Alarma, n.º 4, primavera 1978 (pág. 2). PDF del número completo

Había una vez un país... que durante cuarenta largos años fue gobernado —por la gracia de Dios— por un viejo militar aposentado sobre un inmenso montón de cadáveres.

Hubo un día en que, ley de vida incluso para los “predestinados”, el generalito se murió. El pueblo respiró feliz y bajo la influencia benéfica de otros líderes más guapos y jóvenes que el ya no venerado general, se dispuso a emprender un largo y alegre camino hacia la tierra de “nunca-jamás”, la añorada y utópica isla de la DEMOCRACIA.

La historia, la verídica y comprobable historia que os voy a relatar, ocurrió en ese país y justo en ese momento indeciso y turbulento que siguió a la muerte del general-líder-jefe y precedió a la puesta en marchar de los preparativos para el largo viaje hacia un nuevo mundo.

En ese país cuyo nombre no quisiera descubrir y en ese momento que describo, había un trabajador que ilusionado por las utópicas promesas de sus nuevos líderes juveniles (un tal Suárez, el Felipito, el rejuvenecido D. Santi, etc., etc.) se planteó la necesidad de preparar ya a sus compañeros de trabajo para el viaje hacia la dorada tierra de “Nunca-jamás”.

Consecuentemente, aleccionó a los que con él trabajaban y les convenció de la ineludible y vital necesidad de organizarse sindicalmente. En aquellos momentos de desconcierto en que los sindicatos no estaban todavía aceptados por los líderes como agencias de viaje u oficinas de enganche de los obreros para el viaje democrático, el compañero de que os hablo se estaba mostrando como un auténtico pionero, como un descubridor inteligente de nuevas formas organizativas ante los asombrados ojos de sus amigos y allegados.

Como el sindicato no estaba del todo reconocido se enmascaró bajo las apariencias de “caja de resistencia”. Su funcionamiento era fácil: los obreros cotizaban cada mes una cantidad fija como adelanto sobre el coste total del billete para el largo viaje y a cambio tenían la promesa de que en el momento que durante el viaje se produjese algún contratiempo o hubiese que parar y pernoctar en algún sitio, la agencia —perdón, el sindicato— correría con todos los gastos.

Todo era así de sencillo, de idílico y facilón hasta que un día... Un día, las agencias de viaje, para forzar a los líderes sustitutos del generalísimo a reconocerlas como tales, decidieron “aconsejar” a sus afiliados que parasen en sus trabajos. Y así se hizo.

Los obreros, un famoso día 12 cesaron en su actividad y el proceso de preparación del viaje se aceleró. Como primer paso las centrales síndico-viajeras fueron aprobadas... y todos tan contentos.

Bueno, todos no. El obrero de que os hablo quedó sumamente descontento de sus compañeros de trabajo, de los mismos que, a instancias suyas, habían estado cotizando para el viaje. ¿Sábeis por qué?. Porque esos obreros habían tenido la desfachatez de exigir que, conforme a lo acordado, las centrales-agencias les abonasen la cantidad correspondiente al primer paro realizado en ese camino hacia la democracia.

Tuve la suerte de hablar con este ejemplar obrero; debo afirmar a fuerza de ser sincero que no llegamos a ponernos de acuerdo. El afirmaba que sus compañeros, al exigir el dinero no habían entendido nada, absolutamente nada, del espíritu de sacrificio y abnegación que exige un viaje como el que los líderes planeaban para todos.

Por el contrario yo estoy convencido de que sí habían entendido todo y perfectamente bien. Nadie les había hablado de sacrificios y abnegaciones sino de un negocio sumamente rentable: una cotización a cambio de tener asegurada la feliz llegada al nuevo país de Jauja y cubiertas todas las contingencias y anomalías del viaje.

En pocas palabras: que habían comprendido bien qué era ese sindicato y, consecuentemente exigían de él el cumplimiento de sus obligaciones.

El compañero, mistico adorador de la idílica DEMOCRACIA, apasionado defensor de las agencias de viajes sindicales se alejó de mí afirmando, con la fé de los iniciados, que yo tampoco había entendido nada... Pero no me preocupé: los trabajadores habían actuado conforme a lo previsible y esto sí que lo podía entender todo el mundo menos —claro está— los empleados de los sindicatos “expende billetes”.

Ni que decir tiene que los obreros no cobraron nada del sindicato y que el montaje de la peregrinación a la isla de la Democracia siguió su curso... muchos cotizaron y otros siguieron cotizando porque, desdichadamente...

Colorín colorado... este “cuento” no ha acabado.

NOTA: Este “cuento” sucedió realmente en Barcelona... y se repite cada dos por tres. Todo parecido con la realidad es, desdichadamente, cierto.