Alarme, n.º 3, enero-febrero-marzo de 1979 (pág. 12). PDF del número completo · Texto original en francés
Hoy, cuando la «izquierda» y la «extrema izquierda» nos aturden los oídos con la pretendida vuelta de China al capitalismo, es de nuevo el momento de subrayar que Mao fue un contrarrevolucionario y que el paso, en 1949, de la vieja China a la China del Gran Timonel no fue una revolución (como gustan de decir la «izquierda» y la «extrema izquierda»), sino el paso de un tipo de capitalismo empantanado en una vieja China impregnada de feudalismo a un capitalismo de Estado fuerte y duro. En lugar de que fuesen las empresas del Occidente colonial las que se embolsaran la plusvalía extraída de la explotación de la fuerza de trabajo del obrero chino, a partir de 1949 fueron directamente una capa burocrática china e indirectamente Stalin, que hacía entrar a China bajo su influencia, en su regazo.
En 1949 hubo, pues, una batalla entre dos bloques imperialistas, el del Este, Moscú, y el del Oeste, Washington; una batalla por adquirir nuevos mercados, una batalla para que la potencia capitalista del uno fuese superior a la potencia capitalista del otro. Una batalla en la que los revolucionarios, los que no querían ni lo que de hecho es un capitalismo de Estado ni un capitalismo privado, los que estaban hartos de su vida de esclavos asalariados, fueron exterminados por los soldados de Mao. Pero de esos auténticos comunistas nadie habla, por miedo a que los pretendidos comunistas, Mao, Stalin, queden desenmascarados ante demasiada gente. Porque ese día serán desenmascaradas al mismo tiempo la «izquierda» y su extremo como tendencias al capitalismo de Estado, y el viejo mundo temblará sobre sus cimientos.