejarse caer.
En resumen, los bandidos generosos del siglo pasado tenían más de revolucionarios, y sobretodo de personas honradas, que todos esos negreros negros, meritísimos sucesores de los negreros blancos. La rebatiña del Congo, tal la de los restantes puntos neurálgicos del mundo (Vietnam, Borneo, Yemen, Cuba, Berlín y otros menores) la crea por entero la rivalidad inter-imperialista conducente a una futura guerra. Decenas de miles de hombres están muriendo allí y en múltiples sitios, sacrificados a los Estados Mayores del capital. Y quienes los llevan al degüello son los líderes nacionalistas, que aparecen así como responsables inmediatos de la vil operación.
En plena revolución española, cuando el proletariado urbano y agrícola, habiendo aniquilado en batalla ejército y policía capitalistas, se apoderó de la economía y de las armas, creó su poder político mediante comités-gobierno locales, consumó, en una palabra, la revolución comunista, los hombres de Moscú dijeron: las milicias y los comités-gobierno son tribus de salvajes, quienes expropian son ladrones; ahora, son los mismos personajes políticos quienes utilizan las tribus sin sombras de ideas ni de designios revolucionarios. En España se trataba de una revolución proletaria destruida por ellos en colaboración con los imperialistas, mientras que en el Congo se trata de conquistas posiciones económicas y estrágicas para el saqueo del mundo.
Las antiguas tradiciones tribales de fraternidad y mancomunidad material, pueden servir de punto de partida para una organización social no capitalista ni nacional, sino anacional y orientada al comunismo conjuntamente con el proletariado mundial, lo que permitiría superar pronto las rivalidades entre tribus. La gente de Moscú-Pekín sólo saben atizar esos odios y resucitar la antropofagia. Verdad es que la antropofagia de las tribus del Congo es inofensiva y esporádica comparada a la antropofagia universal e insaciable del imperialismo americano-ruso.