Alarme, n.º 1, mayo-junio-julio de 1978 (págs. 6-7). PDF del número completo · Texto original en francés
El Amoco Cadiz, la gran catástrofe del día.1 Todas las miradas doloridas se vuelven al unísono hacia Bretaña. El petrolero ha contaminado el litoral bretón; la naturaleza ha sufrido graves daños. No vamos a reproducir aquí lo que ya se ha dicho; no es ese nuestro propósito. Lo que nos interesa son las reacciones que ha suscitado. Pasemos por alto que los partidos de izquierda y los sindicatos convocaran varias manifestaciones y veamos más bien las consignas que en ellas se coreaban: «marea negra, diarrea del gran capital», «Bretaña no es un cubo de basura», «boicot a Shell». Por otra parte, cientos de personas van voluntariamente a ayudar a limpiar las playas llenas de petróleo.
- Los ecologistas tienen razón cuando dicen que es una catástrofe imperdonable.
- Los ecologistas tienen razón cuando dicen que nuestro mundo despilfarra y destruye los recursos naturales.
- Los ecologistas tienen razón cuando dicen que eso representa un peligro de muerte para la humanidad entera.
Pero los ecologistas se equivocan en cuanto a las soluciones que proponen y, al hacerlo, engañan a la gente que los escucha (y es mucha). Se equivocan al buscar soluciones en el marco de la sociedad actual, porque no pueden ser más que superficiales. Todos sus gritos humanitarios solo sirven para recordar al mundo capitalista unos peligros de los que ya es consciente, pero que su carrera por el beneficio le oculta a veces y que sus propias contradicciones le impiden resolver. Todos los males de nuestras sociedades contemporáneas no son más que el producto de un mundo en decadencia. Eso es lo que no ve o no quiere ver el movimiento ecologista.
Los ecologistas no cambiarán nunca nada; además, le hacen un favor al sistema establecido centrándolo todo en el medio ambiente e impidiendo así toda consciencia global de lo absurdo y de la barbarie del mundo en que vivimos. La destrucción de los recursos naturales no es más que una de sus consecuencias. No solo no molestan al sistema, sino que además lo ayudan materialmente haciendo obra de caridad. En efecto, cientos de personas, al llamamiento de las diversas corrientes ecologistas, van a ayudar a los militares a limpiar las playas. Sí, ofrecen una mano de obra gratuita al capital. Nos muestran así en la práctica lo que ya son teóricamente: empujan al sistema a suavizar sus propias contradicciones, pero no quieren en absoluto su destrucción.
Señores ecologistas, otro detalle muestra bien su incomprensión, voluntaria o involuntaria, de la realidad social. Son esas octavillas, esas declaraciones en la prensa que llaman al boicot de Shell. ¡Estupidez! Shell no es más que un engranaje de este mundo basado en la explotación y el beneficio. Solo destruyendo la civilización capitalista mediante la revolución comunista internacional resolveremos los problemas de la humanidad y, por consiguiente, el de la ecología. Decir esto no es simple palabrería, como podrían creer algunos. El comunismo no es, desde luego, la fórmula mágica que protege e inmuniza contra todas las dificultades. Sin embargo, al contrario que todas las sociedades de explotación y de opresión, da la primacía al individuo, haciéndolo dueño de su propio destino. Así, todo lo que se produzca en la sociedad comunista se producirá para el bienestar de cada uno y de todos, porque lo producirá el conjunto de todos los individuos que componen la sociedad, y no podrá en modo alguno representar un peligro cualquiera para nadie en ningún momento. Liberando la ciencia y la técnica de todas las trabas que les impone el sistema capitalista decadente, el comunismo permitirá por fin al hombre vivir en armonía con la naturaleza, poniendo fin a todo despilfarro y a toda destrucción nociva para la naturaleza y, a través de ella, para él mismo.
Pero esa revolución ustedes no la quieren, pese a esa consigna más o menos radical: «marea negra, diarrea del capital». Eso es sin duda indiscutible, ¡pero ustedes, en todo esto, hacen el papel de RETRETE! ¡Bonito papel!
¿Cuándo comprenderá la gente que es el mundo actual en su totalidad el que es un cubo de basura cuyo contenido se pudre cada día más? Bretaña, como cualquier otro rincón del globo, era un cubo de basura mucho antes de la catástrofe del Amoco Cadiz. Pero claro, los nuevos curas del siglo XX están ahí para hacer de purificadores de un mundo impurificable. En lugar de arrojar a sus defensores a la marea negra para confrontarlos con la dura realidad de su mundo abyecto, se hacen los santos hundiéndose en el barro negro. Pero ¿cómo podría ser de otro modo, si ellos mismos actúan para salvar el sistema?
Hoy el mundo se parece extrañamente al cieno negro en el que chapotean nuestros valientes, heroicos y voluntarios limpiadores de playas. Es este mundo el que hay que limpiar de arriba abajo de toda la mugre capitalista; si no, reventaremos impotentes como moscas frente a los insecticidas.
El petrolero Amoco Cadiz encalló el 16 de marzo de 1978 frente a Portsall, en la costa de Bretaña, y vertió más de 200.000 toneladas de crudo. ↩