Alarma, tercera serie, n.º 7, verano-otoño de 1979 (págs. 3-4). PDF del número completo

(informe de un compañero americano)

Desde las huelgas de las minas de carbón de 1977-78 lo que caracteriza principalmente a la totalidad de las luchas obreras de la industria es el creciente rechazo de los sindicatos por parte de los mismos sindicados.

El cambalacheo entre los burócratas sindicales y los patronos a fin de manipular y reprimir el descontento de los obreros ha puesto de manifiesto a todos los trabajadores —excepto a los cuadros sindicales corrompidos— que los sindicatos no prometen nada para defender a los obreros sea en cuanto a la rápida caída del poder adquisitivo de los salarios como al totalitarismo (imposición) del lugar de trabajo.

Lo que es preciso comprender ya hoy es que no existe otra salida para los sindicatos. La participación de los sindicatos en el descenso del nivel de vida de los obreros por medio del paro cada vez mayor y de la inflación es inseparable del papel de los sindicatos como agentes de la venta de la fuerza de trabajo.

Es más, hay que comprender que una hipotética alza de salarios conseguida por vía sindical tiene como consecuencia inevitable el aumento de la explotación de los obreros, o lo que es lo mismo, mayores beneficios para los patronos ya que el aumento de salarios significa inevitablemente una mayor subordinación y un mayor control por parte de los patronos.

La huelga minera —la primera gran escaramuza— fue el único episodio en este tiempo, que caracteriza una rebelión patente de los obreros contra los burócratas sindicales. Después de ella todos los intentos de ruptura con el «consenso social» han sido abortados por los sindicatos. Este éxito de los sindicalistas se ha tornado en contra suya. El espectáculo de la contínua alianza entre patronos y sindicatos ha conducido a que millones de obreros aborrezcan los sindicatos. Ellos mismos con su actuación han abierto un camino para que los obreros aceptemos un programa de ataque revolucionario del capitalismo, programa que empieza necesariamente por un rechazo revolucionario de los sindicatos. La insuficiencia radical de los tradicionales sindicalistas, izquierdistas o políticos empieza a desvelarse en algunos conflictos importantes. Por ejemplo durante los 10 días de huelga nacional de los camioneros, (que abarcó a los obreros de ferrocarril y que produjo también despidos en la industria del automóvil) la principal «oposición» se agrupó en el sindicato de camioneros, los Camioneros por un sindicato Democrático (Teamsters for a Democratic Union, TDU) que llegó a ser controlado por los Socialistas Internacionales de Tony Cliffoid y fue capaz de atraerse la atención de gran parte de la clase obrera. Los obreros sindicados, en todo el país, consideraron al TDU como su guía. Pero el TDU nunca aportó iniciativas ya que su programa es fielmente sindical, tanto, que le llevó a adoptar una actitud «humilde» durante la huelga «a fin de no boicotear la unidad».

En cuanto que la TDU no tiene nada nuevo que decir respecto al sindicalismo en sí, su programa sólo consiste en una tímida crítica de la evidente corrupción personal de los líderes burocráticos. Un texto del TDU, distribuido en los principales garajes de camiones de la región de la Bahía de San Francisco, proponía eslogans como: «La base debe luchar por un convenio decente por que Fitz (Fitzsimoons, líder del sindicato de los camioneros) no lo hará». Toda la estrategia del TDU se limitaba a llamar a la base para que empujara hacia la izquierda a los burócratas sindicales. No era esto lo que los obreros querían oir, por esto TDU malgastó su buena «voluntad» aportada a la lucha.

Las huelgas sólo pueden vencer contra los sindicatos y los «izquierdosos» que intentan ocultar esta verdad no merecen más que el desprecio de los trabajadores.

TDU salió de la lucha debilitada y con una reducida audiencia como fruto de su falta de voluntad de luchar contra las ilusiones sindicalistas. La oposición de los diferentes rangos o categorías de «sindicados» no se polarizó durante la lucha en torno a los socialistas de la TDU sino en torno a los obreros de la descarga del acero en las industrias de base del Nor-este. Los descargadores hicieron caso omiso de la orden de la direción internacional del sindicato de los camioneros para volver al trabajo y su oposición fue lo bastante firme como para que la dirección internacional acordase formalmente una aprobación oficial de la huelga de los descargadores de acero. Dejando agotarse por sí solos a los obreros la dirección internacional reafirmó su control.

Los descargadores no ganaron nada a pesar de que la resistencia de los descargadores a poner fin a la huelga (fin negociado por el sindicato) fué dictada unicamente por sus intereses corporativos (sus condiciones de trabajo se fijan con unas normas diferentes del convenio nacional de los camioneros), los descargadores fueron considerados por el resto de camioneros como sus.representantes frente a la dirección internacional del sindicato. Significativamente, los descargadores, cuya huelga nacional salvaje del año anterior se caracterizó por enfrentamientos armados en diversos puntos del país, han conseguido organizar un sindicato clandestino que trabaja en el interior del sindicato de los camioneros, la «Fraternal Association of Steel Haulers» (FASH).

Los descargadores han vuelto a perder por que la oposición a los burócratas en el interior de los sindicatos y/o a través de sindicatos dobles no puede consolidar la posición de los obreros. Los obreros deben abandonar los sindicatos y combatirlos.

Hasta que no estalle una auténtica revuelta anti-sindical generalizada entre los trabajadores, continuarán declarándose huelgas como las que hemos visto desarrollarse después de la huelga del carbón. Los obreros deben superar y superarán su relación negativa respecto al sindicalismo para llegar a una confrontación activa.

Aparentemente, las relaciones de clase en los EE.UU. están controladas. En realidad, la crisis general de las relaciones sociales maduran continuamente. La credibilidad del gobierno capitalista ha sido deteriorada por el accidente nuclear de Three Mile Island. La cólera de las masas contra el poder de las grandes compañías se ha visto reforzada por la rápida inflación y los beneficios abusivos, particularmente en California donde la gasolina ha aumentado un dólar cada casi cuatro litros. La combinación de la inquietud frente al poder nuclear y la rabia contra los monopolios petrolíferos podrían llevar a los EE.UU. a un enfrentamiento de clases muy grave. En estos momentos por primera vez en la historia de los EE.UU. se ha planteado la nacionalización de la industria más importante, la petrolífera... y, consecuentemente, gran parte de los líderes sindicales «socialistas» van a quedar «retratados». Se presenta a los auténticos revolucionarios de los EE.UU. una oportunidad favorable. Se debe denunciar despiadadamente el papel de los sindicatos como guardianes de la paz social y frente a las propuestas de nacionalización de las industrias debemos oponer nuestros argumentos para conseguir la toma de la industria por los obreros mismos.

Esto implica como absolutamente necesario una amplia intervención en los lugares de trabajo, planteando la revolución como respuesta a la tiranía de las empresas y del estado, las asambleas y comités como alternativa a los sindicatos.

La gran tensión política que existe actualmente en los EE.UU. queda patente en el mitin antipoliciaco de San Francisco del 21 de Mayo. Escuetamente: en el otoño pasado Dan White, policía y empleado municipal, asesinó al alcalde de San Francisco, George Mascone y otro empleado, Harvey Milk. Este último era el primer funcionario público elegido en San Francisco que se declarase abiertamente homosexual; el acto de White ha sido considerado como un ataque al estilo «pogrom» contra los homosexuales.

El 21 de mayo se acabó el proceso contra el asesino con un veredicto de homicidio voluntario y una sentencia de cerca de tres años de cárcel. La reacción de toda la comunidad radical y liberal de San Francisco, incluida la mayoría de los obreros jóvenes fué al mismo tiempo de incredulidad y de sentimiento de injusticia ante el hecho de que un policía pueda cometer un acto terrorista y quede prácticamente impune mientras que si un homosexual, un negro, uno de habla hispana, un obrero o cualquier persona pobre hubiese asesinado al alcalde hubiese existido una gran acción represiva contra él. 5.000 personas se manifestaron hasta la alcaldía (City Hall) donde rompieron los vidrios, incendió el sótano, se armaron con barras de hierro se enfrentaron a la policía a la que hicieron retroceder por tres veces y quemaron unos 20 coches, en su mayoría de policías. El contraataque definitivo de la policía, violentísimo, dió lugar a una explosión de violencia en la calle principal de la ciudad, la Market Street, donde quedaron rotos casi todos los vidrios de los bancos y de los grandes almacenes. El enfrentamiento entre manifestantes y policías duró toda la noche.

Volviendo de nuevo al tema de los sindicatos, debemos añadir que el «Wall Street Journal» de 29 de Mayo anunció que la mayor empresa de carbón de los EE.UU., la Consolidation Coal se ha retirado de la Bituminous Coal Operators Assn, el grupo industrial de negociación, para firmar un convenio particular con el sindicato minero UMW. Consolidation Coal afirmó que no pudiendo soportar una nueva huelga pensaba que un acuerdo con el sindicato le aseguraría la productividad. En otras palabras, demostró que los capitalistas necesitan de los sindicatos, y que esto es cierto a pesar de lo que digan teóricamente contra ellos.