Alarma, nueva serie, n.º 6, diciembre 1964 (págs. 5-10). PDF del número completo
El estupor causado en el mundo por la repentina caída de Khrutchef pone al descubierto, una vez más, la ignorancia general respecto a la verdadera naturaleza de la sociedad rusa y de sus sobresaltos. Los enfáticos "kremlinólogos" del bloque occidental no aciertan una, a pesar de que escrutan con ilimitados recursos cuanto se dice y hace bajo el signo del Kremlin. Los más estupefactos y asustados por el suceso son, sinembargo, la turba de antiguos encomenderos de Stalin y sus casquilucios, los llamados 'intelectuales de izquierda'. Khrutchef, su Nikita, habíales aligerado las conciencias, pringosas de asesinatos policíacos, y dádoles una esperanza. Se consideraban ya lavados, al menos a ojos de quienes más les interesa, de criminalidad gepeista y andando camino hacia los ministerios en honorable compañía de los viejos administradores del capitalismo en Europa occidental. Incluso la reyerta con China les convenía, sin dejar de atemorizarles, pues les daba ocasión de echar sobre la bandería de Pekín el propio baldón stalinista y también de hacerse querer por Moscú, demasiado acostumbrado a tratarlos con soberbia.
De la noche a la mañana, desapareció el Nikita, secuestrado por sus íntimos sahumadores. Mientras siga en pié el monstruoso aparato policíaco-burocrático, sirve lo mismo para acreditar a Stalin de genio y a Khrutchef de liberal, que para dejarlos respectivamente en sus rangos más verídicos de criminal y de bufón incompetente. No por ello dejarán de ser condenados a trabajos forzados los obreros y escritores más rebeldes, y calumniados igual que en vida de Stalin. Pero no es ésto, sino aquello lo que angustia a los encomenderos en todos los países. Las noticias sobre la represión incesante contra los de abajo raramente consigue salir de Rusia, pero el episodio de la caída de Khrutchef destapa, cuando menos se lo esperaban, el característico funcionamiento stalinista del sistema, que pretendían cambiado. El primer personaje del país, investido de todos los poderes, fué atraido a una encerrona por sus ascendidos compinches, y desde entonces nadie le ha visto la cara ni cambiado con él un saludo. Bien antes de la reunión del Comité Central, policía y ejército habían decidido elevar a Brejnef y Kosiguin. Khrutchef puede darse por satisfecho con que no lo manden, por holgazán o enemigo del pueblo, a acarrear cascajo en cualquier construcción de Siberia. Despues de tanta palabra sobre la pretendida destalinización, incluso el más babieca de los afiliados pseudo-comunistas terminará preguntándose si no lo embaucan.
El asunto engorra a los dirigentes stalinistas de Europa occidental muy particularmente. Para hacerse ministeriales en un futuro más o menos próximo, tenían casi convencidos ya a ex-reformistas y burgueses de que, muerto y maldito Stalin, ellos habían echado piel nueva de ponderados y leales demócratas con quienes se podía pactar sin miedo a puñaladas por la espalda. Moscú les inflige un mentís y les hace perder terreno. De ahí que se hallan visto en el trance de formular tímidas demandas de explicación cerca de los novísimos jefes rusos. Pero los que más arrestos se han descubierto, los italianos, ni tan siquiera se han atrevido a exigir entrevistarse con Khrutchef, no ya que se deje hablar e intervenir libremente a los trabajadores. De todos modos es síntoma cuyo origen conviene discernir.
La importancia de los murmurios del stalinismo italiano, así como de la última declaración de Togliatti, no reside en el contenido, nulo en sí, sino en lo que los inspira. En todo el occidente, es ese el partido pseudo-comunista más ligado a su capitalismo nacional. La muerte de Togliatti dió a burguesía e iglesia ocasión de mostrar sus tiernos sentimientos hacia el líder y su partido. En efecto, desde sindicatos, municipios, parlamentos, inúmeras instituciones y órganos de publicidad, ese partido es el primer protector del capital desde hace 20 años. Su papel le procura beneficios y fuerza orgánica. Dentro de la mecánica de su capitalismo nacional cuenta trepar a los ministerios o adquirir el poder completo. Ello le fuerza a presentarse como más civilizado y libre que su colega ruso, y sobretodo a dar muestras de alguna independencia. Además, visto el tambaleo cada día mayor del régimen ruso, le conviene dejar abierta la posibilidad de un repliegue completo hacia el capitalismo nacional. Trátase, en suma, de otra manifestación del proceso de descomposición del stalinismo mundial, que irá generalizándose. Sería, sinembargo, equivocación grave, preñada de graves consecuencias, esperar la metamorfosis del stalinismo en partidos reformistas o demócratas semejantes a los de la antigua II Internacional. No estamos todavía en el apogeo sino ya en la decadencia del capitalismo. No hay lugar para las ilusiones de evolución democrática hacia el socialismo por aquel engendradas, y por otra parte los partidos pseudo-comunistas han sido amamantados en la contrarrevolución stalinista; su única razón de existencia a la larga, es alcanzar el capitalismo de Estado por cualquier medio que fuere, incluso haciéndose muertos como totalitarismo stalinista.
Hace luengos años, en realidad, que la estabilidad gubernamental en Rusia, cual en tantos otros países, es una ficción mantenida por la represión policíaca, el Código, los tribunales, el ejército. Y era de esperarse que en cualquier momento Khrutchef diese de bruces. Sus segundones, colégiense de veras o subyúguelos quien fuere, no tendrán más, sino menos tiempo que él de arrellanarse en el poder, probablemente mucho menos. Por muy cabezas sentadas que quieran aparentar tachando a su ex-jefe, después de doblegado, de "cabeza de chorlito", chapotean en las arenas movedizas de la alta canalla stalinista, que no dejarán de tragárselos. La estabilidad que el terror policíaco confiere la disfrutó con demasía Stalin. Estaba tan agotada a la muerte de éste, que sus legatarios hubieron de agenciarse un respiro imputándole personalmente el terror y las siete plagas de la sociedad. Sabían bién que atacar a Stalin les granjearía cierta tolerancia de las masas. Pero la moratoria así obtenida no podía prolongarse mucho. La contradicción entre las necesidades de las masas —las inmediatas no menos que las históricas— y las exigencias de la contrarrevolución gobernante no se soluciona, ni se soslaya siquiera con palabras. Más que la persona, es la obra de Stalin lo que necesitase atacar y aniquilar, en lo económico, en la político y hasta en lo psicológico. Pero la casta gobernante lleva el stalinismo metido en la médula y sin remisión, puesto que ella ha sido y sigue siendo, como estructura burocrática capitalista, agente y beneficiario universal de la obra de Stalin, crímenes incluidos. Le está vedado resolver los problemas que aquella contradicción pone al descubierto. Ese cometido recae sobre el proletariado y los revolucionarios. Confinada por sus propios intereses retrógrados, la casta gubernamental se limita a buscar a tientas un reajuste de las masas a su dominio, procura dar a éste cimiento más sólido, o por lo menos entibarlo. Su monolitismo sacramental, lejos de aunarla en tal designio, introduce en sus disensiones una violencia sorda y felona que reserva nuevas sorpresas. Tras de cada medida y cada relegación "votadas" unánimemente, otras "unanimidades" apuntan que volverán a zarandear el aparato gubernamental. No es extraño que determinados jerarcas sientan la nostalgia de los buenos tiempos en que el terror parecía prometerles una estabilidad inacabable.
Lo más significativo del pronunciamiento de Brejnef, Souslof, Kosiguin y socios es la anulación de las medidas administrativas de Khrutchef. Separando éste cada uno de los aparatos del Estado y del partido en sendas secciones supervisoras de industria y agricultura, seleccionaba una clientela burocrática particular desafecta a sus colegas inmediatos. No cabe duda de que esa es la causa principal, si no la única del lazo tendido por los mismos que poco antes proclamaban ser un sólo hombre detrás del secretario general. Mas la trifulca por el dominio supremo del aparato proseguirá entre los pronunciados. Los demás problemas interiores o de política internacional, trasfondo permanente de discordia, han desempeñado en la operación, al parecer, tan sólo el papel de cargos a posteriori. Los vencedores no tienen nada diferente que emprender. En efecto, la política de colaboración-rivalidad con Estados Unidos sigue siendo idéntica (por propia iniciativa no podrá cambiar durante años) e incluso hay razones para creer que Johnson fué tranquilizado y puesto al corriente del pronunciamiento antes de darle publicidad.
Tocante a agricultura, preciándose Khrutchef de experto, sus birladores no iban a dejar pasar la oportunidad de apuntarle el fracaso. Sabido es que la producción de toda la red estatal de koljoses y sovjoses es escasa y mala. Pero el equipo vencedor está tan convencido de antemano de fracasar también él [ilegible] segunda medida de importancia ha sido aumentar la extensión y las facultades de los lotes individuales cultivados por los koljosianos. Así puede confiar con cierta seguridad en que el año entrante habrá en el mercado mayor volumen de productos alimenticios. Khrutchef procuraba forzar los trabajadores agrícolas a aumentar la producción de los establecimientos estatales, limitando a tal fin las parcelas individuales; Kosiguin y Brejnef piden públicamente auxilio a la producción agropecuaria individual. Reconociendo implícitamente la incompetencia estatal, se ven obligados a hacer una concesión a la inmensa población rural del país. El poder no resultará fortalecido, tengase por cierto.
Al revés de lo que muchos creen, si el conflicto ruso-chino ha tenido algo directo que ver en el enjuague del Comité Central, será más bién por haber transmitido Khrutchef a Pekín informes militares, tal vez atómicos, y consentídole actitudes de potencia nacional dañosas para Rusia como jefe de bloque. De todos modos, las nuevas tentativas de arreglo nada conseguirán de duradero, a menos que el Kremlin se comprometa a amparar con su dispositivo termo-nuclear la puja expansionista de Pekín. Eso está totalmente excluido. Y como, por otra parte, el comercio con el bloque occidental resulta en general menos gravoso para China, la reanudación de la querella en términos aun más increpantes no dejará de producirse. En el área internacional, pro-rusos y pro-chinos siguen haciéndose las jugarretas en que son expertos.
El barómetro más exacto de la atmósfera reinante entre Rusia y China es la actitud de la primera hacia el Japón, y sobretodo, en lo inmediato, hacia la India. No sólo ha ofrecido Moscú a Tokio contratos comerciales por muchos miles de millones de rublos, sino que le promete devolverle algunas islas, y de propina participación de capital en la industrialización de zonas siberianas codiciadas por Pekín. Respecto de la India, la política de Moscú es directa y militarmente hostil a China. Un dato es sobrado convincente: el gobierno de la India acaba de anunciar la reorganización de su defensa aérea con 25 escuadrillas de Mig 21, cazas supersónicos "Made in Rusia", a los cuales en Pekín no han visto aun el fuselaje. La explosión de la bombilla atómica china, amenaza actual sólo para la India, acarreará nuevas convergencias militares entre ésta y Rusia. En fin de cuentas de megatones, ¿quién facilitará a la India las armas atómicas o la cubrirá con su dispositivo, Rusia o Estados Unidos? El hecho es que desde hace años Rusia viene actuando como si se propusiese cercar a China entre la India al sur, su Siberia al norte y el Japón al oriente. Su política en la India no es temporal, ni sólo de competencia con Estados Unidos; es permanente como concurrencia con éstos y como valladar contra la expansión china.
Bien mirado, el origen de la contienda ruso-china está, preciso es repetirlo, en la crisis de la contrarrevolución stalinista como caso particular de la crisis histórica del capitalismo mundial. A ella hay que referirlo todo. China no esquivará las consecuencias internas de dicha crisis, por más que sea el último de los metidos en la horma peculiar del capitalismo ruso, y que husmeando chamusquina tome distancia. Volvamos pues al epicentro de la crisis.
Hay quienes piensan que cuanto acontece desde el Vigésimo Congreso obedece a una necesidad intrínseca a la economía, que la impele a adaptarse, una vez industrializada, a los cánones distributivos y políticos de los países occidentales, donde reina la pretensa "economía de abundancia". Disparate. En primer lugar, esta última economía es indigente y esclavizante en todos los dominios. En segundo lugar, es más bién ella la que ha imitado los procedimientos distributivos (salario base, normas, primas, destajos) de la economía rusa. En tercer lugar, ambas a dos deben su crecimiento y acumulación ampliada ininterrumpida durante decenios, a la pasividad del proletariado, consecuencia de su derrota en el período anterior, derrota que a su vez tiene por causa mayor la —al principio sigilosa— victoria de la contrarrevolución en Rusia. Las dificultades de la casta gobernante rusa las crea, no la economía de por sí, sino la oposición de las masas trabajadoras a esa misma economía. Y a menos de admitir de rondón que el capitalismo es todavía una sociedad de porvenir, se trata de una oposición total, histórica y no parcial, que por ende no puede satisfacerse con mejoras dentro de la explotación. Desde lo más hondo de la entraña social se alza un ingente descontento que tiende irresistiblemente a convertirse en acción. Los omnipotentes individuos del Kremlin no pueden ya gobernar como antes y lo podrán menos cada día. Sus divisiones son signo de la amenaza que hace pesar sobre ellos la marea montante de las masas. Cuarenta años de terror policíaco, padecimientos inenarrables de las masas, despilfarro y superchería de los gobernantes, han retensado contradicciones, exaltado odios y evidenciado problemas que están fraguando una futura explosión de los oprimidos. Un nuevo período revolucionario se columbra en el horto.
Frente al peligro, la casta dictatorial se comporta como cualquier clase burguesa en igual situación. Idea reformas con el propósito de tranquilizar a los suyos asustados y de paliar al descontento de las masas, sin dejar de abatir sobre éstas la represión. Franco no obra de otra manera en la actualidad. La principal de dichas reformas, la autonomía de producción ya introducida en buena parte de la industria textil y en proyecto para la industria pesada (la de guerra excluida) causará sin duda alguna nuevos dolores de cabeza a la alta burocracia. Contrariamente a lo que afirman a coro la prensa rusa y la occidental, la medida no introduce el sistema de beneficios, sino una nueva contabilidad de los beneficios, presentes en todos los planes de producción rusos, desde el primero. Son los poderes de los organismos centrales del plan tocante a proyectos de plusvalía y a distribución de una parte de ella, los que pasan a los directores de las empresas, debiendo éstos también calcular produción y precios según el mercado. Aumentará por lo tanto la parte de beneficios que enriquece a directores industriales y administrativos, pero la dispersión del poder burocrático resultante no será en modo alguno negativa para la rebeldía naciente de los explotados.
Con razón han dicho los comentaristas americanos más avisados que con tal medida la industria rusa funcionará exactamente de la misma manera, y con "los mismos incentivos" que la de su país. Muy tardos han andado en comprenderlo, puesto que de antiguo la diferencia era sólo de órganos de decisión, sin que cuenten para el caso los desniveles de pujanza y eficacia entre una y otra. Los economistas rusos, puestos en danza para refutar esa afirmación (elogio en boca de los americanos), no tienen nada que contrargüir. Se limitan a enredar nociones y hechos para impedir, como de costumbre, que los trabajadores comprendan. Uno de ellos, A. Voronof, pretende decir el argumento decisivo en la revista Tiempos Nuevos, de diciembre: "La empresa pertenece en el primer caso al Estado, es decir al pueblo entero, y en el otro caso a un puñado de propietarios individuales. En el primero los beneficios no son más que un índice que permite evaluar la eficacia del trabajo de la empresa para la sociedad entera, y en el otro son una forma de plusvalía, de acaparamiento del fruto del trabajo ajeno".
La habitual falsificación stalinista se explaya ahí en toda su irritante imbecilidad. Los beneficios no pueden ser en ningún caso índice de otra cosa que de las cantidades en que la plusvalía extraída a los trabajadores se reparte entre los explotadores, desde los directores de cada empresa, hasta los del Estado y sus organismos ejecutores, policíacos, judiciales, militares, sindicales, etc. Los altos jerarcas rusos acopian para su uso particular una parte de esa plusvalía, de trabajo ajeno, no ciértamente inferior a la que se llevan por igual concepto propietarios, accionistas y directores americanos. La nueva regla les permitirá servirse aun más copiosamente. Por otra parte, todos ellos tienen invertidas en bonos del Estado cantidades que reditúan nuevos beneficios, más trabajo ajeno, como las acciones de los propietarios de que Voronof habla. En cambio, para evaluar la eficacia social del trabajo es indispensable ver lo que cada actividad aporta a los trabajadores mismos en bienes materiales y culturales. Sin suprimir los beneficios bajo cualquier forma que fuere, eso es imposible, pues lo que entonces se evalúa es la eficacia del trabajo obrero para los embolsadores de beneficios, que se llevan, no símbolos abstractos, sino dinero contante. El valor como medida del trabajo y de sus productos es inseparable de la explotación y absolutamente inservible en una sociedad socialista.
Que el Estado sea propietario de los instrumentos de producción, constituye garantía suplementaria para la casta explotadora, pues le permite reprimir indisciplinas y huelgas obreras como crímenes contra el Estado. "El Estado de todo el pueblo", superchería burguesa e incluso fascista, es confesión llana de la naturaleza capitalista y contrarrevolucionaria del sistema ruso, que la ha adoptado. En efecto, ese es el bagazo de la idea prusiana del Estado, recogida por Hegel, despreciada por Marx, aprontada otra vez como constancia de "un socialismo alemán" por el racista Spranger y teorizada por Schmitt para glorificar el Estado hitleriano. El pueblo —decía éste— "ha de existir y ser supuesto como unidad política para que sea sujeto de poder" (1). Así también, para los hombres del Kremlin el pueblo es supuesto como unidad y como sujeto de poder, precisamente porque, en realidad, sólo es objeto del poder, objeto maltratado y sin ningún derecho.
El quehacer más fastidioso de los revolucionarios en esta hora de marasmo es tener que refutar los decires del stalinismo. En él nunca se trata de pensamientos, de teorías más o menos erradas cuya discusión valga algo; ofrece tan sólo falsedades y lugares comunes hilvanados de cualquier manera que permitan esconder lo que importa y servir a su consustancial superchería. Lo que quieren tapar los argumentos de economistas y gobernantes moscovitas es la quiebra de su particular dirigismo capitalista y la copia de los procedimientos occidentales, que sobre el terreno han venido a estudiar, desde hace años, emisarios oficiales. Ahora bién, la quiebra se debe, por una parte, a la oposición creciente de las masas frente a explotación y tiranía política, por otra al robo y la falsificación de cifras practicados de arriba abajo en el escalafón burocrático. El cambio de contabilidad y de distribución de la plusvalía es una cesión importante a los detentadores individuales del poder económico, invitados a agrandar su parte de explotación protegidos por la ley. Ello no garantiza que dejen de robar y de falsear estadísticas.
Al proletariado industrial el poder no cede ni concede nada, pero él hallará forma de tomarse mayores libertades a medida que la contrarrevolución ande su ya iniciado cuestabajo. La citada reforma consentirá a muchos obreros prescindir de la odiosa cartilla de trabajo, con la tolerancia interesada de los directores de fábrica, ya que no por abolición oficial, y disputarles salarios y condiciones de contrata a despecho de lo por arriba decretado. Por trivial que eso parezca, es aire nuevo en los pulmones del proletariado ruso, y le dará aliento para empresas de mayor monta.
Pese a la grave ausencia de oposición organizada, la usura del poder contrarrevolucionario está muy avanzada. Para darse cuenta de ello, basta observar cómo los escamoteadores de Khrutchef han sentido el vacío a sus piés. La operación fué evidentemente urdida por el alto aparato político-policíaco y militar, asustado del reblandecimiento y la pérdida de autoridad que va invadiendo sus estratos medio e inferior. Pero los promotores percibieron en toda la población un suspenso pavoroso, de muy mal agüero. E inmediatamente tomaron y anunciaron medidas indicativas de que ellos no se proponían ser peores que Khrutchef. Entre otras destinadas a tranquilizar engañosamente a unos y otros, es reveladora la liberdad de la mujer de Pasternak y del poeta Brodsky, que habían sido condenados para dar satisfacción a ese mismo aparato. En suma, queriendo acendrar el monolitismo totalitario, los suplantadores de Khrutchef lo han debilitado y desprestigiado algo más. El mangoneo y la zancadilla entre gobernantes, enteramente a espaldas de los gobernados, empeora todo. Unicamente una derrota eventual de la acometida proletaria que empieza apenas a fraguar, concedería a la casta burocrática un nuevo plazo de estabilidad política e imperio incontestado. Lejos de eso, en lo inmediato las masas irán ganado terreno y dislocando el aparato, y aun suponiendo que no pasen de repente a la acción —lo que puede bien ocurrir— en la canalla burocrática misma aparecerán tendencias que quiebren tajantemente el monopolio del partido-Estado, base de la contrarrevolución. Ello propiciará la organización independiente del proletariado. No se trataría, ciertamente, de una solución, pero sí de la apertura de un período de lucha organizada de las masas que consiente las esperanzas más ambiciosas.
El nudo de la crisis, la contradicción que ha de estallar, consiste en que las masas aguantan cada día peor el capitalismo estatal-polícíaco impuesto por la contrarrevolución stalinista, mientras que allí no cabe otra forma capitalista. O ella, o el salto en el abismo para la burocracia, y con él la certidumbre casi de que las masas reconstituyan los soviets de 1917, echen mano a las armas, al poder, a la economía, disuelvan policía y ejército. Las maniobras y las falacias de los gobernantes no lograrán posponer por largo tiempo el estallido de tal contradicción, que aparecerá netamente en cuanto vuelva a resonar la voz del proletariado, más de cuarenta años ahogada. Lo que cabe preguntarse es si los substitutos de Khrutchef representan el último o el penúltimo avatar del poder stalinista, antes de que el proletariado invada la palestra. ¡Será ese día de gran júbilo para los revolucionarios!
Diciembre 1964
(1) K. Schmitt: Verfassungslehre, p. 50. En español: Teoría Constitucional.