Alarma, tercera serie, n.º 5, verano de 1978 (pág. 11). PDF del número completo
La fiesta nacional
Los Sanfermines constituyen (constituían) una de las fiestas más populares, más alegres del tristísimo vivir nacional. Ni siquiera el hoy denostado “fascismo franquista” había podido en cuarenta años evitar que estas fiestas representasen un momento de libertad colectiva donde el orden era transformado en desmadre. Vivir los sanfermines era durante la época “a-democrática” anterior, gozar de unos momentos de libertad casi plena donde cabía hasta la crítica velada y cachonda de todas las instituciones.
La democracia actual, liberadora de cadenas políticas nos ha salido con rostro serio. Las fiestas de Pamplona han sido este año más tristes, infinitamente más tristes que durante todos los años anteriores. Los hechos -tristes hechos- así lo demuestran. Antes los muertos eran en la calle, corriendo ante los toros. En estos Sanfermines han sido en la plaza de toros, corriendo ante la policía. La fiesta nacional, la mundialmente famosa “corrida” ha sido sustitudida democráticamente por otra fiesta: el tiro al vasco.
Martín Villa no ha sido, a fuerza de ser sinceros, el inventor de este nuevo deporte; esta gloria le corresponde, al igual que el récord en la pesca de atunes a Franco. Pero Martín Villa sí que ha sido quien ha propagado esta novedad a lo largo y ancho del país. Si en sus tiempos fue Manolo Santana -y su brillante dentadura- quien popularizó en el país el deporte minoritario del tenis transformándolo en deporte de masas, hoy es el ministro del Interior quien con su cara de galleta María y sus gafas de temblorosa montura está dando un auge inesperado al tiro al vasco. (Nota: este novedoso deporte suele denominarse de diferentes formas según la región donde se practique: tiro al andaluz, al madrileño, al extremeño, etc. etc.).
La cosa está clara: en Europa la fiesta de los toros no tiene ya cartel. En las democracias occidentales el toro muere de viejo o es asépticamente transformado en chuletas o, depende, “hamburguesas”, “perros calientes”, etc. etc. Para ingresar en la Europa del Mercado Común debemos modificar nuestra imagen y adaptarnos al modus vivendi serio y parsimonioso del democrático consumismo. El tiro al hombre -aunque no haya sido incluido en la lista de deportes de los Juegos Olímpicos es utilizado ya satisfactoriamente en Alemania, Italia, Inglaterra, Francia... ¿Por qué no introducirlo en España como sustituto democrático de la fiesta nacional?. Las corridas ante lá policía pueden seguir. En Europa también se dan y nadie protesta.
No importa que los mozos pamplonicas, desengañados al ver que los toros eran sustituídos sin previo aviso por traidores “grises”, hayan protestado enérgicamente transformando la ciudad en un campo de batalla. No importa que el saldo de un muerto y numerosos heridos siga siendo favorable a la policía (Martín Villa lleva escrupulosamente la cuenta). Nada importa.
En una sociedad democrática (y España aspira a serlo) quienes protestan si les parece bien hacerlo son los “padres de la patria”, los diputados... y éstos no sólo no han dicho nada de las muertes en todo el país sino que han llegado a su cinismo (Carrillo “el rojo de Paracuellos” en cabeza) a defender al ministro del interior y justificar la actuación “investigadora del gobierno”. Aquí paz ... y para el muerto tierra.
La muerte de “elementos alborotadores” está a la orden del día en el país. Es lo que antes denominábamos “deporte del tiro al hombre”. La desestabilización se ha transformado en la rutina con que el gobierno y los partidos de oposición justifican todo, absolutamente todo. Para Franco y sus amiguetes era una conspiración masónico-comunista lo que desestabilizaba al país. Para Suárez, Carrillo, Fraga y Felipe -los cuatro jinetes del apocalipsis español- la desestabilización está en la calle: somos todos. Aquí no se salva nadie.
La seria y deprimente democracia de tipo alemán que se nos quiere imponer va a transformar la vida en pura rutina... el único azar que nos queda, la única novedad, el último interrogante es el de no saber cuándo o cómo o dónde va a acabar con nosotros una bala perdida.
En España las armas ya nó las carga el diablo, las carga la democracia. En España hoy las balas, las muertes empiezan a ser rutina o, por lo menos, parte de la rutina cotidiana. Los periódicos lo reflejan en sus titulares: Constitución, Tarradellas, muerto de bala... Rutina; pura rutina.
Mientras “los españolitos que venimos al mundo y no nos guarda Dios” no protestemos y demos a entender a los democráticos líderes del gobierno y de la oposición no-opuesta que preferimos las fiestas antes que el silencio y la rutina del cementerio democrático europeo, los toros antes que las balas y los grises... la revolución antes que la falsa democracia van a seguir eliminándonos tranquilamente.
La rutina significa la muerte; la revolución significa empezar a vivir.