Alarma, tercera serie, n.º 11, junio de 1981 (pág. 15). PDF del número completo

El tema de más rabiosa actualidad en el país es, sin duda, el del divorcio. Según datos oficiales muy dispersos e inconcretos la reciente aprobación de la ley del divorcio representa la solución para nada menos que unas 300.000 parejas. ¡Alegría!.

Y, sin embargo, en medio de esta algarabía nacional la voz sesuda y paternal de la Iglesia se ha alzado contra la posibilidad de divorcio. La iglesia que al mismo tiempo que brama como el dios tonante del Sinaí parece olvidar, adrede, que es ella la que "divorcia" por motivos fútiles previo pago de una fuerte suma de dinero que está sólo al alcance de bolsillos privilegiados.

El divorcio de la Iglesia, el único que ella admite es un divorcio a todas luces clasista y reservado a católicos de postín.

El divorcio laico legalizado por la ley significa -y todos están de acuerdo- un mal menor, una medicina que cura una enfermedad, la del matrimonio mal avenido y roto. Medicina, enfermedad... Nadie se ha molestado en analizar de dónde viene el virus que provoca la enfermedad anti-matrimonio.

Se habla de crisis. Crisis en todo, en las relaciones, en el matrimonio, en las relaciones, en la propia persona... ¿Cómo es posible proceder a aislar crisis tras crisis e intentar individualizarlas?.

Volveremos a insistir en una idea que nos es esencial: no hay crisis parciales; hay una crisis total del sistema. No bastan las palabras de crítica parcial. No basta afirmar el que "los principios morales" están tambaleándose.

Porque... ¿qué significan hoy palabras -que no "valores"- como mutuo respeto, fidelidad, procreación?

¿Qué valor tienen estos "principios" frente a los valores que auténticamente configuran la sociedad capitalista? El beneficio, la explotación son los únicos valores reales del capitalismo. Repasemos un poco el Manifiesto Comunista. Más claro ni el agua.

El sistema capitalista, como todos los sistemas sociales se plantea rápidamente soluciones a los problemas parciales que se le plantean. Para lo que no tiene soluciones es para la contradicción esencial: la de un desarrollo en choque con unas relaciones sociales caducas.

Por eso el divorcio presentado hoy en España como un triunfo de la democracia no es un trauma ni algo excesivo que no pueda asumir la sociedad capitalista. Por eso ha sido aprobada la ley que nada soluciona.

Frente al divorcio legal que, ya queda dicho, no ataca en nada las esencias del sistema capitalista, la única forma de plantearse seriamente el problema es atacando la raíz: la esencia misma del matrimonio. Hay que superarlo y no parchearlo. El planteamiento ha de partir de un concepto de igualdad en la pareja y eliminar así los "contratos" sobre todo teniendo en cuenta que todo contrato significa necesariamente beneficio y lucro de una de las partes a costa de la otra.

La libertad de unión, la libre convivencia sin lazos definitivos ni contratos matrimoniales por lo menos -ahora- hasta que la ley permita la separación. Esta es la única alternativa posible al problema capitalista de la pareja. Lo demás son soluciones sin perspectiva alguna.

Como mal menor, para los que dentro del sistema capitalista sufren las consecuencias del matrimonio como institución y no ven la perspectiva de un ataque frontal, bien venido sea el divorcio.

Pero que conste nuestra repulsa a tal solución "a posteriori" por estar convencidos de que no es en verdad la solución real a un problema que nos ha sido impuesto por el sistema capitalista. La libre unión de la pareja es, a diferencia del divorcio, algo que el capitalismo nunca podrá aceptar como institución; va directamente en contra de su planteamiento de lucro.