Alarma, tercera serie, n.º 9, segundo trimestre de 1980 (págs. 12-13). PDF del número completo
Crítica del sindicato
Se ha visto que el sindicato no se ha asignado nunca objetivo revolucionario, en primer lugar porque no podía asignárselo en la época de su creación. Concebido con vistas a una acción reformadora de la clase obrera dentro de la sociedad capitalista, no podía hacer nada más de lo que ha hecho. Su actividad ha sido, empero, de primer orden puesto que se le debe una mejoría considerable de la suerte de la clase obrera y de la conciencia de clase que, valga lo que valiere, anima hoy al proletariado.
A decir verdad tal consciencia de clase es más bien obra de la acción puesta en práctica por la minoría sindicalista revolucionaria, más bien que de la práctica sindical en general. Era esto cuanto podía esperar el sindicalismo revolucionario y fue conseguido. No podía él encarar realmente el derrocamiento de la sociedad capitalista sino partiendo del error que constituyen los sindicatos puesto que éstos, revolucionarios o reformistas son inadecuados para tal cometido. No es mero accidente que la guerra de 1914, poniendo al desnudo la naturaleza reaccionaria de los dirigentes sindicales, llevase consigo la desaparición rápida del sindicalismo revolucionario, siendo así que la traición reformista hubiera debido, en el momento de la crisis, producir un reforzamiento del sindicalismo revolucionario en detrimento del reformismo.
Instintivamente la clase obrera sentía que el sindicato, incluso revolucionario, no era el instrumento que necesitaba para acometer la transformación de la sociedad.
En fin, la resurrección del sindicalismo después de la guerra del 14 resultaba de una simple rutina que los revolucionarios, poco numerosos, no supieron quebrantar; pero ya había sonado la hora de terminar con ellos.
El sindicato, en efecto, resulta de un error inicial, quizás inevitable en la época. Es el mejor medio de mantener la cohesión necesaria entre los trabajadores de un mismo oficio dispersos en numerosos talleres; pero la industria, al concentrarse, empujaba al último plano esos talleres anacrónicos y congregaba en una misma fábrica masas de trabajadores de oficios muy diversos a menudo. Había que partir pues del hecho real que indicaba el sentido de la evolución del capitalismo: la concentración en un mismo punto de una gran cantidad de obreros, de la célula social que constituye la fábrica, en el mundo actual tanto como en la sociedad del futuro.
Ahora bien, el sindicato saca a los obreros de la fábrica donde están sus intereses vitales, para crearles otros superficiales, dispersándolos en tantos sindicatos cuantos oficios hay. Destruye la cohesión natural, lista para constituirse por sí sola en la fábrica misma -y que se trataba de reforzar- aventajando a una organización ya caduca en su nacimiento, porque, reflejo de intereses de las tendencias ideológicas de las capas obreras supervivientes de un estadio de la producción sobrepasado.
En la acción obrera hay una progresión constante. Las organizaciones de confraternidad agruparon primero a los obreros cualificados; los sindicatos reunieron luego a los obreros más conscientes. Ha llegado el momento de que los comités de fábrica representen a la totalidad de la clase obrera en el cumplimiento de su tarea histórica: la revolución social.
Además, el sindicato, en cuanto adquiere alguna importancia, retira a sus dirigentes de la fábrica sustrayéndolos así al control necesario de los trabajadores. Y, en general, una vez fuera de la fábrica, el dirigente sindical no vuelve a ella jamás.
Los innumerables dirigentes sindicales que han abandonado la fábrica, se crean poco a poco intereses al principio extraños, luego opuestos a los de los obreros que los han elegido. Antes que nada, aspiran a estabilizar su nueva situación, que cualquier acción de los trabajadores corre el riesgo de poner en peligro. Se los ve pues intervenir cerca de los patrones en cuanto amenaza estallar una huelga.
Antes que nada, porque la huelga hace surgir una nueva autoridad obrera cuya existencia es muy elocuente sobre las relaciones reales entre sindicatos y dirigentes: el comité de huelga elegido por la asamblea de los trabajadores de la fábrica, sindicados o no, que se interpone entre la oficina sindical y el patronado, cual si quisiese decir a éste último: “El papel del sindicato ha terminado, el mío empieza”.
Hay que notar inmediatamente que el nacimiento del comité de huelga demuestra por sí solo la incapacidad del sindicato para dirigir siquiera una huelga. Ahora bien, toda huelga es, al menos en potencia, una acción revolucionaria. El hecho de que, en cuanto los trabajadores juzgan necesaria una acción revolucionaria siquiera de poca envergadura, necesiten dar de lado al sindicato y crear un nuevo organismo de lucha adecuado a la acción a practicar muestra por sí sólo que el sindicato no es un arma revolucionaria. Si importa que, para una acción revolucionaria, los dirigentes de la misma estén bajo control directo y constante de sus comitentes, se deduce que los dirigentes sindicales son inadecuados para cualquier acción revolucionaria puesto que escapan totalmente a dicho control.
Así lo han mostrado reiteradamente y en particular durante TODAS las crisis revolucionarias ocurridas en el siglo XX.
Una vez salidos de la fábrica, los dirigentes sindicales empiezan enseguida a vacilar entre los intereses opuestos de los obreros que los han designado y los de los patrones.
Al principio defienden los primeros contra los segundos, permaneciendo así en terreno de lucha de clases. Pero no tardan mucho en abandonarlos a medida que adquieren consciencia de su papel de intermediarios entre las clases adversas transformándose pronto en agentes de una colaboración de clases cuya expresión es la conciliación de los intereses opuestos de las mismas. Si para comenzar se oponen al patrón, pronto se dan cuenta de que su papel principal no se sitúa en el plano de la lucha.
Adquieren consciencia de su importancia en cuanto intermediarios entre clases enemigas y, en lugar de animar el combate, sólo piensan en los regateos del armisticio. No es la lucha lo que justifica su existencia sino que su valía crece en proporción a los resultados obtenidos cerca de los patrones que comprenden enseguida su importancia y cerca de los obreros que abandonan poco a poco a los dirigentes la incumbencia de dirimir los litigios que les oponen a los patrones. La lucha de clases, factor necesario a toda acción social positiva, queda rechazada a segundo plano: la acción directa de los obreros se adormece, su autodeterminación desaparece, el impulso hacia la emancipación degenera en acomodos dentro del marco capitalista.
Si la emancipación de los trabajadores ha de ser obra de los trabajadores mismos, lo que constituye el postulado de toda acción revolucionaria auténtica, se deduce que el sindicato, ahogando el poder creador de la clase obrera se opone a tal emancipación que se convertiría, con él, en obra de dirigentes si los dirigentes fuesen capaces de acometerla o quisiesen siquiera consagrarse a ella. Al contrario puede constatarse que un Jouhaux o un Franchon no tienen con cualquier trabajador más interés común que el presidente de la república (antimilitarista e “internacionalista” en 1907) o que con el director del Banco de Francia mientras que los intereses de Jouhaux y Franchon, del presidente de la República, del director del Banco de Francia y de otras muchas notabilidades capitalistas están estrechamente enlazados frente a los trabajadores.