Alarma, n.º 10, julio 1967 (págs. 1-3). PDF del número completo

Una semana de intensa guerra fría y otra de fulminantes operaciones militares han puesto al desnudo, por enésima vez, lo sucio y peligroso de la situación mundial. El choque israelo-árabe reviste, sinembargo, particular importancia por las consecuencias que acarreará, muy allende el teatro de operaciones y de los protagonistas en escena, así como en las multitudes de los países árabes mismos.

Lo profundamente reaccionario y odioso de los gobiernos árabes, tocante a Israel como tocante a cualquier problema interior o exterior, no es motivo para olvidar la naturaleza del régimen israelita, nada defendible como tal, por mucho que los judíos hayan sufrido de la bestialidad racial, ni tampoco los intereses económicos y militares que respaldan a los vencedores tanto como a los vencidos. La fobia con que se consideran las dos ramas semitas es sólo causa lateral de la guerra y el engañabobos inseparable de toda lucha racial o patriótica. En ese dominio, los gobernantes árabes se sitúan, sin excepción, muy por debajo de las tradicionales y de suyo despreciables engañifas nacionalistas. Nasser apelando a la guerra santa y a la destrucción de Israel, no sólo remueve los peores sentimientos depositados por sociedades tiránicas en el hombre alienado, los de religión y raza, sino que campea como "Ario del Sur", según calificativo dado a sus congéneres árabes por la propaganda hitleriana durante la guerra mundial. Por ventura, el escaso entusiasmo con que los mobilizados rasos han respondido a sus abyectas arengas, motivo principal de la vertiginosa victoria israelita, indica que las multitudes de los países árabes, al contrario de lo que se dice, están moralmente por encima de sus gobernantes. Intuyen sin duda que una guerra de ese género no les concierne sino como víctimas, lo mismo durante las operaciones que después. Y las ráfagas de ametralladora que mataron a los primeros fugitivos al atravesar en retirada en el canal de Suez testimonian que los gobernantes no se engañaban sobre la furia islámica de sus tropas.

De todos modos, la faramalla retrógrada de los gobiernos árabes, igual que la más ladina de Israel, Estado semi-teocrático, cuña del capitalismo occidental, comparable por más de un concepto y habida cuenta de los tiempos al Reino de Jerusalem que fundaron los Cruzados el año 1.099, son mera orquestación local. La tramoya es muy otra y nadie ignora que sus principales manipuladores residen respectivamente en el Kremlin y en el Capitolio. No cabe siquiera hablar del petroleo o de la completa bancarrota económica de Egipto; mayor parte que esos y otros factores semejantes ha tenido en las decisiones de Nasser la guerra de Vietnam, que Rusia tiene prisa en liquidar con un compromiso no muy ventajoso para Estados Unidos y menos aún para China. Pero era indispensable, con tal finalidad, que la grave crisis abierta con el bloqueo del golfo de Akhaba se prolongase, de preferencia la guerra misma con ventaja para los protegidos de Rusia. El hundimiento militar de éstos ha echado por tierra todos los cálculos; mucho mejor, ha revelado sin lugar a duda, con la verdadera y última causa de esa guerra, la de todos los conflictos dichos de liberación nacional, declarados o en cierne. Son función directa —y no pueden dejar de serlo ni aún queriéndolo— de los intereses del otro imperialismo mayor, aquel de que nunca hablan falsarios y oportunistas.

El reparto económico y estratégico resultante de la guerra mundial es muy dispar, en correspondencia con la disparidad entre el potencial productivo ruso y el americano y con sus respectivas importancias al decidirse aquel reparto, en Yalta y en Potsdam. La situación de hecho así establecida orienta obligatoriamente la política exterior del más débil a sustraer países a la influencia del otro, por penetración económico-política o por guerras locales. Trátase de expansión imperialista tanto como de preparación de una tercera guerra mundial, factores siempre entreverados. De ahí que las nociones de agresión, de guerra defensiva, nacional, anti-imperialista, así como su versión más estridente, la guerra "revolucionaria" china, carezcan por entero del sentido que sus voceros quisieran darlos. Al igual que la propaganda sobre los países "socialistas" y "progresistas", en el bando opuesto sobre el "mundo libre", son un procedimiento de leva militar para-imperialista. De ella se hacen cómplices quienesquiera no llamen a la lucha contra los dos bloques, aún aquellos que, como Picasso y Sartre, no se han atrevido esta vez a solidarizarse con los gobiernos árabes y sus amigotes rusos.

Los dos ramales stalinistas, pekinés y moscovita, se han encontrado de repente en estrecha alianza con gobiernos tan retrógrados incluso desde el punto de vista formal, que en los territorios de algunos de ellos subsiste la esclavitud, y con gobiernos por ellos denunciados 24 horas antes como agentes directos del espionaje americano. Y en ese concierto de déspotas del antiquísimo tipo asiático y de estafadores políticos modernos que así mismos se designan "humanidad socialista y progresista", no sorprende encontrar al mismísimo Franco, que después de haber arrojado a los mercenarios árabes sobre el proletariado español lleva una política africana coincidente con la de Rusia. Eso permitirá ver más claro a muchos hombres engañados por la publicidad stalinista, que en realidad ignoran lo que ha de ser una política revolucionaria.

Resultado no menos positivo del conflicto es la derrota de los gobierno árabes, que consentirá a las masas obnubiladas por el nacionalismo y la religión volverse hacia ideas internacionalistas. La derrota de Rusia frente al Japón propulsó la revolución de 1905, así como el descalabro militar frente a los Imperios Centrales facilitó sobremanera la revolución de Octubre. Si nada parecido hemos presenciado en esta ocasión, débese, no a imposibilidad objetiva, sino a las condiciones subjetivas que han creado, por una parte el stalinismo, y por otra la prevaricación nacionalera y stalinizante de la IV Internacional. Hace mucho tiempo que el primero practica la política capitalista que cuadra con su naturaleza. No habiéndola denunciado como tal, cómplice también del nacionalismo árabe, la IV Internacional es en primer grado responsable de la falta de movimiento revolucionario en los países árabes. Tuvo tiempo y los recursos mínimos indispensables para estar ahora en condiciones de organizar y sublevar a las masas contra sus gobiernos. Únicamente así los tanques de Dayan, cogidos por los trabajadores árabes e israelitas, habrían dado marcha atrás hacia Tel-Aviv, para derrocar también el régimen y solucionar en la fraternidad anacional el problema tres veces milenario de los judíos, que ninguna victoria militar de Israel lo conseguirá. No obstante esa grave falla, de la que adolecen hoy todos los países, las masas del mundo árabe buscarán nueva orientación y los gobernantes más cubiertos de oprobio, Nasser, Hussein, los obtusos fanaticistas del Baas, retrocederán y serán derrocados, aunque no se trate todavía de la revolución social. Los propios falsarios principales, los del Kremlin, verán cundir la rebeldía de los trabajadores rusos, ya mal retenidos por las presiones políticas y policíacas.

Otra vez, los acontecimientos dan la más seria e inequívoca advertencia. El mundo vive minuto a minuto al borde del cataclismo termonuclear, que a veces podría desencadenar cualquier aventurero encumbrado a la Nasser, a la Castro, gracias a los intereses igualmente reaccionarios de Estados Unidos y de Rusia. Y contra eso no existe otro remedio que organizar a los explotados del mundo entero, con principal insistencia en los países de los dos Bloques militares, a fin de destruir todas las armas termonucleares y clásicas, disolver los ejércitos, terminar con la producción de guerra e iniciar la comunidad socialista mundial.

¡Trabajadores de Estados Unidos, de Rusia, de China, trabajadores árabes, judíos, de cualquier nación o raza, unámonos por encima de nuestros opresores para esa acción salvadora!

FOMENTO OBRERO REVOLUCIONARIO Núcleo M