Alarma, n.º 16, enero 1971 (págs. 3-5). PDF del número completo

Es sabido, que Gomulka impuso una repentina alza de precios, de 25 a 50 %, sobre los artículos de primera necesidad. Alegó ser necesario que los polacos gastasen menos en comer y más en la compra de productos industriales, aparatos caseros, radios, televisiones, motos, etc. La verdad es que los artículos de primera necesidad escasean, no llegando siquiera a cubrir una demanda ya contraida por el bajo nivel de los salarios, y que los artículos industriales, gasto supérfluo cuando no imposible para la mayoría obrera, son de mala calidad, a menudo inutilizables a poco de adquiridos. Su demanda no está siquiera en proporción con el peculio de que disponen los mejor pagados. Los almacenes se abarrotan. Un régimen socialista no tendría problema: daría, sin equivalente alguno, cada producto a quien lo necesitase. El gobierno polaco, decretando subida sobre las primeras mercancías y baja sobre las otras, obedecía a la conocida ley capitalista que regula los precios por interacción de oferta y demanda. No hace al caso que la jefatura económica dictase los porcentajes de alza y baja. Estas no son hoy libres sino en el mercado mundial... y en el mercado negro, muy extendido en Polonia. En este último se han inspirado probablemente los dirigistas de Varsovia, copiando lo que al final de la guerra hicieron sus colegas occidentales.

La clase obrera reaccionó instantáneamente, sobretodo en la región báltica, en Gdynia, Szczecin, Gdansk (Estetin y Dantzig), donde la huelga fué general y la multitud manifestó su indignación reclamando salarios más altos y libertad de expresión. El gobierno radió y publicó que quienes protestaban eran maleantes, pero emprendió enseguida la represión en fabricas y astilleros. Nuevas y más tumultuosas manifestaciones reclamando aumentos proporcionales a los de los precios, la liberación de los detenidos y denunciando las calumnias gubernamentales: "Somos trabajadores, no maleantes". Con su congénita perfidia stalinista, el gobierno hizo convocar a los obreros, por boca del secretario regional del partido, a "[ilegible] de discutir". La policía, que había tomado el lugar, disparó sobre ellos. Al mismo tiempo y en diversos lugares, fueron lanzados contra los manifestantes tanques de guerra y helicópteros que los ametrallaban desde arriba. Un mensage mal difundido por la prensa occidental, habla, testimonio de un fugitivo, de cadáveres con las entrañas desgarradas, como por balas explosivas, de hombres y mujeres aplastados por los tanques, ante cuya marcha se negaron a apartarse; lo que da idea de la desesperación del proletariado y de la indefinible crueldad de los gobernantes. Cifra en 300 los muertos en Gdynia sólo, y en 200 los de Gdansk.

La cólera de los trabajadores estalló entonces. Ya no se limitaban a reivindicar; atacaban el sistema social que les es impuesto con la mayor violencia posible estando desarmados: tomaron por asalto locales del partido pseudo-comunista, comisarías y otros santuarios gubernamentales, los incendiaron, mataron algunos policías y líderes odiados, saquearon almacenes de víveres y de ropa de que sólo están sacios los soplones y sirvientes del Partido. En algún lugar apareció la consigna: "Poder obrero". En una palabra, los trabajadores polacos hicieron aparecer bruscamente, despojadas de embaucos propagandísticos, las verdaderas realaciones entre gobernados y gobernantes, entre explotados y explotadores, la brutalidad incomparable de un capitalismo estatal que tantos se esfuerzan en presentar como socialista.

La prensa occidental de gran circulación, no sólo la filial de los asesinos de Polonia, atenua cuanto puede las proporciones de la represión y silencia el motivo profundo del alzamiento proletario, a saber, la contraposición irreductible entre asalariados y capital. Por el contrario, vocea al máximo cualquier concesión verbal de éste o aquel representante del partido dictador y sus maniobras para aplacar a los trabajadores haciéndoles creer que las cosas van a cambiar. Es una repetición de la maniobra de Gomulka en 1956. Hay que denunciar sí, una complacencia evidente de la prensa capitalista más caracterizada, y de la radio-televisión, hacia los gobernantes de los tanques y sus indefectibles protectores moscovitas. Es mayor aún que su habitual complacencia hacia Franco. Se explica, pues Franco no desempeña ningún papel fuera de España, mientras que el stalinismo presta servicios ireemplazables, no sólo contra un próximo renacimiento de la revolución, sino también para la buena marcha de los negocios occidentales.

Todo lo más, algunas publicaciones de la extrema derecha tradicional, tipo franquista, gimotean sobre la represión a fin de presentarla como inseparable de regimenes socialistas. Su hipocresía vale tanto como la de aquellos otros periódicos, por lo general stalinistas en dificultad con su clientela, que "lamentan" la represión como si fuese un error y un daño causado al socialismo, y de paso la minimizan. Ambas tendencias calumnian al socialismo atribuyéndole los crímenes de la contrarrevolución impuesta en Polonia, cual en otros países, por el capitalismo Ruso. En Polonia misma, las dos tendencias, mejor dicho los dos grupos de intereses, hacen bloque contra la clase obrera. En medio de los combates callejeros, el cardenal Wyszynski lanzó un llamamiento a la "reconcialiación nacional" y una de las primeras preocupaciones de Gierek fué asegurarse el respaldo de la alta jerarquía católica. "¡En nombre de Dios y del Partido, abrazad a quienes os ametrallan, y vuelta a cumplir los mandatos del Plan, señores huelguistas!"

Es desgraciadamente lo que se han visto obligados a hacer, tascando su ira. Tras el fogonazo insurreccional, los ha doblegado, más que la bofia, los tanques del partido dictador o los sermones eclesiásticos, su propia ausencia de organización política, al margen de todas las instituciones existentes y contra ellas. Por fuerza del totalitarismo imperante, tal organización ha de ser clandestina, pero en momentos como el que acaba de vivirse en Polonia, su existencia determinará una súbita polarización revolucionaria del proletariado y plantearía, para toda la zona de reacción stalinista, el dilema de clase en sus términos extremos: hacer saltar el aparato gobernante hasta sus cimientos, o continuar muriendo a fuego lento bajo su aplastante y envilecedor totalitarismo. Ninguna victoria obrera parcial durará siquiera un año, a menos de prolongarse vertiginosamente hasta alcanzar dicho objetivo.

Gierek no ha retirado el alza de precios decretada por Gomulka, mas aunque le forzase a retirarla la presión del proletariado, volverá a imponerla por metodos oblícuos, y pronto. En cambio, los aumentos salariales consentidos, quedan por debajo de los porcentajes de aumento de precios. Y al mismo tiempo se les reclama, vergajo en mano, mayor productividad (1), "para salvar la patria", o sea de la quiebra a sus propios opresores. Con igual pretexto, Gomulka concedió y prometió más para un futuro cuyo presente acaba de pasar al mismo tiempo que los tanques sobre los cuerpos de los obreros. Gierek dispone de margen más estrecho de tramposeo, y sin duda de ningún crédito cerca del proletariado, siempre escarnecido entre dos andanadas de metralla. Los ficticios consejos obreros puestos a funcionar otra vez, desempeñarán, sobretodo pasadas las primeras semanas, el papel de aceleradores del trabajo y de delatores. El régimen no puede tolerar otra cosa.

Mientras los obreros manifestaban y actuaban en rebelión, única forma en que puede traducirse su naturaleza de clase revolucionaria, Gierek y los suyos, parapetados tras de sus mogajos y sus gorilas, seguían haciendo funcionar tanques y policía. Cuando el nuevo secretario general acudió a "discutir con los obreros", ya no eran éstos una clase revolucionaria en acción, sino hombres diezmados y abatidos por los tanques, hombres sobre los cuales "el orden reina en Varsovia".


(1) Un kilo de carne costaba, antes del alza, la vigésima parte del salario mensual de un obrero medio.