Alarma, tercera serie, n.º 10, 1980 (págs. 4-7). PDF del número completo

La huelga en la costa báltica polaca y la situación subsecuente han creado una expectación y una simpatía en escala mundial, a gusto de cada consumidor. Gobiernos, partidos políticos, durostalinistas incluidos, sindicatos, iglesia, derechas e "izquierdas" por igual, se hacen lenguas de la "madurez política", del "realismo", la cordura, etc... de los huelguistas, e incluso del partido que monopoliza el poder. Para todos hay, todos y cada uno se felicitan del desenlace "venturoso". Constituyen excepción los hombres del Kremlin con sus sucursales, que en ningún caso podrán sacar ventaja de lo sucedido en su feudo polaco.

Por nuestra parte, los revolucionarios, más allá de la simpatía o el vacuo elogio, vamos hasta la crítica sin ambages de ese movimiento. Por sus reivindicaciones ha sido anodino desde el principio hasta el fin, por algunos de sus aspectos demostrativos (ostentación de la efige del papa, de crucifijos y vírgenes, de misas y confesiones callejeras, de obispos pasando en revista a los huelguistas como cualquier general sus tropas, de cantos del himno nacional, amén de las reivindicaciones pro-clero), la huelga no sólo se hace antipática, sino que toma contornos reaccionarios (sin nada que ver con las acusaciones de los tartufos moscovitas). Ha habido probablemente en ello el prurito de provocar a los gobernantes, supuestos ateos, de la manera menos arriesgada para los huelguistas y más inofensiva para los primeros. En efecto, el Partido-Estado gobierna con la aquiescencia más o menos refunfuñante de la iglesia y entre bastidores con su complicidad. Se vé inequívocamente a cada conflicto importante y lo confiesan altos jerarcas de uno y otro borde. El Primado intentó sin éxito por fortuna terminar la huelga tras las primeras concesiones. Eso dicho, los obreros sabían por larga experiencia que el gobierno tampoco. Cálculo oportunista por parte de los dirigentes huelguistas y de sus asesores intelectuales, muy en armonía con las reivindicaciones formuladas y con el mentido apoliticismo de la huelga, convenido por ambas partes. En ese aspecto, proclamemos inequívocamente nosotros algo muy importante hoy, universalmente silenciado: si la institución eclesiástica, tan cargada de contenido reaccionario y de prácticas ídem, encuentra ocasión de parecer liberal, débese indubitablemente a que el poder político en funciones, como quiera que se autocalifique, es aún más reaccionario que ella.

La influencia clerical y por su mediación la del Partido-Estado aparece incluso en las demandas económicas formuladas por el Comité Interempresas.

Múltiples conflictos entre el capital y sus explotados en países occidentales van más allá, encuentran idénticos argumentos en contra y, desde luego, menos acoso policíaco (mentiras, calumnias, falsificaciones, censura, aislamiento telefónico, interrogatorios amenazantes y detenciones) se trataría en ellos de una de las tantas huelgas que sirven a los sindicatos para consolidar su rango institucional dentro del capitalismo vendiéndole por enésima vez la fuerza de trabajo obrera. El Comité Interempresas de Gdansk, puesto ante el argumento: "la economía nacional endeudada y maltrecha, necesita ser salvada", pegó un patriótico giro y un tijeretazo a las reivindicaciones salariales. Ni a él ni a sus benditos asesores se les ocurrió replicar que esa economía sobre ser capitalista estatal y no socialista, despilfarra en gastos de guerra y policía, en ocupaciones parasitarias, en boato y en corrupción de los funcionarios muchísimo más que lo reclamado por los obreros, sin mencionar el mordisco enorme, dado por Moscú a la plusvalía contínuamente creada por los mismos obreros. Pero no se pueden pedir peras al olmo. La iglesia trabaja para sí, no para la clase obrera; mas su maniobreo, lo único que nos ha demostrado la gran prensa, no consigue ocultar un mar de fondo tempestuoso. La asamblea de delegados de huelguistas ante la cual el cándido (¿o cuco?) Walesa dió cuenta de los acuerdos firmados, protestó, rechifló e incluso insultó a los firmantes obreros. Lo reclamado, tanto como lo negociado por los comités de huelga revela completa ceguedad tocante a lo esencial para la clase explotada. Puede decirse, al contrario, que todo parecía estudiado para no atacar las estructuras del sistema económico-político, tranquilizar así en ese dominio a sus beneficiarios... y poner cataplasmas a la iracundia de los explotados. El gobierno se sabía amenazado. Desde antes de las primeras huelgas giró órdenes a los subjerarcas provinciales de adelantarse a posibles acciones obreras haciendo, al primer síntoma, concesiones económicas. Su preocupación principal, obsesiva consistía -y sigue- en que el proletariado no comprendiese que su situación material no puede cambiar en el fondo sin romper la estructura capital-salario sobre la cual está izado el poder político. Dicho sea en un pronto y como aclaración, el paso de la propiedad individual a la estatal, o lo inverso si se quiere, representa en economía lo que en los organismos la adaptación de una especie a su ámbito, el llamado ecosistema. La especie sigue siendo la misma. En ambos casos, el cambio estructural presupone mutaciones revolucionarias. Sabiéndolo el Partido-Estado, se ve en la necesidad de aceptar, como Franco pocos años atrás las huelgas económicas, otros sindicatos etc., para mejor condenar y prepararse a reprimir la huelga política. Así se ha conseguido, gracias al Comité Interempresas y sobretodo a los cristianísimos asesores del mismo, ladear ese potente movimiento en el sentido político más negativo, por no decir el más reaccionario posible.

No hay la menor exageración en lo dicho. Nunca un proletariado en plena actividad ha suscrito una garantía de monopolio del poder al poder existente. Es lo que ha hecho el Comité Interempresas del Báltico -y otros por mimetismo- firmando el acuerdo con el Partido-Estado propietario del capital. De propina, le promete la futura abstención política. El valor efectivo de tal compromiso se revelará evidentemente nulo pronto, pero pone de relieve la enorme contradicción entre la pujanza y el espíritu del movimiento y la dirección huelguística. Durante semanas, el gobierno retrocedía hora tras hora, marchaba sobre ascuas, no sabiendo donde poner el pié, sin otro objetivo que obtener la vuelta al trabajo en las industrias del Báltico, a fin de embridar el movimiento general y revolverse después contra él. En ese momento excepcionalmente propicio para proclamar el derecho soberano de la clase obrera a ejercer todo el poder político y a regir la economía expulsando a sus ocupantes actuales, el Comité Interempresas se rinde ante éstos, les certifica el monopolio del poder, pone fin a la huelga. Y cree salir triunfante con un derecho de huelga y unos sindicatos "autónomos" que serán, en el menos malo de los casos, nuevas ataduras claveteadas a la clase explotada entera. Esa precisamente ha sido la historia de las Comisiones Obreras que algunos opositores no ensotanados ensalzaron como ejemplo a seguir. En Polonia, como en España bajo Franco, el poder ha consentido sindicatos "libres" con objeto de conseguir una disciplina aceptada en la produción de plusvalía, que los sindicatos oficiales, odiados, no estaban ya en condiciones de imponer. Se revelarán allí no menos cómplices gubernamentales que las Comisiones stalino-católicas españolas, dichas obreras. En última instancia, cualquier sindicato sin excepción presupone la existencia de una clase explotada, a su vez requisito y demostración de la existencia del capital. Y en la hora actual, "las conquistas de salario" no son tales, puesto que llevan por contrapartida un beneficio muchísimo mayor del capital, además de que éste dispone de todas las triquiñuelas necesarias para anularlas. Para la clase obrera y en escala mundial, una sóla reivindicación económica es urgente, y de gran transcendencia en países hipócritamente dichos socialistas. Esa reivindicación, la decisiva, es la apropiación y la gestión de producción y distribución por la colectividad trabajadora, irrealizable sin la toma del poder político. Entonces, el proletariado se encontrará en condiciones no de negociar el cuánto y el cómo de su propia explotación, no en condiciones de pedir sino de decidir según conveniencia propia. En nuestra época no existe otra conveniencia social.

Un paso dado en dicho sentido, o siquiera llevar a la consciencia de todos tal exigencia histórica, habría supuesto, sí, una grandiosa victoria de los huelguistas polacos, y también del proletariado internacional. Probablemente la mayoría de los obreros polacos lo comprende, siquiera nebulosamente. El hecho es que Comités Interempresas y sus asistentes intelectuales lo ignoran o quisieron ignorarlo. Ha habido en ello prevaricación, cuando no componenda secreta.

No se busque explicación en el despiste ideológico de los obreros, ni tampoco en los tanques rusos, siempre al acecho. La causa principal reside en los intereses de la iglesia, bien palpables a través de los Walesa y otros curas Gapone de por allí (1). La iglesia ha abrazado la razón de Estado del Estado stalinista polaco, mera resonancia de la razón de Estado decidida en el Kremlin. Personajes oficiales lo han dicho y repetido durante el mes de agosto. Símbolo de la trama en que está enredado el proletariado polaco es que el nuevo primer jerarca dictador, Stanislaw Kania, organizador de la visita del papa, se haya hecho merecedor de tal ascenso por haber tenido a su cargo, a satisfacción general, los asuntos militares, policíacos y eclesiásticos.

He ahí una invasión, la de primera línea. La segunda son dos divisiones rusas y un destacamento aéreo acuartelados de antiguo en Polonia. Moscú no necesita más, salvo si se tambaleasen sus gobernantes súbditos. De conserva con estos va siempre su dominio, tropas incluídas. Pasar al bloque occidental con su mentido socialismo a cuestas, Warsovia no puede soñarlo, por carencia de las condiciones territoriales de Yugoslavia o las demográficas de China.

Comités interempresas, iglesia e intelectuales no han sabido hacer otra cosa que cantar el himno nacional, agachar la cabeza y abandonar a la real gana de Moscú y lacayos libertad de falsificación de acción. Nadie ignora que Moscú tiembla de pánico ante la posible propagación de sacudidas proletarias como la de Polonia; no sólo a otros países de su coto sino a Rusia mismo y a los soldados de su ejército. Mientras no ocurra así, le será juego fácil vaciar de contenido cualquier movimiento obrero o reprimirlo. Sus criminales intervenciones militares no podrán ser impedidas, menos desbaratadas al producirse sino por la acción conjunta, internacionalista, de los diversos proletariados el ruso en primer término. Pero ninguna voz, en ninguna parte ha reclamado solidaridad, apoyo activo de los explotados de oriente y de occidente. ¿Por táctica prudente ante la amenaza?. En manera alguna; sí por miedo a un gigantesco alud revolucionario que podría arrollar todos los regímenes del sistema capitalista desde Moscú hasta Lisboa o Londres. Pese a todo, lo que no se ha oído zumba en el aire, porque lo piensan millones y millones de obreros de la Europa oriental, no sólo en Polonia, y lo presienten en Europa occidental. La huelga polaca sobrepasa muy de largo sus reivindicaciones y su untosa presentación. Ha metido por los ojos a muchos atardados lo que se negaban a ver y muy particularmente ha creado un estado de ánimo allende sus fronteras preparatorio de futuras acciones insurgentes del proletariado por encima de naciones y de bloques militares. Quizás ningún otro proletariado más que el ruso ha admirado la huelga polaca y aspira a ir más allá.

Lo que la humanidad porta en su seno como necesidad histórica de nuestros días, la revolución proletaria saldrá a flote pese a la muerte y a la parálisis con que la amenazan tanques y crucifijos.

Septiembre 1980. G. Munis.

(1) Pope ruso que condujo una gran manifestación pidiendo "al padrecito zar" ayuda a los miserables. La guardia imperial hizo una carnicería. Estalla la huelga general, iniciada en Lodz (Polonia) y la revolución de 1905.