Alarma, n.º 12, mayo-junio 1969 (págs. 26-27). PDF del número completo
Con la invasión rusa hemos presenciado el Proceso de Moscú de todo un país. Sabido es que en el banco de los acusados de las falsificaciones procesales stalinistas de los años 30, no llegaban a sentarse para ser vilipendiados, calumniados y condenados, sino quienes aceptaban de antemano firmar y recitar como suyas las patrañas forjadas por la policía directamente aconsejada por Stalin. La contrarrevolución acusaba a los revolucionarios de ser enemigos del socialismo y espías. Y le era indispensable que algunos de ellos al menos se doblegasen hasta aceptar su inmundo juego, ensalzándola y cubriéndose a sí mismos de oprobio. A los recalcitrantes, los verdugos de Stalin les hacían saltar la tapa de los sesos en cualquier sótano. Luego, el procedimiento fué utilizado incluso contra seidos y colaboradores de la contrarrevolución.
No menos indispensable era a los continuadores de Stalin forzar el gobierno checoslovaco a reconocerse culpable y a justificar él mismo la invasión rusa como un acto salvador para el socialismo. Pero no ha necesitado en este caso asesinar a ningún personaje gubernamental, por la simple razón de que, siendo todos stalinistas de la más pútrida copa, cómplices y educandos de la contrarrevolución, se veían en la necesidad de admitir que la seguridad de ésta última prima sobre sus veleidades de gobernantes independientes y es en fin de cuentas su propia seguridad. Dubcek, Svoboda, Smirkowky, tuvieron a su alcance desencadenar una insurrección que habría hallado en los países vasallos, en Rusia y en todo el mundo, un eco profundísimo, tal vez fulminante. Su resistencia pasiva siempre en reculada, no era prudencia ni cazurrería a lo "bravo soldado Schweik", sino capitulación pura y simple desde el primer día. El hecho sólo de continuar diciendo que su régimen y el ruso eran socialistas, constituía ya una mentira deliberada, una estafa ideológica, y la estafa puede cambiar de aspecto pero no humanizarse. Eso no necesita argumento mayor después de las hazañas del "glorioso ejército" ruso y de las serviles contorsiones de Dubcek, Svoboda, Husak y compañía. Fiel a su perfidia, el Kremlin los acusaba de estar maniobrados por el imperialismo americano, mientras el imperialismo americano, informado, asentía a la entrada de las tropas rusas en Checoslovaquia. Los amos imperialistas de los gobernantes checos no son otros que los residentes en el Kremlin.
El suicidio por el fuego de diez o veinte hombres jóvenes y maduros, da indicio del odio y el asco indescriptibles que inspira el stalinismo, sus tropas, su métodos. Desgraciadamente, se trata de un sacrificio inoperante, de carácter mágico-religioso, como todavía es práctica de algunos bonzos búdicos. El sortilegio que hay echar sobre el stalinismo exterior e interior ha de ser social y requiere, no suicidarse, sino arrojarse sobre él armas en la mano.
Ningún stalinismo, cualquier tatuaje adopte, puede organizar ni favorecer la sublevación del proletariado indispensable para aniquilar su sistema, la contrarrevolución capitalista de Estado, de igual modo que ningún mopolio o grupo de monopolios puede destruir el capitalismo monopolista, y por idénticas razones.
Vale la pena añadir que quienes dicen defender en Rusia, ¡todavía!, algún paleontológico resto de la revolución de Octubre, no se comportarían, si llegase el caso, mucho mejor que Dubcek y Svoboda.