Alarma, tercera serie, n.º 19, noviembre de 1984 (págs. 7-11). PDF del número completo

Conclusión

La crítica revolucionaria de los sindicatos, a semejanza de la crítica de la sociedad capitalista, desdeña factores contingentes y tácticos, inspirándose únicamente en nociones fundamentales y estratégicas. Hasta el segundo decenio del siglo XX tales factores, aunque esbozados ya, no aparecían con netitud. Ninguno de los teóricos revolucionarios los ha tenido en cuenta. Ni Lenin ni Trotsky, ni siquiera Gorter, Pannekoek o Korch. Su izquierda germano-holandesa no rechazaba los sindicatos sino debido a particularidades de la situación en Alemania, sin ver tampoco lo fundamental. Ese fallo general y conservantismo de los revolucionarios posteriores mediante, ha impedido poner al desnudo la naturaleza de los sindicatos y dejado a éstos vía libre para constituir los potentes aparatos de regimentación del proletariado de que disponen hoy.

La famosa polémica sobre los sindicatos entre Lenin, Trotsky y Tomsky, al principio de la revolución rusa, así como la de Lenin y la Izquierda germano-holandesa, encuentran su resolución, por ninguna de las partes señalada, en la tesis principal aquí sustentada. A saber, que los sindicatos no son en manera alguna una izquierda obrera, o siquiera democrático-burguesa del sistema capitalista, y tampoco una clavija meramente auxiliar del mismo, sino componentes fundamentales de él, de su relación social capital salariado, cuya importancia se agranda y afirma al paso de la acumulación ampliada del capital. Por lo tanto están indisolublemente ligados al devenir totalitario y decadente de la misma. Sindicatos y revolución han venido a ser tan opuestos como explotación y comunismo (1)

Hace un siglo bien largo que Marx reprochaba a los sindicatos restringir sus reivindicaciones a problemas de salario, horas de trabajo etc., ciscándose en cuanto es susceptible de llevar a la abolición del trabajo asalariado, clave de la del capitalismo. Marx sería hoy tratado de pequeño-burgués igualitario por los secuaces de Moscú, y de tarambaina ultra-izquierdista por quienes siguen viendo algo de positivo en los sindicatos y en sus mangoneadores políticos.

Y no contemplaba él dicha abolición en lontananza después de la revolución, sino como su correlativo y en cuanto motivación de ella, la lucha directa por las diversas medidas que la integran.

En nuestros días, ya se ha visto en el curso de este trabajo, los sindicatos constituyen un baluarte frente a la revolución comunista. Su papel en la economía es comparable al de las corporaciones durante la época manufacturera. Con una importante salvedad sin embargo : mientras éstas últimas se revelaron inadaptables a la gran industria, los sindicatos se amoldan tan bien a la forma más absoluta de capitalismo, la forma estatal, que considerándola conscientemente como suya, preparan al proletariado para aceptarla como socialismo. Su destino está decidido. Con el capitalismo perecerán o con él llevarán el mundo a la barbarie.

Los sindicatos no sirven ya tan siquiera para mejorar la situación de la clase obrera dentro del capitalsimo, pues sus reivindicaciones les son directamente inspiradas por la acumulación ampliada. En rigor no son tales reivindicaciones sino acomodos del proletariado a los requerimientos de la economía capitalista. Cada huelga planteada o resuelta por los sindicatos agrava la sujección de los trabajadores respecto de la explotación. Así es incluso cuando para cercenar un movimiento amenazador o revolucionario, negocian determinadas concesiones (2). Por sí mismos, sin ninguna intervención sindical, los trabajadores en huelga obtendrían más del capital y sobretodo sus luchas se transformarían libremente en luchas contra su condición de fuerza de trabajo explotada.

A falta de ésta, es evidente, no puede haber emancipación del proletariado ni de la sociedad en general.

Frente a una explotación acentuada por la técnica, las horas extraordinarias , la cronometración, el salario base, los destajos, cuando no por la autmación es imperativo reivindicar cuanto apunta a la supresión del capitalismo como sistema de producción y de organización social, como tipo de civilización. Todo ello se resume en la supresión del trabajo asalariado pero se desdobla en diversos aspectos, a cada uno de los cuales precísase ajustar la medida o reclamación correspondiente.

La reducción de la jornada de trabajo a 4 ó 5 horas máximo, la supresión de horas extraordinarias, primas, cronometraciones, sin disminución de ingresos; el trabajo para todos y la incorporación a las actividades indispensables a la producción de cuantos (millones de personas) desempeñan "trabajos" parasitarios, inútiles socialmente o criminales, son aspectos de la lucha contra la esclavitud asalariada que el proletariado, dueño de economía y poder, debe poner en práctica y desarrollar hasta sus últimas consecuencias, comprendida la enseñanza técnica y superior gratuita y universal. Complemento indispensable de tales reclamaciones debe ser la negativa a realizar cualquier aumento de la productividad del que no se beneficie integramente la clase obrera. Tal aspecto de la supresión del trabajo asalariado no sólo comporta un inmenso potencial de movilización contra el capitalismo, sino que prefigura la forma ordenadora de la sociedad postrevolucionaria, hasta el comunismo pleno. Al par de ella se presenta , neta, la necesidad de no dejar piedra sobre piedra de la sociedad de explotación y de organizar la vida humana en forma comunista.

Políticamente, es indispensable imponer la plena libertad de los lugares de trabajo. Hay que rechazar todo reglamento interior no establecido por delegados directos de los obreros y por estos discutido y aprobado en asamblea. Lo mismo se puede decir para los ritmos de trabajo y para cualquier conflicto actual o futuro. En lo inmediato incluso y mientras sea indispensable a los trabajadores tratar con el capital, ellos mismos deben decidir del cuándo y el cómo , con exclusión de los sindicatos. Las llamadas huelgas salvajes, únicas que hoy merecen el nombre de huelgas, señalan el camino siempre que no se dejan domar por los sindicatos.

En todos los problemas que conciernen a la clase obrera, la exclusividad sindical representa una intervención exterior procedente del enemigo de clase de manera directa o apenas disimulada.

Cada obrero debe tener el mismo derecho de intervención, discusión, voto y representación, sin necesidad de filiación sindical. Jamás podrá afirmarse la soberanía de la clase mientras los sindicatos estén de por medio. Su eliminación aparece indispensable al libre ejercicio de la democracia obrera y pre-requisito sine qua non de empresas mayores. Sobre la base material creada por la expropiación de los expropiadores diversas corrientes políticas podrán competir lealmente por la mayoría, pero ningún partido, por muy revolucionario que sea cualquiera que haya sido su papel, se identificará con la revolución y menos con la sociedad post-revolucionaria en plena organización del comunismo. Por el contrario, la gestión sindical de la economía se identificaría con la del Estado y perpetuaría, acendrándolas todas las lacras de la explotación. No sería diferente del sistema regido por el Partido-Estado en Rusia y demás países imitadores, China y Cuba comprendidas.

Los graves problemas que la situación actual del mundo plantea, desde el hambre endémico en innúmeros países, hasta la amenaza cotidiana del holocausto final y la dilapidación de riquezas colosales que comporta, son un voto inapelable contra los sindicatos, vale decir también contra los partidos que los dirigen, los utilizan o piensan utilizarlos. No sólo han impedido ellos que el proletariado los resuelva rebelándose contra el sistema social que los enegendra sino que contribuyen a exacerbarlos junto con las demás instituciones y clases dominantes del sistema mundial. Basta verlos repartidos según la línea divisoria de los bloques imperialistas, para no tener dudas sobre su naturaleza esencial.

Y bien , para cada uno de sus problemas, que son también los de la abolición del trabajo asalariado, el proletariado debe aprontar una respuesta, una postulación, una consigna. Hacerlo es levantar el estandarte de la rebelión contra sindicatos y partidos pseudoobreros, contra la sociedad de explotación.

Por sí solas, las tres categorías de problemas mencionadas prueban a saciedad el papel reaccionario de los sindicatos y la imposibilidad, para la clase obrera de dar un sólo paso adelante sin topar de frente con ellos. Su aptitud (hoy necesidad) para ajustarse al devenir del capitalismo ha sido ignorada por los teóricos más lúcidos. Con una sola y notable excepción, la de un hombre casi desconocido todavía, Daniel de León, cuyo pensamiento se ha revelado premonitorio. Desde los primeros años del siglo XX, Daniel de León comprendió que sindicatos y partidos dichos obreros celaban una grave amenaza contrarevolucionaria. La obrita que teoriza sucintamente sus observaciones debiera ser meditada por todos los revolucionarios (3).

De León no es uno de los tantos dicharacheros y huecos analistas que paradean por grupos y partiditos, Sus estudios son impresionantes síntesis históricas y en su voz resuena la pasión revolucionaria. Basándose en el decurso histórico de la civilización greco-romana y contemporáneamente en los hechos y fechorías de los sindicatos ( Trade-Unions) americanos y británicos con sus mentores laboristas, Daniel de León predice que la victoria de tales organizaciones asestaría un golpe mortal a la revolución socialista.

He aquí algunas de sus palabras:

"los líderes obreros actuales constituyen una posición encubierta, un punto estratégico y una fuerza que apuntala el edificio capitalista y su verdadera naturaleza no puede dejar de producir una desastrosa desmoralización en la clase obrera".

Compara los líderes obreros y sus organizaciones a los Tribunos de la Plebe en la antigua Roma. Así como éstos utilizaron pérfidamente la plebe - a la cual no pertenecían sino formalmente- para acceder al rango de la clase patricia y disfrutar de sus derechos, sin conceder nunca a las masas desposeidas sino algunas migajas, los líderes obreros modernos y sus organizaciones se sirven del proletariado para consolidar sus posiciones económicas y políticas dentro del sistema de explotación existente:

"De igual manera que los Tribunos de la Plebe, los líderes obreros son hombres "prácticos" de lo que se envanecen; no contemplan miras no "corren tras el Arco Iris"...."

"A semejanza de los Tribunos de la Plebe en Roma y a menos de hacerles frente (...) los líderes obreros anularán, ciertamente, todas las posibilidades de salvación de esta época; transformarán en lo contrario "los hechos de mayor energía y alcance" hasta hacerles perder el nombre de hechos".

La pertinencia de la comparación entre los Tribunos de la Plebe romanos y nuestros burócratas sindicales y políticos cobra todo su valor observando el papel desempeñado en el curso de la historia de Roma por el partido dicho de la Plebe. Surgido en la época de los Tarquinos, en aparente irreductible contradicción con la clase dominante, la de los Patricios, va adquiriendo importancia y conquistando posiciones durante la República. Mas no fué en beneficio de la Plebe de la masa pobre libre o esclava, sino de los privilegiados y nuevos ricos que la representaban oficialmente y que no entraban en la categoría plebeya sino por atavismo de las leyes. César y Augusto, los fundadores del Imperio, recurren sin lacha a la superchería de decirse originarios o partidarios de la Plebe. Su victoria, punto culminante del partido de los Tribunos de la Plebe aniquiló por siempre la perspectiva de una revolución social plebeya. Los usurpadores de la representación de los desposeidos y esclavos reemplazaron en general a la antigua clase patricia y lejos de abrir camino a un tipo superior de sociedad , prolongaron la decadencia del mundo antiguo, hasta su descomposición definitiva.

A despecho de las grandes diferencias, tanto estructurales como de cultura y perspectivas posibles, entre la civilización greco-romana y la civilización capitalista, la analogía entre los Tribunos de la Plebe y los líderes dichos obreros en nuestros días es muy estrecha. Díganse estos comunistas, socialistas o apolíticos, en su fuero interno y por vil interés están colocados al margen del proletariado y contra él. En efecto, a la contradicción principal del capitalismo, a él inmanente, de él inseparable hasta la supresión del sistema , los líderes pseudo-obreros han sustituído otra contradicción no ya inesencial o secundaria sino mucho peor que eso; una contradicción que el propio capitalismo debe resolver para afirmarse, cuya solución convierte en indispensables a esos líderes con sus organizaciones y excluye por su propia naturaleza cualquier intervención anticapitalista de los trabajadores mismos.

La burguesía y el proletariado son el sustento humano, la imagen antropomórfica de la contradicción social entre capital y trabajo asalariado. Esa contradicción es irreductible , salvo por la supresión del capital, hecho que debe suprimir simultáneamente el trabajo asalariado o sea la explotación. Ahí finiquita el capitalismo y emprende su vuelo la revolución comunista; desde ahí se atalaya el horizonte sin fin de una civilización sin clases ni Estado.

La mente de los pretensos líderes obreros, el carácter mismo de sus organizaciones son del todo incompatibles con la solución de tal conflicto. No se plantean ellos ni se esfuerzan en resolver sino la o las contradicciones implícitas en el devenir funcional del capitalismo. En primer lugar la contradicción entre capitalistas privados o entre truts, que se expresa en la "anarquía" del crecimiento del capital, la concurrencia, las crisis cíclicas de sobreproducción.

El todo exige cada día más imperiosamente una reglamentación ( plan ) desde la mano de obra empleada o en paro, hasta las inversiones del capital. Ese es el punto de concordancia y de junción entre los "líderes" obreros y el gran capital; ahí está la indispensabilidad de los unos respecto del otro en abstracto, y, al cabo, la captura del capital por los líderes "obreros" del capi- tal en un monopolio nacional o multinacional, según su pujanza.

Dicho de otro modo, lo que contemplan y quieren sobrepasar los tales líderes, son las dificultades que el sistema encuentra en su marcha a la suprema concentración, en manera alguna las que el capitalismo opone a la marcha de la humanidad hacia el comunismo.

Ahora bien, en la concentración de los instrumentos de producción en un solo monopolio del Estado, califíquese este como se calificare, el factor trabajo, del cual dependen consumo, libertad, cultura, la vida entera de todos los humanos, aparece como un elemento tan sujeto a las exigencias del capital dirigido como el mineral de hierro, el petróleo, el trigo o cualquier materia, prima o elaborada. La expropiación de la burguesía y de los truts no comporta en ese caso la del capital, ni la desaparición del proletariado. El primero se afirma y reafirma su imperio económico y su absolutismo político sobre el segundo. Porque el capital es una función social, no un propietario. Desencarnándose, haciéndose pura función anónima acabala su opresión del hombre y se atraviesa en su camino con fuerza contrarrevolucionaria nueva y al principio más engañosa. Así la representación meramente antropomórfica del capitalismo (burguesía-asalariado), presta a los líderes políticos y sindicales el enorme servicio de disfrazar la nacionalización del capital privado y de los truts como la supresión del capital en general, y el capitalismo de Estado como socialismo. Tienen consciencia , gracias a la obra de la contrarrevolución stalinista y en buena parte a la de las Trade-Unions yankees y británicas, no sin reflejos en Europa occidental de que cuanto más completa sea la concentración del capital, mayor será el monto de los beneficios a embolsar y su prepotencia política. En cualquier industria nacionalizada, los jerarcas sindicales tienen ya tanta o más importancia que la dirección designada por el Estado (4).

El aspecto más amenazante de tal tendencia de los líderes "obreros" proviene de que coincide por entero con la ley de concentración de capitales congénita al sistema, sin excluir la multiplicación de la violencia policíaca a ella aneja, ley que llegará a su entero cumplimiento si no la quiebra antes el proletariado. Pese a todo, no son gravemente peligrosos sino por la pasividad y la mistificación del proletariado, a la cual contribuyen cuantos se aferran a nociones añejas. Runruneándolas cual letanía monjil, se estirilizan a sí mismos, cuando no arriman el hombro, en la práctica, a la concentración del capital. Incluso aquellos que denunciando los sindicatos como organismos reaccionarios creen poder hacer algo positivo en su seno, tramposean con sus propias ideas. Los resultados que pudieran obtener con su "elasticidad" táctica, los recogerán, llegado el momento, no ellos sino los líderes sindicales y políticos. Porque no puede emprenderse nada, absolutamente nada de revolucionario sin hacerles frente en todos los terrenos, ideológico y práctico, táctico y estratégico.

Basta mirar en torno para percatarse de que la necesidad humana de una transformación social completa choca simultáneamente con "líderes obreros" y capitalismo y de que, a su vez, ese choque ofrece un terreno ilimitado a la actividad revolucionaria. Para nada le sirven a la humanidad la propiedad de Estado ni los planes tecnocráticos de producción que no pueden ser sino de explotación y de guerra. La crisis que padece la civilización actual no hallará solución mientras la actividad económica entera no vaya ordenada, sin venta previa, al consumo de todos, desde lo más ramplonamente estomacal hasta lo científico y lo poético. Sin que todos y cada uno de los individuos estén en condiciones, por el simple hecho de su existencia, de utilizar según su albedrío bienes materiales y espirituales por igual, no podrá surgir otra civilización y la actual proseguirá su ya destructora decadencia. Es el mercado de dichos bienes, la venalidad característica del sistema, lo que origina la insatisfacción de la inmensa mayoría, cercena su elación posible y enegendra, por añadidura, el totalitarismo policíaco y cultural que presenciamos. Sólo atacándolo de lleno, la expropiación de la propiedad privada, de truts o estatal, acarreará la desaparición de una clase que no consume ni respira sino a prorrata de su salario.

Así pues es el polo trabajo asalariado el que se precisa suprimir, condición y demostración de la muerte del capitalismo y el desbanque de los explotadores, sean burgueses o burócratas de cualquier especie. Por ende, la planificación económica revolucionaria tiene que establecerse en función de datos no mercantiles ni militares. El verdadero aspecto antropomórfico del problema es la desaparición del trabajador asalariado que ofrecerá al hombre la posibilidad de regir su propio destino. Sustituyéndole la desaparición de la burguesía y de los truts, los líderes "obreros" sindicales y políticos nos deparan el antropoformismo falso de las religiones, el Plan de Producción en lugar de Dios, hacedor y juez de los hombres, ellos por sacerdotes y esbirros.

Que los obreros expulsen de las fábricas y organizaciones profesionales a los representantes sindicales y los Thorez, los Nenni, los Carrillo y los Reuther actuales o futuros, el Vaticano agazapado tras los sindicatos cristianos, se verán paralizados y puestos en la picota. La clase obrera recuperará su libertad de acción y de pensamiento, hasta encontrarse pronto en condiciones de trastocar de abajo arriba la sociedad. Entonces tomará el vuelo necesario para arrancar la humanidad al lodazal en que patochea.

Mayo 1960

G. Munis.


Notas:

  1. L'Usine Nouvelle, revista del gran capital francés, representaba el éxito del plan de producción, no mucho después de haber sido escrito este texto, por una figura alegórica en que el Estado, la patronal y los sindicatos aparecían sólidamente enlazados.

  2. En Junio de 1936, en Francia, las 40 horas semanales de trabajo y las vacaciones pagadas fueron decididas para impedir una acción revolucionaria decisiva. En la España "roja" de 1936-37 el control obrero y la nacionalización sirvieron para expropiar a la clase trabajadora y decapitar la revolución.

    Añadido posterior a la redacción del texto: En Francia, otra vez, en Mayo de 1968 un aumento de los salarios e imposición sindical mediante, desvió a la clase obrera de una reanudación de la actividad productiva determinada por y para sus propias necesidades, es decir, socialista. Por segunda vez en un solo país los sindicatos y sus dirigentes políticos conseguían retener al proletariado y salvar el capitalismo de una muerte más que posible.

  3. Two Pages from Roman History. I- Treb. Leaders and Labor Leaders. II- The Warning of the Grachi. New York 1946

  4. El verdadero mandamás de las fábricas Renault - decía Le Monde en un pronto de sinceridad - es el líder del sindicato mayoritario, el de la CGT-PC.