Alarma, tercera serie, n.º 9, segundo trimestre de 1980 (págs. 5-6 y 11). PDF del número completo

Presentación

Es obvia la importancia que hoy tiene la toma de postura clara y definitiva de la clase obrera frente a los sindicatos.

Ante la trayectoria histórica y ante la práctica actual de los sindicatos sólo cabe una posición: rechazo y denuncia del sindicalismo como una forma ideológico-práctica de dominio del sistema capitalista sobre la clase obrera. Por esto presentamos hoy dos capítulos del libro (inédito en España) “Los sindicatos contra la Revolución” de P. Peret y G. Munis, miembros de F.O.R.

Son los que inicialmente consideramos más esclarecedores; debidos a la pluma de Benjamín Peret, poeta y revolucionario de primerísima fila.

Además de la edición en forma de folleto del texto completo a la que nos comprometemos a pesar de las dificultades que entraña, ALARMA irá ofreciendo en números sucesivos otros capítulos del texto.


Las revoluciones rusas de 1.905 y de 1.917 hicieron surgir un nuevo organismo de combate que parte de la realidad social misma: el comité o consejo de fábrica, democráticamente elegido en los lugares de trabajo, cuyos componentes son revocables en todo momento. Se les vió aparecer en San Petersburgo y en Moscú, al final de la revolución de 1.905, de la cual señalan el punto culminante. Sin embargo, demasiado débiles e inexpertos aún, se mostraron incapaces de cumplir el cometido que se habían asignado: el derrocamiento del zarismo.

Se les ve reaparecer desde el principio de la revolución de 1.917, entonces más seguros de sí mismos, y pronto se extenderían por todo el país. Impulsados por Lenin y Trotsky realizan la Revolución de Octubre. Mientras tanto, los sindicatos van a rastras suyas, frenan el movimiento con todas sus fuerzas. No se les debe ninguna iniciativa revolucionaria. Al contrario, John Reed, en su Diez días que estremecieron al mundo, pone en evidencia su hostilidad a los soviets en diversas ocasiones, hasta el punto de que los ferroviarios tuvieron que violar la disciplina sindical para transportar de Petrogrado a Moscú los refuerzos necesarios para reducir, en esta ciudad, la contrarrevolución de los Junkers.

En la Revolución española de 1936 desde los primeros días de la insurrección, surgen por todas partes, comités, como hongos tras la tormenta. Pero al revés que en Rusia, donde los soviets relegaron los sindicatos a segundo plano, éstos últimos ahogan los comités (Juntas). Resultado: el estalinismo triunfa sin que los sindicatos se le opongan verdaderamente. Incluso se unen para colaborar a su triunfo, mediante un comité de enlace C.N.T.-U.G.T. y la revolución es traicionada por el estalinismo que abre las puertas a Franco.

Los obreros, soldados y marinos alemanes, sublevados en 1.918 no piensan un sólo instante en dirigirse a los sindicatos para conducir su lucha contra el régimen imperial; crean en medio del combate, los comités de lucha, que se apoderan de las fábricas y de los navíos y expulsan a las autoridades capitalistas. Los sindicatos no intervienen sino más tarde, para frenar la lucha, contener la revolución en límites burgueses, es decir, para traicionarla. Este espectáculo esclarece definitivamente el pensar de los revolucionarios alemanes e indica a Herman Gorter y la izquierda germano holandesa el camino a seguir, haciendo en aquella época de él uno de los primeros teóricos del comunismo de izquierda y de una verdadera táctica de clase contra clase.

No cabe duda que Lenin en pugna con la guerra civil, la intervención extranjera y las dificultades casi insuperables de restauración de la economía rusa, no estimó en su justo valor los problemas planteados por la izquierda comunista germano-holandesa, que hacía hincapié en la situación particular de su país, en el nivel general de cultura, en el empuje revolucionario de las masas que era indispensable consolidar cotidianamente. Aunque Lenin conocía perfectamente Europa Occidental, estaba obnubilado por la revolución rusa y por los métodos utilizados para su triunfo bajo el zarismo. No vió que eran inaplicables en cualquier otra parte. Producto de las condiciones económicas, políticas y culturales de la Rusia zarista, tales métodos nada valían una vez transferidos a Europa Occidental, donde la situación de las masas obreras, sus relaciones con el campesinado, el estado de este mismo campesinado, y en fin, la estructura del capitalismo no tenían casi ningún aspecto común con la situación de Rusia.

Tampoco vió el conflicto larvado presente en Rusia, entre los soviets y los sindicatos, que sólo el impulso irresistible de la revolución ahogó en germen fortificando a los primeros en detrimento de los segundos.

En Alemania, donde los sindicatos, mucho más competentes que en Rusia, estaban dirigidos por los reformistas más consecuentes, podía tenerse la convicción de que estos utilizarían todos los medios a su alcance para sabotear la revolución en marcha. Era cuestión de vida o muerte para ellos. Por otra parte, si los sindicatos se mostraban hostiles a la revolución, y los comités de fábrica favorables a ella, estaba claro que era necesario apoyar a los segundos contra los primeros. Lenin se opuso a ello, en nombre de una táctica de desbordamiento de los jefes por las masas; pero, justamente los sindicatos encarnan el poder material de los jefes, que disponen de todo el aparato sindical y del apoyo directo o indirecto del Estado capitalista, mientras que las masas no tienen más que los comités creados por ellas mismas para vencer el poder de los jefes. Si las masas no hubiesen creado en Rusia sus propios órganos de lucha, los soviets, la revolución habría sido inevitablemente canalizada y llevada a la derrota por los únicos organismos que encuadraban a las masas, los sindicatos.

Contra la izquierda alemana y holandesa escribió Lenin La enfermedad infantil del comunismo, a la cual replicó Gorter con una Respuesta a Lenin que comporta una crítica de los sindicatos enteramente válida hoy. En sustancia, dice que los sindicatos, convergen hacia el Estado y que tienden a asociarse a él contra las masas, que los obreros no tienen sobre ellos practicamente ningún poder, como en el caso del Estado, que son inadecuados para servir de instrumento a la revolución proletaria, y que ésta no puede vencer sin destruirlos. Hay que decir bien claro que en esta polémica (de la cual la Tercera Internacional no nos dió a conocer más que la argumentación de Lenin, omitiendo publicar la de sus oponentes), era Gorter quién tenía plenamente razón, sobre este punto al menos. En su folleto contrapone a los sindicatos donde los obreros no tienen practicamente mayor poder que el de pagar las cotizaciones, los comités o consejos de fábrica, democráticamente elegidos por los trabajadores en los lugares de trabajo, cuyos miembros, bajo control inmediato y constante de sus comités, son revocables en cualquier instante. Dichos comités son, evidentemente emanación directa de la voluntad de las masas en movimiento y facilitan su evolución. Por eso, en cuanto aparecen, incluso bajo la forma provisional de comités de huelga, entran en conflicto tanto con los dirigentes sindicales, cuyo poder amenazan como con los patronos. Unos y otros se sienten igualmente amenazados, y de igual manera, tanto que por lo general los dirigentes sindicales interceden, entre patrones y obreros, para hacer cesar la huelga. Estoy convencido de que ningún trabajador que haya participado en un comité de huelga, me contradirá por lo que toca a las huelgas de los últimos años. Por lo demás, es normal que así ocurra, puesto que los comités de huelga representan un nuevo organismo de lucha, el más democrático que pueda concebirse. Tiende, conscientemente o no, a sustituir los sindicatos, que en tal caso defienden los privilegios adquiridos, procurando restringir las atribuciones que el comité de huelga se acuerda. Imagínese entonces la hostilidad de los sindicatos a un comité permanente, llamado, por la lógica misma de las cosas, a subordinárselos y a suplantarlos.