Alarma, n.º 18, Julio 1971 (págs. 1-2). PDF del número completo

Las elecciones sindicales todavía en curso, serán muy probablemente las últimas o las penúltimas organizadas por el régimen. Tienen por eso mayor significación que las anteriores para delimitar actitudes en la clandestinidad, anuncio de lo que representarán en la futura legalidad las diversas tendencias.

Durante casi todo el interminable tiempo de la dictadura, las organizaciones de la emigración y las clandestinas, antiguas o nuevas, fueron unánimes en boicotear las elecciones sindicales, tratárase de la presentación de candidatos a delegados o del "voto". Desde hace años ha habido cambios importantes. Por una parte, los franquistas en desbande que se rebautizan "democracia cristiana", empezaron a distinguirse, dentro de los sindicatos verticales, de sus colegas falangistas, constituyendo oposición más o menos formalmente delimitada. Por otra parte, el stalinismo o pseudo-comunismo aceptó la organización de la dictadura como "marco de maniobra táctica" (siempre la "táctica" para tapar lo hediondo); en realidad como proyecto estratégico bien definido. Ambas tendencias actúan en contubernio desde entonces y cada vez más entrelazadas. Nadie ignora que las llamadas "Comisiones Obreras" son emanaciones sindicales suyas, salvando alguna que por circunstancias particulares se constituyera aparte o se les haya desmandado. Pero no son éstas, sino aquellas las que disfrutan de cierta tolerancia gubernamental, aparecen a menudo como organismos semi-legales y siempre postulando su legalización.

Cristianos y stalinistas son los únicos que invitan los trabajadores a votar y que presentan candidatos bajo la égida de los sindicatos verticales, es decir, reconocidamente patronales. Las demás tendencias, salvo alguna que otra excepción meramente local, propugnan la abstención. La diferencia es de cierta importancia por ahora, pero secundaria para el porvenir del proletariado.

Dando a los sindicatos falangistas una vida que nunca tuvieron, los participadores prolongan la duración de la dictadura. Su "táctica", sinembargo, no carece de sentido. Situados dentro del enorme y opulento aparato que son los sindicatos, esperan adueñarse de él, bienes muebles e inmuebles comprendidos, en cuanto desaparezca la dictadura de Franco. Es el objetivo estratégico escondido tras la "táctica" y los argumentos de unos y otros. Las citas de Lenin que el stalinismo sirve a su parroquia, hacen oficio de tranquilizante religioso, ya con igual sentido que las referencias a Juan XXIII y otras vaticanerías exhibidas por sus compinches.

En resumen, su actitud sindical, igual que su comportamiento político, es la de sucesores del régimen. Dominar la clase obrera desde la central sindical falangista por ellos invadida, y monopolizar la venta de la fuerza de trabajo al capital es para ellos meta consciente.

Las tendencias que continúan propugnando el boicot constituyen grupos sindicales ya unidos a la U.G.T., a la C.N.T., a la C.T.V., ya por cuenta propia. Pululan las ofertas sindicales. Es supérfluo, e imposible aquí, hacer su recuento y considerar a cada una de ellas por separado. Cualquier singularidad o mérito se descubran las unas respecto de las otras, todas sin excepción conocida caen dentro de una misma categoría: la de quienes ofrecen a la clase trabajadora un sindicato como marco de lucha actual y futura. Si alguna excepción existiese, sería un contrasentido que actuase sindicalmente. Puede considerarse probable que anima a esas tendencias el propósito de desembarazarse del aparato sindical falangista, pero... a fin de erigir otro u otros si no llegan a entenderse.

Ahora bien, la clase trabajadora española está mostrando en la práctica diaria y a despecho de múltiples solicitaciones en contrario, que sabe defenderse por sí misma frente al capital, sin necesidad de sindicato alguno. La experiencia internacional de las huelgas llamadas salvajes, o sea, sin los sindicatos o a pesar de ellos, es coincidente. Y por su parte, el análisis teórico de las condiciones actuales corrobora: la no sindicación del proletariado facilita su defensa inmediata y constituye condición indispensable de la futura destrucción del capitalismo. Los sindicatos, repitámoslo mil veces, han venido a ser rediles del capital para la explotación de la fuerza obrera de trabajo, y ya no tienen latitud de ser otra cosa.

Por consecuencia, el único boicot que debe ser tenido por revolucionario, es, no el que se reduce a las elecciones convocadas por la dictadura, sino el que se extiende a cualquier sindicato actual o futuro. Hay que patrocinar la organización de la clase obrera por unidades de producción, por conjuntos agrícolas en el campo, las asambleas generales para todos los acuerdos y decisiones, la elección y la revocación libres de representantes obreros y de comités de huelga, en una palabra, la soberanía absoluta de la clase en su conjunto y en cada lugar, para cuanto la concierne. Todo trabajador, sin distinción de sexo ni edad, debe tener los mismos derechos de discusión y de decisión mediante el voto; todos son elegibles. El proletariado tiene que liberarse de la tenaza sindical para acometer su propia emancipación. Los primeros en inducirlo en tal sentido han de serlo los revolucionarios, constituyendo a tal efecto, en los lugares de trabajo, grupos independientes que den el ejemplo y sean aptos para promover la acción de la clase sin los sindicatos y pasando por encima de los sindicatos.

Si la no sindicación del proletariado aparece ya muy netamente como condición de su defensa y de su ataque al sistema, la no sindicación de los revolucionarios es su convalidación como tales revolucionarios hoy y aparecerá en un futuro cercano como el primer paso hacia la revolución comunista. Tal es el sentido y la importancia de la no sindicación.

En las condiciones de España, casi óptimas para la organización del proletariado por sí mismo y para sí mismo tan pronto caiga la dictadura, cometen peor que un oportunismo, un error fatal, por no decir un crimen político, quienes, diciéndose anti-stalinistas y anti-reformistas, arrojan también a los piés del proletariado el cepo sindical.