Alarma, n.º 18, Julio 1971 (págs. 10-14). PDF del número completo
Entre los innumerables tópicos manidos que botan y rebotan de una organización a otra, de un texto obrerista al siguiente texto, ninguno engaña tanto como el de la unidad. Oportunistas y fraseólogos, demagogos y burócratas arrellanados en sus enchufes, alquilones y enemigos apenas encubiertos del proletariado, sírvense del tema como de un recurso seguro para causar efecto y tapar con él lo que les conviene. Y mientras más se trata de grupos de intereses político-sociales adosados al capitalismo, mayor estridencia ponen en acusar a los opositores de escisionistas, autonombrándose ellos campeones de la unidad de la clase obrera.
A la última categoría pertenecen ante todo los partidos stalinistas y sus sindicatos, yéndoles no muy en zaga las Trade Unions de Inglaterra y Estados Unidos, la central sindical alemana, los sindicatos social-demócratas y cristianos en cualquier parte, mentores políticos incluidos. Y bien, la unidad por ellos preconizada tiene significación orgánica y valor social concomitantes con la unidad nacional siempre reclamada y a menudo impuesta por los gobiernos capitalistas. Esta nos da la clave de aquella. Hay pues que definirla.
La unidad nacional no puede existir de hecho sino como ficción, ora inculcada por los infundios característicos de la cultura capitalista, ora conseguida por coerción policíaca. El tema unificador, sea defensa militar, "grandeza de la patria", industrialización o cualquier otro, no es ni será jamás el de todas las clases y orientaciones políticas, sino el de los dominadores exclusivamente. Por mucho que consigan éstos acallar las críticas y paralizar las luchas internas, es por medio de presiones educativas y represivas, por medio de la ignorancia fomentada y del miedo. Los motivos que originan la disparidad de intereses siguen presentes, y, acumulados por la represión misma, listos para estallar a la primera oportunidad. Las tendencias centrífugas perturban la unidad nacional, la ruptura deliberada de la misma pone frente a frente, escuetos e inconciliables, los intereses y tendencias históricas contrapuestos. En suma, la unidad nacional es una expresión de la lucha de clases, pero una expresión de su polo capitalista; la expresión del polo opuesto, el de la lucha de clase del proletariado, no es otro que el desbarate de dicha unidad, hasta supresión del factor o polo que la utiliza.
En ese intento, el proletariado ha de forjar su propia unidad, su propia homogeneidad de clase, que no está dada, cual creen muchos, por el común denominador de la explotación, sino que tiene que elevarse de él hasta el acto que lo desembarazará de la posibilidad misma de ser explotado. Confinado en su cerco de clase asalariada será siempre juguete fácil del capital. En efecto, cualesquier concesiones económicas y políticas obtenga, a veces gracias a ellas, continuará agobiado bajo su enorme fardo. Por eso Marx pensaba que el proletariado no se constituiría realmente en clase, sino tomando en sus manos el destino de la sociedad, erigiéndose en clase gobernante. Tanto vale decir que la unidad de clase del proletariado es no sólo requisito de la revolución, sino también el paso decisivo para la desaparición de clases, del propio proletariado por ende.
Consecuentemente, ante cualquier palabrería unitaria los trabajadores deben preguntarse: ¿de qué tipo de unidad se trata? En el decurso de los acontecimientos mundiales abundan, a partir de 1914, ejemplos ilustrativos de lo que es unitarismo demagógico, reaccionario, sin que falten ejemplos de unidad de clase real. La primera suspende, cuando no combate, la lucha de clase del proletariado; la segunda la lleva a su ápice. Conviene pasar algunos en revista.
Al estallar la primera guerra mundial, la Segunda Internacional, que meses antes, en su congreso de Bâle, se había comprometido a combatirla median te la huelga general y la insurrección en toda Europa, se somete y somete la clase obrera a los imperativos bélicos del capital en cada país. Lo que era proyecto de unidad de clase en la acción revolucionaria internacional, fué bruscamente reducido a palabrería unitaria dentro de la unidad nacional aceptada por las organizaciones políticas y sindicales, por ellas y la policía impuesta a los trabajadores. Quienes no se sometieron, los hombres y grupos internacionalistas, fueron acusados de divisionismo. Pero fué uno de los grupos que con mayor arrojo y clarividencia rompieron el unitarismo socialdemócrata, el de los bolcheviques, el que consiguió, en 1917, restablecer la unidad de clase hasta alcanzar la toma del poder. Así, la demagogia unitaria aparece por primera vez en el siglo XX como consecuencia de una traición a las exigencias internacionalistas del proletariado, a su unidad real, y en segundo término como subproducto y auxiliar de la unidad nacional del capitalismo y para el capitalismo.
Es indiferente que ésta última se subdivida en grupos antagónicos por países o alianzas de diversos países en competencia imperialista o en guerra. De igual modo y por razones derivadas, la demagogia unitaria puede dividirse, y de hecho está casi siempre dividida, en grupos sindicales y políticos concurrentes; la unidad que buscan, la que practican por separado o juntos, es invariablemente la que mantiene el proletariado uncido al capital, mientras ellos desempeñan la función de yugo.
Años después, y sin cambiar de nombre, los partidos comunistas de la Tercera Internacional (ya stalinistas), sobrepasan muy de largo toda la falacia anterior y todas las infamias cometidas hasta entonces aceptando, como patriotas de choque, los objetivos imperialistas de los gobiernos aliados a Rusia, democráticos o fascistas indistintamente. Las resistencias nacionales, principalmente animadas por ellos, pusieron sobre sus carriles, en Europa occidental, un sistema capitalista que la lucha de las masas contra la guerra hubiera podido y debido aniquilar. En la resistencia se confundían por entero la unidad nacional de los explotadores y el unitarismo reaccionario de los partidos stalinistas. No se trataba ya, cual se abocecan en decir tantos, de una capitulación ante la burguesía comparable a la de los socialistas en 1914. Quienquiera no vea que esa actitud del stalinismo, así como toda su política actual, proceden de una identidad de sistema económico, y por ende de intereses históricos entre Rusia y los otros capitalismos, se desarma de antemano frente al enemigo. El vástago insolente que es China está comprendido en la misma categoría económica. Dicha identidad de sistema ha sido validada por el entronizamiento, con mares de sangre, de la contrarrevolución capitalista de Estado en Rusia, y revalidada por servicios de la misma al capitalismo mundial tan importantes como la destrucción de la revolución española y de cualquier tentativa revolucionaria posterior, en zona americana tanto como en zona rusa.
A propósito de la revolución española, cuya experiencia es decisiva para conocer el stalinismo, se oye decir frecuentemente que Franco debió la victoria a la división de partidos y sindicatos en la zona roja. Embuste deliberado para borrar responsabilidades. Franco triunfó como consecuencia obligada de la destrucción de la revolución, consumada, no por él, sino gracias a la unión de todos los partidos y centrales sindicales en torno a la quimérica y reaccionaria idea: "Primero ganar la guerra; después la revolución". Era de origen stalinista y el stalinismo tomó a su cargo, por vocación congénita, la faena represiva. Los propios partidos burgueses anduvieron coleando detrás de él. La unidad de clase se manifestó allí en su mayor amplitud aplastando al ejército nacional el 19 de Julio de 1936; y por segunda vez en la insurrección de Mayo de 1937, dirigida contra la obra destructora de la revolución llevada a cabo por el stalinismo con su Frente Popular.
Está claro que unidades del género stalinista, o simplemente con él, son mortales para el proletariado. Ahora bien, con él, faz política y faz sindical, no cabe otra unidad ni otro frente único que ese. Trátese de un problema político simple o complejo, local o mundial, o bien de reivindicaciones en cualquier sector obrero, él se inspira y no puede inspirarse sino en los intereses capitalistas peculiares que lo engendraron y sin los cuales no subsistiría. Cuanto haga y diga en sentido democrático o reivindicativo, siempre mezquino, son caracoleos tácticos enderezados a su objetivo totalitario. Nada más torpe, nada más descabellado que acusarlo de oportunismo o de claudicación ante la burguesía. En nuestras latitudes está preparando, por el contrario, la claudicación de la burguesía ante él, según ocurrió en Europa oriental. Su democratismo, e incluso la distancia que a veces toma respecto de los hechos más viles de sus amigos (invasión de Checoslovaquia, represión anti-obrera en Polonia, etc.) meras verbalidades, le son impuestos por su situación en Occidente, donde sus maniobras no pueden acarrear resultados sino a largo plazo y cubriéndose con piel de cordero. También los partidos fascistas, en Italia, en Alemania, en España misma, hablaron en nombre de la democracia y plantearon reivindicaciones obreras, llegando hasta declarar huelgas en su fase de oposición.
Un pensamiento riguroso tiene pues que considerar oportunistas y claudicantes, no los partidos stalinistas, que desempeñan su papel, como cualquier partido capitalista, sino aquellos otros que se proponen llegar con él a la unidad de acción y que la practican aceptando por marco de lucha sus cotos sindicales. Con ellos no hay lugar para la unidad de clase del proletariado; tan sólo para el unitarismo demagógico que amordaza a cada trabajador individualmente y afianza la explotación de la clase.
El carácter capitalista y reaccionario del stalinismo es una de las realidades políticas más importantes de la actualidad, pero una realidad ignorada o negada por casi todas las tendencias obreras dichas izquierdistas. No sabiendo con qué clase de enemigo tienen que habérselas, se han mostrado y continuarán mostrándose inaptas para combatirlo. La apatía del proletariado y su acorralamiento por los aparatos sindicales encuentran explicación sobrada en esa incapacidad.
El cometido más urgente de una organización revolucionaria consiste en romper la unidad que sindicatos y stalinismo preconizan e imponen amparados por la ley capitalista, a veces por la policía también. Es parte de la unidad nacional capitalista en tiempos de paz. Y semejante cometido no cambia por el hecho de que el stalinismo sea, en determinados lugares, una organización de importancia numérica secundaria (Inglaterra, Estados Unidos, Bélgica, Alemania Federal, Japón) o ilegal y perseguida (España, Grecia, Indonesia, algunos países de América del Sur); no cambia, tan sólo se matiza. Entre sindicatos y partidos pseudo-obreros no stalinistas y stalinistas, la diferencia está dada por el origen de unos y otros y por sus lazos actuales. Aquellos tienen su base material en las relaciones de producción capitalistas, según han ido involucionando hasta la tecnocracia, de la cual son el órgano dirigista asignado a la clase trabajadora; estos otros tienen sus raíces en la contrarrevolución rusa, con ella están indisolublemente comprometidos, y calcarla es su desideratum. La pertenencia al mundo capitalista es una y la misma en ambos casos, sin otra contradicción que la inherente al sistema mundial de explotación. Este se encuentra dividido en grupos de potencias que lejos de destruir su homogeneidad capitalista la ratifican por sus guerras locales, por su rivalidad en todas partes, por la amenaza de guerra mundial. Así, tampoco la separación en centrales sindicales y partidos pseudo-obreros adictos a uno u otro bloque rompe su unidad capitalista esencial. Unicamente cabe, frente a unos y otros, modular argumentos y pasos tácticos; el objetivo estratégico permanece invariable. Incluso en casos extremos como el de España o el de Grecia, donde sindicadores stalinistas y no stalinistas son mantenidos a raya por el poder existente, se les ve cortar invariablemente el paso a cualquier desarrollo revolucionario y ofrecerse sin recato como futuros encuadradores de los asalariados, para mayor abundancia de la plusvalía, sin que esté excluído el designio de arrimar el hombro a sus metrópolis imperialistas respectivas. Romper la unidad que ellos proyectan imponer en sucesión de Franco y Papadopulos, constituirá el primer paso del proletariado camino a su revolución.
Hay que proseguir machaconamente la demostración, pues por los tiempos que corren quienes pretenden estar en vanguardia llevan 30 años de retraso, la mente congelada. La unidad capitalista del mundo ha recibido confirmaciones tan incontestables como la lucha contra la revolución española en 1936-39, llevada convergentemente, aunque con métodos diversos, por el imperialismo occidental, el ruso y por las potencias fascistas; el aplastamiento de la revolución griega en 1944 por Inglaterra y Rusia en conciliábulo; el robustecimiento del capitalismo en Francia e Italia gracias en primer lugar a las centrales sindicales y partidos pro-rusos; la instalación, en Europa Oriental, con el consentimiento y la ayuda de Estados Unidos, de regímenes modelo moscovita; la crónica represión por el Kremlin y sus régulos, de cuantas tentativas insurreccionales, o siquiera de rebeldía, se han presentado en Europa Oriental; represión siempre respetada por el imperialismo del dólar; en fin, y sin traer a cuento sino lo muy grueso, el exterminio de más de un millón de bengalís (y continúa la matanza), en el cual colaboran con armas Rusia, China, Estados Unidos y otros, y asintiendo desvergonzadamente, sus respectivos mercenarios y secuaces, hasta los frentes de "liberación" de aquí o de acullá, sin contar los vociferantes cuanto huecos grupos pro-chinos.
Pasando de lo concreto a lo general, de los efectos a las causas, la unidad capitalista que circunscribe a Oriente y a Occidente está dada por su común explotación del trabajo asalariado, y por el reparto de esa misma explotación en escala internacional. De ahí emana la coexistencia pacífica y la guerra fría con sus focos de guerras locales, unos activos, otros extintos, terceros en fase de rescaldamiento. Es el anverso y el reverso de toda competencia inter-imperialista, sin que hayan cambiado más que los señuelos propagandísticos. Carecen de rigor quienes no sacan de las causas generales todas las consecuencias que se derivan, y por ello se sitúan, quiéranlo que no, más o menos al margen de la actividad revolucionaria.
La más importante de dichas consecuencias consiste en que los sindicatos y los partidos otrora obreros forman ellos mismos parte inseparable, orgánica e ideológicamente, del capitalismo mundial. De él viven, con él morirán. No empecen —repitámoslo— las filiaciones de bloque, ni que algunos simulen independencia. Esa disonancia corrobora, por su naturaleza misma, su común pertenencia al mundo de la explotación, además de que la hemos visto transformarse docenas de veces en concordancia, si no en fusión, en cuanto surge un acto de unidad revolucionaria del proletariado.
En la actualidad, tales prácticas de unitarismo reaccionario entre partidos y sindicatos son incesantes, abarcan todas las ramas de la producción, la política diaria y son muy premeditadas, a imitación del dirigismo capitalista en cuyo ámbito prosperan aquellos. La multiplicación de las huelgas llamadas salvajes representan una ruptura empírica del unitarismo demagógico, ruptura que no saben interpretar ni apoyar como sería necesario los propios grupos izquierdistas que la aplauden. Son los únicos paros que en verdad merecen hoy el nombre de huelgas. Los patrocinados por los sindicatos no son otra cosa que movimientos de balanceo indispensables para reajustar la clase obrera a los requerimientos de la acumulación de capital; hablando sin medias lenguas, se trata de actos de esquirolaje organizado, tanto si se considera el carácter miserable y jerarquizado de las demandas, como la limitación en el tiempo de los mismos. En cuanto alguno de ellos rebasa el límite de las 24 o las 48 horas, los sindicatos se desviven por terminarlo a favor de la menor "concesión" patronal. Y así, de cada pseudo-huelga, haya o no convenio intersindical, la clase trabajadora sale más desmoralizada, más desorientada y más alejada de su unidad revolucionaria; por el contrario, los sindicatos van haciéndose, al mismo paso, cada día más indispensables a "la economía nacional".
Es que el círculo de la acumulación ampliada del capital (el llamado, con expresión tortuosa, "taux de croissance") tiene apresados a los sindicatos con sus partidos, no a regañadientes, por cierto. Alzarse contra él constituye para ellos sacrilegio, pues lejos de tener, cual aseguran izquierdistas livianos, una doble naturaleza a la vez obrera y burguesa, se consideran a sí mismos como los futuros depositarios y administradores del capital nacionalizado, mientras que hoy son su brazo ejecutor legal... y estipendiado. Tampoco tienen otro porvenir que ese, salvo su destrucción por la clase obrera en lucha. El Estado y las organizaciones patronales son más lúcidos que los izquierdistas1.
La unidad de la clase obrera no puede hacerse de cualquier modo ni con quienquiera, aunque toda ella estuviese comprendida en una sóla organización. No se trata de un problema orgánico, ni de acuerdos prácticos de lucha entre diversas corrientes, sino de un gran problema de concordancia entre la acción subjetiva de la clase, o siquiera de una parte de la misma, y las máximas posibilidades revolucionarias, objetivas, en cada momento y lugar. Cuando la técnica moderna ha rebasado holgadamente lo necesario para que la sociedad se adentre aceleradamente en el comunismo, la unidad de la clase, su personalidad como tal, tan sólo puede alcanzarse mediante luchas enderezadas sin tapujos contra la sociedad de explotación2. Trátese de horas de trabajo, de condiciones y reglas del mismo, de paga (o sea de consumo), de organización general de la producción o de la dirección política de la sociedad, la concordancia unitaria entre posibilidades y acción de la clase ha de producirse combatiendo por el máximo, vale decir por la gestión, en todos los dominios, de la clase obrera rumbo al comunismo.
Toda consigna no enderezada en tal sentido testimonia de un acatamiento de las condiciones de pervivencia del capitalismo. Antaño, la causa de ese acatamiento era el vigor del sistema en desarrollo, causa objetiva pues. Aun así, Marx advirtió que el proletariado cometería un error fatal concediendo demasiada importancia a la lucha por reivindicaciones dentro del capitalismo. En la actualidad no existe otra causa de acatamiento que subjetiva. Ha sido inducido a la clase obrera por el predominio político y sindical del stalinismo en primer término, en segundo por la molicie socialdemócrata acomodándose a una sociedad decadente. Pero, de las condiciones objetivas y subjetivas de un capitalismo artificialmente mantenido en vida gracias a un boca a boca recíproco entre Oriente y Occidente, pugna por surgir un nuevo subjetivismo en armonía con las grandiosas y hasta ahora inaprovechadas posibilidades de transformación radical de la sociedad.
El constituirá la unidad de la clase, que ha de ser redondamente revolucionaria o de lo contrario tendrá un carácter negativo, si no funesto. La unidad de la clase hay que forjarla mediante grupos de obreros revolucionarios en las fábricas, que luchen y orienten a sus camaradas de trabajo en pro de las reivindicaciones máximas, siempre al margen de los sindicatos y abiertamente contra ellos. Ni más ni menos que el Estado, los órganos capitalistas para la venta del trabajo asalariado que son los sindicatos, tampoco pueden ser utilizados para abatir el capitalismo. Y quienes, diciéndose anti-stalinistas y revolucionarios, se afanan queriendo "implantarse en la clase obrera" a través de los sindicatos o proponen una central única, disparan contra sí mismos y contra la futura unidad revolucionaria del proletariado.
Verdad es que ellos prefieren amodorrarse con rezos de Lenin y de Trotzky antes que señalar un error por éstos cometido o que descubrir lo que no vieron o no podían ver. Viven teóricamente enclaustrados en la táctica de la revolución rusa, que el Programa de Transición sistematiza por primera vez. Su conservantismo a prueba de denegaciones estrepitosas infligidas por la historia reciente, es ajeno al pensamiento revolucionario; apenas si es reformista.
Junio 1971
G. Munis
Una revista del gran capital francés, l'Usine Nouvelle, representaba el éxito del VI Plan de producción en forma de tres personajes cogidos del brazo y satisfechos: el Estado flanqueado por la patronal y los sindicatos. ↩
Véanse las medidas concretas propuestas en Pro Segundo Manifiesto Comunista, de Fomento Obrero Revolucionario. ↩