Alarma, n.º 25, 2º trimestre 1973 (págs. 1-2). PDF del número completo
Nada más que en San Andres del Besós, suburbio obrero de Barcelona, hubo el mes de abril un muerto, un desaparecido, decenas de heridos, centenares de detenidos. Muchos más heridos contusionados y detenidos en otras partes. Se cuentan por decenas los trabajadores y estudiantes víctimas de los mismos fusiles policíacos en los años recientes, sin hablar de los millares de hombres condenados a largos años de prisión. Pero, caso rarísimo, ha muerto también un "representante del orden". ¿Cómo? En uno de esos actos de arrojo en que centenares o miles de policías, armados desde el instrumento contundente a la ametralladora, estratégicamente situados y muy entrenados, cargan a manifestantes más o menos numerosos, por completo desarmados siempre, y que acuden a sabiendas de que sólo podrán oponer a las balas el pecho descubierto. Si murieran, no uno sino todos los policías, aún estarían los manifestantes en un caso patente de legítima defensa. Legítima por partida doble: porque se defienden a mano limpia contra una agresión armada y premeditada de gente que, por añadidura, tiene garantizada la impunidad legal, y también legítima en el más alto grado por lo que representan respectivamente los manifestantes y las fuerzas del orden. Parte, los primeros, de la clase que crea toda la riqueza existente sin recibir más que una pequeña porción para malvivir (salario), por añadidura maltratada y sin ninguna libertad. ¿Y los componentes de la segunda, que son? Individualmente, casi todos haraganes que han encontrado esa manera de comer y de asegurarse el porvenir sin pena; colectivamente, tropa mercenaria alquilada en permanencia para la ejecución de las obras más viles del sistema; socialmente, nada, sino parte de la escoria humana continuamente creada por el capitalismo, como crea estafadores, ladrones profesionales, carteristas, prostitutas y chulos, sin hablar de la escoria situada arriba.
Precisamente con ocasión de la muerte del policía referido, los altos y los bajos peldaños de la matonería oficial han coincidido, los unos reclamando más armas y mayor holgura para dispararlas, los otros, por boca del ministro de Gobernación, declarando que las armas eran precisamente para dispararlas y aumentando el contingente policíaco. ¡Fuego a discreción! ¡Adelante los valientes, contra esos cobardes manifestantes que se atreven a enfrentárseles desarmados!
La policía y los ejércitos —esa segunda policía reservada para casos de mayor envergadura— se parecen unos a otros en todo el mundo y desempeñan el mismo bajuno papel. Pero en la España franquista, las bravuconadas policíaco-militares pidiendo matar más cobran un sabor exclusivo en el mundo. En efecto, al régimen se le pone carne de gallina recordando que en 1936, el 19 de Julio exactamente, los trabajadores, con pocas y malas armas, aniquilaron en batalla al ejército nacional. Es decir, no ignora que sus matasietes serían hechos trizas otra vez, pese a sus pertrechos y a su adiestramiento, si la clase obrera dispusiese de un mínimo de armas y de organización propia. Y el régimen, que subió al poder pasando por montañas de cadáveres, no conoce otro medio de quitarse esa pesadilla que llenando las cárceles y matando a manifestantes inermes. Mas ahora están cambiando los tiempos: su terrorismo organizado ya no le servirá, en el mejor de los casos, sino para retrasar el momento del batacazo.
El episodio contiene también una significación política de gran importancia. Porque el resultado directo de la batalla del 19 de Julio entre los explotados y las "fuerzas del orden", fué el derrumbe brusco de las estructuras capitalistas, desde la propiedad hasta el Estado. Aunque éstas fueran luego reconstituídas y finalmente puestas en las manos de la dictadura clérigo-militar-fascista, el sistema social existente fué destruído, no sólo su régimen político entonces. Es decir, que el capitalismo fué vencido en la mejor de las lizas por las masas trabajadoras por él explotadas. Ese hecho reposa en la consciencia colectiva, listo para emerger a la superficie en cuanto la ocasión se presente. Con mayor netitud aún que los explotados, lo perciben los explotadores y sus gobernantes, los actuales... y otros potenciales, hoy "antifranquistas". Suponiendo lo que empieza a perfilarse, una gran acción del proletariado en toda la península, ¿qué va a hacer éste sino sobrepasar lo de 1936? De ahí el pánico de los gobernantes y de sus esbirros ante el renacimiento de la combatividad.
Aunque hubieran transcurrido más de 37 años, lo ocurrido en 1936 seguiría cirniéndose como una amenaza, no sólo para los gobernantes actuales del sistema, sino también para los potenciales, concretamente, aquellos que en la zona roja fueron carcomiendo la obra revolucionaria de las masas, hasta dar al capitalismo la prolongación artificial de vida que es el régimen de Franco. Por eso, hoy unas y otras tendencias coinciden en lo esencial aún rivalizando. Dentro del régimen, el Opus Dei y algún que otro sector, en la clandestinidad lo que podríamos llamar el Opus Stalin, se afinan y convergen en el proyecto de cortar el paso a la actividad revolucionaria de las masas, a fin de que continue en pié el capitalismo.
Está lleno y claro de significación, que simultáneamente a las peticiones de fuego a discreción, el Opus Stalin se felicitase de que gracias a las Comisiones de policía armada y de oficiales del ejército, los dos cuerpos obtuvieran satisfacción a sus "justas reivindicaciones". Están preparando el post-franquismo, con la misma policía y el mismo ejército.