Alarme, n.º 4, abril-mayo-junio de 1979 (págs. 14-15). PDF del número completo · Texto original en francés
La clase obrera inglesa se ha sacudido un poco la apatía que la cubría desde la última agitación social y la famosa huelga de los mineros de 1974. Los 100.000 camioneros ingleses desencadenaron a finales de diciembre una huelga salvaje que paralizó parte de la economía británica, provocando a veces cierta escasez de alimentos en las ciudades y el paro técnico de 200.000 obreros. Esta huelga salvaje abrió también una brecha a otros movimientos reivindicativos (en el sector público, sobre todo) y acabó por romper el «contrato social» firmado a finales del 74 por el TUC (Trades Union Congress, la confederación sindical) y el gobierno laborista. Ese contrato social, como toda mierda del mismo tipo, constituía una garantía de paz social y tenía por objeto permitir un saneamiento de la economía inglesa, saneamiento que le permitiría seguir siendo competitiva en la guerra económica del capitalismo mundial. Así, tras haber aceptado sacrificarse en el altar del Dios-Economía durante tres años, los «fieles» se hartaron y la revuelta del mes de enero se endureció muy deprisa: piquetes volantes ante las empresas no implicadas en el conflicto, negativa a garantizar los servicios mínimos, represalias físicas contra los obreros no solidarios... Ante esta brutal explosión, los jefes de la mafia tradeunionista no pudieron más que apretar el culo e intentar recuperar las huelgas, sin respaldar, no obstante, las acciones más duras, y en particular los pocos enfrentamientos entre piquetes de huelga y los antidisturbios británicos, que no tienen el porrazo muy flemático. La amplitud de esta revuelta social (1.500.000 empleados en huelga) —que obligó al gobierno a contemplar la intervención del ejército (para garantizar los repartos, sobre todo) si los sindicatos no conseguían amordazar a los obreros en huelga— reveló algunos aspectos positivos, aparte de los aumentos de salario (del 15 al 25 %) concedidos a los huelguistas:
a) El contrato social firmado por los sindicatos con un «Partido de los trabajadores» (uno y otro pretenden defender los intereses de los trabajadores y se ponen de acuerdo, de hecho, sobre los medios de explotar a estos lo más posible) no está cerca de volver a ver la luz.
b) La «debilidad» del capital frente a una acción decidida, que no le deja más recurso que ceder a las reivindicaciones (sin perjuicio de reaccionar con la violencia de la represión jurídico-policíaco-social de la «democracia»: limitación del derecho de huelga, refuerzo del closed shop [sindicación obligatoria], reducción del gasto público, impuestos, etc., asumiendo así la total descomposición social que su supervivencia profundiza constantemente).
Aparte de estos dos aspectos positivos de la revuelta invernal, el resultado y la forma de las luchas han puesto más bien de relieve la actual debilidad del proletariado inglés. En ningún momento la huelga de los camioneros y de los empleados de los servicios públicos tendió a una generalización de las huelgas a escala nacional, a una solidaridad de clase, que era lo único que habría podido abrir perspectivas reales a las luchas. Por otra parte, aunque los empleados desbordaron a los sindicatos, nunca hubo puesta en cuestión de estos ni lucha contra ellos, al menos por parte de una muy gran mayoría de los huelguistas. Solo se formularon quejas contra los dirigentes desautorizados por sus militantes de base (shop stewards = delegados de taller), cuya combatividad, sin rebasar el marco de la legalidad burguesa (salvo en la negativa a los servicios mínimos), consistió sobre todo en desviar al proletariado al terreno de la competitividad de los salarios, es decir, a la competencia en la prostitución: los trabajadores «manuales» reclamaron la igualdad de salarios con los demás esclavos asalariados, los empleados de los servicios públicos exigieron el derecho a venderse a la misma tarifa que los del sector privado, y otras gilipolleces por el estilo. Es la nivelación proletarizadora característica del capitalismo.
El proletariado inglés parece actualmente todavía del todo enfeudado a la gusanera sindical (que entre el 40 y el 45 % de los obreros estén sindicados no excluye en absoluto la adhesión casi total del resto de la clase obrera inglesa a las consignas sindicales, y nunca ha habido verdaderos intentos de los no sindicados de oponerse a los sindicatos y crear su propia organización), y ha mostrado que era incapaz de atacar su condición de esclavo asalariado y de reaparecer conscientemente en el terreno de la lucha de clases, única garantía de su emancipación como de la de la humanidad, pues, al quedarse en el plano de la legalidad y no oponer a la violencia del capital más que una revuelta timorata y atomizada, fácilmente canalizada por los esbirros sindicales del Estado capitalista, no ha hecho sino refrendar su sumisión. No obstante, lo que sí puede preverse es que los próximos conflictos que van a producirse pueden volverse más radicales, pues la revuelta de este invierno ha revelado que los sindicatos no podrán contener mucho tiempo a la clase obrera inglesa (a medida que se agrava la miseria social), y la subjetividad del proletariado, desembarazada de cierto número de mistificaciones, puede llevarlo muy rápidamente a un enfrentamiento directo contra los sindicatos y contra el capital.