Alarma, n.º 19, Octubre 1971 (págs. 7-9). PDF del número completo

En el pasado, las crisis monetarias precedían a menudo a una crisis general de la actividad económica: cúmulos enormes de mercancías sin venta, aún ofrecidas a bajo precio, quiebras en cadena de bancos y de grandes compañías y trusts, catástrofe bursátil, despidos de trabajadores en masa, paro obrero por decenas de millones en los países industriales, vagabundaje, con cuantas miserias y sufrimientos acarrea todo ello para quienes la venta cotidiana de la fuerza de trabajo es el único medio de vida. En eso consiste, referida al sistema capitalista, una crisis cíclica o de sobreproducción. Referida a las necesidades de la población en cada país y mundialmente, se trata, al contrario, de una crisis de subconsumo. No es que haya demasiados productos, ni de consumición inmediata ni de maquinaria para un aumento ulterior de la producción, es que no se puede consumir sino comprando, lo que reduce el consumo a lo que se gana, una minoría exceptuada, y por repercusión las inversiones de capital.

¿Va acercándose el sistema capitalista a una crisis de ese género? La respuesta no puede ser terminante en ningún sentido. Desde la última y más grave de las crisis cíclicas, la iniciada en 1929, no ha habido ninguna recurrencia. Lo que se llama recesión es una mengua de la acumulación ampliada de capital, mientras que la crisis de sobreproducción se caracteriza por la desaparición temporal de la acumulación, al menos en ramas importantes, e incluso por la disminución del capital. Precisamente a partir del New Deal de Roosevelt, el capitalismo, mucho más concentrado y consciente de su funcionamiento, ha aprendido a dirigirse y a evitar escollos. Ni sus inversiones en las múltiples ramas de la economía, ni su producción anual, ni la capacidad del mercado, ni sus proyectos de futuro crecimiento ocurren hoy de manera enteramente caótica como en el pasado. Además, dispone de mecanismos para suavizar las consecuencias de desequilibrios imprevistos. En suma, ha dejado de estar inerme ante unas leyes económicas que ignore por completo. No obstante, los factores imponderables no han desaparecido, sobretodo en el área internacional, y algunos son absolutamente irreductibles al más ducho de los dirigismos. En consecuencia, la crisis de sobreproducción podría imponérsele, aunque cuente con menos probabilidades que en el pasado.

Las medidas anunciadas de sopetón por Nixon, conjuren o no la transformación de la crisis monetaria en crisis de sobreproducción, tendrán por efecto infalible acentuar el dirigismo económico, incluso estatal, en Estados Unidos, y el de los Estados Unidos sobre el resto del mundo. Nixon dicta sus medidas al exterior no menos que fronteras adentro. Suprimiendo la convertibilidad del dollar en oro, pidiendo una revalorización de las otras monedas occidentales, imponiendo nuevos derechos aduanales a las mercancías importadas, no sólo procura extender el comercio exterior americano, que ya abarca más de la mitad del comercio mundial, sino asegurar en favor del dollar una ventaja que le permita cubrir parte de sus gigantescos gastos militares, chancro amenazador, y atraer por lo menos parte del oro que ha emigrado a los bancos europeos. Ningún gobierno dejará de someterse siquiera a regañadientes, porque les es indispensable el cobertizo de la economía yankee para contemplar una futura mejoría de sus negocios. En la Organización de Cooperación y de Desarrollo Económico, centro dirigista principalmente europeo, ya hablan de "hacer de la necesidad virtud".

En su propio país, Nixon, acordando altos créditos a nuevas inversiones industriales, dando garantía estatal a ciertas grandes compañías, congelando precios y salarios, acentúa el imperio del Estado sobre el capital, y el del capital como un todo sobre la clase trabajadora, que pagará en definitiva los tiestos rotos, allí e internacionalmente. A notar que la central sindical AFL-CIO, como parte del engranaje explotador que es, aceptó con antelación la congelación de los salarios y se ha comprometido a no propiciar huelgas durante el tiempo reclamado por Nixon, 90 días. Si el plazo fuese 900 días haría igual.

Todos los grupos que se dicen revolucionarios, desde los de la IV Internacional hasta los consejistas, dan por inevitable una crisis de sobreproducción, pretenden que estamos ya entrando en ella. Les lleva a asegurarlo, no un estudio serio y completo de la situación actual del capitalismo, pues ninguno está siquiera en condiciones de hacerlo, aunque quien más quien menos llene largas páginas sobre el tema; no, es en ellos una fe, un credo en la incapacidad del sistema para introducir en su rotación un orden —o un desorden— mínimo con arreglo a sus propios valores. La inconsistencia de semejante afirmación merecería pasarla por alto, si no se doblase de un segundo credo netamente pernicioso. Los mismos grupos, en efecto, uno a uno, ven en la crisis de sobreproducción el medio ambiente indispensable para despertar la consciencia del proletariado y hacer la revolución. En realidad, éste segundo artículo de fe es antecedente y no consecuente del primero, mientras que el conjunto tiene los caracteres de un dogma.

Como prueba objetiva de tales afirmaciones es presentada casi siempre la siguiente cita de Marx:

"Llegadas a cierto grado de desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en colisión con las relaciones de producción existentes o con las relaciones de propiedad en cuyo seno se movían hasta entonces, que no son sino su expresión jurídica. Hasta ayer formas de desarrollo de las fuerzas productivas, dichas condiciones se convierten en trabas graves. Empieza entonces una era de revolución social".

Esa cita no se refiere en manera alguna a las crisis de sobreproducción y traerla a cuento a tal propósito es hacer trabajo de embrollón. Tampoco otra más atinada demostraría, es evidente, que el mundo esté adentrándose, ahora, en una crisis de sobreproducción. Marx alude ahí a todo un tipo de civilización que entra en una crisis para él insoslayable e insoluble. Por completo diferentes son las crisis de sobreproducción, desarreglo pasajero del sistema, que éste mismo ha resuelto múltiples veces sin perder su viabilidad social. Por el contrario, la crisis de sistema originada por la colisión entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción, va en agravación incesante una vez iniciada, y su única solución consiste en un trastrueque revolucionario que ponga en armonía fuerzas productivas y relaciones de producción.

Los creyentes en la inevitabilidad de la crisis de sobreproducción no distinguen entre los dos tipos de crisis. Todo lo más, presentan como manifestaciones de la crisis de civilización las mismas de la crisis cíclica, agravadas, y ello los conduce a considerar indispensable para la revolución que decenas y centenares de millones de trabajadores sean arrojados al paro y a la extrema miseria. Por otra parte, se les antoja que si el capitalismo supiera sortear la crisis de sobreproducción y aumentar su potencial, sería eso un signo de buena salud que quitaría actualidad a la revolución. El error es completo y de los peores que puedan cometerse. Indica, en efecto, que quienes incurren en él no ven claro en qué consisten las manifestaciones de la crisis de la civilización capitalista, no sabiendo, por consecuencia, qué oponerle, ni cómo luchar contra aquellas y contra ésta. Sin el desbarajuste de la crisis cíclica les parece imposible que el proletariado adquiera consciencia revolucionaria, y ellos mismos se ven condenados a vivir indefinidamente en cenáculo. Por eso les es indispensable el credo.

A nuestro entender, el capitalismo tiene probabilidades de evitar la crisis de sobreproducción, la repetición, que esta vez sería en escala mucho más vasta, de la de 1929. Pero sólo la experiencia puede mostrar si tiene o no en sus manos todas las palancas necesarias para ello. Afirmar una cosa u otra en estos momentos, es mera ligereza de cascos, porque cuando los datos que permitirían inclinar en pro o en contra sean asequibles, el peligro de crisis o la crisis misma si llega, habrán pasado.

Afirmemos, por el contrario, que nosotros no deseamos esa clase de crisis, porque no la consideramos indispensable, ni tan siquiera favorable para la revolución. Su primer efecto sería encubrir lo principal, la crisis del capitalismo como sistema de producción, como civilización. El problema y la reivindicación más urgente sería entonces la reanudación del trabajo en cualesquier condiciones que fueren, rechazando en la lejanía aquellas otras reivindicaciones económicas y políticas directamente enderezadas contra el sistema, mismas que hoy se puede y se debe defender como inmediatas. En tercer lugar, y sin referirnos sino a lo más importante, la gigantesca extensión de la miseria que acarrearía una crisis de sobreproducción permitiría a los grandes aparatos políticos y sindicales imponerse fácilmente a las masas hambrientas y canalizarlas al capitalismo de Estado. Al reanudarse la actividad industrial nos encontraríamos con un proletariado mucho más sometido que hoy al capital, más alienado, más distante de la consciencia revolucionaria.

Por último, proclamamos que la consciencia revolucionaria no puede engendrarla sino una actividad del proletariado que contraponga soluciones socialistas a cada uno de los aspectos del capitalismo en su funcionamiento normal, tratándolo como sistema de asociación humana caduco, ya reaccionario y pernicioso, y que eso es mucho más hacedero sin crisis de sobreproducción que con ella. La bancarrota del sistema de civilización basada en capital y salariato ofrece sobrados motivos y problemas concretos para suscitar la rebelión contra él. Bien torpes los revolucionarios que no lo ven.

FOMENTO OBRERO REVOLUCIONARIO

Núcleo M

"Pero el único camino real por el cual un sistema de producción y la organización social que le corresponde se encaminan a su disolución y a su metamórfosis, es el desarrollo histórico de sus antagonismos inmanentes. Ese es el secreto del movimiento histórico que los doctrinarios, optimistas o socialistas, no quieren comprender".

MARX