Alarma, n.º 12, mayo-junio 1969 (págs. 27-28). PDF del número completo

Ingalaterra es el caso más típico y antiguo de la alternancia en el poder de dos partidos políticos, sin ninguna variación gubernamental sensible, ni siquiera desplazamiento de opinión importante en el país. A los conservadores suceden los laboristas y a los laboristas los conservadores y todo continua como antes, hoy como ayer y mañana como hoy. La separación en dos partidos, el torneo electoral mismo, se han convertido en actos rituales tan carentes de significación como de transcendencia. A menudo, la victoria electoral de cualquiera de los partidos es obtenida por una mayoría de votos insignificante. Indicio inequívico de una desgana política general, notoria sobretodo en la clase trabajadora, la que tiene imperiosas necesidades de cambio.

Los laboristas, que siguen diciéndose socialista no sienda ya ni tan siquiera obreristas burgueses, no tuvieron empacho en encargarse del poder político del "Reino Unido", a sabiendas de que esta vez los conservadores les cedían el turno gustosos, a fin de que ellos sacasen a flote el zozobrante capitalismo inglés, operación imposible sino a costa de clase obrera. Helos ahí desde hace años imponiendo "austeridad", productividad, disciplina, o sea, disminución del nivel de vida, aumento de beneficios capitalistas, privación de libertad y derechos obreros, amén de carestía y recargo de impuestos.

La privación de derechos ha llegado, sabido es, hasta la restricción del derecho de huelga. La oposición de los sindicatos, parte integrante del partido laborista, es sólo de forma, no de fondo, y por ello mismo más engañosa que la promulgación de una ley. Wilson ha admitido finalmente que sean los sindicatos, es decir, los laboristas de las Trade-Unions, quienes se encarguen de regular las huelgas, de impedir las huelgas decididas por los obreros mismos (llamadas salvajes o mostrencas) y de imponer, caso de producirse, los castigos que merecen los indisciplinados. Así ha dado un paso más la institucionalización de los sindicatos como organismos reguladores de la sujeción del trabajo al capital. Nada inesperado para nosotros, cual ha sido dicho en el librito "Les syndicats contre la révolution", pero contra lo cual es indispensable organizar la acción independiente del proletariado.

Misma inmovilidad, con variantes muy secundarias, en Italia y Francia. En estos dos países, habiendo perdido la social-democracia su agarre popular, no existen partidos "obreros" de larga y respetable ejecutaria nacional. Bien es verdad que los respectivos Partidos "comunistas" no escatiman golpes bajos a la clase obrera ni bajezas ante sus gobiernos, a fin de hacerse acreedores al poder. Mas su querencia por el Pacto de Varsovia en lugar del Pacto del Atlántico que sus países suscriben, los mantiene al margen del gobierno. De todos modos, en sindicatos, municipios, parlamentos, etc., hacen el mismo trabajo que Partido Laborista y Trade-Unions en Iglaterra. De ahí que tampoco se produzca desplazamiento importante de opinión y que los escrutinios electorales se semejen unos a otros cansinamente.

Los propios acontecimientos de Mayo en Francia, no rompieron ese círculo vicioso sino por un instante. Mas no habiendo llegado a cuajar, como resultado de ellos, un centro de atracción revolucionario, ni grande ni pequeño, adocenados los "izquierdistas" en el oportunismo y la mediocridad, los sindicatos recuperan su fuerza orgánica nefasta, el gaullismo sigue montado en el poder y el país continua su tranquillo de asno de noria. Y así continuará siendo, prodúzcanse o no nuevos acontecimientos, y aunque la especulación monetaria mude en graves transtornos económicos, mientras no se destaque una tendencia capaz de encararse con la reacción capitalista desde Washington hasta Moscú, Pekín y Tokio, sin olvidar cualquiera de sus Vietcong. Es la primera clave de la futura revolución comunista mundial. El círculo vicioso no puede ser roto de otra manera, pues resulta del dominio desenfrenado de esa reacción, y de la supeditación completa o parcial de los "izquierdistas" a cualquiera de sus partes.

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"Vender su trabajo es renunciar a todos los frutos del trabajo". (Cherbuliez: Richesse et pauvreté, citado por Marx).

"Todos los progresos de la civilización, es decir, todo el aumento de las fuerzas productivas sociales, o, si se quiere, de las fuerzas productivas del trabajo mismo, no enriquecen al obrero sino al capitalista, de igual modo que los resultados de la ciencia, de los descubrimientos, de la divisoón y de la combinación del trabajo, de las mejoras de los medios de comunicación, de la acción del mercado mundial o de la utilización de máquinas. Todo eso aumenta únicamente la fuerza productiva del capital, y, puesto que el capital se encuentra en oposición al obrero, todo eso no hace sino acrecer su dominación material sobre el trabajo".

"DEJAR SUBSISTIR EL SALARIATO Y ABOLIR EL CAPITAL ES UNA REIVINDICACION QUE CONTIENE SU PROPIA NEGACION".

(Karl Marx: Fondements de la critique de l'économie politique).