Alarma, n.º 28, 1.er trimestre 1975 (págs. 1-6). PDF del número completo

La irrupción de los militares portugueses en el primer plano político ha dejado boquiabiertos a todos los comentaristas de la situación mundial, los más revolucionarios comprendidos. Entraba, sinembargo, dentro de lo posible y hasta de lo muy probable. Repetidamente, Fomento Obrero Revolucionario ha alertado contra ella. Por lo que respecta a España sobretodo, situación muy similar a la de Portugal, todavía nuestro número del tercer trimestre de 1972, casi dos años antes de que apareciese la Junta portuguesa, Alarma insistía:

"En realidad, lo que buscan Carrillo, Lister y demás es que el clero, la burguesía, y sobretodo el ejército, tomen la iniciativa de su huelga nacional. Cuando Carrillo se esfuerza tanto en exculpar al ejército de los crímenes y de la corrupción del régimen, es que cuenta con él para impedir que los trabajadores se desmanden en son revolucionario. El ejército en la calle y la población en masa aclamándolo; he ahí la imagen del cambio de régimen en la mente de esos pseudo-comunistas"1.

El holgorio no ha tenido lugar, aún, en España, pero lo mismo da escribir Carrillo que Alvaro Cunhal. El mismo escamoteo político está apalabrado con los milites franquistas desde antes de que se produjese en Portugal, si bien ahora es posible que adopte forma más velada. Individuos y partidos de tal jaez están de antiguo bien amaestrados para contrariar la marcha de la revolución y prolongar la vida del capitalismo. De víctimas más o menos aparentes pasan en un periquete a la situación de verdugos, su recóndito natural.

Mas no son las características personales de cualquier Carrillo ni de este o aquel Cunhal las que han permitido a nuestra tendencia atinar con la precisión y la antelación citadas, sino una apreciación exacta del momento histórico y del enclave de los partidos stalinistas, con los individuos adecuados como factor actuante, dentro de la contraposición mundial capital-salariado, por una parte, y por otra, consecuencia de la primera, dentro de la rebatiña interimperialista. Bajo el mismo prisma hay que considerar ahora los sucesos en Portugal, el nacionalismo de las colonias y lo que está fraguándose en España.

El hecho escueto de abril ha sido este: al soplo leve de unos militares hechura de Salazar, servidores de Salazar, el régimen dictatorial de éste se esfumó. El sistema social continua intacto, con la misma economía, el mismo Estado, la misma legislación, los mismos engañabobos sobre la salvación nacional, la prosperidad nacional, la unión nacional mediante la paz entre el capital y el trabajo (zapatero a tus zapatos; capital a tu plusvalía).

Primera razón inmediata de esa pirueta política es la extenuación del capitalismo portugués, de suyo flaco, por el desmesurado esfuerzo en retener sus colonias africanas. Cuando todos los imperialismos occidentales han dado jurídicamente suelta a sus posesiones, Portugal, semi-colonia él mismo, conservaba un vastísimo imperio. Tanto las grandes potencias como los nuevos Estados africanos se esforzaban en abrirlo a sus capitales y a sus miras estratégicas, "derecho de los pueblos" por grita. A la retardataria metrópoli no le quedaba otra salida que consentir también la secesión de las colonias, procurando salvar algunos tiestos rotos mediante la negociación. Es lo que han venido a hacer la Junta Militar y sus adláteres.

La segunda razón inmediata está en la usura extrema del régimen salazaresco. Odiado en el interior, desprestigiado en el exterior, pedía la maniobra de su sacrificio, de un cambio gubernamental anodino socialmente, que aplacase una ira generalizada, susceptible de estallar en rebelión. Convenía dar a las multitudes, en lugar de armas a empuñar, claveles para aclamar como libertador al principal torsionario durante medio siglo. Así se conjugaba el traspaso de poderes a efectuar en las colonias con el de la metrópoli misma. Allí se trataba de salvar determinados intereses del capitalismo portugués; aquí de preservar y afianzar el propio capitalismo portugués.

El enjuague fué bien logrado y sigue su curso hasta ahora. El proletariado en cuanto clase con perspectiva histórica e intereses particulares, ha estado tan ausente de lo sucedido en Portugal como de los diversos movimientos nacionalistas, armados o civiles, y en el fondo por motivos iguales. No obstante, lo que se destaca como causa inmediata de la ruptura del equilibrio anterior es casi siempre contingente, si no falaz. La causa real, profunda, discurre de tiempo atrás por todos los vericuetos de la estructura social. Así, la usura del régimen salazaresco no ha hecho sino ocultar, por su propia evidencia, la usura del sistema capitalista. Otro tanto ocurre en España con el franquismo. Franco y Salazar pretendían solucionar los problemas del capitalismo. Toda la ferocidad de la represión no ha servido más que para replantearlos agravados. Porque ni la inmovilización policíaca de la clase explotada, ni su "libertad" de organización en el marco de la democracia viejo estilo occidental permiten resolver los problemas creados por el capitalismo. Es su estructura social básica, su existencia en cuanto sistema de producción y de asociación, la que está tiempo ha en mortal contradicción, no ya con el proletariado sólo, sino con la humanidad entera. La solución a todos los problemas empieza pues en la supresión del capitalismo.

Las colonias no constituyen excepción, por mucho que pervivan en ellas formas de producción pre-capitalistas. Hoy se puede pasar a la organización del comunismo incluso a partir de la tribu. La técnica necesaria está presente. Mejor, no puede ser utilizada en toda su plenitud creando industrias que funcionen asalariando la fuerza de trabajo y que produzcan mercancías; precísase para ello que creación y producción industrial sean función directa de las aspiraciones materiales y culturales de los interesados, es decir, de la mayoría abrumadora de la población actual. Los movimientos nacionales, por el contrario, se proponen someter esa mayoría a la condición de obreros racionados por un salario, pues ellos mismo son un gajo del capitalismo mundial y su mueca mimética al mismo tiempo.

Con todo, la clase obrera se ve llevada, por su propio instinto defensivo, a chocar con el Movimiento de las Fuerzas Armadas y sus compinches. Las primeras escaramuzas han tenido lugar ya: huelgas reprimidas o rotas por el partido de Moscú, manifestaciones disueltas a tiros, acusación calumniosa de los huelguistas por los hombres de la Junta y por Cunhal en persona. La oposición de intereses y tendencias entre la población explotada y la coalición gobernante tenderá a ampliarse con altibajos, hasta rebelarse irreductible. Y la clase trabajadora, hasta ahora utilizada como mero elemento coreográfico, manifestará su independencia en ese proceso, cuyo desenlace no puede ser otro que la muerte del sistema o una nueva sujeción absolutista.

Importa poco, caso de subyugación del proletariado, que el látigo quede en manos de representantes del imperialismo américano, o de cualquier limpiabotas del imperialismo ruso. Tampoco la alacre variante china cambiaría la condición económica de los trabajadores ni su opresión política, dicho quede precautivamente, a pesar de su improbabilidad. Por el momento, todas esas carátulas del sistema capitalista mundial aunan fuerzas y argumentos con el ejército, la representación mas genuina de su faceta lusitana, en el empeño de mantener ésta a flote. No se disputarán la presa mientras el proletariado no esté fuera de combate, como ocurrió en Chile.

La lucha revolucionaria está por venir, fermenta en la consciencia de las masas a medida que van dándose cuenta de que son víctimas de un timo. Coalición gobernante y trabajadores entrarán en conflicto abierto. Lo que les forzará a ello es muy simple. Los coligados tienen por objetivo, antes que nada, sacar la economía del marasmo en que la ha metido el régimen anterior; en segundo lugar, industrializarla, modernizarla, hacerla competitiva en el exterior. Para conseguir lo primero les es necesario imponer una disminución del nivel de vida de los trabajadores, es decir, de la parte del producto de su propio trabajo que ellos mismo consumen. Así se reabsorberá la inflación, aumentarán los beneficios del capital y la suma a capitalizar en nuevas industrias. El trabajo dominical gratuito solicitado, si no impuesto por el gobierno, representa por sí sólo centenares de millones de beneficios semanales para el capital. Militares y stalinistas han querido convencer así a la propia derecha que llora a Salazar, de su aptitud para forzar la productividad obrera y con ella el restablecimiento de la economía nacional. Así la dimisión de Spinola no sólo fué indolora para esa derecha, sino un buen negocio para todos los capitalistas.

La meta a más largo plazo, la de industrialización, pondría en juego el infame sistema de salario base y destajos, de bonificaciones, primas horas extra, etc., que agrava en proporciones gigantescas la explotación sin dar a los trabajadores sino una minúscula parte del producto acrecentado de su propia labor. Por añadidura, tal objetivo no puede ser alcanzado sino por métodos totalitarios, en lo económico tanto como en lo político, en el trabajo tanto como en la calle, en consonancia con el gran capital monopolista y con el capitalismo estatal.

Dichos métodos han empezado a ser aplicados cuando los trabajadores, creyéndose favorecidos por el gobierno "democrático", se lanzaron a la huelga reclamando importantes aumentos de salario. El gobierno, no sólo se opuso, sino que inventó la patraña de aumentos deliberadamente concedidos por las compañía, "a fin de agravar la situación económica". La tal situación es, principalmente la de esas mismas compañías, a las cuales la coalición gobernante se presenta como su flamante, eficaz gendarmería, lo que explica una calumnia tan burda como vil. Pero era también confesar implicitamente una verdad importantísima, o sea, que dentro de las relaciones económicas existentes mejoría de la clase trabajadora significa peoría del capitalismo, y que la mejoría de éste empeora la situación de aquella.

Ahora bien, la clase trabajadora no tiene por qué resolverle al capitalismo una crisis cualquiera, ni aun ayudarle a salir de apuros. Haciéndolo se apretaría ella misma el dogal al cuello. Su lucha es contra el capitalismo y la solución a sus problemas está en destruirlo. Todo programa anti-crisis es reaccionario, función del capital. Y si por ahora la mejoría de su situación cada obrero se la representa en forma de aumento de salario, es porque dentro de las relaciones capitalistas todo lo necesario a la vida hay que comprarlo, porque la capacidad de compra depende de la cuantía real del salario obtenido por venta de la fuerza de trabajo, ancestral mecánica. Pero, si todavía se conserva el hábito de ver así la mejoría del nivel de vida en general, es porque la perspectiva de supresión del capitalismo y del trabajo asalariado, dos aspectos del mismo acto revolucionario, ha sido intencionalmente borrada de la mente del proletariado por aquellos mismos que continuan diciéndose partidos comunistas.

De todos modos, yendo en pos de la mejoría de su situación —más consumo con menos trabajo—, los trabajadores irán percatándose de que no es posible sino expropiando a quien da la paga: el capital, represéntenlo individuos, compañías o Estado, y decidiendo ellos mismos el tiempo de trabajo necesario, la disminución de la jornada laborable y el aumento de su consumo con la parte leonina de los productos que el capital se apropia como beneficios y para los gastos de ejército, policía, armas, burocracia, etc. Ese impulso forzará las masas trabajadoras a rebelarse contra la coalición militaro-staliniano-burguesa. Unicamente él permitirá hacer frente al capital portugués e internacional. En su defecto, no queda sino agachar la cerviz y dar el músculo a mayor trabajo para resolverle las dificultades al capital.

El lote de desarrollo capitalista y de industrialización que los avatares de la historia han hecho recaer sobre Portugal es diminuto. Pero así ha llegado, con toda su ruindad, hasta el presente, cuando la industrialización en su totalidad mundial, lejos de favorecer el desarrollo de la sociedad, lo impide, corrompe aquello mismo que puede darle nuevo vuelo (saber, ciencia, técnica, libertad), asfixia a la humanidad expandiendo su ponzoña química en productos y naturaleza, y su ponzoña mental desde todas la antenas culturales, amén de la amenaza incesante de exterminio por la guerra. Es la degeneración de cuanto validaba la existencia del capitalismo tiempo atrás, lo que pone en movimiento a la clase trabajadora, en Portugal como en España, en las colonias igual que en Estados Unidos, en Rusia, en China o en la India. Porque no se trata hoy ni se tratará mañana de una de lás múltiples crisis de sobreproducción debidas al funcionamiento cahótico del sistema, sino de algo mucho más importante y grave. Se trata de una contradicción que el capitalismo ha ido agrandando y retensando paso a paso, en proporción a su propio crecimiento mundial, comparativamente a la cual, su desmayos cíclicos son menudas averías de trayecto. Siendo la producción capitalista una producción de mercancias, o sea, condicionada en cantidad y en calidad por la venta de los productos, restringe el consumo material y las posibilidades personales de la mayoría. Impide así el desenvolvimiento de ésta, pero garantiza así también a una minoría social la manipulación de toda la riqueza creada por el trabajo, con ella privilegios económicos fabulosos y un despotismo político irrestricto. En una palabra, estamos en presencia de un conflicto entre un sistema industrial limitado y pervertido, y la necesidad de ajustarlo a los múltiples requerimientos materiales y culturales de quienes lo ponen en movimiento. Es el postrer conflicto del hombre contra su propia explotación por otros hombres. Cualquiera sea el grado de industrialización, todos los países están en el mismo caso.

Por relación a semejante conflicto, único presente, resumen de todos los secundarios, tomen el aspecto que tomen, la consciencia de la clase trabajadora, y aún la de sus grupos de "vanguardia", anda muy rezagada. El rezago tiene su explicación plena en la marcha negativa de la lucha de clases mundial durante el período inmediato anterior2. No cabe sino constatarlo, y comprender que sin él Portugal o España, Mozambique, Abisinia o Perú, ningún movimiento de Fuerzas Armadas, ningún partido venerador de Moscú o de Pekín encontraría manera de urdir su estafa política.

Por muy grande que sea el retraso de la consciencia —y lo es—, la naturaleza del conflicto sigue inalterada y continua agudizándose. Porque no admite mengua alguna ni otro arbitrio que poner la totalidad de la producción en consonancia con sus propias posibilidades técnicas, hoy adulteradas y limitadas hasta la coerción por el trabajo asalariado y el capital. Todo otro proyecto de industrialización comporta endurecimiento del capitalismo, particualarmente en la forma estatal que los falsarios denominan socialista. Al margen de la revolución comunista, todo, sin excepción alguna, es más o menos reaccionario.

La actividad obrera ha de ir orientada a un movimiento que abarque al proletariado portugués y español, más los explotados coloniales, en pro de un derecho de los trabajadores a disponer de sí mismos, por encima de la nación, que es y no puede ser sino la nación de los explotadores. Por primera vez se tiene ocasión de una lucha común, con igual norte y simultánea, en la metrópoli y en las colonias. Pero la ocasión se perderá si los trabajadores se ven maniatados por la coalición militaro-staliniano-burguesa y por sus diversas variantes nacionalistas. Sin erguirse contra ella, otra PIDE tomerá pronto el relevo de la de Salazar-Caetano.

Que los revolucionarios al menos sepan organizarse y llamar en tal sentido a los trabajadores. Por mucho que militares y stalinistas en Portugal, sus caricaturas de tal o cual "Frente" en las colonias, parezcan dominar o dominen de veras, sus proyectos son demasiado reaccionarios para no suscitar la aversión general de los explotados. Y por otra parte, el proletariado internacional, que empieza a despabilarse de un largo sopor, no dejará de entrar en liza. Evidentemente, el proletariado portugués podría acortar el plazo derrocando a sus nuevos gobernantes capitalistas, lo que precipitaría la revolución en España, en Europa, en las colonias, y allende, hasta los Estados Unidos, Japón, Rusia, China. Más, aunque por el momento quede sujeto, no estará vencido, ni mucho menos, porque todavía no ha librado batalla. El proletariado español acudirá pronto en refuerzo del portugués. No sólo tiene mucho mayor peso por su número, sino también una rica experiencia revolucionaria que por sí sóla contiene el gérmen de la victoria de los explotados frente a sus enemigos descarados tanto como frente a los encubiertos. Es la experiencia del armamento obrero, de la disolución del éjército y de la policía, de la gestión obrera de la producción que inciaron las colectividades de 1936, de la destrucción del Estado capitalista que emprendieron los Comités-gobierno; es también la experiencia de la sublevación de Mayo en Cataluña, sublevación contra el partido de Moscú que estaba asesinando por la espalda la revolución, y que finalmente aseguró la victoria de Franco... y la continuidad pacífica de Carmona-Salazar.

La unidad de Portugal y España es una perspectiva cercana. No será una repetición de la del tiempo de Felipe II, sino una unidad del proletariado y para el proletariado, que comporta la disolución de Portugal y de España en cuanto zonas politico-geográficas de explotación, en la revolución comunista mundial, en la desaparición de todos los cotos nacionales de explotación. Pero el primer paso en tal sentido tiene que ser la agrupación de los revolucionarios en una organización actuante que haya asimilado la trágica experiencia pasada

Luchar por la unidad revolucionaria del proletariado peninsular, y del colonial, es la única manera de luchar por la unidad revolucionaria del proletariado mundial. Para ello es indispensable hacer frente, con clárida saña a los representantes del capitalismo de Estado, tanto como a los del capitalismo privado; a los Cunhal, Carrillo, Lister, no menos que a los viejos y bien conocidos figurones reaccionarios y a cualquier Junta Militar.

O LA REVOLUCION COMUNISTA, O UNA NUEVA TIRANIA DEL CAPITAL.

No hay otro dilema

  1. En un folleto titulado Cuatro mentiras y dos verdades; política rusa en España, escrito en 1949, que circuló en el país a máquina y manuscrito, está ya prevista la futura alianza del partido rusófilo con el ejército y el clero. Puede producirse con vistas a la absorción de ambos dentro de un capitalismo estatal, según el modelo polaco, o bien preponderando ellos con el apoyo de dicho partido y de sus sindicatos, según el modelo que funciona en Italia desde la caida de Mussolini: capitalismo monopolista bien tinto de estatal. ↩

  2. Véanse las tres tesis sobre la independencia nacional publicadas a continuación. Para una visión completa del problema, "Parti-Etat, stalinisme, révolution", libro cuya publicación está prevista para finales del actual invierno. y que vea la revolución como necesidad inmediata, al mismo tiempo que como contra-medida del proletariado a todos y a cada uno de los aspectos de la sociedad capitalista. La revolución es el choque decisivo del porvenir comunista contra la vieja civilización, bien adentrada ya en su fase degenerativa. La consciencia revolucionaria procede de las contra-medidas a tomar para acabar con esa civilización de esclavitud, procede de los problemas creados por su propio crecimiento, no de cualquier tropiezo del mismo, cual es la llamada crisis de sobreproducción. En suma, esa consciencia no la adquirirá el proletariado porque gran parte de él se vea privado de salario, sino que ha de forjarla en el combate abierto contra las condiciones económicas y políticas, contra el género mutilador de vida que le impone su trabajo asalariado precisamente. ↩