Alarme, n.º 1, mayo-junio-julio de 1978 (págs. 3-6). PDF del número completo · Texto original en francés
Hace unos cuarenta años terminaba la inmensa oleada revolucionaria que había nacido veinte años antes. Al sumergir a la mayoría de los países entonces existentes, de Rusia a España, pasando por Alemania y China, había mostrado de forma irrefutable que las condiciones de la revolución social estaban maduras, que el sistema capitalista ya no tenía ninguna razón de existir y que su sistema mismo iba en contra del desarrollo de la sociedad.
Sin embargo, la oleada revolucionaria de entreguerras fue aplastada. Si las condiciones de la revolución estaban maduras, ¿cuáles fueron entonces las causas de esa derrota?
El aplastamiento de esa poderosa oleada revolucionaria, que parecía destinada a vencer, se debió, en su origen, al fracaso de la revolución rusa, sancionado por la Nueva Política Económica de 1921. La causa de ese fracaso fue el aislamiento en que se encontró la revolución, que no logró vencer en Alemania, pilar del capitalismo europeo y puerta de acceso al resto de Europa, entonces principal potencia económica mundial. En esas condiciones de aislamiento, la revolución no podía resistir mucho tiempo los asaltos económicos del capital. Además, el Partido único y la estatización de los medios de producción activaron la decadencia de la revolución, a la vez que atizaban y estructuraban la contrarrevolución. A través de su organismo internacional, el Partido-Estado ruso mostró rápidamente una voluntad de defender sus propios intereses en detrimento de los del proletariado internacional y, por último, en 1937, aplastó en la sangre y el terror al proletariado español revolucionario. Desde entonces, y sobre todo desde la segunda guerra mundial, la fuerza de la contrarrevolución capitalista de Estado no ha dejado de crecer. En total acuerdo con la evolución natural del capital, el capitalismo de Estado se ha instalado en una buena mitad del globo, mientras que en la otra se opera una evolución lenta pero segura que verá instalarse en ella progresivamente esa forma de explotación capitalista, por lo demás de una barbarie nunca alcanzada por ninguna forma de explotación anterior.
Para combatir el capitalismo, cuya barbarie crece cada día un poco más y que nos arrastra fatalmente —si la revolución no estalla y no triunfa— hacia una tercera guerra mundial que hundirá a la humanidad en el abismo, es absolutamente primordial operar una renovación ideológica. Con esa óptica nos ha parecido necesario constituirnos en grupo que difunda sus propias posiciones y tenga una práctica propia.
Pero ¿qué nos diferencia de las corrientes políticas que se reclaman —con razón o sin ella— de la revolución socialista? Intentemos explicar brevemente nuestras divergencias con ellas.
En cuanto al P«C» y al maoísmo, una palabra, una sola: representan directamente la contrarrevolución. Uno, el P«C», es, de los dos, la fuerza que posee la más larga experiencia antiobrera; el otro, el maoísmo, tiene por ideal un sistema que creó directamente Stalin en China y que no es más que una réplica, más sofisticada en ciertos aspectos, de la Rusia contrarrevolucionaria. Tanto el uno como el otro son, pues, enemigos directos del proletariado, y la revolución no podría vencer sin paralizarlos y destruirlos inmediatamente.
El caso del trotskismo exige más desarrollo. En efecto, el hecho de que Trotski fuera un opositor al régimen stalinista y de que se pueda considerar que, pese a todos sus errores, perteneció al partido revolucionario hace aún más necesaria la crítica de quienes hoy se pretenden sus «discípulos». Trotski consideraba sus propias posiciones provisionales y destinadas a revisarse después de la guerra que amenazaba, en función de las perspectivas o no de revolución en el plano internacional y, por ende, pensaba él, de la estabilización o no del poder de la burocracia en Rusia. La no revisión de las posiciones de Trotski había de llevar a la IV Internacional a defender a Rusia, potencia capitalista aliada a las democracias burguesas, en la guerra imperialista, por intermedio de las resistencias nacionales, y a traicionar así el derrotismo revolucionario y el internacionalismo proletario. Recíprocamente, la traición a esos dos principios fundamentales del movimiento comunista iba a impedir a la IV Internacional revisar sus posiciones sobre Rusia: después de la guerra, lejos de revisar sus posiciones y su acción, terminó de fijar, y por tanto de traicionar, las posiciones de aquel de quien todavía se reclama. La consideración de Rusia como un «Estado obrero degenerado», y de su economía como un socialismo en el que se habría injertado una burocracia parasitaria, procedía en Trotski de no comprender que la propiedad estatal de los medios de producción, lejos de ser la marca del triunfo económico de la revolución permanente (véase el anexo más abajo), era la marca de que no había llegado a término, de su fracaso puro y simple. Además, esa incomprensión se veía reforzada por una preocupación táctica: mantener a Rusia como un estandarte en el que pudiera fijarse la esperanza del proletariado mundial en plena ebullición. Hoy ninguna de esas dos posiciones puede seguir defendiéndose sin traicionar la revolución. Rusia es un capitalismo de Estado y un imperialismo. Ocultar al proletariado la verdad sobre la naturaleza de Rusia equivale a obrar contra él. El trotskismo es, pues, contrarrevolucionario. Su lenguaje aparentemente radical no tiene más función que desviar a los individuos que desean combatir las fuerzas capitalistas tradicionales y devolverlos, a fin de cuentas, a sus redes (tómese, por ejemplo, la posición de las organizaciones trotskistas en las elecciones respecto de la «izquierda», o también respecto de los sindicatos; la misma táctica: crítica, pero apoyo).
«Una revolución es, sin duda, la cosa más autoritaria que existe; es el acto por el cual una parte de la población impone su voluntad a la otra parte por medio de fusiles, bayonetas y cañones, es decir, por los medios más autoritarios que pueda haber; y el partido vencedor, si no quiere haber luchado en vano, tiene que dar duración a esa dominación por el terror que sus armas inspiran a los reaccionarios.» F. Engels1
Estamos en desacuerdo con el anarquismo porque pensamos que es imposible no pasar por un periodo transitorio en el que el proletariado tendrá que asumir una dictadura sobre el resto de la sociedad. En efecto, si las diferencias económicas entre las clases pueden hoy barrerse casi inmediatamente, las diferencias mentales, culturales, siguen existiendo. Mientras subsistan esas diferencias, la sociedad seguirá dividida en clases y amenazará el restablecimiento de la explotación. Durante ese periodo de transición, el nivel de consciencia y de cultura del proletariado y de la totalidad de la sociedad crecerá hasta que las diferencias de cultura entre las clases desaparezcan progresivamente y hasta que el conjunto de los individuos que componen la sociedad, libres por fin de toda alienación nacida de la existencia de clases, decida comunitariamente su destino. La visión «apolítica» de la revolución contenida en la teoría anarquista y la incomprensión de lo que es realmente el Estado llevan a los anarquistas a negar el Estado y a negarse a empujar al proletariado a tomar el poder en un periodo revolucionario.
Es importante añadir una palabra sobre una de las fracciones particulares del anarquismo: el anarcosindicalismo, que solo puede considerarse contrarrevolucionario, pues no escapa a la regla que afecta al sindicalismo entero desde la primera guerra mundial. En efecto, los sindicatos, que eran organismos cuyo papel consistía en empujar al capital a ceder mejores condiciones de vida a los obreros y, por tanto, en empujar al capitalismo en su evolución natural, se han transformado, en la fase decadente del sistema, que empezó históricamente con la gran carnicería imperialista de la primera guerra mundial, en organismos de encuadramiento y de represión de la clase obrera, llevados por su función de apoyo a la evolución natural del capital, en adelante nefasta para la sociedad entera, a reivindicar el capitalismo de Estado. Los sindicatos son hoy fuerzas capitalistas a las que no se puede conceder ni un carácter obrero ni un carácter progresista. La clase obrera tendrá que barrerlos inmediatamente en la revolución; si no, seguirá paralizada por ellos y fracasará en sus intentos revolucionarios (1).
Nuestra posición respecto de otras dos corrientes, menos conocidas que las que acabamos de tratar, tiene cierta importancia pese a la probable ignorancia del lector sobre ellas. En efecto, esas dos corrientes han marcado en medida nada desdeñable a numerosísimos grupos e individuos, y hoy frenan una clarificación neta de las perspectivas proletarias. Esas dos corrientes, distintas entre sí, son lo que se llama consejismo y bordiguismo.
Lo que caracteriza manifiestamente al consejismo es la negación de toda organización revolucionaria que no sean los consejos obreros, cualesquiera que sean las condiciones en que nazcan. Esa idealización de los consejos obreros procede de una sacralización de la clase, que sería revolucionaria en todo momento, cuando solo lo es históricamente. Toda organización que no sea el consejo obrero se considera ajena a la clase, burocratizable a placer y sustitucionista por naturaleza, mientras que el consejo obrero escaparía forzosamente a esa tendencia a la burocratización, así como a la influencia de las fuerzas contrarrevolucionarias. Frente a esas posiciones, afirmamos que el deber de los revolucionarios es organizarse, tanto en periodo no revolucionario, para llevar al proletariado —del que toda organización revolucionaria es parte constitutiva— a actuar como clase consciente e independiente, como en periodo revolucionario, para combatir en el seno de la sociedad y de los consejos obreros toda tendencia que estorbe la transformación comunista de las relaciones sociales.
Si el consejismo sacraliza la clase, el bordiguismo, por su parte, sacraliza el Partido. El Partido ocupa en la teoría bordiguista un lugar preponderante: es la única vanguardia del proletariado. Sin él no puede hacerse nada revolucionario. El bordiguismo llega a negar la revolución española por la ausencia de una organización revolucionaria fuerte. Esas posiciones organizativas del bordiguismo se combinan, en los grupos que se reclaman de él, con una fijeza de las posiciones de Bordiga (expresada a menudo reivindicando una continuidad histórica de la que serían herederos, o la invariancia de las posiciones revolucionarias) sin consideración alguna de la realidad del periodo presente: las guerras interimperialistas a través de los países subindustrializados se presentan como revoluciones burguesas antiimperialistas, los sindicatos se consideran el marco posible de un trabajo revolucionario, sin comprender la imposibilidad de semejante trabajo hoy, etc.
Tras habernos definido sucintamente respecto de las corrientes pretendidamente revolucionarias tal como se nos presentan hoy, nos definiremos en un próximo artículo de forma positiva, exponiendo nuestras propias posiciones.
(1) Véase Los sindicatos contra la revolución, de G. Munis y B. Péret.
Anexo
La idea de la revolución permanente vincula la liquidación del absolutismo y del feudalismo a una revolución socialista.
El proletariado ruso no podía esperar a la revolución socialista en Europa si en Rusia se presentaba la posibilidad de una revolución proletaria. Debía, pues, si se le abría tal posibilidad, tomar el poder y realizar las tareas de la revolución burguesa (principalmente, el dominio de la ciudad sobre el campo mediante la industrialización). Esas tareas no se consideraban un fin en sí, sino la primera etapa de la revolución permanente. Esa toma del poder por el proletariado ruso tendría sin duda alguna (y la tuvo) una repercusión sobre el proletariado internacional. Y es de este, por lo demás, de quien en realidad dependía todo. Sin una revolución en Europa, la revolución en Rusia estaba perdida. La revolución permanente en Rusia era, en su primera etapa, una revolución proletaria sin ser una revolución socialista. La revolución en Europa sería inmediatamente socialista y daría entonces su apoyo a la Rusia revolucionaria, que podría continuar la revolución permanente realizando en adelante las tareas de la revolución socialista. La óptica de los revolucionarios rusos no podía ser, pues (y no fue), sino internacionalista.
Formulada por Trotski ya en 1905 solo para Rusia, la teoría de la revolución permanente fue extendida más tarde por su autor al caso de los demás países subdesarrollados, y así había de perder progresivamente su exactitud, en función de la evolución de las condiciones económicas internacionales, hasta la segunda guerra mundial, en que la eliminación de los imperialismos europeos mostró, por lo que implicaba, indiscutiblemente ya, la caducidad de esa teoría, lo mismo que la de la teoría vinculada a la cuestión de la conquista de la independencia nacional. Hoy, en los países subindustrializados como en los demás, el proletariado debe volverse inmediatamente hacia la revolución socialista internacional y considerar el mundo entero como una unidad indivisible; si no, fracasará en todo intento de acabar con este mundo podrido y no podrá sino padecer una opresión mayor todavía.
«De la autoridad» (1872-1873); citamos la traducción de la Escuela. La versión francesa que cita Alarme dice al final «debe mantener su poder por el miedo que sus armas inspiran a los reaccionarios». ↩