Alarma, nueva serie, n.º 7, mayo 1965 (págs. 4-5). PDF del número completo

Dictaduras tan atroces y de duración tan prolongada como la de Trujillo en la República Dominicana, provocan invariablemente una aversión tal, que lleva las masas a considerar bueno cualquier régimen que les ponga fin. Por eso acogieron con los brazos abiertos, en 1961, a Juan Bosch, que no tenía, [ilegible], ninguna solución que ofrecer. Un golpe de Estado de los generales [ilegible], no sin la venia de Washington, vino a magnificar la [ilegible] de Juan Bosch y de sus secuaces políticos. Lo contrario habría ocurrido [ilegible] que él hubiese continuado gobernando, pues no por ser aquel [ilegible] pequeño y pobre está al margen de la situación objetiva [ilegible] de la sociedad capitalista. Es esta tal, que los países rezagados, es decir, los que no han alcanzado la etapa liberal del capitalismo, no podrán ya vivir en ella como forma económica y política estable. La razón no es, cual afirman muchos [ilegible] que se pretenden cultos, que el pueblo ignorante y miserable no está preparado para la democracia, sino que por el contrario, requiere libertades y satisfacciones materiales muy superiores a las que consiente la democracia capitalista. La economía y las necesidades del devenir humano tienen hoy un sólo latir en todos los continentes, naciones y terruños. No es cuestión de hacer la revolución burguesa en los países atrasados y la proletaria en los adelantados, sino ésta en todos. Y a falta de ella, la dictadura capitalista, desnuda o con taparrabo, es el lote de los países atrasados, y el de los adelantados la degeneración dirigista y policíaca de la moribunda democracia burguesa.

Durante el tiempo en que Bosch ocupó el poder, le sobró apoyo para deshacerse de ejército y policía de Trujillo, armar a las clases pobres, única garantía contra los opresores de dentro y de fuera, poner en manos de quienes trabajan las haciendas y las compañías americanas o nacionales. Prefirió hablar de desarrollo capitalista y nombrar ministro de la guerra (¿contra quién?) a un general que lo exportó a Puerto Rico cuando le convino. El fracaso de la democracia burguesa era completo y encima ridículo y deshonroso, tal como ha ocurrido en tantos otros sitios desde hace cuarenta años.

Caamano y los restos del parlamento burgués que le designaron Presidente, no podían revelarse mejores que Juan Bosch, a pesar del apoyo combativo que los trabajadores les han prestado. En el fondo no se trata de hombres, sino de ideas y de medidas muy concretas a tomar. Sin cambiar de arriba abajo el sistema social no se puede encontrar la fuerza moral y material para hacer frente a la intervención de Washington. Esa fuerza hay que ponerla en movimiento en América Latina, y sobre todo en Estados Unidos. Caamano no ha intentado movilizar sino... al general de Gaulle.

Hace pocos años, Fidel Castro y los suyos, meros anti-imperialistas, o sea burgueses humillados por otros burgueses mucho más fuertes, revelándose incapaces de combatir al imperialismo yankee con las armas de la revolución proletaria, corrieron a ponerse bajo el ala de otro imperialismo fuerte, precisamente el que ha machacado la revolución en Rusia para comenzar y luego en otros países. Eso ha sido, cierto, muy enfadoso para Washington, por razones estratégicas en primer término; para los trabajadores cubanos ha representado la substitución de una dictadura capitalista por otra, sin que el nuevo protector extranjero sustraiga menos plusvalía que el anterior.

Ahora, mientras Washington acusaba a Caamano de ser instrumento de agentes de Moscú —o de China, no está claro— Caamano y el mismo Juán Bosch protestaban plañideramente su buena fe americanófila. Ni una voz, ni un gesto que midiese por el mismo rasero a los dos Grandes que atenazan el mundo y que les contrapusiera sus propias clases explotadas. Esta actitud, que parecerá una humorada a los oportunistas y una provocación a los falsarios del comunismo era la única susceptible de conferir a la lucha de las masas una alta significación revolucionaria, y, redoblándola, una fuerza moral de irresistible persuasión. Habría quitado a Washington el argumento de impedir el establecimiento de una nueva zona de apoyo económico-militar de las potencias rivales, permitiendo también atraer a los soldados americanos. Si bién en el caso de Santo Domingo eso no hubiese probalemente impedido la intervención militar, la habría forzado a descararse como intervención esclusivamente contrarrevolucionaria; y, beneficio supremo, se habría visto en tal caso a Moscú y clientes aprobar la intervención de marina y aviación yankees.

Hoy en Santo Domingo, mañana en España, Venezuela, la India o Burundi, el problema es esencialmente el mismo: abrir camino a la revolución reclamando la acción del proletariado americano, ruso, chino, etc., contra sus respectivos gobiernos, o hacer deshonrosamente el juego de unos u otros.

Mientras no surja un movimiento de ese género, hablen los falsarios de anti-imperialismo y sonríanles los oportunistas. Son juguete de las contradicciones reaccionarias mundiales.

* * *

En cuanto las nociones sociales acostumbradas "entran en contradicción con las condiciones existentes (...) las condiciones sociales existentes han entrado en contradicción con la fuerza de producción existente; lo que, por lo demás, puede también producirse en determinado círculo nacional de condiciones, por el hecho de presentarse la contradicción, no en ese círculo nacional, sino entre la conciencia nacional y la práctica de las otras naciones, es decir, entre la conciencia nacional y la conciencia universal de una nación...".

"El proletariado no puede existir sino en función de la historia universal, igual que su acción, el comunismo, no puede existir sino en calidad de existencia vinculada a la historia universal". Existencia vinculada a la historia universal, es decir, existencia de los individuos ligados directamente a la historia".

Karl Marx: Oeuvres Philosophiques. Tomo VI, pgs. 171 y 178. Ed. Costes.